En la cúpula violeta que se alzaba sobre la arena del coliseo…
La batalla entre ambos magos había alcanzado un nivel tan elevado que los ojos humanos no podían seguir sus movimientos. Cada destello, cada impacto, era una danza de luz y sombras entre dos titanes del arcano. El aire mismo vibraba con la energía liberada.
Gracias al poder corrupto otorgado por la diosa, el Soberano había llevado su poder y velocidad a límites sobrehumanos, logrando igualar al mismísimo Director Kasus. Ambos se desplazaban entre el vacío como relámpagos, dejando estelas ardientes a su paso.
—?Ricochet! —gritó el anciano, retumbando como un trueno dentro de la cúpula.
Sus manos se encendieron con un fulgor violeta, desatando una lluvia de proyectiles mágicos que rebotaban en el entorno, acelerando con cada rebote, tornándose incontrolables.
Sin embargo, Kasus se movía con una elegancia casi burlona. Cada salto, cada giro, cada esquiva era perfecta.
—Tu formación mágica afecta mis hechizos… pero no mi cuerpo. —dijo con voz tranquila mientras se deslizaba entre los rayos de energía —?Esperas acertar uno por pura suerte?
A pesar de la intensidad del duelo, el director apenas utilizaba magia ofensiva y solo unos cuantos conjuros de potenciación corporal. Su confianza era absoluta.
El Soberano lo sabía… solo tenía que resistir un poco más.
?El portal estará listo en cinco minutos… Si puedo contener a Kasus unos instantes más, traeremos al ejército de la Se?ora a este plano… y entonces, ni él, ni los reinos, tendrán oportunidad.?
Con determinación, lanzó su siguiente hechizo.
—?Clausa Spatium!
Una esfera de energía translúcida envolvió al director en pleno salto, sellando sus movimientos dentro de un espacio cerrado. La prisión mágica temblaba, forzando el flujo arcano a obedecer una geometría precisa.
Kasus cayó dentro de la barrera, sus pies tocaron suelo sólido por primera vez en minutos. Su ce?o se frunció.
—?Tarditas!
El Soberano extendió los brazos y una segunda capa de hechizo se superpuso. Una distorsión temporal que ralentizó aún más los reflejos del director. Cada movimiento suyo se volvió pesado, como si nadara en agua espesa.
??Finalmente… una abertura!?
El momento había llegado.
La razón por la que muchos magos temían liberar sus conjuros más poderosos era clara. Estos requerían tiempo, concentración o una brecha. Y ahora, la tenía. El Soberano sonrió. Una sonrisa afilada, te?ida de muerte.
El Soberano extendió ambas manos hacia el cielo, y su cuerpo comenzó a vibrar con una energía descomunal. Sus venas se iluminaron con un fulgor violeta, resplandeciendo como relámpagos contenidos bajo su piel.
—?Resurgens... hastam Draconis! —rugió, con una voz cargada de poder.
Desde el espacio sobre su cabeza, el aire se rasgó con un bramido ancestral. Una lanza de energía pura se formó en espiral, envuelta en llamas místicas y el eco del rugido de un dragón olvidado por el tiempo. Era más que un hechizo, era la materialización de una bestia primordial.
Con un gesto firme y violento, el Soberano arrojó la lanza.
El proyectil surcó la distancia como una estrella caída, y en pleno vuelo comenzó a transformarse. La punta se abrió, revelando colmillos de luz mientras la lanza tomaba la forma de la boca de un dragón, listo para devorar a Kasus en un solo mordisco.
El impacto fue devastador.
El suelo tembló. La cúpula entera vibró como si fuera a colapsar. Las paredes mágicas chirriaron como si dolieran, y el humo denso se alzó en espiral hacia el techo. El Soberano rió con euforia, extasiado por la magnitud de su ataque.
—??Qué te pareció eso, Gran Sabio?! —exclamó entre carcajadas, tratando de recuperar el aliento.
—No lo sé… los hechizos vistosos no son de mi agrado. —dijo una voz serena.
