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Cap 8. ¿Esto es una escuela o un maldito circo?

  La gente de la capital observaba cómo una marea de estudiantes emergía por las amplias escaleras que conectaban con el metro, gritando, cantando, celebrando el inicio de las clases. Para algunos era el último a?o, pero para otros, el comienzo de una aventura que jamás olvidarían.

  De la mano, Annya y Feralynn salieron a la superficie. Su destino estaba cerca. Debían cruzar una peque?a arboleda para llegar. Aun así, sus enormes torres ya eran visibles desde lejos. Parecía alzarse en el borde de la capital, donde la ciudad terminaba y comenzaba el campo.

  El castillo era hermoso...

  No era un solo edificio, sino varios unidos entre sí, un campus inmenso. Uno con un patio perimetral capaz de albergar fácilmente un campeonato de fútbol. Demonios, incluso dos si hacía falta. La ciudad respiraba distinto en ese margen, bajo otra esencia, con otras reglas.

  La reja de hierro se alzaba imponente, tan ancha como un trol adulto de pie. En su centro, las dos hojas cerradas formaban un único escudo: un pentáculo.

  Un dibujo simple, casi infantil, pero cargado de poder. Las cinco puntas marcaban lo esencial: agua, fuego, tierra, aire... y vida.

  Era el emblema de la Academia, bordado en cada uniforme sobre el corazón.

  "Escuché que el Director es bastante gracioso", dijo Annya, observando a sus compa?eros caminar hacia la reja. "Le dicen el 'Juguetero', algunos dicen que tiene trescientos a?os, o más".

  "Hm. Supongo que la jubilación no cubre tanto tiempo".

  Feralynn estaba ansiosa. Miraba a todos lados, cada rama, cada árbol, cada compa?ero que pasaba cerca. Tenía las palmas húmedas, y Annya lo notó, pero no le molestó en absoluto. No podía culparla; su propio estómago daba mil vueltas por la emoción.

  El bosque terminaba, la vida escolar se acercaba. Pero...

  "WOW, MIREN ESO!"

  Un chico gritó emocionado. Absolutamente todos se detuvieron para mirar al cielo, hacia donde se?alaba. El chillido de los pegasos volando, sus alas envueltas en llamas con cada batir, anunció una llegada digna de un espectáculo. Se detuvieron sobre la tierra y aterrizaron en un campo despejado.

  Como por... "magia" (mal chiste, perdón), aparecieron fotógrafos para tomar imágenes del carruaje, los flashes reflejándose en su metal plateado. El conductor descendió, abrió la puerta, y de ella bajó...

  "Lady Miria, Lady Miria!" habló un periodista, cuaderno en mano. "?Cómo se siente al ser la única chica entre las cuatro familias nobles que no asistirá a la Academia de la Guardia Real?"

  "?Es cierto que le teme competir contra los Goldbrand?"

  "Lady Miria, una foto por favor, con su padre!"

  Llevaba gafas de sol, no por el clima, sino para bloquear esos malditos flashes. ?Su padre? Estaba acostumbrado a ellos desde hacía décadas.

  "Miria Frostweaver!" chilló Annya, apretando la mano de Feralynn. "No lo puedo creer, va a estudiar con nosotras?! Oh dioses, imagina si está en nuestra misma clase?!"

  Confundida, Fer notó cómo sus compa?eros, incluida su amiga, observaban embobados a la chica noble junto a su padre. No entendía ni un carajo de lo que estaba pasando, ni quién era ella.

  "Ehhh... quién demonios es ella?" susurró al oído de Annya.

  "?Qué?! Ugh, Fer..." se quejó Annya en tono juguetón, molestándola. "Es la heredera más joven de la familia Frostweaver".

  Un breve silencio. Fer entrecerró los ojos, intentando comprender por qué a la gente de Lorian le importaba ese tipo de estupideces. Rápidamente recordó que Soleria era una república común, no un reino con monarquía parlamentaria como esta nación.

  "...Y qué, es la sobrina del rey o algo así?"

  Annya soltó una risita, negando con la cabeza.

  "No, tonta. En Larion no hay un solo trono, hay cuatro familias que sostienen la realeza". Abrió la mano, separando los dedos como si compartiera un secreto infantil.

  "Cada una encarna una estación: los Frostweaver el invierno, los Goldbrand el verano, los Bloomwarden la primavera, los Amberfall el oto?o... y en el centro, la Familia Real: la vida misma".

  Miria se quitó las gafas, acomodando su cabello blanco con una mano antes de responder a la prensa.

