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Capítulo 115: Acusación feroz

  En la sala de invitados especiales…

  Lartyr mantenía su posición al frente, con la espalda recta y la mirada fija. Junto a sus guardaespaldas, protegía con u?as y dientes a los nobles, embajadores y mercaderes más influyentes de la academia. Aunque contaban con el poder suficiente para resistir las embestidas de las hordas del culto, no podían ceder terreno ni por un segundo.

  Un paso en falso sería el fin de todos.

  Lartyr echó un vistazo por encima del hombro y lo que vio no fue una batalla, sino una tragedia en movimiento.

  Loana y Sandra cruzaban espadas. Rápidas y precisas. Eran dos sombras danzando entre la tensión y el dolor.

  Sandra atacaba con la clara intención de matar. Su mirada estaba consumida por la rabia y la corrupción. En cambio, Loana se defendía. Siempre con el filo justo para desviar, jamás para herir.

  En el suelo, jadeante y cubierta de sangre, Madame Lothrim observaba la escena con los ojos abiertos en par. El dolor en sus costillas no era comparable con la punzada que sentía al ver la vacilación de su sobrina.

  ?Loana… ?Por qué estás dudando??

  En la organización, se les ense?aba desde el primer día que un caballero no duda al momento de tomar una vida. Una mente clara y un espíritu decidido eran la diferencia entre la victoria y la muerte.

  Traicionar esos principios era traicionarse a uno mismo. Y sin embargo, ahí estaba Loana… temblando.

  —?Loana! —gritó Madame con la voz rota —?Acaba con ella!

  Las palabras le atravesaron el pecho como un pu?al. Loana deseaba obedecer… deseaba terminarlo. Pero su corazón, tonto y humano, se lo impedía.

  —?Vamos, Loana! —rugió Sandra, con la mirada encendida de desesperación —??Acaba conmigo!! ?Clava tu espada en mi corazón!

  La locura la devoraba con cada segundo. Estaba harta. Harta de ese baile sin fin. Harta de contener lágrimas que nunca lloró.

  Loana levantó su espada. La sostuvo firme. Pero la punta… temblaba. Sandra la observó con una sonrisa amarga al ver aquel fútil intento de valor.

  —Realmente… no tienes la manera de un caballero, amor…

  Sus palabras flotaron en el aire como un susurro final. Madame Lothrim apretó los dientes al escucharlas. Y en el alma de Loana, algo se quebró.

  Sandra decidió terminarlo.

  Clavó los pies en el suelo, se impulsó hacia adelante con una explosión de fuerza que quebró el mármol bajo sus botas. Su hoja corrupta se alineó con el corazón de su antiguo amor. El viento aulló a su alrededor.

  Loana, incapaz de pensar, incapaz de decidir, solo hizo lo único que le quedaba. Actuar.

  Entre lágrimas, con la voluntad hecha trizas, avanzó con toda la fuerza que aún conservaba. No como un caballero. No como una guerrera. Si no como una mujer con el corazón roto.

  Pero justo antes de que ambas espadas pudieran encontrarse, la tierra rugió con un estruendo ensordecedor.

  Un temblor sacudió toda la arena, y una onda de expansión estalló desde el centro con una fuerza brutal. El suelo se quebró como vidrio, el viento silbó con violencia, y los escombros volaron como proyectiles. Todos perdieron el equilibrio. Los más débiles fueron arrastrados por la corriente, cayendo como mu?ecos ante la furia del impacto.

  Del corazón de la arena, un enorme cráter se abrió, abarcando la mitad del campo. Un abismo de humo y destrucción se hizo presente.

  Loana y Sandra fueron barridas por la onda, empujadas en direcciones opuestas antes de que pudieran cruzar el acero. El cuchillo de Sandra voló por el aire, perdido entre el torbellino de arena.

  Lartyr, siempre alerta, no desperdició la oportunidad. En cuanto vio a Sandra caer y arrastrarse hacia su arma, tomó su lanza con firmeza y la arrojó con precisión.

  El proyectil cortó el aire y se incrustó en el muslo de Sandra con un sonido seco. Un grito rasgó su garganta mientras el acero la atravesaba limpiamente.

  Loana se reincorporó con dificultad y, con determinación, recogió el cuchillo caído, alejándolo del alcance de su antigua amante.

  Los guardias de Lartyr no tardaron en actuar. Rodearon a Sandra rápidamente, formando una muralla de acero a su alrededor. Sin aliados, sin armas, sin salida… quedó sola en medio de un charco de sangre. Sus subordinados, muertos, adornaban el suelo como un tapiz macabro de carne y metal.

  Lartyr se incorporó y caminó con paso decidido hacia Madame Lothrim.

  —?Se encuentra bien, mi se?ora?

  Madame respiraba con dificultad. El sudor perlaba su frente.

  —Sí… estoy bien…

  Pero un gemido involuntario traicionó su respuesta. Su herida empeoró. La energía que intentaba usar para sanar se dispersaba inútilmente.

  ?No puedo invocar a ninguno de mis espíritus… Esta maldita formación inhibe mis canales…?

  Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una risa. áspera, quebrada y llena de locura.

  Era Sandra.

  —Ya es tarde, vieja… —escupió, quebrada por el dolor, pero aún cargada de veneno —La energía de mi Se?ora ya corre por tus venas… en menos de un día estarás contaminada. Disfruta tus últimas horas. Cuando el sacerdote llegue aquí, ninguno de ustedes-

  ?CRACK!

