–?Orden, se?ores, orden! –gritaba Dhabeos Myrkan en medio del bullicio de la multitud tratando de hacerse oír desde el estrado que se hallaba al final del salón de reuniones de la capitanía.
No era raro que el salón se llenara cuando los habitantes eran convocados en asamblea a discutir asuntos relacionados con el puerto, una tradición que se había logrado mantener pese a la represión de los magos, pero aquello aquella ma?ana era bastante distinto.
A su alrededor, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, incluso ni?os, discutían acaloradamente, exigiendo respuestas y haciendo ademanes de frustración. A diferencia de otras veces, no solamente los asientos disponibles habían sido ocupados en su totalidad sino que ahora un gran montón de gente se agolpaba en los pasillos, contra la pared y la entrada, algunos empujándose por intentar ver y escuchar mejor. Muchos habían quedado afuera y por primera vez Dhabeos había requerido la presencia de los oficiales, dos de los cuales se encontraban a su lado, mientras que otros tantos se habían ubicado fuera de la sala para evitar altercados entre los que intentaban colarse dentro. Leila también se encontraba allí para darle su apoyo mientras observaba a la multitud con los brazos cruzados y una mirada seria.
–?No queremos más secretos! – gritaba la gente.
–?Esto no es asunto de los magos, es asunto nuestro!
–?Dhabeos Myrkan! ?Es verdad?
Marineros, pescadores, comerciantes, taberneros, artesanos exigían respuestas, le dirigían miradas desafiantes y proferían amenazas. Las voces se alzaban una sobre otra: ?habían capturado realmente a una quimera? ?Qué planeaban hacer con ella? ?Qué significaba esto para el puerto. Otros, más exaltados, acusaban a la capitanía de ocultar información y de pactar en secreto con los magos.
Dhabeos giró los ojos hacia un extremo del salón en donde se encontraban los culpables de todo aquel desbande. Al toparse con la mirada de Rufus, todavía con su brazo inmovilizado, este levantó el mentón y le dedicó una sonrisa arrogante. Lo acompa?aban Milo y el resto de los ni?os de la pandilla, incluido Penn quien había reaparecido sano y salvo aunque con varios moretones en la cara.
De alguna manera, aquellos alborotadores habían conseguido la colaboración de una gran mayoría de los Hijos del Puerto para que esparcieran la noticia a lo largo y ancho de Abrazo de Tormenta de que una quimera había sido capturada por los magos.
Si aquello no hubiera sido más un rumor, la cosa hubiera quedado ahí, pero dada la extra?a explosión que había ocurrido en los alrededores del antiguo faro y varios testigos que juraban haber visto la sombra de una gran criatura voladora, eran demasiadas coincidencias para ser ignoradas. Fue así que la posibilidad de que los magos hubieran violado el Tratado despertó una antigua indignación así como el recuerdo de glorias pasadas.
Ahora se encontraban todos allí exigiendo respuestas a Dhabeos.
–?Silencio! – exigió Dhabeos con voz firme –. ?O no podremos continuar con la asamblea!
Sin embargo, el furor de la muchedumbre no cedía. Dhabeos se encontraba en una encrucijada entre su deber como Capitán del Puerto y sus deseos de ayudar a Silas y a Olivia. Cuando ocurrió la transformación de la quimera se había horrorizado del error que había cometido pero al ver que Penn había sido liberado mientras aquellos dos habían caído prisioneros un sentimiento de culpa lo carcomía. Ahora estaban en manos de Rovenna pero, aunque confiaba en ella, sabía que su poder estaba limitado por el Cónclave y las cinco familias.
–?Qué estás esperando, Dhabeos? – Rufus saltó hacia el estrado. Los oficiales que acompa?aban a Dhabeos hicieron amague de empu?ar sus espadas pero el capitán los detuvo con un ademán.
–Déjame manejarlo, Rufus, ya has hecho bastante por hoy.
–Al menos he hecho algo, no como tú. Por más ladrón que sea tengo más honor que tú.
Los dos se entablaron en un duelo de miradas.
