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Capítulo 53 - Los Fantasmas del Puerto

  A Olivia no le parecía prudente abandonar la seguridad de la recluida casa de piedra en donde tan generosamente Milo los había refugiado, pero la culpa era más fuerte. No podía permitir que el ni?o cargara sobre sus hombros con toda la responsabilidad de ayudarlos. Así que, cuando más tarde Milo volvió a la casa con más comida y noticias sobre el avance de sus negociaciones con el marinero que los ayudaría a esconderse en la bodega, Olivia le propuso acompa?arlo en su próxima salida para que entre los dos pudieran conseguir el dinero de manera más rápida.

  Al principio pensó que el ni?o se rehusaría ya que ella misma tenía dudas de su propia capacidad para ayudarlo debido a su evidente falta de experiencia. Hasta ahora su único trabajo había sido actuar brevemente en obras de teatro, aparte de algunas peque?as tareas de decorado y arreglo de disfraces que había aprendido con Celestia y Elyssa.

  Sin embargo, el ni?o se mostró entusiasmado con la idea de pasar todo el día con Olivia, lo cual le enterneció el corazón porque seguramente que estaba necesitado de compa?ía.

  – ?Y yo qué? – gru?ó Silas.

  – Tú te quedarás a limpiar la casa – le respondió Milo indiferente.

  La idea hizo que la quimera entrecerrara más los ojos.

  – Sabes cómo hacerlo, ?verdad? – preguntó el ni?o.

  – Claro que sí – respondió Silas, aunque cuando Olivia le preguntó en secreto si realmente sabía él le dijo que había visto a las sirvientas del castillo trabajando.

  La muchacha dudaba que eso fuera suficiente.

  Al otro día se despertaron temprano para comenzar con las primeras tareas del día y Olivia pronto se dio cuenta de que hasta entonces no sabía en lo que se estaba metiendo.

  – Somos dos esta vez, así que hoy ganaremos el doble – aseguró él.

  Su primer trabajo consistió en cargar y descargar mercancías, algo que al principio le pareció bastante fácil aunque no contaba con que su cuerpo no estuviera lo suficientemente entrenado como para soportar un largo rato de ir y venir con cajas, barriles o sacos de diferentes productos que iban y venían de los barcos y le mercado. Para cuando terminaron sentía como si a sus brazos les hubieran atados piedras alrededor y sus ropas se habían ensopado de sudor.

  A eso le siguieron varias horas de reparto de mensajes y productos de los comercios, en lo cual Olivia poco podía ayudar excepto seguir a Milo con una canasta en la mano. Tenía que esforzarse mucho para no quedar atrás. Milo se movía veloz como un pez en el agua, guiándola con seguridad a través de las atestadas calles y el caos del puerto como el primer día que se conocieron, saludando sin parar a rostros familiares como si conociera a casi todo el mundo. No fueron pocas las veces que tuvo que detenerse a esperarla aunque nunca le recriminó nada y eso la hacía sentirse peor.

  Para cuando terminaron con el repato, se sentó en medio de la calle con la espalda apoyada en una pared y respirando pesadamente. Milo en cambio lucía fresco como una lechuga, como si nada de lo que hubiera hecho le hubiera requerido ningún esfuerzo. Quizás al final ella no era más que un estorbo.

  – ?Cansada? – preguntó Milo con una sonrisa.

  Olivia no quería admitirlo pero su expresión la delataba.

  – El siguiente trabajo será más fácil. El tabernero me ha pedido que vayamos a ayudarlo a la hora del almuerzo.

  – ?Hay más? – suspiró Olivia.

  – Pues... el día apenas está comenzando.

  – Ah... pero... ?cuántas monedas llevamos?

  Milo extendió su mano para entregarle la peque?a bolsa en donde iba juntando las ganancias del día.

  – ?Falta mucho? – ella se sonrojó de formular una pregunta tan tonta.

  – Bastante... no te preocupes... con el pasar de las horas te irás acostumbrando.