  Un sonido seco se escuchó. La frase quedó inconclusa.

  Randa apareció desde el corredor oscuro, cubierta aún por el polvo de la batalla. Sin decir palabra, dejó caer algo al suelo. Una cabeza cercenada que rodó lentamente hasta detenerse a los pies de Sandra.

  Los ojos muertos del sacerdote la observaban con su vacío eterno.

  Sandra enmudeció. Toda su locura, toda su determinación, todo se desmoronó. En su mirada… ya no quedaba esperanza. Randa se sacudió el polvo del traje con una calma espeluznante. Luego, habló:

  —Pensé que daría más batalla… —dijo, sin emoción —Qué lástima.

  La general observó el panorama en silencio.

  Cadáveres de cultistas cubrían el suelo como restos de una ceremonia fallida. El aire aún olía a ceniza, sangre y magia corrupta. Los guardaespaldas de Tyrant se mantenían en pie, aunque cubiertos de heridas y extenuación.

  —Supongo que todo está bajo control… por ahora. —murmuró Randa, su voz fue tan firme como su mirada —Ustedes pueden encargarse de ella.

  Giró sobre sus talones, haciendo ondear su capa de piel curtida con una elegancia violenta. Luego, sin perder tiempo, se marchó en busca de Juliana.

  Lartyr no esperó ni un segundo.

  —?átenla! —ordenó con voz cortante —?Que no pueda moverse ni un centímetro!

  Los guardias asintieron al unísono. Usando cuerdas reforzadas de sus propias armaduras, ataron con fuerza a Sandra, reduciéndola al suelo. Ella no se resistió. Sus ojos se perdieron en la distancia, como si ya no estuviera presente.

  A lo lejos, aún se escuchaban los ecos de la guerra. Gritos y explosiones. El gigantesco cráter en medio del coliseo todavía exhalaba humo negro, como un recordatorio de lo que acababa de suceder.

  Loana sostenía la daga con cautela. La giró entre sus dedos. La energía que irradiaba… le resultaba extra?amente familiar. Y entonces, un pensamiento cruzó su mente. Una pregunta incómoda, con una respuesta incómoda.

  ??Por qué Sandra no usó su ánima durante el combate…??

  La idea se clavó en su pecho como una espina. ?Se había contenido a propósito? ?Era posible que aún sintiera algo?

  Pero ese instante de duda se desvaneció en cuanto escuchó el chillido.

  Escuchó un alarido agudo espiritual. Proveniente del interior de la daga. El rostro de Loana se transformó del desconcierto al terror puro. No dudó. Caminó con decisión hacia Sandra, y sin contenerse, le propinó una bofetada con todas las fuerzas que su cuerpo agotado aún podía reunir.

  El golpe resonó con claridad. Sandra no se inmutó. Solo la miró… y sonrió. Era una mueca amarga. Derrotada y dolorosa.

  Desvió la mirada.

  Loana entendió en ese momento que, en el fondo, Sandra aceptaba su destino. Que había elegido perder y que nada de lo que dijera en ese instante cambiaría lo que venía. Pero Loana no lo aceptaba. No quería ese final. Apretó los dientes, pero un quejido de dolor la devolvió al presente.

  Escuchó a Madame Lothrim.

  Se giró de inmediato y corrió hacia ella. La sostuvo con delicadeza, colocándola sobre su brazo y ayudándola a levantarse. Madame ni siquiera miró en dirección a Sandra. Pasó de largo. Para ella, ya no existía.

  —Loana… —dijo con voz entrecortada por aquel dolor punzante —Tenemos que irnos. Hay que encontrar a Alec… y a Cáliban. Ellos podrían estar en peligro…

  El nombre de Cáliban hizo que el corazón de Loana se apretara. Asintió rápidamente, controlando la ansiedad. Pero entonces, una risa seca se coló por entre el humo y el silencio.

  Fue Sandra nuevamente.

  —Puede que yo haya perdido… —susurró, con esa sonrisa torcida que tanto odiaba Loana —Pero aún tengo tiempo de ver tu cara cuando te des cuenta de lo mucho que has fracasado.

  Las palabras quedaron flotando, envenenando el aire. Sin que nadie pudiera entender su significado.

  La sonrisa de su antigua alumna provocó un profundo disgusto en la gran sabia. Madame Lothrim frunció el ce?o, pero no respondió. Sus pasos eran lentos y pesados, cada movimiento era acompa?ado de un quejido de dolor, pero con una dignidad intacta, caminó en dirección a la salida, ignorando por completo a Sandra.

  Lartyr, por su parte, seguía atento a lo que sucedía más allá del caos inmediato. A través de la nube espesa de humo, aún disipándose lentamente, divisó una figura al otro lado del gran cráter que dividía la arena. Sus ojos se entrecerraron para enfocar.

  Ahí vio un joven lagarto de escamas azuladas y, a su lado, un elfo oscuro de rostro tenso. Lartyr lo reconoció al instante.

  —?Reinhard! —exclamó —?Está a salvo!

  Miró a sus hombres.

  —?Dos se quedarán aquí para proteger a los nobles… y a ella! —dijo, se?alando con desdén a Sandra —?El resto, conmigo! ?Debemos asegurar la vida de mi primo!

  Los guardias gritaron al unísono, marchando tras él con determinación.