–?Eh, ese chico! – gritó alguien.
–?Es el hijo de Markus!
–?Es un ladrón!
–?Ya... pero su padre...!
–?Es muy distinto de su padre! ?Su padre era un hombre honrado y trabajador!
Rufus alzó la cabeza hacia la multitud.
– ?Sí, soy yo! ?Soy el jefe de los Fantasmas del Puerto! ?Y sí, soy un ladrón! ?Pero qué alternativa tengo?
Algunos comenzaron a abuchearlo, pero muchos otros guardaron silencio, esperando escuchar lo que tenía que decir.
– ?Nos llaman ratas, escoria! Pero... ?acaso tenemos otra opción? ?Los magos nos han dejado sin nada! ?Nos exigen tributos cada vez más altos, nuestras familias se enferman para poder pagar, los ni?os se quedan sin padres!
– ?Es así! – gritó un comerciante –. ?Se llevan la mejor mercancía y cuando no quieren pagar tenemos que endeudarnos hasta el cuello!
Algunas voces se alzaron en se?al de aprobación.
–?Es cierto! –gritó un tabernero, alzando el pu?o –. ?Nos exprimen hasta dejarnos secos!
–?Y cuando protestamos, nos castigan! –a?adió una mujer –. ?Mi hermano fue retenido en la mazmorra de la Casa de Gobierno y cuando lo dejaron salir apenas podía caminar!
– ?Mi hermana también!
– ?Mi padre!
– ?Mi madre!
Dhabeos se restregó la frente. La situación se le escapaba de las manos.
Rufus continuó mientras la furia se propagaba como la llama de una vela que se ha volcado sobre rollos de pergaminos.
–?Los magos nos tratan como si fuéramos menos que nada! ?Nos arrebatan todo y nadie los detiene! ?Y ahora van contra el Tratado! ?No se suponía que eso debía ser sagrado? Cien a?os atrás nuestros antepasados arriesgaron su vida por evitar la masacre contra las quimeras. ?Vamos a dejar que su sacrificio sea en vano? ?Vamos a permitirle a los magos hacer lo que quieran?
El salón se llenó de gritos de indignación. Algunos golpeaban los bancos de madera y el suelo con los pies. Otros alzaban los pu?os en se?al de protesta.
–?He visto a la quimera con mis propios ojos! – Rufus le hizo una se?a a Penn que se acercó tímidamente evitando todas las miradas que se posaban en él –. Unos días atrás Penn fue capturado por los magos, como ven no lo pasó nada bien. Al enterarse de esto, la quimera decidió ir a salvarlo y ahora ha caído prisionero. ?él arriesgó su libertad para salvar a uno de los nuestros!
– ?Cómo podemos creer eso? – protestó alguien.
– ?Si no me creen a mí entonces créanle al Capitán del Puerto! – los ojos de Rufus rezumaban fuego cuando se dirigió a Dhabeos –. ?él también fue testigo!
Todos los ojos en la sala se volvieron hacia Dhabeos que sintió como se le formaba un nudo en el estómago. Si negaba lo que había visto, salvaría al puerto de una revuelta que solo traería más desgracia. Pero negarse también significaba hacerles creer a todos que el hijo de su amigo Markus era un mentiroso. Podría vivir con la vergüenza sabiendo que había salvado a miles pero los Hijos del Puerto ya no confiarían en él jamás.
–?Respóndenos, Dhabeos! –exigió un artesano–. ?Es verdad lo que dice el chico?
–?No puedes seguir guardando silencio! –agregó una anciana con la voz temblorosa golpeando el suelo con su bastón–. ?Estás con nosotros o con los magos?
Las voces se alzaban una sobre otra, clamando por respuestas. Algunos se aproximaron al estrado. Dhabeos percibió la tensión en los oficiales, listos para intervenir si la situación se descontrolaba.