El Soberano palideció por la voz que parecía provenir de su espalda. Giró con rapidez, pero ya era tarde. Kasus estaba allí, a escasos pasos, con una mano en el bolsillo y la otra extendida lentamente.
—??Qué…?! ??Cómo es posible?!
Kasus levantó la mano con la misma calma con la que se sirve una taza de té y dijo:
—Quinque chori angelorum.
El Soberano dio un salto instintivo, conjuró su escudo mágico y se preparó para cualquier hechizo visible… pero no vio nada.
Hasta que lo sintió. Cinco perforaciones exactas atravesaron su cuerpo en distintas zonas. Dolor preciso, limpio, como una sinfonía invisible.
?No vi nada… ?Magia de sonido...??
—Plena corporis acceleratio. —susurró el Soberano, activando uno de sus conjuros más avanzados.
Una oleada de energía cubrió su cuerpo, acelerando cada célula, cada proceso biológico. No curaría las heridas al instante, pero sí detendría el sangrado y aceleraría su regeneración.
Apretó los dientes y se levantó.
—Supongo… que ahora es mi turno de atacar.
Kasus dio un paso al frente. Su expresión, antes calmada, se volvió sombría. Sin perder un solo instante, colocó ambas palmas sobre el suelo y susurró con voz grave:
—Cumulus ignis…
Un círculo mágico se desplegó bajo sus pies, tallado con runas ancestrales que ardían con un fulgor anaranjado. Entonces, los ojos del director brillaron con un intenso azul zafiro, como si toda su conciencia se conectara al flujo mágico del entorno.
Sonrió. Era una sonrisa inquietante. Sutil y peligrosa.
—Commutatio.
Al instante, ambos cuerpos desaparecieron en una ráfaga de energía. En una fracción de segundo, el director intercambió su posición con la del Soberano. Y antes de que su oponente pudiera siquiera tocar el suelo, Kasus chasqueó los dedos.
El círculo mágico rugió y una explosión de fuego estalló justo frente al Soberano.
El estruendo sacudió la cúpula. Escombros volaron por los aires, y el humo denso llenó el espacio como una cortina abrasadora. La piedra se agrietó, el aire se distorsionó. Kasus observó la escena y soltó una carcajada, no de júbilo, sino de amarga lástima.
—?De verdad creíste que podrías vencerme solo porque no estaba usando mis hechizos más fuertes…? —murmuró con sorna —Dime, ?Cuántos a?os pasaste formulando este plan tan… mediocre? La verdad, Soberano… esperaba algo más de-
Pero no terminó la frase. El filo entró en su carne como una serpiente silenciosa. Kasus soltó un jadeo silencioso. Una hoja negra, corrupta, emergía de su costado. La energía oscura se expandía rápidamente por sus venas, debilitando su cuerpo, paralizando sus músculos.
—Ha… el tiempo de jugar… se acabó. —susurró una voz helada junto a su oído.
El Soberano estaba detrás de él. Vivo y sonriente.
Kasus perdió fuerza en las piernas y cayó de rodillas, su cuerpo fue consumido por el veneno mágico. El Soberano se sacudió el polvo de la chaqueta con calma mientras recuperaba el control del campo.
—Te he observado por a?os, Kasus. —dijo con una voz suave —Sabía que jamás te vencería en un duelo frontal… así que me preparé.
El director, con dificultad, alzó la mirada. Sus ojos se dirigieron hacia el epicentro de la explosión anterior.
Allí, entre el fuego y el humo, la figura del Soberano comenzaba a desquebrajarse. Su piel se desgarraba, su carne caía como un manto… hasta que quedó al descubierto un cuerpo vacío. Sin órganos, sin sangre, solo una cáscara de piel, sostenida por engranajes.
—Una marioneta humana… —murmuró Kasus con esfuerzo, la comprensión ardió más que la herida.
—En efecto. —respondió el Soberano, deleitándose con el dolor de su adversario —Te he observado durante tanto tiempo… ?Realmente creíste que vendría en persona?