  Mientras tanto, Reinhard se encontraba junto a Nhun, a quien había seguido para protegerla. Ambos observaban, consternados, el caos que se extendía por la academia. Profesores y guerreros luchaban con desesperación por defender a los estudiantes. Jóvenes corrían de un lado a otro, aterrados. Una capa densa de humo cubría la mitad de la arena; la otra, estaba envuelta por un masivo domo violeta.

  Reinhard extendió su mano, intentando canalizar su energía, pero fue inútil. El ambiente seguía saturado, alterado por las formaciones mágicas complejas.

  Nhun, con los ojos secos por tanto llorar, barría la escena con la mirada. Buscaba una sola cosa.

  —El director… —susurró con rabia.

  Dimerian llegó a su lado apenas unos segundos después, jadeando.

  —?Reinhard! —exclamó —?Dónde está el director?

  —No lo sé. —respondió —El humo lo cubre todo y con este ruido no puedo percibir ninguna se?al clara.

  Entonces, una figura emergió del humo, arrastrándose con dificultad desde el borde del enorme cráter. Envuelta por una serie de escudos mágicos desgastados, que parecían haberla protegido del impacto final, Alexa gimió de dolor.

  —Parece… que se me acabó el tiempo… —murmuró, exhausta —Perdón, Alec… pero te tocará encargarte del resto…

  Su cuerpo comenzó a transformarse lentamente. Revirtió su aspecto, para reducir el gasto de energía. Lo había dado todo. Ahora, necesitaba tiempo para recuperarse.

  Y justo en ese instante… Nhun lo vio. Vió a Alec. Herido y andrajoso, pero vivo. Caminando lentamente a través del humo como si emergiera de entre las ruinas de su propia alma.

  Los ojos de Nhun, antes tristes, se tornaron en dos brasas encendidas por la furia. Todo el dolor, todo el miedo… se convirtió en ira.

  —?Alec…! —murmuró.

  Y luego, gritó. Intentó lanzarse hacia él con toda su fuerza, con la determinación de alguien que ya no temía nada. Pero Reinhard y Dimerian reaccionaron al instante, sujetándola por los brazos.

  —??Qué están haciendo?! —gritó, forcejeando —?Déjenme! ??Tengo que matarlo!!

  —Nhun, cálmate… —intentó decir Reinhard, con voz contenida —Hay demasiados ojos aquí… si haces algo…

  —?No me importa! —escupió ella, con lágrimas reapareciendo entre la furia —?No voy a dormir tranquila hasta que corte la garganta de ese malnacido!

  El grito resonó como un relámpago, dejando a los presentes en un tenso silencio. Alec levantó la mirada. Al ver a Nhun, su rostro se tensó, pero no dio un paso atrás. Y el aire entre ambos se volvió insoportablemente denso.

  Dimerian usó toda la fuerza que le quedaba para retener a Nhun, pero no fue suficiente para detener la tormenta que se avecinaba.

  Tres figuras se adelantaron como relámpagos furiosos. Desde atrás surgieron Juliana, Elizabeth y Astrid.

  No había estrategia, ni poder mágico, ni órdenes. Solo rabia. Rabia pura. Rabia te?ida de lágrimas y sangre.

  Envueltas en una furia casi primitiva, corrieron directamente hacia Alec, con sus cuerpos al límite y sus almas desbordadas de dolor.

  Mientras tanto, en la distancia, Edmund caminaba con la misma elegancia con la que había cruzado mil campos de batalla. A su paso, los enemigos caían sin esfuerzo, y los estudiantes huían, paralizados ante la presencia de un vampiro que no ocultaba su naturaleza.

  —Se?or. —dijo uno de sus subordinados, arrodillado a su lado —He sentido la presencia de la se?orita…

  Edmund alzó el rostro. Sus sentidos se agudizaron, y entre la neblina y el humo, la vio. A Elizabeth, su se?ora. Sin dudar un instante, el mayordomo abandonó su ruta y se dirigió con una velocidad fantasmal hacia ella.

  En otro extremo del coliseo, en medio de las gradas, una de las valkirias levantó la voz con urgencia.

  —?Capitana! ?La princesa está en la arena!

  Loana ni siquiera contestó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

  Saltó desde su posición, descendiendo con agilidad felina entre los escalones, seguida por sus hermanas de batalla. La determinación era clara. Debía proteger a Astrid, sin importar el precio.

  En la arena, el caos rugía.

  Las tres chicas, consumidas por la ira, atacaban a Alec con el alma rota. Pero mientras sus pu?os, espadas y látigos buscaban castigo, otra figura lo presenció todo desde las sombras.

  Randa, la general, apenas descendió hacia las gradas, sintió algo que los demás no pudieron. La presencia de su se?ora… estaba siendo distorsionada. Sus ojos se clavaron en Juliana. Reconoció el brillo rojo que se encendía en sus pupilas. Las hebras de su cabello comenzaron a arder con fuego sobrenatural.

  —No… —susurró, con el corazón paralizado —No otra vez.

  Las amazonas corrieron a alertarla, pero era inútil.

  Randa ya se había lanzado. Con un impulso demoledor, saltó desde la grada directamente hacia la arena, ignorando el riesgo de caída.

  En medio del enfrentamiento, las tres chicas estaban a punto de desatar su furia total. Pero justo entonces, tres sombras llegaron a su lado como relámpagos.