Un anciano, perteneciente al gremio de los pescadores, se levantó se golpe y se ubicó delante del estrado. Levantó ambas manos para pedir silencio. Al verlo, los demás pescadores fueron los primeros en callarse y tomaron asiento. Poco a poco el resto de la sala lo siguió aunque todavía se respiraba en el ambiente un gran tensión capaz de despertar una nueva tormenta.
El anciano miró a Dhabeos. Profundas arrugas envolvían sus ojos, testigos de una época surcada por al abatimiento.
– Dhabeos Myrkan, Capitán del Puerto, todos aquí te respetamos, sabemos de tu compromiso, tu amor por el puerto. Cada vez que hemos tenido un problema has sido el primero en dar la cara. Incluso defendiste a muchos cuando se vieron amenazados por los magos. Todos conocemos la desgracia de tu abuelo. Ahora, aquí, frente a todos nosotros, lo único que necesitamos es la verdad y yo, al igual que todos los presentes, sabemos que harás honor a ella.
Mientras el anciano hablaba, Dhabeos sintió unas cálidas manos que se posaban en sus hombros. Al girar la cabeza se encontró con la dulce mirada de Leila. Ella había sacrificado todo por él, a?os de su vida lejos de los suyos. ?Y qué le había dado él a cambio? Una vida gris en un puerto sombrío, siempre asediada por el temor de ser descubierta algún día por los magos y a pesar de todo eso allí estaba, enfrentando con él la tempestad, sin presionarlo a nada, confiando en su decisión.
?Y él? ?Qué había sacrificado él? ?Qué estaba dispuesto a sacrificar ahora?
Cerró los ojos, en silencio pidió fuerza a la Ninfa, y antes de continuar inspiró profundo.
–Es verdad... – sus ojos recorrieron todo el salón capturando tanto miradas de asombro como de furia –. Una quimera se encuentra prisionera en la Casa de Gobierno.
El clamor de la multitud estalló de nuevo. Algunos sacudieron los bancos hasta romper las patas.
– ?Lo sabía! ?No podemos permitirlo!
–?Los magos han violado el Tratado!
–?Hay que hacer algo!
–?Si nadie los para ahora, nada lo hará!
–?Hemos esperado demasiado!
–?Los sirenios deben intervenir!
–?La Liga de Piratas!
–?Nadie vendrá a salvarnos, tenemos que hacerlo nosotros!
Dhabeos alzó su voz para demandar silencio nuevamente y esta vez su autoridad se hizo escuchar ya que poco a poco la sala fue recobrando una relativa calma.
– Escuchen bien lo que voy a decir ahora. He sido fiel a la verdad pero ahora debo advertirles. Pueden amenazar todo lo que quieran pero deben recordar que nos enfrentamos a magos. Suponiendo que rescatemos a la quimera, eso viene con un precio.
Sintió las manos de Leila dándole un nuevo apretón.
Rufus enarcó las cejas.
–?Nosotros?
–?Estás con nosotros, Dhabeos? – preguntó un marinero.
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–Asumo las consecuencias de lo que acabo de revelar. Si deciden ir hasta la Casa de Gobierno, iré con ustedes.
Aquella palabras provocaron vítores en la audiencia que Dhabeos debió callar de inmediato.
–Pero... si hacemos eso... deberemos abandonar el puerto... – un pesado silencio cayó sobre la multitud. Dhabeos hizo una pausa mientras su mirada cruzaba el salón de un extremo a otro –. Para cuando los sirenios o la Liga decidan intervenir ya será demasiado tarde. El Consejo vendrá por todos nosotros, sin piedad, como lo hizo cien a?os atrás... Al igual que nuestros antepasados... debemos levar anclas y zarpar hacia las islas.
–?Irnos...? – preguntó una mujer temblorosa abrazando a su hijo –. ?Dejarlo todo? ?Nuestro hogar? ?Por cuánto tiempo?
Dhabeos la miró con tristeza.
–Me temo que para siempre... o al menos por muchísimo tiempo...