Con las manos tras la espalda y el porte altivo, el Soberano comenzó a caminar lentamente en círculos alrededor del Director, como un depredador que se tomaba su tiempo para saborear la victoria. Kasus permanecía de rodillas, con la herida abierta en su costado exudando un hedor nauseabundo y una magia corrosiva que devoraba sus nervios desde dentro.
—Sabía que no podía derrotar al mago número uno del continente en un duelo justo. —dijo el Soberano con tono apacible y académico —Así que jugué mis cartas con cuidado. Muy, muy cuidadosamente.
Cada palabra era una daga más profunda que la anterior.
—Sabía que tu nivel mágico superaba con creces el mío… incluso con el poder de mi Se?ora rebosando en mi interior. Por eso construí una formación de restricción específica, ajustada a tu flujo mágico. No pudo anular por completo tus capacidades, claro… pero las redujo lo suficiente como para que tus hechizos de mayor rango fueran simplemente… inaccesibles.
Caminó hacia el frente, erguido como si estuviera dando una conferencia ante un público invisible, orgulloso de su obra maestra.
—Segundo… conozco tu reputación. Era evidente que alguien de tu calibre tendría escondidos unos cuantos trucos bajo la manga. Pero como dicen… no hay luz más cegadora que la del propio orgullo.
Se detuvo un instante, sonriendo mientras bajaba la mirada hacia el director.
—Oh, Kasus… no pude evitar reír mientras luchabas con tanta fluidez contra mi marioneta… supongo que te deleitó verme en ese estado tan... deplorable.
Giró la cabeza y contempló con algo de nostalgia la marioneta humana, aún humeante. Su cuerpo inerte se deshacía lentamente en carne sin alma.
—Fue una pieza útil. Vital para este juego. Pero como todas las herramientas… tiene su fin.
—Eso no es posible… —susurró Kasus, entre jadeos, conteniendo gritos de agonía —No hay nada… que se escape de mis ojos… debería haberte detectado…
—?Hmm? Oh… eso. —rió el Soberano con una elegancia casi burlona —Fue un golpe de suerte.
—?Un… golpe de suerte…? —repitió el director, incrédulo.
El Soberano dio un giro y desplegó su capa con júbilo. El interior, forrado en una textura de terciopelo carmesí, brillaba con un resplandor sutil pero hipnótico.
—Meses atrás, la Casa de Subastas del distrito rojo ofreció un set completo de pieles de pantera carmesí. Un artículo raro… y muy costoso. Esta capa, confeccionada con esa piel, me vuelve completamente invisible ante cualquier técnica de revelación. Y bajo mi dominio, mis habilidades de ocultación se ven amplificadas al extremo. Pasar frente a ti sin que lo notaras fue demasiado fácil.
Soltó una carcajada, jubilosa y eufórica. El sonido rebotó en las paredes como el eco de una campana funeraria.
—Y por último… pero no menos importante… —sacó lentamente una daga negra de su cinturón, y la hizo girar con elegancia entre sus dedos.
—La daga… —susurró Kasus.
El acero oscuro vibraba con una energía enfermiza, sus bordes palpitaban con un aura corrupta.
—Nuestra Se?ora es maestra en magia de debilitamiento. Su esencia está impregnada en esta hoja maldita. Y me temo, Gran Sabio… que ni siquiera tú podrás removerla.
Kasus agonizaba en silencio, su respiración pesada era apenas audible entre el eco de sus propios latidos. El veneno ardía, la herida supuraba, pero sus ojos permanecían fijos… pensantes.
El Soberano, deleitándose con su victoria, alzó los brazos como un profeta al borde del cumplimiento de su visión.
—Es cuestión de tiempo… —proclamó —En breve, mi Se?ora abrirá el portal… ?Y entonces, todo el continente tendrá que postrarse ante su magnífica presencia!
Sus palabras resonaron por la cúpula como el grito de un destino ineludible. Pero algo interrumpió su euforia.
Una risa. Grave, rasposa… ominosa. Como un susurro macabro que se arrastraba por las paredes de piedra, helando el aire.
El Soberano giró, desconcertado, y encontró a Kasus incorporándose con sus piernas temblorosas, pero erguidas por pura voluntad. Sus ojos estaban vacíos de debilidad.