  "Oh, entiendo la sorpresa que mi decisión pudo causar. Después de todo, es tradición para cada heredero. Me gustaría decir que la Academia de la Guardia Real es, por supuesto, un camino honorable. Pero creo que con el tiempo se ha olvidado que Larion también respira gracias al otro pilar de su grandeza: la magia. La Academia de Larion no es un capricho moderno; se alza sobre los mismos cimientos del Reino. Entrar aquí no es abandonar la tradición, sino honrar la raíz de lo que somos. Y no permitiré que su prestigio sea menospreciado solo porque brilla sin espadas".

  Su respuesta, acompa?ada de su sonrisa modesta, encantó a todos. Su padre apoyó una mano en su hombro, completando la justificación.

  "Cada rama de la familia Frostweaver debe florecer en un suelo distinto. Mi hijo representa la fuerza marcial; mi hija representará la excelencia mágica. La grandeza de una familia reside en abrazar todos los ámbitos del deber. La Guardia Real forma protectores del trono. La Academia de Magia forma protectores de la vida misma. No hay menor nobleza en elegir uno u otro. Mi hija servirá al reino de Larion en cuerpo y alma, desde el lugar al que su talento la llama".

  Todos quedaron complacidos con la refinada elocuencia de sus palabras. Asintieron, viendo la justificación vestida de razonamiento noble. Excepto Fer, que puso los ojos en blanco, negando en silencio.

  No lo habían notado, pero con pasos lentos y sigilosos, dos siluetas idénticas, tan altas como las puertas, abrieron de par en par la entrada principal.

  La multitud se giró como un enjambre hacia ellos, olvidando flashes y nobleza en un instante.

  Quienes ya habían asistido a la escuela no se inmutaron. Para el resto, incluidas nuestras chicas, la piel se les erizó.

  Expresiones congeladas, pelucas rizadas rígidas en el aire, piel de madera aún oliendo a pintura fresca, levitas idénticas. Cuando se movían, sonaba como el leve crujido de ramas rompiéndose.

  Annya quería treparles a los hombros como a gigantes de carnaval.

  Feralynn pensó en dispararles.

  Miria sonrió, pero era una mueca forzada para ocultar su disgusto.

  Uno con peluca naranja: Chappi.

  El otro con peluca verde: Choppi.

  Dos copias perfectas, sonrisas pintadas como grietas rojas, ojos delineados en negro carbón. Narices rojas como tomates frescos.

  Levantaron sus galeras y se inclinaron, uno a cada lado de la entrada.

  "BIENVENIDOS, QUERIDOS ESTUDIANTES!"

  El eco de sus voces era empalagoso, dulzón, como si las palabras provinieran del interior de una caja musical.

  La escuela abrió sus brazos. Nadie sabía si pedía un abrazo o si se preparaba para cerrar una trampa. Hubo un segundo de silencio...

  "Vamos, qué pasa, chicos? Sé que mi hermano es feo, pero no muerde!" gritó Choppi, y luego se llevó las manos a la boca para susurrar lo bastante fuerte como para que todos oyeran. "Aunque no se acerquen demasiado, no se cepilla desde el último eclipse".

  Chappi soltó una carcajada. "?Feo? El verdadero horror acá es tu corte de brócoli, querido hermano!"

  Los jóvenes estudiantes solo miraban, boquiabiertos, congelados entre la risa y la incredulidad.

  "No se queden ahí parados!" ladró Choppi, abriendo los brazos como un maestro de ceremonias. "Adentro, adentro! El último en entrar tiene que comerse lo que quede en el caldero de la cafetería!"

  Chappi avanzó torpemente sobre sus piernas de madera, cada crujido como un redoble de tambor, exagerado y teatral. Choppi solo se encogió de hombros, sonriendo, antes de lanzarse tras él.

  Eso rompió el hechizo: los estudiantes gritaron y corrieron a través de las puertas, con sus risas persiguiéndolos hacia adentro.

  Fer y Annya se tomaron de las manos rápidamente para no perderse en el cardumen de chicos. Annya reía mientras corría, no sin antes mirar a Choppi, que se había girado en plena carrera para observar a los estudiantes seguirlos. El alto payaso gui?ó un ojo con una sonrisa, inclinando su galera.

  "Annya, ESPERA!" gritó Fer, pero su protesta se perdió en la euforia de la multitud. "?Nos van a aplastar!"

  Pero Annya solo rió, persiguiendo a los payasos.

  Miria esperó a que la multitud entrara antes de avanzar última, con calma, ocultando el latido acelerado de su corazón.