Esta vez la sala se llenó de murmullos mientras amigos, familiares y colegas se amontonaban en peque?os grupos y discutían sobre el asunto. Algunos salieron de la sala para poner al tanto al resto de los habitantes que esperaban afuera de la capitanía. La decisión no era nada fácil. Permanecer en silencio, continuar bajo el yugo de los magos, o abandonar todo lo conocido para exiliarse en las islas. Cuando más tiempo parecía durar aquello, mientras observaba las expresiones de duda y temor en muchos de los rostros, Dhabeos ya temía que no sería posible volver a repetir el éxodo pirata de un siglo atrás. él mismo dudaba ya de su propia cordura. Quizás hubiera sido preferible perder su honor antes que poner en riesgo la vida de toda una ciudad.
La calma del salón fue rota por un capitán que se paró sobre un banco y exclamó:
–?Casualmente... necesito más tripulantes para mi barco! ?Quién está conmigo?
Algunos se rieron de la ocurrencia pero varios levantaron la mano.
–?Yo también necesito nuevos tripulantes! – exclamó otro capitán.
– ?Y yo!
Le siguieron el resto de los capitanes.
–?La tormenta terminó con la aparición de la quimera, es una se?al! ?Debemos aprovechar la oportunidad!
–?Alguien ha dicho que los magos se encuentran débiles ahora!
Dhabeos sabía que eso era cierto. Nunca habría mejor oportunidad que aquella. Había recibido el mensaje de Rovenna solicitando curanderos así como apoyo para defender la Casa de Gobierno.
Y ahora él iba a traicionarla.
Aunque Rovenna no necesitaba ningún ejército de magos para encargarse de unos rebeldes marineros.
–?Pero no hay suficientes barcos para todo una ciudad! – protestó alguien.
–?Pediremos ayuda a los piratas!
–?Nosotros somos piratas ahora!
– ?Hurra! – celebró la muchedumbre.
– ?Escuchen! – esta vez fue Leila que alzó su voz sobre la multitud –. ?Todos aquí me conocen pero pocos sospechan quién soy yo realmente! ?Llegué hasta aquí por amor y me vi obligada a ocultar mi identidad! ?Mi verdadero nombre es Leila “La Fiera” Fyrion!
– ?Eres hija de Enid “La Feroz” Fyrion? – exclamó un anciano sorprendido.
– ?Exacto! Y mi padre es Royden “El Astuto” Branson. ?Enviaré un mensaje a mi familia! ?Ellos nos enviará más barcos!
Dhabeos se le acercó para susurrarle al oído.
–?Segura de eso?
–Si no lo quiere hacer, mi madre lo obligará, ella será la primera en zarpar cuando reciba noticias mías.
–?Votemos, votemos! – gritó alguien y pronto se formó un coro.
Dhabeos fue arrastrado fuera la capitanía en donde otro tumulto de gente había colmado la calle. Gente de todas las clases, colores y oficios. Para entonces la mayor parte del puerto había tomado conocimiento de la situación y querían tomar parte de lo que estaba a punto de suceder. Le alcanzaron un barril para que se parara arriba. La multitud se extendía por toda la calle, otros observaban desde ventanas y balcones. Muchos Hijos del Puerto se había ubicado sobre los tejados.
–?Todos aquellos a favor de liberar a la quimera y rebelarse contra los magos digan sí!
– ?Sí! – la respuesta fue rotundamente unánime. La decisión fue celebrada como una haza?a y los gritos se volvieron ensordecedores. La gente no dejaba de saltar como burbujas en una olla hirviendo. Dhabeos sintió el corazón a punto de desbordarse.
– ?Todos aquellos en contra...!
Fue como si ola de silencio se extendiera desde las primeras filas hasta las últimas. Durante unos segundos los habitantes se miraron en silencio intercambiando miradas cómplices, gui?os y apretones.
– ?Todos aquellos dispuestos a ir hasta la Casa de Gobierno, vengan conmigo! ?Los demás preparen los barcos! ?Zarpamos hoy mismo!