—Director… —dijo el Soberano, burlón —Debería aprender a admitir cuando ha sido derrotado.
Kasus escupió al suelo, sonriendo con una expresión cargada de desdén.
—Lo mismo podría decirte yo, Soberano de la Diosa de la Mirada Triste… —soltó una carcajada amarga —Qué mierda de nombre, sinceramente. Tengo que admitir que dolió más de lo esperado… pero tranquilo, todo esto estaba dentro del margen de error.
Alzó la vista. En sus labios se dibujó una sonrisa torcida, profunda… llena de malicia. Sus ojos, antes serenos, ahora ardían con un fuego negro. Un brillo devorador, ajeno a cualquier magia común.
Lentamente, llevó la mano hacia su herida.
Un aura oscura surgió de su palma, serpenteando con una elegancia demoníaca. Envolvió la energía corrosiva y comenzó a devorarla, hasta que la herida desapareció por completo. El Soberano retrocedió un paso, atónito.
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?No… eso no es posible… ?Sólo la energía divina puede contrarrestar el poder de mi Se?ora!?
Y sin embargo, ahí estaba. Kasus, de pie, con la mirada del lobo que ha vuelto a la caza. La verdad lo golpeó como un martillo.
—Soberano del Padre Sin Forma… —susurró, ahora con un tono más serio —Me preguntaba cuándo te revelarías. Ja… parece que la Se?ora realmente me ha bendecido. Si te mato aquí, no solo abriré el portal… ?Me libraré de la competencia! Una verdadera ganga.
Kasus alzó una ceja.
—Yo no celebraría antes de tiempo… Soberano.
El tono había cambiado. Ya no había humor, ni juego. Solo certeza. El aire se volvió más pesado. Una presión invisible llenó la sala. El Soberano frunció el ce?o; lo sentía también.
Algo había cambiado. Kasus alzó su dedo índice con calma solemne.
—Soberano… lamento informarte que, a pesar de todos tus preparativos… cometiste tres errores.
En ese momento, un sonido seco atravesó la cúpula.
Crack.
Un crujido. El sonido de una fractura. El Soberano miró a su alrededor. Grietas comenzaron a aparecer, eran peque?as al principio, pero fueron agrandando conforme aparecían en la barrera que los rodeaba.
—Esta barrera… —dijo Kasus —fue dise?ada para contener el poder de un mago del duodécimo círculo.
Las grietas se expandieron. La estructura mágica comenzó a vibrar. El crujido de la barrera resonó por toda la cúpula en un sonido seco y helado que hizo que el Soberano desviara la mirada.
Solo por un segundo. Y un segundo fue todo lo que Kasus necesitaba.
En un abrir y cerrar de ojos, el director apareció justo frente a él. Su mano, firme como la voluntad de un dios, se cerró en torno a la garganta del Soberano.
—No es posible… —murmuró en un sonido ahogado —?No deberías poder moverse así…!
Sintió de inmediato cómo su energía comenzaba a fluir hacia fuera. Estaba siendo drenado. No por magia común… sino por una fuerza mucho más antigua.
—El primer error… —murmuró Kasus, con voz grave —fue no saber que el duodécimo círculo no es mi verdadero nivel.
Los ojos del Soberano se agrandaron. La realidad comenzó a doblarse.
Con un solo gesto, Kasus lo arrojó contra el suelo. El impacto resonó como una campana rota. En el mismo instante, cuatro estacas de energía oscura surgieron de la nada y perforaron sus extremidades, fijándolo al suelo.
?Magia del más alto nivel… activada sin una sola palabra.? —Pensó el Soberano, mientras sus cuatros extremidades ardían con dolor.
El Soberano se retorció, pero no gritó. Su orgullo no se doblegaba.
—Ya perdiste, Kasus… deberías aceptarlo. —dijo, jadeando, pero aún con una sonrisa pícara en los labios —?De verdad crees que solo confiaba en el portal de la Se?ora…?
Kasus inclinó apenas la cabeza, manteniendo su sonrisa, serena e imperturbable.
