Kio termino de contarle la historia a Lyra, atormentada por sus propios recuerdos. Inmediatamente después de terminar de contar la historia, se levantó con tal brusquedad que la silla detrás de ella chirrió al rozar el suelo de piedra. La habitación, iluminada apenas por una lámpara temblorosa, se quedó vacía de su voz. Lyra parpadeó, sin entender, y cuando quiso seguirla, la puerta se cerró frente a su rostro con un golpe seco.
—?Kio? —llamó, tocando la madera con suavidad. Pero del otro lado solo se escuchó el eco distante de pasos que se alejaban.
Cuando finalmente abrió, el pasillo ya estaba vacío. Solo el sonido del viento colándose por las ventanas acompa?aba el silencio que había dejado atrás.
Los días pasaron con un aire extra?o, como si algo invisible pesara sobre todos en la iglesia de Ilmenor. Kio y Lucian apenas coincidían. Si se cruzaban en los pasillos, bastaba una mirada para que ambos se apartaran con la misma rapidez.
Zein y Lyra ocupaban sus días en las clases que Meliora les daba dentro de una sala amplia donde el olor a incienso y tinta fresca se mezclaba con el sonido suave de las hojas al pasar. El sol se filtraba por los vitrales, proyectando colores sobre las mesas y haciendo que todo pareciera más vivo.
Pero Zein, ese día, no estaba precisamente concentrado. Con la cabeza apoyada sobre la mano, miraba hacia el ventanal, perdiéndose en pensamientos que nada tenían que ver con la lección.
Frunciendo el ce?o con una seriedad poco propia de él. Ni siquiera notó las se?ales desesperadas que Lyra le hacía con los ojos bien abiertos.
El golpe llegó sin previo aviso.
—?Auch! —Zein se llevó las manos a la cabeza.
—?En qué tanto estás pensando, Zein? —preguntó Meliora, blandiendo un rollo de pergamino como si fuera una espada ceremonial.
Lyra no pudo contener una risita. Zein, todavía sobándose, bajó la vista.
—Perdón... —murmuró—. Estaba pensando en cómo ayudar a Kio y a Lucian a reconciliarse.
Meliora suspiró con una mezcla de ternura y resignación antes de darle un golpecito más suave en el cabello.
—Eres un buen ni?o, Zein —dijo con una sonrisa cálida, volviendo la vista hacia la pizarra cubierta de runas y notas—. Pero estás equivocado.
Lyra ladeó la cabeza, confundida.
—?Equivocado? ?Por qué?
Meliora se giró hacia ellos y arrastró una silla para sentarse frente a los dos. Su voz sonó más suave, casi maternal.
—Porque no te corresponde hacerlo.
Zein la miró, con el ce?o fruncido y la curiosidad brillando en sus ojos.
—?Está mal que quiera el bien de los demás?
—No, Zein —respondió Meliora, cruzando las manos sobre el regazo—. Está mal que creas que puedes forzar el bien de otros. Kio y Lucian tienen su historia, sus heridas... y esas no son las tuyas. Si intentas meterte, podrías abrirlas más.
El ni?o bajó la mirada, mordiéndose el labio. Lyra lo observó en silencio, queriendo decir algo, pero sin encontrar las palabras. Meliora sonrió con dulzura.
—A veces, la mejor forma de ayudar es esperar —a?adió—. Ya llegará el momento en que ellos mismos quieran sanar. Cada uno debe resolver sus propios problemas —dijo Meliora, con una serenidad que contrastaba con la confusión en los ojos de Zein—. Puedes darles un empujoncito, sí, pero al final, deben enfrentarlos solos. Solo así se harán más fuertes.
—?Estás segura? —preguntó Zein, dudando, con el ce?o ligeramente fruncido.
Meliora asintió con una sonrisa tranquila.
—Claro. Además, ellos ya no son ni?os. No necesitan a alguien que los tome de la mano y les diga “discúlpate por lo que hiciste”. Solo hay que ponerlos cara a cara... y dejar que el resto ocurra.
