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En el cajón de juguetes de Togaz

  —Entonces, ?solo iremos, mataremos bestias y los cargueros se llevarán los cadáveres? —preguntó María por quinta vez.

  Rodrigo suspiró mientras observaba la entrada al Edificio Invertido. Asintió para sí mismo, recordando que un adivino de la Orden Payaso era demasiado útil. Debía tener una misión; no podía estar allí solo porque sí.

  Mostraron sus identificaciones, firmaron los descargos de responsabilidad. Su estómago se rebeló ante la osadía y la indiferencia del guardia, pero recordó que ya no era noble, al menos por ahora. Con unos chicos de la calle detrás de su grupo, se adentró con paso raudo. Debía acabar con esto rápido. Lo mejor sería ir a la zona este, en el quinto piso: allí había bestias mágicas en abundancia.

  —Mierda, ?por qué están tan caros? ?Diez solárium por un topo rock! —exclamó María con voz resonante al ver la lista de precios—. Suerte que vinimos preparados. ?Bien hecho, Yoshi!

  El adivino se despreció con un gesto, indicando que en sus visiones estaban en una mina. Siguió una leve discusión entre la chica, que buscaba agradecer, y el payaso, que se negaba. Un clásico que le arrancó una sonrisa mientras se alejaban más de la zona segura, donde las ratas ya habían sido consumidas por insectos.

  Con un chasquido de dedos, creó bolas de fuego como linternas. Tragó saliva; iba al frente, atento al adivino. Su mente se desvió hacia el equipo de María: varios explosivos potentes, bombas molotov, bombas antiincendios y dos revólveres. Ese equipo era muy específico; no para una mina, exactamente.

  El olor a cadáveres crecía sin que nada estuviera a la vista. Miró el mapa más de una vez. Aún faltaba para llegar a la zona, pero no debería estar tan desolado. Silenció sus cuatro ojos y escaneó. Invocó el viento para que le trajera información, agradeciendo a su primo por ense?arle a jugar a las escondidas: la mitad del trabajo era saber dónde estaba el perseguidor.

  Pero no le llegó nada. Desenvainó su espada. Los pasos resonaron con eco. Eso estaba mal; no debería haber eco. El pasillo era grande, tal vez tres metros de altura por unos seis de ancho, pero no debería producir eco. El sudor le recorrió la frente. Estaba caminando hacia una trampa. El adivino lo había preparado todo. Recordó cómo su tío fue atrapado por las autoridades gracias a un adivino de confianza; eso fue el comienzo del fin para su familia.

  Ese silencio por fin terminó cuando una cucaracha gigante apareció desde una esquina. Sus dientes casta?eteaban mientras se acercaba. Tensó su agarre, manteniendo la espada lista para moverse. No debía mostrar miedo.

  Calentó la hoja y soltó un tajo que partió a la bestia por la mitad. Con el cuerpo en el suelo, miró a sus compa?eros, que le sonreían. Asintió, peinándose el pelo con la mano.

  —Discúlpenme, siempre me pongo nervioso, no importa cuántas veces mate —dijo riendo, por si acaso habían visto algo—. Ahora estoy listo. ?Vamos, camaradas!

  Con una gran sonrisa, atrajo a sus socios a seguir, el pasillo desembocó en una enorme cámara, que se ampliaba en una gran habitación llena de pilares, firmes aún tras los a?os sin mantenimiento. El lugar estaba infestado de gusanos del tama?o de un perro peque?o. En el techo, nidos de abejas de guerra mantenían vivas las flores racimo.

  —Entonces, ?pasamos sigilosos o cómo evitamos que nos lluevan bombas? —preguntó la dama, acertadamente.

  Rodrigo miró con intensidad toda la habitación. Con sus cuatro ojos calculó la distancia entre los pilares y sonrió: podía saltar con algo de impulso entre ellos, pero no podría llevar a nadie. Además, los gusanos estaban demasiado cerca de los pilares.