No sería nada fácil pero Dhabeos sentía ahora un fuego como nunca lo había sentido. Junto con Leila, se internaron entre la muchedumbre y comenzaron el ascenso hacia la cima del acantilado. Muchos ya se habían armado con palas, cadenas, cuchillos, martillos, picos, todo tipo de herramientas. También se habían sumado los oficiales con sus espadas. En un momento, la turba se abrió para dar paso a un grupo de personas cargando un ariete.
Dabheos atisbó a Rufus y el resto de la pandilla quienes iban en la misma dirección y en cuanto lo alcanzó lo agarró del brazo para impedir que continuara.
– Esto es asunto de adultos. Además, tu brazo...
Rufus se liberó con un movimiento del hombro.
– No digas estupideces. Si no voy, no seré capaz de mirar a la quimera ni a Olivia a los ojos. Está allí por nosotros... – arrugó los labios como si tuviera algo atascado en la punta de la lengua –. Estoy orgulloso de ti, Dhabeos, – lo dijo como si él fuera el adulto – y estoy seguro de que tu abuelo también.
El capitán asintió y continuaron la marcha abriéndose paso entre en la muchedumbre. Mientras avanzaban por las empinadas calles y puentes en forma de escalera que recorrían el acantilado, Dhabeos logró ponerse al frente. Era su responsabilidad ser el primero en exigir la liberación de Silas y Olivia.
Con cada paso que daban, era como si puerto entero se fuera despertando de un largo sue?o. Desde los balcones colgaban personas que agitaban los brazos y vitoreaban, mientras otros arrojaban pa?uelos o golpeaban cacerolas. Dhabeos nunca pensó que aquello fuera posible: una ciudad entera rebelándose contra el Consejo.
Los puentes de madera crujían bajo el peso de la multitud, y los callejones reverberaban con el eco de miles de voces. Dhabeos miró hacia los tejados y vio siluetas ágiles corriendo de un lado a otro. Los Hijos del Puerto se adelantaban en la marcha escoltando a la muchedumbre.
Dhabeos había recorrido aquel trayecto innumerables veces pero nunca se le había hecho tan largo como aquella vez. En lo que pareció un eternidad, llegaron hasta la maciza puerta de hierro de la Casa de Gobierno. En esa parte del edificio el muro permanecía intacto. El da?o que Rovenna le había comentado debía encontrarse del otro lado. Sabía también que debido al ataque de la quimera, los escudos habían dejado de funcionar. Quienes cargaban con el ariete comenzaron a golpear la pared para hacer un brecha, muchos más se sumaron a ayudar, entre ellos Dhabeos cuyo rostro no tardó en cubrirse de sudor debido al calor de aquel día soleado. No iba a ser nada fácil. Debían de haber perdido todos la razón.
En realidad, él estaba esperando que apareciera algún Maestro en cualquier momento pero nada de eso ocurrió mientras el ariete se iba hundiendo en la piedra de la muralla. Cuando Dhabeos levantó los ojos, vio un par de rostros jóvenes y aterrados que los observaban desde la muralla. Por su vestimenta debían de ser Iniciados. Uno de ellos estiró la mano hacia ellos como si quisiera atacarlos pero luego la cerró en un pu?o. No tenían poder suficiente para enfrentarlos.
En medio de aquel furor, la puerta de hierro se abrió. La muchedumbre se echó para atrás sin saber que era lo que estaba a punto de aparecer detrás de ella. Un trozo de tela violeta fue lo primero que Dhabeos atisbó antes de que la altiva figura de la Maestra Arcanista se revelara frente a ellos.
Ella les dedicó una mirada severa.
– ?Sí? ?Qué desean? – preguntó como si en vez de una turba se encontrara con un vendedor ambulante que venía a ofrecerle sus productos.
Dhabeos se aproximó. Todo su cuerpo estaba duro de tensión. El gentío se mantenía en silencio expectante. Algo estaba a punto de explotar.
Inspiró hondo antes de hablar.
– Rovenna, hemos venido a exigir la liberación de la quimera, también de su amiga. Su captura es una clara violación del Tratado.
Rovenna lo miraba con aire indiferente.