—Oh… ?Te refieres a las casas de la academia que pensabas que vendrían en tu ayuda?
El Soberano se quedó helado.
—?Qué…?
—Debo agradecerte, sinceramente. —continuó el director, caminando en círculo a su alrededor —Gracias a las bombas que tú mismo plantaste, todas las casas aliadas a tu culto fueron eliminadas. Solo tuve que moverlas al último minuto para que no sospecharas nada.
—?Eso es imposible! —rugió el Soberano, vibrando con furia —?No hay manera de que te enteraras de eso!
Kasus se detuvo y lo miró con una ceja arqueada.
—?Tú puedes infiltrar espías entre mis sacerdotes, pero yo no?
El silencio se volvió denso. El Soberano ya no tenía respuesta. Pero algo no encajaba.
Todo estaba sucediendo como debía. El plan… aunque da?ado… aún podía funcionar. Y sin embargo, la sonrisa de Kasus no desaparecía. Esa sonrisa tranquila, lenta, casi indulgente. Pero con un filo oculto.
El hombre comenzó a sentir algo. Una sensación que el Soberano no comprendía… ni podía justificar. Una certeza incómoda, como una daga invisible acercándose a su espalda.
—Tú… —dijo con la voz cada vez más débil —?Tú lo sabes?
Kasus, hasta ese momento tranquilo como un lago en calma, curvó lentamente los labios con una sonrisa inquietante. Una expresión que no mostraba júbilo ni venganza, sino control absoluto.
—Oh, gran Soberano… —dijo con tono casi burlón —No tienes ni idea de cuánto me ayudaron tus decisiones. Y ese, me temo, fue tu segundo error.
Levantó su mano con serenidad, revelando un artefacto de comunicación mágico que se encendió con un resplandor azulado en cuanto detectó su voz.
—Pueden proceder. —ordenó con firmeza.
La se?al atravesó kilómetros, cruzó valles, monta?as y silencio… hasta llegar a su destino.
Muy lejos, entre las cumbres cubiertas de niebla, una figura encapuchada recibió el mensaje con solemnidad. Su voz, grave y respetuosa, respondió a la orden.
—Sí, se?or.
A los pies de la monta?a, oculto entre la densa espesura del bosque, un ejército esperaba. Guerreros disciplinados, silenciosos como estatuas vivientes. Frente a ellos, se alzaba una catedral gigantesca, fundida en la ladera rocosa como si la misma monta?a la hubiera parido. Su arquitectura, imponente, la ocultaba a simple vista… salvo para quienes sabían dónde buscar.
Era el corazón del culto a la Diosa de la Mirada Triste.
En la entrada principal, un ejército de élite con armaduras de bronce oscuro custodiaba el portal, atentos y en posición. Eran la última línea, los verdaderos elegidos del Soberano. Frente a ellos, un sacerdote se mantenía erguido, con su rostro cubierto. Sus manos temblaban ligeramente nerviosas.
?No recibo respuesta de mi se?or… ni de mis hermanos. ?Habrá ocurrido algo...? No… no debo dejarme llevar por la ansiedad. Detrás de mí hay miles de guerreros listos para conquistar la Academia. Dudar ahora sería una estupidez…?
De repente, escucho un Click. El sonido fue suave, casi imperceptible, pero sus sentidos entrenados lo captaron.
Justo cuando pensó que había sido su imaginación, escuchó un segundo click. Luego otro. Más rápidos, más seguidos. Hasta que se volvió una lluvia de chasquidos. Sus ojos se abrieron en par. Sabía exactamente qué era ese sonido. Se giró con urgencia.
—?Rápido! ?Retiren-!
Pero fue tarde, demasiado tarde.
Una serie de explosiones desgarró el aire. Coordinadas y precisas. El fuego se alzó como destellos de juicio divino, consumiendo columnas, muros y soldados. El suelo tembló. Los gritos se confundieron con el rugido ensordecedor de la destrucción.
Los cuerpos de los guerreros fueron arrojados como mu?ecos. Fragmentos de armadura llovieron por toda la catedral. El humo espeso lo cubrió todo.
Y entre el humo, surgieron sombras.