  Edmund, Randa y Liviana.

  Los protectores de las tres se interpusieron con urgencia, pero lo que escucharon a continuación los dejó sin palabras.

  —?No te metas en esto, Randa! —gritó Juliana.

  —?Aléjate, Edmund! —bramó Elizabeth.

  —?Liviana, no interfieras! —escupió Astrid.

  Sus voces retumbaron al unísono, llenas de furia, de desobediencia y de desesperación. Los tres quedaron estupefactos. Por un momento, no supieron cómo reaccionar.

  Astrid levantó su espada con ambas manos. Sus ojos, rojos por la ira, ardían como brasas a través de su máscara. Apuntó directo al cuello de Alec.

  Pero este no era el mismo chico de antes. Alec se movió. Detuvo el filo con su antebrazo, desviándolo con fuerza. La espada se clavó en el suelo.

  Juliana, sin armas, arremetió con los pu?os. Le dio un golpe certero en el estómago que lo hizo retroceder… pero Alec respondió. Su pierna se alzó con brutalidad y le propinó una patada directa al rostro.

  Juliana cayó de espaldas.

  Elizabeth, con una furia contenida, agitó su látigo. Lo manejó con elegancia, con la precisión de una artista. Las marcas se dibujaron en el rostro de Alec como pinceladas de rabia. Jadeando en el suelo, Astrid intentó incorporarse. Con un grito de furia, se lanzó una vez más hacia Alec, pero fue interceptada.

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  La espada de Loana se interpuso entre su filo y su objetivo.

  —?Se?orita Van Saint! —clamó, con la voz firme y los pies bien plantados —?Por favor, deténgase!

  —?Me voy a detener cuando le haya cortado la cabeza a ese desgraciado!

  Astrid arremetió con rabia, pero Loana desvió su ataque con maestría, obligándola a retroceder. La fuerza en el golpe no era técnica era puro dolor.

  Liviana apareció detrás de su se?ora y sujetó su brazo con suavidad.

  —Mi se?ora… por favor. Cálmese…

  —?No! —gritó Astrid, con los ojos enrojecidos por las lágrimas —?Déjame! ?Tengo que matarlo!

  Intentó zafarse, pataleó, forcejeó… pero fue inútil. Sin su energía, sin su fuerza espiritual, no podía liberarse del agarre de su caballero.

  A su lado, Juliana también intentó lanzarse una vez más. Pero antes de que pudiera llegar siquiera a levantarse, fue inmovilizada. Randa la sostuvo con fuerza, sujetándola contra el suelo.

  —?Suéltame, Randa! —rugió Juliana, su voz llena de una rabia venenosa.

  La general no respondió de inmediato. Se acercó a su rostro y susurró con voz urgente:

  —Cálmate… tu energía se está desbordando. Si sigues así…

  Pero entonces, Juliana se detuvo. Levantó lentamente la mirada hacia Randa. Sus ojos ya no eran humanos. Brillaban con un fulgor rojo intenso, y su cabello ondeaba en hilos de energía como si fueran llamas.

  —No me importa si todos ven mi maldición. —dijo con una calma escalofriante —Voy a matarlo. A ese mal nacido lo matare. Así que… déjame ir, Randa... ?Para poder sacarle las entra?as a ese hijo de puta!

  Randa apretó los dientes y usó toda su fuerza para mantenerla inmovilizada. Su corazón latía con fuerza.

  ??Por qué…? ?Por qué está tan furiosa? ?Qué le hizo ese chico para desatar esto en ella??

  Del otro lado de la arena, Elizabeth lanzó su látigo una vez más, con desesperación. El cuero silbó en el aire, buscando la carne de Alec. Pero algo lo detuvo. Una mano pálida y elegante, lo sujetó con facilidad.

  —Edmund… —susurró ella —No ahora…

  El vampiro sostuvo el extremo del látigo con la fuerza de una monta?a.

  —Lo siento, se?orita. —respondió con una voz tan suave como helada —Pero esta… no es la manera de actuar de una dama.

  Elizabeth apretó los dientes con una furia que solo el dolor puede forjar.

  —Yo no quiero ser una dama ahora, Edmund. —Refuto —?Quiero verlo sangrar!

  Sus palabras cayeron como dagas, clavándose en el silencio tenso que los rodeaba. Y, al centro, Alec los observaba a todos. Cubierto de sangre, herido, pero de pie. Su respiración era pesada… su mirada, contenida.

  él no decía nada.

  Al instante, los asistentes de Edmund se movieron con una precisión impecable. Dos mayordomos tomaron a Elizabeth por los brazos, sujetándola con firmeza. Quedó indefensa a merced de sus hombres.

  —?Les ordeno que me suelten ahora mismo! —gritó, quebrada por la furia.

  Uno de los sirvientes negó con respeto, manteniéndose impasible.

  —Lo siento, se?orita… me temo que no podemos acatar sus órdenes. Es por su seguridad.

  Mientras la tensión crecía, al otro lado de la arena, Lartyr descendía lentamente junto a Madame Lothrim, ayudándola a caminar entre los restos del combate. Sus pasos eran lentos, pero determinados. El cuerpo de la sabia aún sangraba, pero su espíritu se mantenía firme. Aunque no por mucho.

  Alec, observando desde el centro de la arena, buscaba un modo de escapar. No quería enfrentarla. No a ella.

