El grupo avanzó entre el bosque en ruinas, seguidos por la horda de cuerpos vacíos y la sombra que los guiaba. El aire se llenó de murmullos, como si la tierra misma respirara con dificultad.
A lo lejos, una luz dorada titilaba entre las nubes. El último santuario. Su única salida.
El grupo corrió hasta que sus pulmones parecían estallar. El aire era pesado, impregnado de ceniza. Los árboles —si es que aún podían llamarse así— se alzaban como columnas ennegrecidas, torcidas hacia un cielo que ya no brillaba. Las raíces se retorcían en la tierra, succionando los últimos restos de energía espiritual que el villano había dejado atrás.
—?Ahí está! —gritó Amara, se?alando un conjunto de ruinas entre la bruma—. ?El santuario!
Eran restos de piedra blanca, devorados por la maleza y cubiertos de hongos azulados que latían como si respiraran. Richard se arrodilló junto al pedestal central, donde aún chispeaba un remanente de qi dorado.—Aquí… —jadeó—. Aquí hay suficiente. Solo necesito unos segundos…
El amuleto de teletransportación vibraba entre sus manos, absorbiendo la energía ambiental. Pero el flujo era inestable. Cada respiración lo apagaba un poco más.
Maribel observaba en silencio. A pesar de su aparente calma, su mente estaba a punto de quebrarse. El vacío dentro de ella no la protegía, la desvinculaba del miedo y de la esperanza por igual. Solo escuchaba el viento, un sonido hueco, como el sonido del mar dentro de una concha.
Aether tiró de su túnica.
—Maribel… está cerca.
Ella levantó la vista. La sombra del demonio se acercaba entre los árboles, casi imperceptible, caminando despacio como si disfrutara de la caza. El aire se volvía más espeso a cada paso. La tierra, negra.
—No debería estar vivo —susurró Amara—. Lo vi caer, lo vi…
—Era un clon —dijo Maribel con voz baja—. Lo que viene ahora es lo que queda de él.
La sombra levantó la mano. Entre sus dedos, la piedra verde brillaba con un resplandor enfermizo, como un corazón latiendo. Y entonces el santuario comenzó a desmoronarse.
El pedestal estalló. El suelo se abrió, exhalando una onda de qi corrompido que barrió el bosque como una marea pútrida. Richard gritó, mientras el amuleto se apagaba.
—?No, no! ?La energía se dispersó! ?Necesitamos más!
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—?No hay más! —respondió Amara, sus ojos destellando con su precognición—. ?Todo lo que veo termina en oscuridad!
Maribel dio un paso adelante. A través del humo y del polvo, vio el brillo de la piedra verde acercándose. La sombra extendió un brazo que no tenía forma humana, sino una masa líquida de carne y humo.
—Tú… —dijo con voz múltiple—. Tú me robaste mi fragmento.
Maribel sintió una presión en la cabeza, como si su mente se partiera en dos. El sistema habló:
[Advertencia: la piedra posee resonancia con el linaje de los hombres lobo. Interferencia emocional detectada.]
—?Qué… qué significa eso? —preguntó Amara, sosteniéndola por los hombros.
—Significa —respondió Maribel— que vino por él.
El villano sonrió, una mueca apenas perceptible entre la oscuridad.
—Devolveré la piedra al linaje al que pertenece.
Entonces el suelo tembló con fuerza. Del abismo bajo el santuario brotaron raíces carbonizadas, retorciéndose como serpientes. El qi podrido subía por ellas como veneno.
Aether gritó, aferrándose al brazo de Maribel.
—?Me está tragando!
Richard trató de levantar una barrera, pero la corrupción espiritual la desintegró al instante. Cortó las raíces, liberando al ni?o, pero solo pudo seguir cortando mientras las raíces creían. Amara vio el futuro: solo segundos antes de que todos fueran arrastrados.
—?Todos atentos al cielo! —gritó.
Y entonces. Un rugido profundo, familiar.
El cielo se abrió en un remolino de nubes negras, y una sombra enorme descendió entre la bruma: La avestruz voladora. Sus plumas, ennegrecidas por el humo, aún conservaban destellos plateados en las puntas.
Con un grito ensordecedor, barrió el aire con sus alas y levantó una tormenta de qi puro. Las raíces se deshicieron, la piedra verde titiló con inestabilidad.
—?Suban! —gritó Richard, corriendo hacia ella.
Aether fue el primero en trepar, seguido por Amara. Maribel retrocedió un paso, observando la figura del demonio que se mantenía de pie entre las ruinas, inmóvil. El viento agitaba su capa, y la piedra verde latía cada vez más rápido.
—Esto no termina aquí —dijo la voz múltiple.
Maribel lo miró en silencio.
La avestruz se elevó. El suelo estalló bajo ellos, y una columna de energía verde subió hacia el cielo, rozándolos por muy poco. Maribel miró hacia abajo, viendo cómo el santuario desaparecía bajo un manto de humo y polvo.
Arriba, entre las nubes, el aire era más claro. Había luz. Había qi.
Richard apretó el amuleto, ahora vibrando con fuerza.
—?Aquí! ?Hay suficiente! ?Puedo activarlo!
Amara sostuvo la mano de Maribel, buscando una chispa de emoción. Sus ojos se encontraron.
—Lo lograremos. ?Verdad?
Maribel la miró. Asintió torpemente, como si no supiera responder. Su rostro seguía inexpresivo, pero una lágrima cayó de su ojo derecho. No era tristeza. Era desajuste. El alma forzando recordar qué era sentir.
Una luz dorada los envolvió. Mientras una ráfaga de qi corrupto pasó cerca y los desestabilizó. Y el mundo, finalmente, se rompió.
Volvieron a casa cayendo desde el cielo. Pero la avestruz los atrapó corriendo en el aire. Mientras estaban quietos en el cielo, la familiar bandera de la secta estaba abajo.
Ancianos en los cielos volaban apresurados sobre sus tesoros, el pabellón de hechicería instaurado para mortales había formado un gran círculo con intrincados dise?os por todos lados, mientras cultivadores del núcleo inyectaban poder para teletransportar a los ancianos de los picos de las monta?as. Pronto se escucharía la noticia de la caída de un demonio.