Cientos de figuras encapuchadas emergieron de ventanas rotas, ductos ocultos, trampillas invisibles. Algunos descendieron desde el techo como espectros encapuchados. Otros salieron de las mismas paredes, camuflados entre los ornamentos de piedra.
El sacerdote, aún de pie, contemplaba la escena con horror.
Los frutos del esfuerzo de su Se?or… el sue?o de la diosa… sus hermanos y hermanas… todo estaba ardiendo. Todo había sido consumido en segundos.
A la distancia, lejos del mar de fuego y destrucción, dos peque?as figuras observaban el caos desde una ladera oscura del bosque. Sus cuerpos estaban cubiertos por capas oscuras, y sus rostros ocultos tras máscaras marcadas con símbolos antiguos.
Ambos compartían la misma insignia. Sabían que lo que presenciaban no era solo una batalla... sino un cambio en el tejido del destino.
—Parece que ejecutó su plan sin contratiempos… —dijo la figura que portaba una máscara adornada con olas en espiral —El Se?or tenía razón. Algo, o alguien, ha desviado el flujo natural del destino. El resultado… no es el que él vio.
—?Agente Mar…? —preguntó su compa?ero, cuya máscara brillaba tenuemente con runas de tierra viva.
El agente Mar guardó sus binoculares y asintió con gravedad.
—Comunícate con el Agente Luna. Informa que sus sospechas fueron correctas. Debemos abandonar este lugar de inmediato.
Sin una palabra más, ambos se esfumaron en la espesura del bosque, como hojas arrastradas por el viento. Ninguna huella quedó tras ellos.
Mientras tanto, entre los escombros ardientes de la catedral destruida, cinco figuras emergieron del humo. Vestían armaduras negras con bordes metálicos pulidos y un aura asesina se desprendía de cada uno de sus pasos. Caminaban entre los cadáveres como sombras implacables, ignorando el dolor, el calor y el remordimiento.
La figura central, una mujer de porte firme y mirada de acero, se adelantó un paso. Con voz firme, levantó su perla de comunicación.
—?No dejen a nadie con vida! —ordenó con frialdad.
En el instante siguiente, los gritos de los hijos de la Diosa se transmitieron directamente al director. El Soberano observó con horror como los gritos resonaban a través de la esfera de comunicación. Después de unos segundos, la esfera se apagó con un pitido sordo de confirmación.
Kasus sonrió. Una sonrisa más amplia, más serena… pero también más devastadora. Una que erosionó la última resistencia emocional del Soberano.
—No… no es posible… —jadeó el hombre postrado, su cuerpo temblaba, el sudor mezclado con sangre en su frente perló su piel —No puede ser cierto…
Su voz se quebraba, incapaz de asimilar lo inevitable.
—?Aún si estás aquí…! ?Aun si descubriste mis planes! —gritó con desesperación —?Nuestra Se?ora ya ha entrado a este mundo! ?Ni siquiera tú puedes detenerla! ?Solo eres un peón más del dios que pronto será devorado!
Kasus no detuvo su paso. Caminó con las manos en la espalda.
—Puedes creer lo que quieras, Soberano. —respondió con calma, tan suave como el filo de una espada desenvainada —No me interesa tu fe… ni tu desesperación.
—??Por qué esperaste hasta ahora?! —rugió el Soberano, escupiendo sangre y rabia —?Si sabías todo! ??Por qué no actuaste nunca?!
En sus ojos ardía la furia de alguien que ha perdido una partida de ajedrez… sin siquiera saber que ya estaba en jaque desde la primera jugada.
Kasus bajó su sonrisa. Por primera vez, su expresión se tornó seria. Su mirada se desvió ligeramente, como si pensara en alguien más.
—En esta academia… hay un ser. —dijo con voz grave —Uno que todavía posee el poder de oponerse a mí. Su mera existencia representa un riesgo. Un obstáculo.
El silencio cayó con peso. El Soberano sintió un nudo helado en el pecho.
Si lo que decía era cierto… entonces todo había sido premeditado. Cada acción. Cada error que creyó forzar en el director… había sido sembrado para cosechar los beneficios en el momento justo. ?Y lo peor? Todo había sido permitido.
