Era una noche sin luna cuando el carruaje negro de Edward Gunn se detuvo frente a la oficina del gobernador. El hombre de piel grisácea bajó de éste, portando un pulcro traje blanco que hacía juego con su cabello plateado relamido. Cualquiera lo reconocería por su prolija imagen, pero quien no lo hubiera visto antes lo recordaría por sus ojos: rojos como un atardecer. éstos miraron a su alrededor para absorber su entorno como era de costumbre. No importaba el lugar ni el tiempo, Edward Gunn sabía, en todo momento, cada detalle de sus inmediaciones.
El hombre se acercó a la puerta y golpeó tres veces antes de cruzar las manos tras su espalda, esperando a que le abrieran. Del otro lado, alguien mucho menos limpio se apresuró para atender. El gobernador de San Marcos era un hombre de mediana edad con más bigotes que cabello y más cabello que escrúpulos.
—?Se?or Gunn! —lo saludó, invitándolo a pasar—. ?A qué debo su visita?
Edward entró, ahora examinando el interior de la oficina de su empleado. Era un desastre. Había papeles en todas las superficies posibles, demasiados muebles, y espantosos trofeos de caza por todas las paredes.
—Escuché que tuviste problemas con unos ladrones hace unas semanas —habló de manera monótona, con una voz tan impasible como su semblante.
El gobernador tragó saliva y tartamudeó su respuesta.
—Sí. Los hermanos Severino pasaron por aquí, pero… Pero es lo que queremos, ?no? ?Que hayan salteadores y bandidos?
Edward siguió caminando, dándole la espalda al otro hombre mientras arrastraba lentamente una mano por encima de los documentos sobre el escritorio.
—Sí, eso queremos. Pero queremos que sean nuestros agentes. —Se giró para darle la cara—. Queremos que no se pierda dinero.
El se?or Gunn metió la mano en su saco, asustando al gobernador, pero sacó una hoja de periódico de su bolsillo interno y la desdobló minuciosamente para mostrarla.
—Atraparon a los Severino en Antigua Luna. Buenas noticias para los locales, pero terribles para nosotros. Nuestras monedas desaparecieron para siempre, y es una pérdida que le costará caro a San Marcos, y, por lo tanto, a mí.
El gobernador se puso más nervioso. Sabía que Gunn estaba enfurecido a pesar de lo calmado que sonaba. Su voz no se había alzado ni una sola vez, y eso lo aterraba.
—Estamos a punto de romper la roca madre en la Mina Blanca —habló, tratando de tranquilizar a su empleador con la promesa de más dinero en un futuro cercano.
—Ese era el plan desde el principio, Guillermo —reprendió—. No confundas las sobras con un segundo plato. Además, lo que quiero que veas es a la mujer en la foto.
El hombre se encogió ante el rega?o, pero la orden lo intrigó. Al acercarse para ver mejor, distinguió a una mujer con una larga trenza entre dos caballeros ensombrerados.
—Es guapa.
—Es Verónica Lombarde —prosiguió Gunn, ignorando la tonta observación del gobernador—. Una colega y… rival, podría decirse. Al parecer está viajando por el Rumbo Largo, y eso significa que aparecerá en tu peque?o pueblito en cuestión de días. Quiero que la detengas.
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Guillermo parpadeó cuando Gunn le quitó el periódico de enfrente para guardarlo nuevamente.
—?Detenerla?
—Está husmeando donde no debe, y ya eludió a uno de mis hombres una vez. A pesar de mi sensatez, te estoy confiando esta tarea. Es tu oportunidad para compensar el fiasco de los Severino.
Guillermo asintió con gratitud y miedo.
—?Quiere que la mate, se?or Gunn?
Edward exhaló en exasperación y burla.
—Si la quisiera muerta, te lo habría dicho. Detenla. Yo me encargaré del resto.
Como una instrucción de último minuto, Edward alzó un dedo índice sin cerrar por completo el pu?o.
—Discreción, Guillermo.
Pronto, el galope del carruaje de Edward se desvaneció hasta sólo quedar el chillido de los animales nocturnos que habitaban la intemperie.
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Rex Ford dormía bajo las estrellas, sujetando una pistola bajo la mano como de costumbre. Había escuchado decir a la se?orita Lombarde que ella y Víctor se sentían inquietos ante la idea de que a Rex se le escapara una bala involuntaria, especialmente entre sus tantos arranques nerviosos a mitad de la noche. Rex se levantaba con cualquier ruido, por más sutil que éste fuera, y apuntaba el ca?ón de su pistola directo hacia la fuente.
Rex estaba empezando a coincidir con sus acompa?antes. Se había dicho a sí mismo que, de ahora en adelante, daría medio segundo de ventaja a cualquier altercado sospechoso, siempre y cuando éste no presentara amenaza inmediata. Tenía bien memorizados los estímulos que podrían traducirse a emboscadas peligrosas: pasos de botas, cascos de carruajes y el martillo de un revólver siendo quitado por un dedo pulgar.
Rex dormía en un piso de tierra también porque los tres no cabían en la caravana donde guardaban sus cosas.
Agudizó sus sentidos para discernir si los ronquidos de Víctor o el tambaleo de Verónica habían cambiado de lugar, asegurándose de que ninguno de sus dos compa?eros se hubiera levantado para ir a la letrina. Sin embargo, un ruido tomó velozmente forma de alguien husmeando entre sus ollas de la comida. Rex levantó la pistola.
Una zarigüeya salió corriendo.
Al ver al perpetrador, el forajido se relajó. Mantuvo su ca?ón en el aire, siguiendo al animal sin dejar de apuntar. Por diversión más que nada. Sin embargo, la mira de Rex aterrizó en una figura humana: una chica de dieciséis a?os con dos coletas de cabello negro que caían en cada costado de su rostro.
—?Laura?
Rex se preguntó cómo es que Laura había llegado hasta ahí. Sin embargo, esta preocupación le duró poco, pues se percató de que, además de ellos, había una tercera figura en aquellas penumbras.
Laura le apuntaba a Rex de regreso.
"Me has traicionado a medias" sonó la rasposa voz de su antiguo socio, Ben James. "?Crees que voy a esperar a que me traiciones por completo?"
El rostro de Ben James estaba intacto, lo cual no tenía sentido, pues, en teoría, Rex le había causado una cicatriz.
Laura continuaba apuntándole. Tenía los ojos húmedos de la angustia.
—Hice un peque?o trato con Laura —explicó Ben James—. Su vida a cambio de la tuya.
Laura debatía si perforar el corazón de Rex o no. Mientras tanto, Ben James ya tenía su propia pistola en mano; listo para romper el trato que acababa de hacer con ella. Iba a matarla sin importar si ella cumplía con sus indicaciones.
Rex miraba todo esto sin poder moverse y sin poder advertir a la chica. Ben James se puso un dedo en la boca; para él esto era un juego.
—Dispárale ya —ordenó Ben James.
A lo que Laura jaló su gatillo.
Los ojos de Rex estaban cerrados al sentir la bala de la chica, pero al abrirlos todo había vuelto a la normalidad. Se incorporó y se dio cuenta de que el cielo había estado iluminado por la luz del sol desde hace ya bastantes minutos.

