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El camino que se niega: Cazando.

  El grupo de caza se internó en el bosque, siguiendo un sendero de raíces que parecían moverse apenas cuando uno las pisaba. El aire era húmedo y espeso; con los sentidos alerta cada sonido se escuchaba demasiado cerca.

  Aether caminaba delante, con los ojos entrecerrados.

  —Hay algo… grande —dijo, se?alando hacia el este—. Respira bajo la tierra.

  Sofía frunció el ce?o.

  —?Una madriguera?

  El ni?o negó.

  —No… no se mueve como un animal que duerme. Es como si… pensara.

  Sofía se inclinó, apoyando una mano sobre el suelo. El qi de la tierra se arremolinaba, denso, casi sólido.

  —Una bestia de cristalización —murmuró—. Debe alimentarse del qi del subsuelo.

  —Perfecto —dijo Maribel, intentando sonar entusiasta y fallando—. Vamos a cazar algo que piensa.

  El terreno comenzó a temblar. Primero fue un crujido, luego un sonido seco, como si se rompiera una capa de piedra. Del suelo emergió una criatura inmensa, un ciervo hecho de minerales translúcidos, su cuerpo atravesado por vetas de luz azul. Cada respiración suya dejaba escapar fragmentos de qi que flotaban como polvo luminoso. Sus ojos eran dos gemas opacas, pero en su interior había movimiento, como si una conciencia los observara desde muy lejos.

  Aether retrocedió instintivamente.

  —Nos ha sentido.

  Maribel alzó la mano.

  —No lo ataquen todavía.

  Pero la bestia ya había bajado la cabeza. De sus astas, tan grandes como ramas de un árbol, surgió un destello —una onda que hizo vibrar el aire—, y el suelo se partió en una red de grietas.

  Sofía rodó hacia un lado, esquivando una ráfaga de qi que cortó tres árboles a la vez.

  —?Eso fue solo aire! —gritó—. ?Nos va a convertir en polvo!

  Maribel concentró su qi en las piernas, pero el sello interior le respondió con un dolor seco. Aun así, saltó sobre una raíz, deslizándose por el costado del monstruo. Cada golpe suyo apenas dejaba una marca sobre la superficie cristalina.

  —Su qi se condensa sobre la piel —dijo entre dientes—. No podemos herirlo directamente.

  —Entonces hay que romper el flujo —respondió Sofía, girando el arma que llevaba: una lanza corta. Tomó una hoja al azar, la despellejó y la usó para dibujar una formación de interrupción en el centro de esa lanza corta. Mientras tanto Maribel distraía a la criatura mientras Aether lo analizaba con su percepción espacial.

  Finalmente la lanza estaba lista. El lobezno cerró los ojos, el aire a su alrededor se curvó; peque?as líneas de luz aparecieron sobre el suelo, guiando a Sofía como si el mundo mismo le trazara un mapa.

  —?Ahí! —gritó el ni?o.

  Sofía lanzó la lanza; impactó justo detrás de la pata delantera del ciervo, donde el cristal era más oscuro. El golpe resonó como una campana. El qi del monstruo se agitó; su cuerpo empezó a cambiar de color, del azul al rojo.

  —?Va a liberar energía! —advirtió Maribel.

  El estallido llegó un segundo después: Una ola expansiva de calor y viento los arrojó al suelo. El bosque se llenó de polvo brillante; por un instante, solo existió la luz.

  Cuando el resplandor se disipó, el ciervo seguía vivo, aunque sus astas estaban quebradas. Su respiración se volvió irregular; el qi comenzó a filtrarse por las grietas de su cuerpo, formando peque?os cristales que caían como lágrimas.

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  Aether dio un paso adelante, pero la bestia se retorció con miedo, pateando mientras intentaba ponerse en pie.

  Maribel sintió un escalofrío, incluso sin usar su habilidad, ella podía imaginarse claramente lo que el ciervo sentía. El entorno vibraba, como si las raíces bajo ellos buscaran acercarse al cuerpo de la bestia.

  —Retirada —ordenó con firmeza—. No lo maten.

  Sofía la miró, incrédula.

  —?Después de casi explotarnos?

  —...

  Maribel guardó silencio 2 segundos, pensando una excusa rápida, así que dijo al ver los cristales caídos

  —No está viva de la forma que crees. Está conectada al flujo del qi del lugar. Si la destruimos, el equilibrio del bosque se romperá.

  El ciervo levantó la cabeza por última vez, mirándolos con esos ojos de piedra. Luego se derrumbó lentamente, disolviéndose en polvo brillante que el viento dispersó entre los árboles.

  Durante un largo rato, nadie habló.

  —?Qué… fue eso? —preguntó Sofía finalmente.

  ?Una forma antigua de vida.? Dijo la persona detrás del sistema a los 3 ?Hoy en día cuando los mortales hablan de espíritus, ya no mencionan a las bestias guardianes, como esta bestia.?

  Aether miró el polvo suspendido a lo lejos, invisible para el resto.

