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Capítulo 6 - El eco del banquete

  El rugir del suelo fue tan fuerte que Elarith creyó que la mansión se partía en dos.

  Las figuras de vino y carne estallaron al unísono, liberando un vapor espeso, rojizo, que olía a hierro y flores podridas. Dorian gritó el nombre de alguien —no supo de quién— mientras el aire se volvía denso, casi líquido.

  Y entonces, el mundo se dobló.

  Las paredes se estiraron, los candelabros se curvaron hacia el suelo como flores que se marchitaban y la luz de las velas giró en espiral, como si el fuego también estuviera siendo arrastrado a un drenaje.

  Kael intentó correr hacia Elarith, pero el suelo se abrió entre ellos: una grieta perfecta, sin fondo.

  Grek lanzó un hechizo reflejo, pero el resplandor fue tragado por la oscuridad como si nunca hubiera existido.

  Elarith alcanzó a ver sus rostros una última vez antes de que la realidad colapsara.

  Despertó sola.

  El banquete había desaparecido.

  Solo quedaban los restos: platos oxidados, una mesa cubierta de polvo y un silencio tan profundo que dolía en los oídos.

  El aire era distinto. Más frío. Más antiguo.

  El símbolo sagrado en su pecho ardía, no con luz, sino con un pulso débil... casi como un latido enfermo.

  —Kael... —susurró, pero su voz se perdió en la penumbra.

  Al otro lado del corredor, una puerta se cerró sola con un golpe.

  Dorian recobró el sentido en una sala distinta.

  El techo bajo, las paredes cubiertas de humedad. El olor a vino se había transformado en el olor agrio del sudor y el polvo.

  Su bastón no estaba.

  Intentó ponerse de pie, tambaleante, con los nudillos entumecidos.

  Había botellas vacías por todas partes, con su nombre grabado en etiquetas que no recordaba haber visto jamás.

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  Las tomó, una por una, y todas estaban vacías.

  Todas menos una.

  El líquido en su interior burbujeaba, negro y espeso, la tuvo que acercar al su oído porque creyó escuchar risas.

  Dorian la lanzó contra el suelo.

  La botella no se rompió.

  El líquido se agitó violentamente y una voz gutural emergió desde dentro:

  —?Por qué huyes de ti mismo?

  Dorian retrocedió.

  El eco resonó, repetido por las paredes.

  El tono cambió.

  Más burlón.

  Más parecido a él.

  Grek despertó cubierto de hollín, en una habitación que parecía una copia torcida del salón del banquete.

  Las lámparas colgaban boca abajo.

  Los muebles estaban suspendidos en el aire, flotando lentamente como si el tiempo se hubiese detenido.

  Y en medio del suelo, una runa resplandecía débilmente.

  No era suya.

  Caminó alrededor, examinándola, con el ce?o fruncido.

  Era un círculo de invocación.

  Pero las líneas estaban dibujadas con sangre seca, no tinta.

  —Esto no lo hice yo... —murmuró, con la voz temblorosa.

  La runa vibró.

  Del centro, una garra delgada, translúcida, emergió y lo sujetó del tobillo.

  Grek gritó, trato de invocar un portal, pero el hechizo no se completó, por un momento perdió la noción del tiempo. Seguía en la misma habitación, pero ahora estaba de pie frente a sí mismo.

  O algo que se parecía demasiado a él, pero con la piel gris y los ojos vacíos.

  —Sabía que vendrías —dijo su otro yo, sonriendo.

  Kael abrió los ojos rodeado de cortinas de terciopelo.

  El olor a incienso era sofocante, dulzón.

  Luces doradas iluminaban un escenario vacío, con un piano cubierto de polvo.

  Del techo colgaban marionetas vestidas como él: mismo rostro, mismo gesto, misma sonrisa encantadora... pero los ojos, cosidos con hilo negro.

  —Oh, qué maravilla —dijo con una sonrisa ladeada—. Por fin, un público que no me interrumpe.

  El eco respondió.

  Una ovación.

  Una multitud invisible aplaudía desde la oscuridad.

  Kael se inclinó teatralmente, pero cuando levantó la cabeza, todas las marionetas lo miraban con los ojos descosidos.

  Y desde algún lugar entre bastidores, una voz suave y melódica —su propia voz, pero deformada— le susurró:

  —La función apenas comienza.

  En la mansión, los cuatro estaban separados.

  Pero las paredes respiraban al mismo ritmo.

  Y, por primera vez, la casa sonrió.

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