  Mientras corrían hacia la entrada, el suelo tembló como un terremoto. Los estudiantes nuevos se congelaron, mientras los veteranos sonreían con suavidad y continuaban su caminata despreocupada, ya sabiendo lo que venía y guardando silencio para no arruinar la sorpresa.

  Desde los costados del amplio sendero de tierra brotaron árboles enormes, con copas doradas y rosadas. Lloraban hojas de alegría en canción.

  Junto a los árboles se alzaron robustos caballeros de piedra. Rostros ocultos bajo cascos, alzando espadas afiladas en saludo.

  Hojas y confeti llovieron sobre los estudiantes. Choppi y Chappi los llamaban mientras lanzaban peque?as esferas al aire que brotaban diminutas alas y revoloteaban entre ellos. Eran hadas, moviéndose como colibríes, dejando tras de sí los colores de sus alas.

  Los corazones de los chicos latían con fuerza. Sus mejillas no dejaban de sonreír y sus ojos intentaban atrapar cada color.

  Una se detuvo frente a Annya. Ella se quedó paralizada, maravillada. La peque?a hada amarilla sonrió con picardía. Tocó su nariz y, al contacto, estallaron chispas doradas.

  "Hace cosquillas!" rió, rascándose la punta de la nariz con las mejillas sonrojadas.

  Sintió dentro de sí más alegría de lo habitual. Tal vez era un hechizo, o simplemente la belleza de dejarse encantar por las sorpresas de la vida.

  El hada flotó hacia la nariz de Feralynn, quien con gesto de disgusto dobló el índice como una honda. Lo soltó, lanzando al hada lejos como a una mosca molesta. Se oyó un chillido casi inaudible. Fer sonrió con leve malicia al escucharla maldecir mientras se alejaba volando.

  Por suerte Annya estaba demasiado distraída para notarlo. Fer se salvó de una reprimenda y de otra amenaza de quedarse sin galletas.

  Aún de la mano, siguieron caminando. Los ojos de Fer estaban atentos, su entusiasmo contenido. Su corazón latía rápido, sí, pero su rostro se mantenía bajo control. Se mezclaron con la multitud, llegando a las puertas gigantescas. Enormes, como la boca de un dragón antiguo. Tenían un candado metálico innecesariamente grande y cómico.

  Lo único que acompa?aba a Miria era la mochila en su espalda. Suspiró derrotada ante el mar de confeti y risas. Pateó una piedrita en el suelo, frunciendo el ce?o.

  Casi se arrepintió de su decisión, pero sintió un leve aleteo acercarse.

  Levantó la vista y vio a un hada diminuta, celeste como sus ojos.

  La peque?a sonrió con timidez y le ofreció una peque?a esfera luminosa en la palma de su mano. Perpleja, Miria la tomó con delicadeza.

  "...?Para mí?" preguntó, con la boca apenas abierta.

  El hada asintió con entusiasmo, se?alando la esfera. Miria la sostuvo en la palma, pareciendo una canica casi intangible. Cuando la acercó a su rostro para examinarla, estalló. Una suave implosión cerúlea, destellos rozaron su cara, acompa?ados de un leve tintinear.

  Miria se sobresaltó al instante, ojos cerrados, dientes apretados, preparándose para burlas o una broma cruel. Para su sorpresa, se sintió mejor. Abrió los ojos parpadeando varias veces; el resplandor aún caía sobre ella como nieve en cámara lenta.

  La frustración se derritió en su interior. No de golpe, no de inmediato, solo lo suficiente para que sus hombros se relajaran y su pecho pudiera respirar por completo al fin.

  Aún incrédula, miró al hada, que hizo una leve reverencia, levantando su diminuta falda a los costados. Miria sonrió por primera vez en una semana y copió el gesto.

  "Muchas gracias, se?orita", dijo con formalidad.

  El hada rió, sonrojándose, y se alejó volando para mezclarse con sus hermanas en el aire.

  ?THWACK!

  Madera contra madera: Chappi se había estrellado de cabeza contra la puerta. Sus extremidades se doblaron y estiraron como una marioneta con cuerdas flojas. Choppi, imperturbable, sacó una espátula cómicamente gigante de su abrigo y lo despegó. Chappi se deslizó al suelo como un póster despegándose de una pared, se metió el pulgar en la boca, sopló con fuerza y con un pop! se reinfló a su forma normal.

  "?Hermano! ?Dónde está la llave?" exigió.

  Choppi se palpó, hurgando en sus bolsillos infinitos. Salieron un yunque, un patito de goma, una espada oxidada, una bomba apagada, un salvavidas, una torta de cumplea?os y, por último, una dentadura postiza. Se encogió de hombros, cabeza ladeada, como si todo ese conjunto tuviera perfecto sentido.