  Valeria, desde una posición elevada, lo vio. Sus labios temblaron. Al verlo vivo, al fin pudo soltar el aliento que llevaba horas conteniendo.

  —Alec… ?Dónde estuviste?

  él intentó responder. Tragó saliva. Buscó palabras entre los escombros de su alma.

  —Yo… yo…

  Pero nada salió.

  Entonces, el aire cambió. Del otro lado de la arena, Reinhard, Dimerian y Nhun irrumpieron, deteniéndose en seco al ver la escena. Nhun luchaba con todo su cuerpo, intentando zafarse de los brazos de sus compa?eros. Sus ojos eran dos cuchillas afiladas.

  —?Ese hijo de puta nos capturó! —gritó con rabia desgarradora —??él es parte del culto!!

  El aire se congeló. Un silencio incómodo se instaló como una cuchilla en la garganta de todos. Madame Lothrim sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —?Qué…? —murmuró, con la voz apagada —Ni?a, cuida tu lengua… este no es lugar para falsas acusaciones.

  Pero otra voz se unió.

  —No es falso. —interrumpió Astrid, con dificultad.

  Liviana la sostuvo, preocupada, al ver el temblor en su cuerpo mientras intentaba hablar.

  —Alec… nos capturó. A todos nosotros. Cada uno puede dar testimonio.

  Su voz se quebraba. Pero entonces, el fuego volvió a encenderse.

  —?Y mató a Cecilia! —gritó Juliana, sus ojos ardieron en rojo —?Ese bastardo… mató a nuestra amiga y usó su cuerpo para un ritual horrible!

  Madame Lothrim se quedó inmóvil. Como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Sus labios estaban entreabiertos, pero ninguna palabra salía. Y como si el golpe no fuera suficiente, Elizabeth, aún sujeta por los sirvientes, a?adió la estocada final.

  —Es cierto… Alec nos usó como cebo. Su plan era atraer a Cáliban. Lo capturó… y lo torturó durante toda la noche.

  Hizo una pausa. Su voz se quebró al recordar el cuerpo lleno de marcas de su líder.

  —Sus heridas… todavía están en su cuerpo. Si no fuera por él, nunca habríamos escapado.

  Un temblor sacudió el alma de Loana. Su espada, la que había sostenido con tanto orgullo, se deslizó de sus dedos y cayó al suelo con un eco hueco.

  Madame Lothrim no dijo nada. No pudo. Sus ojos miraban a Alec, pero no lo veían. Solo podía escuchar las voces de las chicas. El odio en sus palabras.

  ?No… no puede ser… Alec… Tú no… ?

  Una parte de ella, profunda y enterrada, se negó a creerlo. Pero otra… comenzaba a quebrarse. Y el joven, aún sangrante, aún tembloroso… seguía sin hablar.

  El sudor corría por la frente de Loana. Su respiración era errática y sus ojos llenos de incertidumbre. A su lado, Madame Lothrim permanecía inmóvil… hasta que giró lentamente la cabeza, buscando con desesperación el rostro de aquel a quien alguna vez llamó nieto.

  —Alec… —susurró, con una voz apenas audible, quebrada —Dime que no es cierto…

  Buscaba negación. Una mentira piadosa. Cualquier cosa que desmintiera lo que acababa de escuchar.

  Pero Alec solo frunció el ce?o.

  Una mueca amarga se dibujó en su rostro. El sudor mezclado con sangre bajaba por sus mejillas. Todo había salido mal. Todo se había desmoronado. Lo único que podía hacer ahora… era ganar tiempo e intentar escapar antes de que fuera demasiado tarde.

  —?Madre! —exclamó con voz temblorosa —?No escuches lo que ellas dicen! ?Fui capturado por el culto y encerrado! ?Querían usarme para tenderte una trampa!

  —?Mientes! —gritó Astrid, forcejeando con desesperación en los brazos de Liviana.

  La Valkiria la sostuvo con fuerza, sus ojos se clavaron en Alec con una expresión filosa.

  —?Insinúas que nuestra princesa es una mentirosa…? —su voz se volvió hielo —Cuando tienes a tantos testigos se?alándote.

  Las valkirias tensaron el agarre sobre sus espadas, listas para actuar al más mínimo gesto de su capitana. Las amazonas elevaron sus escudos. Edmund, por su parte, se colocó al frente de su se?ora, mientras sus criados formaban una línea defensiva detrás de él.

  Todo estaba a una sola chispa de estallar.

  Madame Lothrim se encontraba en el centro de aquel campo de tensión. Cada palabra, cada mirada, le pesaba como una tonelada en los hombros. Su juicio, nublado por el desconcierto, hizo levantar su voz.

  —?Cualquiera que levante sus armas hacia mi nieto será considerado mi enemigo!

  Randa, Edmund y Liviana se mantuvieron firmes pero quietos. No podían darse el lujo de ofender a una persona como la Gran Sabia. El silencio sepulcral reinó por unos cuantos segundos.

  Y como si el destino insistiera en enterrar aún más el momento… un crujido estremeció la arena.

  La gran barrera violeta que cubría la mitad del coliseo se quebró con un rugido sordo. Fragmentos de energía mágica se elevaron al cielo como esquirlas de cristal.

  Y de entre las ruinas flotantes… apareció Kasus.