– Los prisioneros nos han atacado primero. En realidad, él ha sido el primero en violar el Tratado. Lo único que hicimos fue defendernos.
– Pero ustedes... – Dhabeos
Rovenna no le dejó continuar.
– Nunca esperé esto de ti, Dhabeos.
– Si te sirve de algo, yo tampoco.
– No me dejas otra opción...
– Rovenna...
– Son todo tuyos – Rovenna se hizo a un lado mientras Olivia y Silas, con rostros cansados y tan sorprendidos como Dhabeos, emergían detrás de la puerta.
El capitán no entendía nada.
– ?Esto... qué...?
–?Maestra Arcanista! – un joven Iniciado se apareció al lado de Rovenna –. ?Por favor, déjenos pelear!
Rovenna negó con la cabeza.
– Ninguno de ustedes tiene idea de técnicas de combate mágico. No arriesgaré sus vidas. Soy responsable de todos ustedes en este momento.
– ?Pero, Maestra, ellos no son magos! ?Podemos manejarlos!
– ?Silencio!
Si bien habían ganado, Dhabeos se quedó mirando sin poder dar crédito cómo Silas y Olivia eran recibidos con alegría por Rufus, Milo y la pandilla, además del resto de la muchedumbre que celebraba la victoria.
?Pero qué clase de victoria era aquella?
– No hay nada qué hacer – le decía Rovenna al aprendiz –. Todos los Maestros están gravemente heridos. Sólo quedan ustedes, los Iniciados, y yo.
–?Pero usted...! – comenzó a protestar el chico.
–Estoy vieja y cansada... Además... – se llevó ambas manos hacia atrás – me duele mucho la espalda... tantos días de montar a caballo...
–?Estás hablando en serio? – preguntó Dhabeos cuya atónita mirada rivalizaba con la del Iniciado.
– Por suerte para todos ustedes, la quimera absorbió todo mi poder... no soy más que una vieja indefensa en este momento... Por favor, perdonen la vida de mis jóvenes Iniciados y llévense a los prisioneros.
– ?Maestra! – gimió el Iniciado conmovido.
–Entra ahora, chico, antes de que estos brutos te hagan da?o. Además, te falta escribir otro informe...
El ni?o hizo lo que se le pedía y desapareció tras la puerta mientras se sonaba la nariz con la manga de su túnica.
Detrás de Dhabeos la muchedumbre se iba alejando mientras no paraban de festejar.
– ?A las islas, a las islas!
Una sombra se posó en los ojos de Rovenna.
–?Entiendes lo que esto significa? – preguntó –. Ya no podré hacer nada por ti. Eres un traidor.
Dhabeos enarcó las cejas.
–Al igual que tú.
–No, yo sólo soy una vieja débil e incompetente que no fue capaz de lidiar con un grupo marineros.
Leila, quien se había quedado esperando a su esposo, se aproximó hacia ellos.
–Podrías venir con nosotros – le dijo ella –. Mis padres...
Rovenna negó con la cabeza.
–Todavía hay gente leal a mí en esta tierra... al menos eso espero... No puedo huir sin haber intentado convencer el Consejo primero.
–?Aún crees que puedes evitar la guerra? – le preguntó Dhabeos.
–Es mi deber como Maestra Arcanista.
–Pero si fallas...
–Entonces renunciaré a mi puesto ya que he sido incapaz de cumplir mi deber.
–Te condenarán...
–Puedo defenderme. Ocúpate de llegar sano y salvo a las islas. Necesitaré un aliado dentro de la Liga de Piratas.
– Seremos dos – afirmó Leila, lo que le ganó una mueca agradecida de Rovenna.
Dhabeos aún no podía comprender aquel imprevisto desenlace.
–?Cómo es que los has dejado ir así como así?
–Esto va más allá de mí. Estamos lidiando con algo fuera de este mundo. Será mejor que esos dos se alejen todo lo más que puedan del continente. Ahora son problema del Archimago de la Isla. Hazme el favor de que lleguen allí sin más contratiempos – Rovenna estiró la mano hacia Dhabeos y este se la estrechó. Repitió el mismo gesto con Leila –. Les deseo suerte a ambos. No dudo que pronto serás digno de un apodo.