Lyra, que había estado escribiendo todo ese tiempo, se levantó de su asiento y entregó su hoja de ejercicios. Meliora la revisó rápidamente y le dio una palmadita en la cabeza.
—Muy bien hecho, Lyra —dijo con orgullo.
Luego se volvió hacia Zein, que seguía pensativo, mirando el suelo como si en las vetas de la piedra hubiera respuestas.
—Sea lo que sea que vayas a hacer, Zein, yo te apoyaré —a?adió con una voz más cálida—. No me gusta ver a mis viejos amigos peleados.
Zein levantó la mirada y sonrió.
El aire fuera de la iglesia olía a flores secas y pan recién horneado. Mientras salían del salón, el cielo sobre Ilmenor comenzaba a te?irse de un tono ámbar, y una luz extra?a asomaba en el horizonte norte. Lyra fue la primera en notarlo.
—?Qué es eso? —preguntó, se?alando la figura que se alzaba entre las nubes.
Meliora siguió su mirada. La estructura se elevaba con una majestuosidad imposible de ignorar: una torre tan alta que parecía perderse entre los cielos, con sus muros reluciendo bajo la luz del atardecer.
—Es Babilón —explicó con calma mientras caminaban por las calles empedradas—. Una torre construida hace siglos. Se dice que conecta nuestro mundo con el de los dioses.
—Wow... —susurró Zein, sin poder apartar los ojos de ella—. ?Y cómo es que no la habíamos visto antes?
—Porque solo se deja ver en tiempos de celebración —respondió Meliora, con un brillo en los ojos—. Cada cierto tiempo, se realiza un festival en todo el mundo, y los colosos se acercan a la capital, Solheim.
—?Y de qué trata el festival? —preguntó Lyra, saltando un poco para seguir el paso de la maestra.
Meliora sonrió misteriosa.
—Eso lo descubrirán cuando llegue —dijo, dándoles un gui?o—. Aunque, hablando de eso... se me ocurrió una idea para darles el “empujoncito” a Lucian y Kio.
Zein y Lyra intercambiaron una mirada cómplice.
Los días siguientes, el aire en Ilmenor se llenó de movimiento y voces. Los puestos se abarrotaron de telas coloridas, guirnaldas, linternas flotantes y cientos de hilos dorados que parecían brillar con vida propia. El aroma de especias y dulces recorría las calles.
Kio y Lucian, pese a todo, se mantenían distantes. Si ayudaban en los preparativos, lo hacían en horarios diferentes, evitando coincidir incluso en los pasillos de la iglesia. Zein y Lyra habían intentado reunirlos en más de una ocasión, pero sin éxito. Era como si una barrera invisible se interpusiera cada vez que lo intentaban.
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Aun así, la emoción del festival se imponía sobre el ambiente. La ciudad entera parecía contener la respiración mientras llegaba la gran noche.
Y finalmente, llegó.
El cielo se oscureció más de lo habitual, y poco a poco, una a una, las luces de todo el mundo se fueron apagando. Ni antorchas, ni faroles. Solo el silencio y la penumbra.
Zein y Lyra se encontraban en la plaza central, donde el eco de sus pasos resonaba entre las piedras. Nadie más estaba allí; las calles se habían vaciado. Solo el viento, frío y expectante, los acompa?aba mientras esperaban lo que vendría.
Por toda la ciudad, finos hilos resplandecían como venas de luz viva. Corrían entre los tejados, se enredaban en los postes, y desaparecían en dirección a las afueras o hacia la iglesia. El aire parecía vibrar con una calma expectante. En el centro de Ilmenor, habían levantado un peque?o escenario de madera, y sobre él, Meliora aguardaba.
—Bueno… espero que su plan salga bien —murmuró, acomodándose el manto ceremonial que caía sobre sus hombros como una cascada de seda.