  Ambos payasos se rascaron las idénticas pelucas rizadas al unísono, tarareando en falsa concentración.

  "HMMMM!"

  "Hmmmm??!!!"

  "?Espera, ya lo tengo!" gritó Choppi. Agarró a Chappi por los tobillos, lo levantó boca abajo y metió su cabeza en el candado. Tras unos sacudones y un giro chirriante, sonó un fuerte click! y el candado se abrió. Cuando Choppi lo sacó, la cabeza de Chappi había quedado con forma de llave gigante, pero su sonrisa pintada seguía fija y orgullosa.

  Los estudiantes estallaron en risas, el absurdo cayendo con el timing de una rutina ensayada. Miria se llevó las manos a la boca para contener la risa, mientras Fer solo observaba, brazos cruzados, imperturbable.

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  Los dos hermanos arrojaron el candado a un lado y empujaron las hambrientas puertas con fuerza.

  "Entren, ni?os. Sean felices en su aprendizaje".

  Dijeron al unísono, inclinándose una vez más, cada uno a un extremo de la entrada. Sin burla, sin chiste. Solo una invitación suave. Una ofrenda al alma.

  El fondo era oscuro; los hermanos payaso permanecieron en su reverencia, dejando que todos avanzaran. La cabeza de Chappi aún tenía forma de llave. Ahora nadie corría. Los pasos eran medidos, cautelosos, atentos a la oscuridad del pasillo que los abrazaba hacia el salón principal del castillo.

  Los estudiantes de cursos superiores se apartaban, dejando pasar primero a los recién llegados, abriéndoles el camino.

  Terminaron rodeando una plataforma, como una audiencia esperando un concierto. Permanecieron allí, aguardando. No pasaba nada. Susurros y preguntas comenzaron a surgir.

  ?BAM!

  Una luz circular estalló.

  ?BAM! ?BAM! ?BAM!

  Otra. Cinco, no, siete. Los tambores comenzaron a sonar, anunciando la entrada de alguien, o mejor dicho, de algo...

  Retumbaron, la percusión acelerándose mientras las luces cruzaban la escena sin seguir patrón alguno.

  De pronto, cayó una esfera amarilla con una estrella roja de cinco puntas en el centro. Rebotó un par de veces antes de detenerse. Los tambores cesaron, pero la atención de los estudiantes estaba en su punto máximo.

  Giró levemente sobre su eje, y luego, silencio...

  ?POOF!

  La esfera explotó, lloviendo confeti de colores, y de ella emergió una figura de lo más peculiar.

  "QUERIDOS ESTUDIANTES, ES UN PLACER DARLES LA BIENVENI... ups, oops. Estoy al revés, jeje". La figura se dio vuelta y se aclaró la garganta. "ES UN PLACER DARLES LA BIENVENIDA A NUESTRA ACADEMIA DE MAGIA POR OTRO A?O!"

  Una marioneta...

  Sí. Una maldita marioneta. Su piel, pulida en blanco a la perfección. Fer frunció el ce?o. ?Esto era una escuela o un maldito circo?!

  Un cuerpo de madera articulada, finamente elaborado, firme en su estructura.

  Traje rojo vino, galera, mo?o y cola.

  Una máscara blanca con una sonrisa permanente: inexpresiva, pero inolvidable.

  Hilos dorados colgaban de sus articulaciones, casi invisibles a menos que uno entrecerrara los ojos bajo las luces.

  "PARA AQUELLOS DESAFORTUNADOS QUE NO ME CONOCEN, PERMíTANME PRESENTARME!"

  Los hilos dorados en sus hombros lo alzaron, haciéndolo flotar entre los estudiantes, deslizándose sobre sus cabezas, brazos extendidos, mientras las luces y los tambores lo seguían.

  "Soy el Director Glorthamiel Xanderius Qwibblenox Tercero, Gran Guardián de los Cuervos de Terciopelo, Mano Izquierda de la Tortilla de Cristal, Gran Maestro de las Siete Bicicletas Prohibidas y Media, Duque del Sándwich de Daga, Comandante de la Brigada de Claqué a la Luz de la Luna, Archimago de la Dimensión Arcana de los Calcetines, Guardián de las Cucharas Eternas, Portador del último Cepillo de Dientes, Fundador del Gremio de la Risa Levemente Molesta, elegido 'Más Probable en Explotar' en el anuario de la Academia, y campeón invicto dos veces de las Sillas Musicales Mágicas!"