  El director descendió en silencio, pero su mirada lo decía todo. Sus ojos eran pozos oscuros, fijos en la escena que se desarrollaba. Al llegar, su voz fue cortante:

  —Parece que no estás en una buena posición, Valeria…

  Madame Lothrim se irguió como pudo, aún con la herida latiendo en su costado.

  —Estoy… segura de que debe ser un malentendido… tal vez…

  —?No hay explicación que valga! —interrumpió Reinhard, lleno de convicción —Lo que dijeron mis compa?eras es cierto. Todos somos testigos. —Sus palabras cayeron como martillos sobre el alma de la Gran Sabia. —Incluso la profesora Sill y lord Hilloy están dispuestos a testificar. —a?adió con dureza —?Vieron lo que Alec hizo!

  —?Es cierto! —gritó Dimerian, avanzando un paso —?Nos llevó al límite! ?Casi nos mata a todos! ?Tuvimos que abrirnos paso entre hordas interminables del culto!

  Nhun no pudo articular palabra alguna.

  La ira y la impotencia se acumulaban en su garganta, ahogándola. Solo podía apretar los dientes, sus u?as se clavaron en las palmas, deseando con todo su ser acabar con Alec allí mismo.

  El director, observando el caos contenido que lo rodeaba, acarició su barba con un aire calculador. Su mirada se deslizó hacia Madame Lothrim.

  —Bueno… parece que los testimonios se acumulan. —dijo en tono neutro —?Cómo debería proceder, Valeria?

  Madame Lothrim no respondió. En su lugar, un cúmulo de tos violenta la sacudió. Loana corrió a sujetarla, alarmada. Su respiración era forzada, el color de su rostro era pálido. No era solo el dolor físico, el peso emocional la estaba desmoronando por dentro.

  Kasus abrió la boca para pronunciar sentencia. Pero entonces… una voz resonó.

  —Es suficiente.

  El aire parecía contener la respiración colectiva. Todas las miradas se volvieron hacia la entrada de la arena.

  Allí, cruzando el umbral con paso tranquilo, apareció Cáliban. Caminaba erguido, aunque su cuerpo hablaba de todo, menos de calma. A su lado, lord Xander avanzaba con su porte silencioso, sus ojos escanearon el ambiente con una frialdad calculada.

  Los guardianes de las chicas fruncieron el ce?o.

  ?Ese joven… lo recuerdo…? —pensó Edmund, con una sombra en la mirada.

  ?él debe ser el líder de su casa…? —dedujo Liviana, tensando los músculos.

  Pero Cáliban no mostró hostilidad. Solo serenidad y una fuerza inquebrantable.

  Cuando llegó al centro de la arena, Madame Lothrim dejó escapar un suspiro contenido. Al verlo… su mirada se quebró. Su corazón se apretó.

  El chico estaba destrozado.

  Su cuerpo estaba cubierto de cortes, hematomas y quemaduras. Pedazos de piel desgarrada adornaban su espalda, sangre reseca cubría sus brazos y cuello. Cada centímetro de su ser hablaba de una tortura prolongada… y sobrevivida.

  Cáliban se detuvo junto a sus compa?eras y sonrió. Su sonrisa era sincera.

  —Astrid, Juliana, Elizabeth… —dijo con voz suave pero autoritaria —Es suficiente.

  Elizabeth frunció el ce?o. Dio un paso adelante.

  —Pero Cáliban… él…

  —Déjalo en mis manos, ?Sí?

  Juliana se incorporó como pudo y exclamó con sus manos aún temblorosas.

  —?Pero líder… él… a Cecilia…!

  Cáliban la miró. No con dureza… sino con una ternura que desarmaba.

  —Lo sé… —dijo Cáliban, con una calma desconcertante.

  Su voz, templada, resonó con una serenidad que desarmó incluso a los más tensos.

  —Entiendo cómo te sientes… —a?adió, mirando a Juliana —Pero sabes tan bien como yo que Cecilia no habría querido que hicieras esto…

  Sus palabras flotaron en el aire como un bálsamo amargo. Juliana bajó la mirada. Su respiración, antes agitada, se apaciguó poco a poco. En sus ojos se reflejaba la incertidumbre. Si ella había sentido la muerte de Cecilia desde la distancia… entonces era obvio que Cáliban también la había sentido. Y, sin embargo, su mirada no contenía furia.

  Solo una inquietante paz.

  Randa notó el cambio de inmediato.

  El cabello de su se?ora dejó de flotar con energía salvaje. La furia roja se desvanecía. Soltó lentamente su agarre y, con cuidado, ayudó a Juliana a incorporarse. La princesa no opuso resistencia.

  Astrid y Elizabeth, al ver a su líder ceder, dejaron de forcejear también. El aire alrededor del grupo parecía haber cambiado. Edmund observó el estado de su se?ora. Elizabeth tenía el cuerpo cubierto de cortes, rasgu?os y su ropa estaba manchada con sangre seca. Pero lo que lo sacudió fue su mirada.

  Sus ojos estaban vacíos. Como si una parte de ella hubiese muerto en aquel lugar.

  ?Se?orita… le fallé…? —pensó el mayordomo, apretando los pu?os.

  Kasus, desde su posición elevada, frotaba su barba en silencio. Observaba la escena con atención, evaluando cada gesto, cada palabra, cada mirada.

  Cáliban avanzó. Cada paso era un eco sordo. Una muestra de su voluntad, arrastrando un cuerpo que apenas se mantenía en pie, pero cuya determinación pesaba como hierro.