  —?Por qué hay tantos gusanos blandos? —preguntó el payaso, tocándose el mentón con un dedo.

  —Bueno, las abejas seguro se los comen y, por lo tanto, los protegen —respondió María.

  Tenía un punto, pero las abejas de guerra cuidaban sus flores, que eran explosivas para los ignorantes. ?Por qué crecían en el techo? Estaban demasiado bien posicionadas. Rodrigo recorrió con sus ojos el lugar, observando dónde se acumulaban más flores y abejas.

  Sintió como si sus dientes se rompieran. Maldijo a Namys y a la llama naranja. Los paneles no estaban en guerra; por todas las flores racimo dispuestas en cuadrículas... Paz. No había conflicto. Ooo, ya lo tenía.

  —Síganme. Las abejas están en paz —dijo, erguido.

  Sus pasos fueron medidos, sin hacer ruidos innecesarios, esquivando los gusanos blandos. Sus ágiles movimientos fueron seguros. Se giró y vio cómo el payaso le seguía el paso como un vulgar mimo. Maldito payaso. Dejó dos ojos mirando el techo y el otro par saltó al ver cómo María pasaba sin cuidado cerca de los gusanos, guiando a los cargueros que tambaleaban detrás de ella.

  Se mordió el labio, saltó usando un pilar, giró en el aire y usó el viento para silenciar su aterrizaje y sus alrededores. Todo para atrapar a un carguero que había pisado un gusano. Todos se quedaron quietos. Rodrigo tragó saliva y se tapó la boca, tratando de fortalecer su manipulación de aire con la imagen física.

  El zumbido de miles y miles de abejas sonó. Abrió los ojos al ver cómo todas las bestias se juntaban, como si su nombre de "abejas de guerra" fuera falso. Sus ojos captaron demasiado: María tenía la boca abierta, temblaba sin parar. Dirigió un soplo que le golpeó la nuca al ver cómo sacaba una molotov.

  —Calma. No hay peligro. Concéntrate en mí —llevó su voz por el aire.

  Todos los cargueros, ni?os de la calle, le dirigieron la mirada, llenos de miedo, mocos y lágrimas. Sus familias estaban detrás de ellos. Rodrigo sintió cómo su corazón se encogía. Sus cargas dependían de él, pero estos ni?os... mierda. Un par de sus ojos vieron al adivino en postura de árbol.

  Su corazón era un tambor. Sus ojos miraron a sus verdugos, que los rodeaban. Sus venas se marcaron. Buscó una salida: estaba a dos saltos de volver al pasillo. Ya había suficiente carnada para que él escapara.

  Los minutos se extendieron, pero por fin las abejas volvieron a sus panales con dolorosa lentitud, en unidades peque?as que sus malditos ojos veían. Sintió cómo el zumbido buscaba quebrar sus cuerpos. Buscó en su interior al espíritu de su máscara, pero solo encontró oscuridad. Sin embargo, la imagen de su hija con su vestido y su hermana comiendo un cerdo lo hizo rugir, dándole el impulso que necesitaba. Reunió todo su maná desviando el zumbido, pero sintió una risa entre los sonidos que le taladró los huesos.

  Fufufufufufu.

  Resonó en su cabeza, tan aguda. Su vista no perdió la oportunidad: al ver el camino abierto, llevó de las manos a cada carguero hasta el siguiente pasillo. El payaso llevó a María.

  Ya a salvo, todos se derrumbaron. Menos él.

  —Si quieres descansar, te puedo ayudar —le dijo el payaso.

  Rodrigo solo le dedicó una sonrisa pulcra. No podía caer al piso como un ni?o de la calle. No podía caer en la trampa del adivino; seguro buscaba dominarlo para hacer algún plan. Debía estar atento, mantener el control. El payaso lo dejó solo. Era el único que permanecía de pie, aunque toda su ropa estaba empapada y esa risa no dejaba de sonar. Por un momento, su corazón armonizó con ella.