  Pero Olivia no se acostumbró. El trabajo en la taberna fue extenuante. El lugar se encontraba a rebosar. Entre ida y vueltas con jarras y platos no tuvo ningún momento libre para sentarse. La espalda la estaba matando como si le hubieran clavado una espada en medio de ella. Se sentía atontada de todos los gritos de los clientes exigiendo más bebida y sus pies no paraban de pisar comida que caía de las mesas mientras trataba de avanzar entre las mesas y las personas que entraban y salían del local. Milo en cambio se movía con confianza y entre ida y vuelta hablaba con los clientes quienes se reían de sus bromas y antes de irse le tiraban una moneda por sus servicios.

  Olivia había tenido miedo de que los hombres se metieran con ella pero luego se dio cuenta de que su estado era tan lamentable que nadie parecía notar su presencia. Ella había mantenido la mirada baja en todo momento y no fueron pocos los que lo confundieron con un muchacho. No sabía si sentirse aliviada u ofendida.

  Al terminar, el tabernero les entregó algo para comer y beber y poco después retornaron a la calle para continuar con las mismas actividades de la ma?ana. Al caer la noche la peque?a bolsa pesaba un poco más pero según Milo aún estaban lejos de su objetivo y quizás necesitarían un par de días más para conseguir la cantidad necesaria.

  – Pensaré en algo más que pueda darnos más monedas... – se disculpó Milo pero Olivia lo tranquilizó diciéndole que ya había hecho demasiado.

  – Creo que no he hecho más que atrasarte.

  – Para nada – dijo él, aunque Olivia no le creía –. Además, ha sido divertido.

  – ?Divertido? – Olivia no podía entender cómo todas aquellas actividades cansadoras y repetitivas podían ser divertidas para él.

  – Estar contigo es divertido – dijo él mirando hacia el suelo mientras caminaban.

  Antes de que Olivia pudiera responderle, una voz chillona los interrumpió:

  – Mira nada más... Milo... así que ahora tienes novia. ?Bien hecho!

  Ella detuvo al escuchar la voz pero Milo continuó caminando como si no hubiera escuchado nada.

  – ?Oye! ?No te hagas el sordo! ?Sabes que nada bueno pasará si nos ignoras! – gritó otra voz aguda.

  Girando la cabeza en todas direcciones, Olivia finalmente descubrió el origen de la misma cuando miró hacia el tejado de un casa. Allí mismo se encontraban dos ni?as delgadas, vistiendo ropas grises aunque las mismas parecían ser de buena calidad. Ambas parecían ser menores que Milo. Una tenía el pelo corto y desordenado, similar al nido de un pájaro, la otra llevaba el pelo atado con una cola de caballo y los observaba con mirada furibunda y los brazos cruzados.

  – No les hagas caso – le susurró Milo a Olivia mirando hacia adelante. Olivia siguió detrás de él.

  The tale has been stolen; if detected on Amazon, report the violation.

  – ?Le contaremos al jefe sobre esto! – gritó la ni?a de la cola de caballo.

  Para desconcierto de Olivia, Milo giró abruptamente por una calle que iba en dirección contraria a la casa de piedra y luego volvió a hacerlo varias veces hasta que ella perdió noción de dónde estaban. Incluso llegaron a colarse por varios patios vacíos y varios callejones.

  – Nos estaban siguiendo. Pero creo que ya se cansaron – le susurró Milo al ver su cara confusa.

  Tras un rato incesante de andar en la oscuridad, Milo por fin retomó el camino que debían de haber seguido en primer lugar. Olivia evitó preguntar acerca de las dos ni?as hasta que ambos cruzaron el umbral de la puerta.

  Allí encontraron a Silas dando vueltas por la sala como un animal encerrado.

  – ?Por qué han tardado tanto? – preguntó molesto, aunque Olivia sabía que se había preocupado.

  – Tuvimos un peque?o contratiempo, eso es todo... – explicó Milo estudiando el suelo y los muebles –. Ya veo que no sirves ni para limpiar.

  Los pisos estaban húmedos, con restos de barro en algunas partes, todavía había telara?as en algunas esquinas del techo y los cacharros de la cocina, aunque parecían limpios, emanaban un olor sospechoso. Considerando que la quimera nunca había vivido dentro de una casa, excepto cuando se encontraba dentro del castillo, al menos lo había intentado.

  Silas ignoró la última observación.

  – ?Qué pasó?

  – Nos cruzamos con miembros de los Fantasmas del Puerto.

  – ?Te refieres a las dos ni?as? – preguntó Olivia.