—?Qué clase de monstruo…? —murmuró con la voz rota.
Kasus no respondió de inmediato. Solo mantuvo la mirada fija en su presa.
—Eso es todo lo que necesitas saber. —sentenció con frialdad.
El silencio volvió. Esta vez más pesado, más asfixiante.
El director permaneció quieto por unos segundos, observando al Soberano con una intensidad casi animal. Hasta que, muy lentamente… su sonrisa regresó. Pero esta vez no era humana.
Su rostro se deformó en una expresión imposible. La piel se estiró de forma antinatural. Y entonces, desde su brazo, algo surgió.
Una boca. Gigantesca, deforme, repleta de colmillos filosos y en constante mutación. El brazo de Kasus se transformó en una masa negra, líquida, como alquitrán viviente que respiraba. Palpitaba y se abría para mostrar hileras infinitas de dientes que giraban y se desplazaban como si buscaran carne.
El Soberano podía sentir un eco del poder divino proveniente de él.
—Tú… —susurró el Soberano, jadeando de puro terror —Un… un soberano no tiene ese tipo de poder… ?Quién eres?
Kasus inclinó la cabeza, y su voz se volvió un eco múltiple, distorsionado, como si mil almas hablaran al mismo tiempo.
—Ese fue tu tercer error…
La voz del director se distorsionó en un eco macabro, como si varias voces hablaran al mismo tiempo. La criatura que ahora era su brazo se alzó como una serpiente de pesadilla.
—No saber a quién te enfrentabas.
El brazo monstruoso se lanzó.
Los gritos del Soberano llenaron la cúpula.
Súplica, terror, desesperación. Todo fue en vano. Los dientes se hundieron en su carne, lo desgarraron, lo trituraron. Cada chillido era música para los oídos del director, quien sonreía extasiado. Con los ojos brillando de gozo, disfrutó de cada segundo… de cada súplica…
Al mismo tiempo, en la dimensión oscura…
Era un mundo inhóspito, donde la lógica se desvanecía y la realidad era apenas un susurro quebrado. Un lugar condenado, azotado por vientos huracanados que ululaban como los lamentos de un millón de almas. Relámpagos grises surcaban los grises cielos fracturados, mientras un desierto de arena negra se extendía más allá del horizonte.
En medio de esta desolación, se alzaba una ciudad maldita. Retorcida y viva.
Sus habitantes, deformes y corrompidos por los pecados de sus vidas pasadas, patrullaban sus calles vacías como guardianes sin alma. En el centro, un portal se erguía como un corazón palpitante de sombras. Allí, caballeros de piel desgarrada y ojos vacíos lo custodiaban, su aliento fue extirpado voluntariamente como tributo a su diosa.
El ejército aguardaba.
Junto a sus bestias de carne corroída y formas impensables, esperaban la se?al. El momento en que su Se?ora rasgaría el velo entre los mundos y los liberaría sobre el plano de los vivos.
Pero entonces, en la cima de una cordillera retorcida no muy lejos, otro ejército observaba.
Un mago de rostro deformado, cubierto de túnicas oscuras, símbolos prohibidos y cuernos que sobresalian de cada parte de su cuerpo, alzó la voz con gravedad:
—General… —dijo en un susurro rasposo, cargado de a?os y poder oscuro —Nuestro Se?or ha dado la orden. El Soberano del culto ha caído… y el poder de la diosa está siendo devorado. Es hora.
El general del Padre Sin Forma se encontraba sentado sobre un trono de huesos de bestias extintas. Su armadura, hecha de huesos oscuros y espirales de cuernos vivos, palpitaba con energía profana. Durante un instante, permaneció en silencio… hasta que se irguió.
Tomó su espada, un coloso de hueso tallado con runas de guerra, extraída del cráneo de un dios muerto. Se levantó con majestuosidad impía.
A sus pies, un ejército entero de caballeros de piel gris, ojos vacíos y cuernos retorcidos, se irguió como una sola entidad, esperando su orden.