  Madame Lothrim trató de acercarse. Sus piernas temblaban, al igual que su alma. Al ver las heridas de su nieto, su voz se quebró:

  —?Quién… quién te hizo esto?

  Cáliban se detuvo. Bajó ligeramente la cabeza. Sus ojos eran un abismo de cansancio y verdad.

  —Ya sabes la respuesta… —dijo con suavidad —Y, sin embargo, te niegas a verlo.

  El silencio que siguió fue ensordecedor.

  Madame Lothrim no dijo nada más. Porque no podía. Las palabras de Cáliban no fueron una acusación… fueron una confirmación. Un juicio sin rencor, sin rabia, sin odio. Solo la verdad… y el peso de lo inevitable.

  Sus rodillas temblaron.

  ?Alec…?

  Había traicionado todo lo que ella creyó construir.

  Mientras tanto, Cáliban continuó su camino hasta quedar frente al director. Sus heridas sangraban lentamente, su respiración era un susurro áspero… pero su postura era firme.

  —Director…

  Kasus alzó una ceja, intrigado.

  —?Tienes algo más que agregar?

  Cáliban levantó la mirada, sin miedo, sin rencor.

  —Con todas las pruebas puestas sobre la mesa… —dijo —?Cuál sería el castigo para Alec?

  Kasus suspiró con profundidad, como si evaluara el peso de sus palabras antes de lanzarlas al abismo. Por un instante, dudó. Pero sabía que, tarde o temprano, la verdad debía ser dicha.

  —Por supuesto. —declaró con voz grave —La pena de muerte.

  La sentencia cayó como una losa de mármol sobre la arena.

  Alec dio un paso atrás, tambaleándose. El color abandonó su rostro y el miedo comenzó a asomar en sus pupilas. El aliento le falló a Loana. Y Madame Lothrim, con una súplica desesperada en sus ojos, intentó intervenir.

  —No… Kasus, por favor… no… —rogó, su voz apenas un hilo.

  Pero antes de que pudiera decir más, otra voz rompió la tensión.

  —Tiene razón. —dijo Cáliban, sereno y templado como el filo de una hoja —Ese castigo… no es justo.

  El silencio fue absoluto.

  Los miembros del gremio quedaron estupefactos. ?Cáliban, el mismo que fue torturado, el que vio morir a Cecilia… ahora lo defendía?

  Reinhard y Dimerian intercambiaron una mirada de pura confusión. Nadie se atrevía a hablar. Nhun abrió la boca para gritar, pero Reinhard, anticipándose, cubrió sus labios con fuerza.

  —Cáliban… tú… —murmuró Astrid, incapaz de comprender.

  Incluso Kasus frunció el ce?o.

  —Según lo que he escuchado… ese chico te hizo esto. ?Y aún así lo defiendes?

  Pero Cáliban negó con la cabeza.

  —Director… esta gente… —dijo, abriendo los brazos hacia el público —los nobles, los estudiantes, los trabajadores… todos ellos pagaron por ver un espectáculo hoy, ?No es así?

  Los ojos de Kasus se entrecerraron. Y luego se iluminaron con un destello de interés genuino.

  —Jo… jo… ?Qué estás proponiendo, muchacho?

  Cáliban giró lentamente su rostro hacia Alec. Lo miró fijamente.

  —Solicito… un duelo a muerte.

  La frase explotó en el aire como un trueno. Hasta el más mínimo murmullo se extinguió. Los asistentes quedaron petrificados. Liviana apretó los dientes, evaluando al joven con la mirada. Todo en su instinto le decía que apenas estaba en el tercer nivel, si acaso.

  ?Un ni?o débil como el… ?Qué le da el coraje de decir eso?? —pensó.

  Alec solo lo miró, incrédulo.

  —?Estás loco…?

  Pero Cáliban no respondió.

  —Ni?o… —la voz de Edmund cortó el silencio con la gravedad de quien ha vivido mucho tiempo —Escucha mi consejo. Deja que el director se encargue. En tu estado, vencer a Alec es imposible. Y aunque lo lograras… te harás enemigo de una entidad poderosa. ?Crees poder lidiar con las consecuencias?

  Randa asintió con lentitud. Ella también había deseado castigar a Alec. Pero entendía las implicaciones. Si intervenía directamente, sería el equivalente a declarar la guerra a uno de los tres Sabios… y a la organización que se escondía tras su sombra. Solo le quedaba confiar en que el director dictará un castigo justo.

  Cáliban, sin embargo, no pareció alterarse. Giró el rostro lentamente hacia Madame Lothrim.

  Ella jadeaba de dolor, su rostro estaba pálido por la sangre perdida, pero aún se mantenía de pie… hasta que se encontró con la mirada del joven.

  —Valeria Lothrim. —dijo Cáliban, con una calma tan absoluta que helaba la sangre —?Serás mi enemiga?

  La pregunta no tenía dobleces. No había odio en su voz, ni desafío. Solo una certeza inamovible. Valeria abrió la boca… pero no supo qué decir.

  —Yo… yo… yo no…

  Los tres guardianes quedaron estupefactos ante la manera de actuar de la sabia. La mujer que minutos antes estuvo dispuesta a enfrentarse a tres reinos por su nieto… ahora titubeaba. Su corazón, dividido entre el amor y la verdad, temblaba. Loana, desesperada por evitar lo inevitable, intervino:

  —Cáliban, por favor… no seas cruel… no es momento para-

  —Murieron inocentes, Loana. —La voz de Cáliban la interrumpió como un muro de hierro —Estudiantes, trabajadores, gente que no podía defenderse. Y quién sabe cuántos más…

  Sus ojos no mostraban rabia. Mostraban dolor y determinación.