Luego dio un paso hacia el centro. Las luces se apagaron del todo, dejando solo una claridad tenue que la envolvía. Su sombra se extendió sobre las piedras húmedas mientras el primer sonido de un cuerno antiguo se alzó en la distancia. Uno tras otro, tambores, cuerdas y flautas se unieron, creando una melodía que fue creciendo, suave y profunda, hasta llenar la ciudad como un suspiro colectivo.
Meliora comenzó a moverse. Sus brazos se alzaron lentamente, curvándose con gracia, como si guiara corrientes invisibles. Cada movimiento desprendía peque?os destellos que danzaban a su alrededor. El maná respondía a su ritmo, obediente, ondulando como agua viva entre sus dedos.
Los hilos que recorrían las calles empezaron a encenderse, uno tras otro, hasta que toda Ilmenor se iluminó con un resplandor dorado que se movía como si respirara. Entonces, más allá de las murallas, luces diminutas comenzaron a flotar, emergiendo del horizonte como luciérnagas gigantes. Seguían el curso de los hilos, viajando en silencio por el aire. Desde abajo, parecía que el cielo se había invertido, y las estrellas descendían a tocar el suelo.
Al llegar a las casas, aquellas esferas se posaban sobre lámparas de papel preparadas con antelación. En cuanto se fundían con ellas, las lámparas cobraban vida y se elevaban lentamente, flotando hacia el cielo. La música cambió de ritmo, transformándose en una melodía más lenta y envolvente, y la ciudad entera se llenó de un resplandor cálido que oscilaba con el viento.
Las puertas comenzaron a abrirse. Familias enteras salían con pasos tranquilos, sus rostros ba?ados por la luz de las lámparas que subían hacia las alturas. Nadie hablaba; solo se oía la música y el susurro de las llamas flotantes.
En la plaza, Zein y Lyra observaban desde un rincón, sentados en el borde de una fuente apagada. No querían interrumpir la danza de Meliora, que seguía moviéndose con la misma calma sagrada de quien ora sin palabras.
—Las lámparas… —susurró Zein, recordando la explicación de su maestra.
Lyra asintió, mirando hacia el cielo donde cientos de luces flotaban como almas viajando sin prisa.
—Meliora dijo que cada lámpara guarda la esencia de un ser querido —murmuró—. Que las familias deben buscar la de quien partió…
Zein apretó los pu?os sobre sus rodillas.
—Entonces… —dijo, sin apartar la mirada del cielo— Kio y Lucian estarán buscando la de Araphor.
La plaza ya estaba repleta; las lámparas flotaban sobre las cabezas como constelaciones suspendidas. La música seguía sonando suave, envuelta por el murmullo del viento y el leve crujir de las llamas dentro del papel. Zein y Lyra se miraron, asintiendo al unísono. El momento había llegado.
Entre la multitud, Kio caminaba despacio, con los ojos fijos en las luces que se elevaban una tras otra. No buscaba algo en específico… hasta que una sensación la detuvo. Un tenue resplandor amarillento, familiar, vibraba en el centro de la plaza, cerca del escenario donde Meliora seguía danzando. Su corazón dio un vuelco.
Desde el otro extremo, Lucian también avanzaba, sin saber por qué. La corriente de gente lo empujaba, lo guiaba entre risas, saludos y pasos apretados. Al principio intentó resistirse, pero la marea humana no lo dejó. Lo mismo ocurría con Kio, arrastrada desde el lado contrario.
Cuando ambos llegaron al centro, el bullicio se apagó. La lámpara de Araphor flotaba frente a ellos, suspendida a la altura de sus manos, brillando con un pulso lento y constante.
Los dos extendieron los brazos al mismo tiempo. Sus dedos rozaron el borde del papel encendido y, por un segundo, el maná de ambos se entrelazó en una débil chispa que recorrió la lámpara. Se miraron, sorprendidos, como si de pronto el mundo se hubiera reducido a ese único instante.
Kio fue la primera en romper el silencio. Bajó la mirada, apretando los labios, mientras sostenía la lámpara con cuidado, como si temiera romperla.