  —Tal vez enojamos al guardián...

  ?Esta vez no lo hicieron.?

  Se volvieron a poner en marca.

  El bosque parecía haberse tragado el sol. La luz se filtraba apenas entre las hojas altas, moteando el suelo con parches dorados. Maribel caminaba al frente, con Sofía detrás y Aether moviéndose entre los árboles con una naturalidad que no pertenecía a un ni?o.

  El aire estaba cargado de aromas: Tierra húmeda, savia fresca, y un olor metálico que Maribel reconoció de inmediato.

  —Sangre —murmuró.

  Aether ya lo había notado. Se agachó, apoyando una mano en el suelo. Su respiración se volvió lenta, casi animal. Las pupilas se le estrecharon hasta volverse finas como cuchillas.

  —Hay una bestia cerca —dijo con voz baja, más grave de lo habitual—. Es grande… pero está herida.

  Sofía tragó saliva.

  —?Qué tan grande?

  Aether alzó la vista, y una sonrisa apenas curvó sus labios.

  —Lo suficiente para cenar dos noches.

  Maribel asintió, su rostro frío.

  —Entonces tenemos suerte. Muéstranos el camino, peque?o cazador.

  El ni?o avanzó en silencio. Cada paso suyo parecía medido. Se deslizaba entre raíces y hojas secas sin hacer el más mínimo ruido. Por un momento, Sofía sintió que no caminaba con ellos, sino con un espíritu del bosque.

  Aether levantó una mano. Se detuvieron.

  Entre los arbustos, el aire vibraba con un gru?ido bajo. La criatura apareció poco después: Un Jabalí de Cristalización de Qi, una bestia cubierta de placas traslúcidas que reflejaban el entorno como si estuviera hecha de vidrio. Cada respiración suya lanzaba destellos de luz azulada, y las grietas en su lomo ardían con energía.

  —Tiene el núcleo da?ado —susurró Maribel—. Aún puede matarnos si embiste.

  —Déjamelo a mí —dijo Aether, dejando caer la bolsa que llevaba.

  Sus u?as se alargaron apenas. No era una transformación completa, pero bastaba para notar lo que era: Un híbrido entre humano y lobo, nacido para la caza.

  Sofía levantó la mano.

  —Solo distráelo. No lo mates, necesito ese núcleo intacto.

  Aether asintió y desapareció entre los árboles.

  El jabalí olfateó el aire, inquieto. Dio un paso, luego otro. De pronto, algo silbó entre las ramas: Una piedra golpeó su flanco. La bestia giró furiosa hacia el sonido y embistió con fuerza, rompiendo arbustos, levantando hojas y polvo.

  Pero Aether ya estaba detrás. Saltó, impulsándose desde un tronco, y le clavó una daga corta justo detrás de la oreja. La bestia bramó, girando con violencia. El impacto lanzó al muchacho por el aire, pero cayó de pie, flexionando las rodillas como un felino.

  Sofía miraba con los ojos muy abiertos.

  —No se mueve como un ni?o…

  —Nunca lo fue —respondió Maribel preparando su lanza, su respuesta sonó utilitaria.

  Esperó el momento justo. Cuando el jabalí giró para cargar otra vez, disparó. La cosa atravesó una de las placas de cristal y se hundió en el punto blando del cuello. La bestia se tambaleó unos segundos antes de caer de lado, resoplando, hasta quedar inmóvil.

  Aether se acercó, tocó el lomo de la bestia y cerró los ojos.

  Maribel recuperó su lanza y se permitió un peque?o suspiro.

  Sofía se acercó, observando la magnitud del animal.

  —?Esto… se puede comer?

  —Si sabes cómo cortarlo, sí —dijo Maribel, sacando un cuchillo delgado—. Su carne es fuerte.

  Aether también ayudó.

  Sofía lo observaba fascinada.

  —Eres todo un cazador…

  El ni?o levantó la vista y sonrió apenas.

  —Maribel me ense?ó a cazar, mi papá me ayudó a perfeccionarme.

  Maribel giró apenas.

  —No sabía que el sistema daba clases de casería.

  Cuando regresaron al campamento, Richard y Amara ya habían encendido una fogata.

  —Vaya, eso sí que fue rápido —dijo Richard, impresionado.

  El trozo de carne que subieron a la monta?a era enorme.

  —?Dónde lo consiguieron, en un mercado celestial? —bromeó Amara.

  Maribel arrojó una rama al fuego.

  —Nuestro peque?o lobo tiene instintos y percepción espacial, claramente es bueno en esto.

  Aether, con la mirada fija en las llamas, se encogió de hombros.

  —Solo seguí el olor.

  El grupo rio, y por un momento, el peso de la huida pareció desvanecerse. La noche se llenó de chispas, aroma a carne asada y una tranquilidad extra?a.

  Maribel levantó la vista hacia la luna que asomaba entre las copas. Sabía que la calma era un espejismo, pero aún así… por esa noche, decidió creer en ella.

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