–Mucha suerte, amiga mía –se despidió el capitán y luego él y su esposa se precipitaron corriendo detrás de la muchedumbre que se dirigía hacia los muelles.
La siguiente fase del plan acabó siendo más complicada que el rescate de la quimera. Como ya muchos habían calculado, no había suficientes barcos para todos. El muelle se había convertido en un caos mientras una gran cantidad de gente se peleaba por subir primero a las embarcaciones. También había otras que debido a la tormenta necesitarían repararse. Dhabeos ordenó a sus oficiales organizar la salida de los barcos. Se necesitarían varios días para tama?a haza?a. No podrían lograrlo solos sin la ayuda de la Liga.
–Deberás zarpar ahora, llévate a todos los ni?os que puedas.
–?Tú también irás! – protestó Leila.
–Soy el Capitán del Puerto, por tanto el último que lo abandonará.
–?Me quedaré contigo hasta el final! – ella lo abrazó pero por más que le dolía pedírselo, no había otra forma.
–Un mensaje puede perderse – envolvió el rostro lloroso de su esposa entre sus manos –. Pero si te presentas tú en persona en isla Rebelión tus padres no podrán negarse. Dependemos de ti ahora.
Mientras los barcos iban zarpando y los carpinteros se ponían manos a la obra, Dhabeos no se despegó de Leila hasta convencerla de que no había alternativa mejor. él conocía los pasadizos secretos de Abrazo de Tormenta. Si el Consejo decidía enviar un contingente de magos para subyugar al puerto, él y el resto de los que esperaban podrían esconderse allí.
Con el corazón apretado y los ojos inundados de lágrimas, tras tantos a?os sin separarse, se despidió de su esposa en los muelles. No se movió de allí hasta que el barco dejó atrás la bahía, mientras le rogaba a la Ninfa por un buen tiempo y un viaje fuera de peligros. La mayor amenaza sería la Armada Real que podía interceptar las naves pero Rovenna le había prometido que demoraría la noticia del ataque todo lo que pudiera.
Durante los días siguientes se sumergió en el trabajo realizando registros de todos los habitantes que aún quedaban por ser enviados a las islas. Cuando no había papeles de los qué ocuparse hacía un recorrido por los muelles para controlar el estado de los barcos en reparación.
Durante la noche se quedaba observando la luz del faro que muy pronto se apagaría cuando ya nadie quedara allí. Había apostado varios soldados en la cima del acantilado que serían los encargados de encender una hoguera en caso de que observaran movimientos sospechosos. Cada tanto, Rovenna se las arreglaba para hacerle llegar mensajes sobre el estado de los magos que todavía se recuperaban en la Casa de Gobierno.
Todavía, sin embargo, no sabía qué hacer con Silas y Olivia. Debido a la extraordinaria situación, ningún capitán estaba dispuesto a dirigirse hacia la Hermandad de la Isla. Todos querían hallar un refugio seguro en las islas del norte y no confiaban en que los híbridos quisieran ayudarlos. Dhabeos concluyó que la única opción sería que él mismo los llevara hasta allí una vez que el pueblo terminara de vaciarse, lo que cual podía tardar unos cuantos días más... Pero al igual que Rovenna pensaba que lo mejor sería que se fueran cuanto antes.
Otro problema suponían Milo, Rufus y el resto de la pandilla que no habían querido separarse de sus amigos y se negaban a subirse a un barco mientras ellos continuaran allí.
Se encontraba lidiando con ese dolor de cabeza cuando un oficial se presentó agitado en la capitanía.
– ?Se?or!
Dhabeos no pudo evitar dar un brinco pensando que los oficiales habían dado la se?al de que magos se acercaban al puerto.
– ?Qué ocurre?
Pero resultó ser que no eran los magos.
–?Se?or, es El Heraldo Vagabundo! ?Justo ahora Jasper Gloom está ingresando en la bahía!