El general alzó su espada hacia los cielos tormentosos.
—?Nuestro Se?or ha vencido a la diosa corrupta! —exclamó, con una voz que hizo vibrar el mismísimo aire —?Es hora de llevar la destrucción sobre sus vástagos impuros!
Con un rugido de furia ancestral, bajó la espada se?alando los muros de la ciudad.
—?ATAQUEN!
El ejército del dios sin forma cabalgó como una tormenta viviente. Las planicies temblaron bajo sus pasos. De las sombras surgieron bestias dentadas, monturas deformes y carro?eras, mientras el suelo se quebraba bajo el peso de su marcha.
El hechicero, aún en la cima, alzó su bastón tallado en vértebras y absorbió los vientos cargados de arena negra. Luego, los liberó en un huracán de destrucción que barrió las puertas principales como si fueran papel.
Los caballeros no-muertos intentaron resistir. Pero sin la guía de su Se?ora en ese plano, estaban perdidos.
En cuestión de minutos, la ciudad fue sitiada. Las defensas cedieron. Las torres cayeron. La estructura viva gritó con su propia voz al ser desgarrada por la marea enemiga.
El General, montando un corcel de seis patas y dos cabezas con ojos llameantes, galopó entre las calles con una calma absoluta. A su paso, los edificios se derrumbaban. Los enemigos caían. Los templos se profanaban.
La ciudad maldita estaba siendo purgada.
Al mismo tiempo, en el laboratorio secreto, oculto bajo la arena…
La diosa estaba preparada.
Sus ojos, antes brillantes de poder y gloria, ardían ahora con una mezcla de desesperación y obsesión. Había concentrado lo último de su energía, canalizando las fuerzas oscuras que había arrancado de Cecilia. Un susurro gutural acompa?ó el ritual mientras el portal, ba?ado en símbolos antiguos y pulsante oscuridad, comenzaba a activarse.
Un zumbido vibrante llenó la sala. La energía se arremolinó a su alrededor como un remolino hambriento.
—?Por fin! —gritó Alexa, su risa rozó la locura —?Salgan, mis ni?os! ?Devoren cuanto toquen y expandan mis dominios más allá de esta asquerosa dimensión!
Sus subordinados, con túnicas negras y rostros deformados por la fe ciega, se inclinaron al unísono. El portal rugía, temblaba… el umbral a otro mundo estaba abierto.
Pero… nada salió.
El silencio se convirtió en un peso insostenible. Alexa frunció el ce?o. Dio un paso al frente, su expresión se transformó del éxtasis a la incredulidad. Se acercó al portal con lentitud, sintiendo una grieta abrirse en su certeza.
Entonces cayó.
Rodando por el umbral, envuelta en sangre seca y podredumbre, una cabeza decapitada se detuvo a sus pies. Alexa palideció.
—?T′Klair…?
Era él. Su general y su primer servidor. La punta de lanza de sus ejércitos. Y ahora… no era nada más que un cadáver.
Del portal surgió una silueta titánica. Una figura que parecía hecha de sombras concentradas y osamenta fundida. Cuando habló, su voz fue un abismo cargando de desdén.
—Tus súbditos están muertos, Reina de lo Quebrado. —dijo la criatura, con una gravedad que desgarraba el aire —Has perdido. Y pronto… tú también los acompa?arás.
—Tú… —Alexa retrocedió un paso. Su cuerpo temblaba de rabia contenida —??Cómo te atreves?!
Pero entonces lo escuchó. Un Click. Un sonido minúsculo e inquietante.
Alexa giró con velocidad, buscando el origen. Sus ojos escanearon a sus seguidores, hasta que lo vio. Uno de los magos a su servicio permanecía inmóvil con la mirada perdida. Y en el bolsillo de su gabardina, una peque?a luz brilló.
—?No! —gritó, levantando ambas manos para conjurar un escudo protector.
Pero no tuvo tiempo. Una luz abrasadora explotó desde el centro de la sala. Todo se ti?ó de blanco. El calor lo envolvió todo. Y el último grito de la diosa se fundió con el rugido de la detonación.