  Milo asintió.

  – Creo que he logrado perderlas pero por si acaso no deberías salir conmigo ma?ana.

  Olivia protestó. Si bien quizás no había sido de mucha ayuda, tampoco se sentía bien dejando que Milo se ocupara de todo.

  – He cometido un error – se lamentó el ni?o –. No debí haberlas ignorado pero tampoco quería que hicieran demasiado preguntas.

  – Pero... son sólo ni?as...

  – Son Fantasmas...

  Olivia sintió que los pelos de su piel se erizaban.

  – ?Están muertas?

  Milo dejó escapar una estridente carcajada.

  – No – dijo enjugándose los ojos –. Forman parte de una pandilla... Sólo nos traerán molestias.

  Mientras iban por más agua a un pozo cercano, ya que Silas se había gastado toda la que había, Milos les iba explicando que para sobrevivir a las duras condiciones de la vida en el puerto, muchos de los ni?os se habían agrupado en peque?as pandillas. Entre las más conocidas estaban las Gaviotas Errantes, los Lobos del Oleaje, los Delfines Sigilosos y los Cangrejos del Abismo. Todas estas eran inofensivas y lo único que buscaban era sobrevivir. No todos eran huérfanos. Entre sus integrantes también habían ni?os pobres que tenían que salir a buscar el sustento para su familia y la manera más rápida era formar parte de un pandilla y sacar algo de las ganancias que luego serían divididas.

  Milo, sin embargo, aunque respetaba el código de honor de los Hijos del Puerto y el sentido de comunidad entre ellos, prefería mantener las distancias. Hasta ahora había logrado arreglárselas solo gracias a su ingenio, discreción y capacidad de observación y no quería responder a ninguna jerarquía.

  Su relación con las pandillas era, por tanto, complicada, y no podía evitar que su vida se viera influenciada por ellas, ya que los trabajos que realizaba dependían muchas veces de las dinámicas de poder de las pandillas que mantenían con marineros y comerciantes y no habían sido pocas las veces que debió alejarse de determinadas zonas para evitar malentendidos y confrontaciones.

  La mayoría de las pandillas solía dejarlo en paz pero había una que destacaba entre todas ellas.

  Los Fantasmas del Puerto.

  – Los Hijos del Puerto solemos ganarnos la simpatía del público con trabajo honesto... – decía Milo sacudiendo la cabeza – pero ellos no respetan esta regla y ensucian nuestra reputación.

  – Son ladrones – concluyó Silas.

  Milo asintió.

  – Y muy exitosos. Nadie los ha logrado atrapar. Aparecen y desaparecen de la nada. De ahí su nombre. Su jefe, Rufus, ha tratado desde hace tiempo presionarme para unirme a ellos. Pero nunca lo lograrán... – la mirada del ni?o se oscureció –. Quizás ma?ana sea mejor que no salgas, Olivia.

  – Nada de eso – se negó Olivia en un tono que no admitía discusión –. Simplemente tendremos más cuidado.

  Además, eran sólo ni?os, aunque no quería decir eso en voz alta para no ofender a Milo. ?Qué da?o podrían hacerles?

  La rutina del día siguiente no fue tan distinta de la anterior aunque sí se sintió peor. Después de un sue?o profundo, Olivia pensó que se levantaría más descansada pero le dolían todos los músculos de su cuerpo.

  – No deberías... – comenzó a decir Silas pero le dirigió una mirada feroz. Estaba decidida a ayudar a Milo y no había dolor que se lo impidiera.

  Dejaron a Silas otra vez solo, con indicaciones de Milo para que esta vez limpiara mejor la casa. Mientras se alejaban, ambos miraban en todas direcciones pero no había se?ales de que nadie los siguiera y tampoco se toparon con las dos ni?as ni con ningún miembro de la pandilla mientras realizaban sus trabajos en los muelles.

  Las horas pasaron lentamente mientras iban de un lado al otro cumpliendo encargos. Al caer de nuevo la noche, por si acaso, Milo volvió a tomar el camino más largo para llegar a la casa de piedra pero no notó nada raro mientras avanzaban por las calles oscuras.

  Aliviados, volvieron a cruzar el umbral de la puerta aunque esta vez se encontraron de frente con Silas sentado en una silla completamente maniatado de pies a cabezas.