  Se concentró en ver la textura de la pared, contando cada gusano que salía de las grietas, cómo se comían entre sí.

  El descanso transcurrió sin problemas y pudieron seguir adentrándose. El adivino desactivó varias trampas; Rodrigo le dedicó un asentimiento. Sus llamas brillantes abrían el camino, alejaban la oscuridad. Sus cuatro ojos mostraban cómo ciempiés de varios metros recorrían los techos, esquivando la luz.

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  Por suerte, las siguientes salas estaban llenas de ara?as. Rodrigo sabía que sus llamas, nacidas de su vida, no eran las más... sutiles, como algunos incultos le habían dicho. Pero verlo saltar de red en red, cambiando de color constantemente como una discoteca psicodélica... El fuego, como su tía Matilda, cambiaba de opinión a cada segundo. Los colores se perseguían unos a otros. Las ara?as chillaban de furia, luchando entre sí o cayendo desde el techo. él solo podía suspirar, recordando cómo se iba de fiesta.

  —?Mis ojos! ?Oh, dioses, no puedo ver! —Rodrigo se giró. Sí, tal vez se había olvidado de avisar a sus socios. Estaban rodando por el suelo, gritando o chocando contra las paredes. Sus llamas y su efecto 3D expansivo arruinaban la percepción. Ah, recuerdos...

  Reunió maná en su garganta y, lentamente, una gran burbuja salió de su boca, deformándose y reflejando las luces. Las pocas ara?as que se acercaron... pudo ver cómo sufrían epilepsia.

  Se inclinó ante los aplausos de los jóvenes con problemas financieros. Buscó en su interior, arrastró el maná hacia la máscara. Por segundos, extendió cuerdas que le mostraron la oscuridad de los callejeros: hambre, codicia. Todo lo ocultaban para que él les diera un mayor botín. Algunos ya planeaban matar a sus compa?eros. Como se esperaba de ni?os sucios.

  —?Demonio maldito! —María apenas logró levantarse. él esquivó sus intentos de golpe—. ?Si no fuera por Yoshi, me habría quemado los ojos!

  Esos ojos rojos, llenos de lágrimas, estaban lejos de ser de tristeza. Incluso el adivino lloraba, aunque de alguna manera lograba verse bien. Qué buen maquillaje.

  —Lamento la sorpresa. Soy un solitario; tener novatos es raro —dijo.

  Tal vez podría comprobar que el payaso no lo sabía todo, que no era de nivel intermedio. Su estoicismo se había roto con facilidad, aunque lo ocultara.

  La situación se calmó y se sentaron a ver el espectáculo a través de la burbuja.

  —Maldito noble de mierda. Dame eso ya, Yoshi —María tomó la pomada y se embarró la cara.

  Rodrigo agradeció que su máscara lo protegiera de la luz. El silencio solo se rompía con los chillidos de las ara?as.

  —Entonces... ?qué era esa voz? ?Un demonio? —preguntó el payaso.

  Rodrigo no sabía si la pregunta era honesta o si su caída había sido una actuación para probar sus conocimientos.

  —No existen demonios en este mundo. El concepto "demonio" nació de las invasiones del Infierno hace miles de a?os, como prueba de los dioses a nosotros, su mundo favorito —habló con tono metódico mientras guiaba su espíritu hacia la máscara. Esta producía maná, que viajaba por sus venas, volvía. Lentamente, con sus recuerdos, formaba su maná. No luchaba contra el pasado, su orgullo, sus a?os de oro. Un mago de la oscuridad no debía tener oscuridad.

  Las cabezas lo miraban, todas atentas a sus palabras. No se le escapaba que muchos lo miraban como a un cuentacuentos. María seguía con el ce?o fruncido mientras se embadurnaba la cara con pomada.

  Viendo que más y más ara?as se acercaban, se acomodó para contar historias. Era momento de usar esas horas en la biblioteca, o de cuando se escabullía en reuniones de adultos.