  En ese momento, el director, aún sumido en sus reflexiones, fue interrumpido por dos figuras que se acercaban rápidamente entre los escombros.

  —Director. —informó Meeris con voz firme —Hemos protegido a los estudiantes que pudimos. La zona oeste está segura.

  —Lo siento, se?or. —a?adió Aasmir, con el rostro sombrío —Hubo bajas durante la batalla… y varios enemigos escaparon antes de que pudiéramos atraparlos.

  Kasus asintió con gravedad.

  —Está bien… hicieron un buen trabajo. Trasladen a los heridos al hospital. Levanten el festival. El coliseo quedará cerrado hasta nuevo aviso.

  Ambos profesores hicieron una reverencia y se retiraron. Kasus volvió su atención a Cáliban, con la mirada más afilada.

  —Bien… —dijo, con una sonrisa de sabueso —Puedo aceptar tu solicitud. Pero un duelo a muerte, sin importar contra quién sea o qué haya hecho, debe ser aceptado por ambas partes. Solo así tiene legitimidad. —Se volvió hacia Alec —Entonces…

  El director observó a Alec, aturdido, mientras comprendía que su destino se decidía de esta manera. Y justo cuando parecía que la sentencia de Cáliban ya era lo suficientemente extra?a, de la boca del líder salió una propuesta que dejó perplejos a todos.

  —Alec… —dijo con voz firme —terminemos esta estupidez aquí y ahora. Si tú ganas, podrás abandonar la academia impune.

  —??Qué?! ?No! —exclamó Nhun, incapaz de contener el clamor que brotaba de su interior —??Qué estás haciendo?!

  —Xander, ?Alejala de aquí!

  Lord Xander no perdió el tiempo. Tomó a Nhun, con la precisión de un guerrero disciplinado, y la condujo hacia las gradas. Por más que intentaba forcejear, ella no pudo liberarse del agarre inquebrantable del caballero. Esta acción llamó la atención de Liviana. Durante un breve instante, pareció no reconocer al hombre que acompa?aba a Cáliban, pero en cuanto éste pronunció su nombre, su sorpresa fue mayúscula. Lord Hilloy ya no parecía el hombre decrépito de anta?o; había adquirido la vitalidad y el porte del rey en su propio proceso de transformación corporal.

  Alec, por su parte, reflexionó sobre la propuesta de Cáliban, aunque no encontraba motivos para creerle. Después de todo, él no tenía control real sobre su vida. Al ver la resistencia de los demás a aceptar la situación, Cáliban dirigió la mirada al director, esperando alguna declaración que pusiera fin al caos. Este simplemente asintió, dejando ver que la situación se había escalado a un punto sin retorno.

  ?Bueno… veré hasta dónde llega esto… es interesante.? —pensó para sí mismo el director.

  —?Entonces, cuál es tu respuesta, Alec?

  —?Alec, no contestes! —clamó Madame Lothrim, intentando ayudarlo en vano, buscando una solución alternativa.

  Alec suspiró, sabiendo que no había escapatoria, incluso si su abuela se pusiera de su lado. Finalmente, con voz resignada y llena de determinación, dijo:

  —Acepto. Como dijiste, es hora de terminar con esto de una vez por todas.

  —?No! —exclamó de inmediato —?Me niego a que esto ocurra!

  Madame Lothrim trató de hacerlos entrar en razón, pero la decisión ya estaba sellada. El destino parecía haber condenado a que pereciera uno de los dos. Al ver que ninguno respondía, intentando aliviar la tensión, se volvió hacia el director:

  —?Kasus, esto es ridículo! ?Cáliban está herido, no puede pelear así!

  Sin embargo, Kasus no se conmovió ante las súplicas de Madame Lothrim.

  —Querida… —dijo con una calma espeluznante, sin siquiera mirarla —si siguiera estrictamente las reglas de esta academia, tendría razones de sobra para ejecutarlo sin que me temblara el pulso.

  Sus ojos brillaron con una chispa de poder absoluto.

  —Pero temo que, ahora que el joven Cáliban ha tomado su decisión… y Alec la ha aceptado… ya no hay marcha atrás.

  La sentencia era clara e irrefutable. Entonces, el director levantó la mano.

  En ese instante, una energía abrumadora se alzó desde el centro del coliseo. Era como si una fuerza primordial hubiese despertado. El aire se volvió denso, imposible de respirar. El suelo tembló. Las columnas vibraron. El cielo se oscureció levemente, como si el mundo mismo contuviera el aliento.

  Los estudiantes gritaron, algunos cayeron de rodillas, incapaces de resistir la presión mágica. Los veteranos alzaron la vista, sorprendidos.

  Y entonces, con un crujido como de cristal rompiéndose en mil fragmentos, la formación mágica que había sellado los poderes en el coliseo… se desintegró.

  La energía espiritual, contenida hasta ahora, fluyó libremente desde que inició el festival.

  El silencio se hizo largo mientras todos observaban actuar al director, cuya sonrisa, aunque forzada, delataba el peso de la responsabilidad y los intereses en juego.

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