  – Mierda... – gru?ó Milo.

  – ?Silas! – exclamó Olivia adelantándose para liberarlo pero pronto se vio rodeada de cinco ni?os vestidos con ropas grises, entre ellos las dos ni?as del día anterior.

  Silas permanecía con la cabeza cabizbaja y sus largos pelos ocultando su rostro.

  – No pude hacer nada... – dijo avergonzado sin quitar la vista del suelo.

  El mayor de ellos, un ni?o de pelo rubio ceniciento, de ojos fríos y calculadores, se adelantó con una mueca burlona. El resto se mantuvo detrás de él con los brazos cruzados.

  – Bueno, bueno, Milo... No lo esperaba de ti. ?Sabe el viejo capitán que te has apoderado de su casa sin su permiso?

  – Rufus...

  El jefe de la pandilla ladeó la cabeza.

  – Me pregunto también que pensará Dhabeos Myrkan cuando vea que su honesto muchachito anda haciendo cosas que no debe.

  – No tengo nada que ver con él.

  Rufus se encogió de hombros.

  – Le caes bien... Si fuera por él, yo creo que te adoptaría, y por eso disfrutas de ciertos privilegios que pocos de nosotros tienen.

  Milo se palmeó la frente.

  – Ah, claro, por eso me odias tanto. ?Estás celoso! ?Acaso el pobrecito Rufus quiere que alguien lo adopte? Puedo hablar con Dhabeos y estoy seguro que te llevará a la escuela de su esposa para llenar esa cabezota vacía que tienes.

  La mueca de Rufus desapareció tras sus labios apretados. Dio un paso adelante hacia Milo y ambos ni?os quedaron frente a frente con sus narices casi tocándose.

  – Repite eso, si te atreves.

  Olivia carraspeó y ambos ni?os la miraron.

  – Entonces... – dijo ella incómoda observando al resto –. ?Ustedes son los Fantasmas?

  Pese a todo lo que Milo le había dicho de los Fantasmas, en los ojos de Olivia no le parecían más que un grupito de ni?os que en ese momento se estaban peleando como cachorritos gru?ones. No pudo evitar sentir una mezcla de ternura y pena por ellos. Si hubiera podido los hubiera adoptado a todos en ese momento pero lamentablemente no tenía ahora un hogar a donde llevárselos.

  Sin embargo, comenzó a pensarlo mejor en cuanto Rufus le dirigió una mirada fría como el acero.

  – Así que esta es tu novia – le dijo el jefe de la pandilla a Milo sin dejar de mirar a Olivia lo cual hizo que la muchacha se sintiera tímida de repente.

  – ?No, no lo es! – dijo Milo con los pu?os apretados.

  – Te hemos estado observando, has estado muy ocupado... Me pregunto por qué. Estos dos... – los ojos de Rufus pasaron de Olivia a Silas –. Son muy viejos para ser considerados Hijos del Puerto. Nunca te he visto ayudar a un forastero de esta manera. Dicen por ahí que estos últimos días tu trabajo ha dejado mucho que desear.

  – ?Y eso te importa? – se burló Milo.

  – Milo, Milo. Me importa tu bienestar. Deberías sentirse halagado de que quiera que te unas a mi pandilla.

  – Nada de lo que digas me hará cambiar de idea.

  – Lo pensarás de nuevo cuando veas que he venido a hacerte un favor.

  – ?Esto es un favor?

  – Finn... – sin girar la cabeza, Rufus le habló a uno de los ni?os más peque?os –. Dile lo que has escuchado.

  El ni?o de cabellos negros se acercó.

  – Los magos están inquietos – dijo Finn.

  Nadie dijo una sola palabra. Silas levantó la cabeza y el corazón de Olivia comenzó a bombear con fuerza.

  – Un mensaje urgente que ha llegado desde uno de los pueblos del oeste – continuó Finn –. Pero al parecer es información secreta porque sólo unos pocos conocen su contenido.

  – ?Y eso que tiene que ver con nosotros? – preguntó Olivia tratando de sonar despreocupada.

  Una sonrisa volvió a dibujarse en el rostro de Rufus.

  – Creo que tú lo sabes muy bien, Lady Olivia de Shadowrock.

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