  —Mi conocimiento nace de las palabras del Ponifante del Huracán Elevado —elevó el mentón al hablar. Todos lo miraron expectantes. Sonrió: ese adivino era de bajo nivel, sus expresiones no escapaban a su visión superior—. Somos la primera especie en el universo.

  —Entonces, ?somos sus creaciones? —una de las chicas de la calle lo interrumpió.

  Podía ver que quedaban pocas ara?as. Aún tenía tiempo.

  —Sí, en el sentido de que los dioses son la existencia misma, así que todo es su creación —sacó una semilla y un flujo de maná la hizo florecer—. Esto es creación de los dioses. Pero "ellos" no nos crearon.

  —Sí, sí, ya sé eso. Pero ?las pruebas? ?Qué son? —María, obviamente, tenía educación, tal vez teológica. Pero, considerando su falta de máscara, lo más seguro era que el payaso fuera su maestro.

  —Tan impaciente... Ya voy. Las pruebas para ver si somos dignos —comenzó.

  —De vivir. De adorar. De sus regalos. Porque les damos emoción —las respuestas le llegaron de todos lados.

  Aguantó las ganas de fruncir el ce?o. Esperó a que callaran y se levantó para apagar las llamas lentamente. Eran rebeldes, como toda magia de fuego: nacía de él y se negaba a morir.

  —Dignos de ser observados. Dignos de su presencia. Somos su creación, sí, pero nuestra adoración es como cuando un perro te trae un hueso que no te sirve. Como buen due?o, lo guardas —azotó el aire, ordenando que no tocaran a las ara?as—. Cada una solo vale un hongo de plata. Nuestro objetivo está en el quinto piso, el intermedio. Apenas estamos en la periferia del quinto. El perro te rodea, busca atención, busca regalos. A veces hay que castigar.

  —Ok, esto arruina mi fe, ?gracias!... ?Y las pruebas? ?No hay nada más? —María, con la cara baja y las manos entrelazadas, le gritó.

  Estaba claro: era una estudiante del payaso. Demasiado dramática.

  —Las pruebas son los due?os trayendo juguetes para probar que sus perros elegidos son los mejores. La Madre Silvana eligió a las dríadas. Los elfos, como parásitos, se pegaron a ellas, sirviendo y moldeando su cultura, pero siguen siendo una especie secundaria. Inferiores a los humanos, elegidos por el Dios Rey del Sol. Esto no es racismo. Los tauren son los perros de la Se?ora de la Tierra. Las arpías, del Huracán Elevado. Los dragones, del Fuego Eterno. Los sílfides, del Espectador Estelar. Las cecaelias, del Abismo Profundo —sus pasos resonaron por los nuevos pasillos y peque?as habitaciones. El payaso seguía avisando de trampas, pero algo se acercaba a alta velocidad. No importaba cuánto aire invocara, no obtenía nada. Pero ahora lo sentía: lo estaban cortando.

  —No somos un jardín. No somos un hormiguero. Somos perros salvajes que llamaron a los amos de la casa. Y, bueno, con tu perro juegas: a veces castigas, otras lo ignoras, lo llevas a concursos entre amigos para ver quién es el mejor —desenvainó la espada. Desde que llegaron al quinto piso, su viento no le traía información. Eso significaba que los habían estado observando.

  —María, saca tus pistolas y mantén la retaguardia. No importa qué, vigila que los cargueros estén bien. Pa-Yoshi, saca un arma o dime algo útil —ordenó.

  María siguió sus indicaciones: una molotov en una mano, un revólver en la otra. El payaso sacó una pistola. Eso le confirmó que no sabía nada. Por una vez que le sería útil... Clásico.