Lucian respiró hondo y se inclinó.
—Perdón —dijo con la voz baja, casi temblorosa—. Perdóname por todo lo que dije. No era verdad… o tal vez no lo entendía. Estaba confundido. Te vi y… fue como si todos los a?os sin verte me pesaran de golpe.
Kio permaneció quieta, los ojos fijos en la luz azul que palpitaba dentro del papel.
—No te disculpes —susurró al fin—. No todo fue mentira, y lo sabes. Fui yo quien huyó. Lo que hice hace cuarenta a?os no fue digno de una maestra… ni de una persona. Debí quedarme, enfrentar las consecuencias. Pero huí, y dejé que tú y Araphor cargaran con mi silencio.
Lucian negó de inmediato.
—No, Kio. Yo nunca te culpé. Y Araphor menos aún. —Dio un paso hacia ella, la voz quebrada pero firme.— él me pidió que jamás lo hiciera. Decía que debías tener tus razones… y que no podías haberlo hecho sin dolor.
Kio levantó la vista con un gesto incrédulo.
—?Araphor… no me culpó?
Lucian esbozó una sonrisa cansada, extendiendo una mano hacia la lámpara.
—Antes de morir, me pidió que te dijera algo. —Sus dedos rozaron el borde del papel, donde la luz azul temblaba con suavidad.— Me dijo: “Estoy seguro de que Kio volverá algún día. Dile que me habría gustado pasar más tiempo con ella… y que siempre será mi persona favorita en el mundo.”
Al escuchar las palabras de Lucian, los ojos de Kio comenzaron a humedecerse; lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas, brillando con el reflejo de las lámparas que los rodeaban. No lloraba con desconsuelo, sino con esa dulzura melancólica de quien, al fin, encuentra paz en lo perdido. Bajó la mirada hacia la lámpara que sostenía, temblorosa entre sus manos, y la acercó lentamente a su frente.
—Aquí estoy, Araphor… tu maestra ha venido a verte de nuevo —susurró con la voz quebrada, dejando que su respiración temblara apenas.
Lucian la miró en silencio, y sin decir palabra, colocó su mano sobre la de ella, sosteniendo juntos la lámpara. Alzaron el peque?o farol al cielo, sus dedos tocándose apenas, mientras la luz cálida del maná se reflejaba en sus rostros. A su alrededor, las demás personas los imitaron; cientos de lámparas se elevaron en sincronía, flotando sobre la multitud con un resplandor que parecía emanar de los corazones mismos de quienes las portaban.
Meliora, en el centro, concluyó su danza con un último movimiento circular. Sus brazos se alzaron hacia el cielo, y con ellos, todas las lámparas ascendieron al unísono, cruzando la noche como un río de estrellas. La plaza quedó envuelta en penumbra, iluminada solo por aquel espectáculo celestial. Las luces subían más y más, fusionándose con otras que llegaban desde tierras lejanas, hasta formar una espiral dorada que coronaba la torre de Babilón.
Meliora dejó caer los brazos lentamente, respirando profundo mientras una sonrisa serena se dibujaba en su rostro. Las lámparas desaparecían poco a poco entre las nubes, como almas que finalmente encontraban su descanso.
Zein y Lyra se miraron desde un rincón de la plaza, con una sonrisa cómplice. Habían logrado lo que deseaban. Meliora bajó del escenario, riendo suavemente al acercarse a ellos. Les acarició el cabello con ternura, agradecida, mientras los otros dos maestros conversaban con una naturalidad que hacía a?os no compartían.
A su alrededor, la gente reía, lloraba, se abrazaba. Cada alma en esa plaza se había reencontrado, aunque solo fuera por un momento, con aquello que amaba. Y cuando las últimas luces se desvanecieron en la altura, quedó en el aire una sensación cálida y ligera, como si las despedidas ya no dolieran tanto.
Aquella noche, Ilmenor durmió en paz.