  Los cargueros... no estaban corriendo. Si se paralizaran, sería lo mejor. Su cuerpo se tensó. Su maná no se había recuperado. Buscó al espíritu de la máscara, un perro que nunca se llevó bien con él, pero lo escuchó rugir cuando la imagen de su hija y su hermana aparecieron en su mente. El maná surgió de su cuerpo como un torrente. Lo depositó en la espada. Aguanto la respiración.

  Perro sarnoso... no importaba. Lo esperaban para la cena. Y un perro siempre llega a tiempo por las sobras.

  Sus ojos apenas captaron la figura, pero movió la espada a la distancia adecuada, en el ángulo correcto. La bestia dio un salto hacia atrás y se mostró bajo la luz de sus llamas: una mantis asesina. Pero eran más peque?as, apenas un metro. Sus ojos calcularon: sus abdómenes estaban contraídos, un arma secreta. Había tres frentes frente a él, bloqueando casi todo el pasillo.

  Esas cuchillas de mantis tenían ganchos. Suspiró, transformó el maná de su espada en fuego. Con la otra mano sacó su revólver y, con un giro, el ca?ón se extendió. Lo sostuvo con firmeza.

  Detrás de él, los gritos y disparos resonaban. Pero sus cuatro ojos calculaban la distancia, la altura, incluso la profundidad. Debía ser el muro. El sucio pasillo fue testigo de su defensa en movimiento. No necesitaba mover la cabeza: las mantis trabajaban en equipo. Una fintaba, otra atacaba de frente y la otra trataba de distraer. Pero literalmente las veía a todas. No importaba que le explotara la cabeza.

  Si tenía que retirarse para bloquear o moverse entre las bestias, lo hacía con suavidad. A?os de parkour ayudaban mucho. Pero cada choque le hacía temblar el brazo; por suerte, su espada lo protegía del da?o, aunque aumentaba el dolor. Su revólver, que usaba más como daga de parada, evitó que le cortaran el brazo, pero su estómago casi fue rebanado.

  Aprovechando una abertura, logró disparar una bala. Cuando impactó en una cuchilla, Rodrigo sonrió al ver cómo explotaba. De un tajo, incapacitó a una mantis.

  Decenas de intercambios después, una mantis ya no tenía un brazo ni cola. Pero las otras dos, con una peque?a llama en la frente, la sacaron de peligro y, para su confusión, se retiraron.

  Su pecho subía y bajaba con violencia . La camisa, hecha trizas, dejaba ver cortes ligeros y semiprofundos lo adornaban. Se maldijo: falta de reflejos, subestimó su resistencia al dolor. Su brazo izquierdo no lo sentía; tenía el cuello como de cemento. Se volteó y respiró más tranquilo al ver que todos estaban bien.

  Se sostiene con su espada su mana se calmó y agradeció al espíritu Shigan-inu de su máscara pero este le gru?e, suspira si relación es mala pero le dio mana cuando lo necesito y no le complica la vida tal vez no sea una sarnoso.

  Sus ojos están cansados aprieta los dientes ante el calambre como si sus músculos estuvieran bloqueados pero al menos puede ver a una mantis muerta el payaso le sube un dedo entonces es un insultó o una indicación que solo vino un enemigo jajaja el no sabe no es adivino aaa su humor interno demasiado bueno.

  Aún con los ojos llenos de calambres analiza la situación ningún carguero está herido más allá de orinarse o tener heces encima, con una mueca de asco los obliga a pararse contra la pared y no importa el costo invoca una nube de lluvia.

  Con un escalofrío que no está seguro si es asco o sus músculos relajándose,habla con María una bella dama al escuchar como su mantis saltaba y solo lograron matarla gracias a la intuición del payaso, Rodrigo solo sonríe su máscara demuestra porque es herencia.

  Sin más llevan a todo el grupo ahora limpió a una habitación ya asegurada,debe pensar su objetivo está cerca su espada y revolver ya tiene suficiente acumulación para lanzar sus ataques especiales pero su grupo..

  Descansar debe revisar su estado y provisiónes.

  Fin

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