  Cuando terminó de recitar su nombre, regresó al centro de la arena, pero los hilos se cortaron y cayó de cara con un sordo pum. Se levantó de inmediato, sacudiéndose un polvo que no existía, riéndose como un tonto.

  Siguió un silencio total. Miria se cubrió la cara de vergüenza. Feralynn pensó que su madre la había inscrito por accidente en un psiquiátrico. Annya fue la única que sonrió y aplaudió suavemente.

  "...Pero pueden llamarme Director Smiley!" agregó, haciendo jazz hands con un peque?o salto chirriante. La marioneta estalló en risas, alegres, pero lo bastante inquietantes como para erizar la piel.

  Los estudiantes nuevos habían oído historias sobre el director. Rumores. Pero nadie esperaba esto. Justo cuando algunos empezaban a cuestionar la seriedad de la institución, un rayo sórdido de relámpago azul profundo cayó junto al Director. Un pulso del propio éter.

  Dejó un rastro radiante que, al impactar, apagó las luces. Los estudiantes gritaron y se cubrieron. Feralynn no dudó ni un segundo: se colocó delante de Annya, protegiéndola de la fuerza del hechizo. Miria se mantuvo firme, sin siquiera entrecerrar los ojos.

  Pasaron unos segundos; el estallido se estabilizó antes de desvanecerse. Oscuridad. Hasta que volvió a encenderse un único reflector blanco.

  De las sombras emergió una mujer elfa, piel de un tono ónix profundo, y un cabello rubio largo cayendo por su espalda como un río dorado. Su atuendo era firme, elegante. Imponía respeto sin dureza. Sus ojos eran afilados, implacables. No solo entró al salón, lo reclamó. Una mano descansó en su cadera.

  "Gracias por la colorida introducción, Director Smiley", dijo. Su voz estaba controlada, pero lo bastante filosa como para cortar el aire como acero. Chasqueó los dedos, encendiendo los enormes braseros de la pared con un feroz fuego blanco.

  Su mirada se fijó en los estudiantes.

  "Soy la Directora Astera Birklake, y deseo darles la bienvenida a cada uno de ustedes. La Academia de Magia de Larion abre sus puertas para que reciban la mejor educación mágica del mundo conocido".

  El ambiente cambió al instante.

  "Es como una sargento instructor, je..." murmuró Feralynn, sonriendo con sarcasmo al recordar órdenes de superiores del pasado.

  "Hmph". Miria cruzó los brazos, ojos como puntas de estoque. "Por fin, alguien serio..."

  Annya se sintió intimidada, aunque no podía negar que la elfa se veía imponente.

  "No solo aprenderán palabras antiguas de pergaminos olvidados, sino también a comandar el poder arcano dentro de ustedes. Serán entrenados para trabajar en equipo, para formar parte de una comunidad. Cada uno de ustedes nació con un don extraordinario, y es nuestro deber como instructores guiarlo, ayudar a moldear un mundo digno de él. Haremos todo lo posible como institución para hacerlos crecer. Es nuestro deber proteger al débil y ayudar al necesitado. Por esa razón, con la ayuda de nuestros excelentes profesores, deseamos formar magos capaces de construir un futuro mejor para todos".

  Nadie se atrevió a hacer un sonido, ni siquiera una tos rompió la quietud que su presencia creó.

  Hizo una pausa, ojos recorriendo el enorme salón como los de un depredador.

  "?No es cierto, Director Smiley?"

  La marioneta soltó risitas empalagosas y extra?as, curiosamente encantadoras a su manera.

  "?Absolutamente, absolutamente, Directora Astera!" Smiley agitó sus extremidades de madera con un aire exagerado. "?Una oportunidad de una vez en la vida! Esta escuela ha existido por más de mil a?os, y solo mejora al formar magos de calidad! Sin duda el futuro de la magia brilla, y seguirá brillando, aquí en Larion!"

  Astera apenas asintió, con una expresión ilegible.

  "Entonces permítanme ser la primera en decir... BIENVENIDOS!"

  Su última palabra resonó en toda la cámara. Los enormes braseros de piedra a lo largo de las paredes rugieron y cobraron vida, ba?ando el salón en una intensa luz azul. La sala se volvió completamente visible. Umbrales gigantes, altos como titanes, emergían de los muros, abriéndose hacia corredores. Cada uno marcaba una dirección distinta, dando paso a largos pasillos con ventanas, casilleros y puertas de aula.

  Un coro de jadeos se expandió por la multitud.

  "Eso no fue piromancia..." pensó Feralynn, entrecerrando los ojos. "Respondió a su voz..." Sus instintos se agitaron. Ya analizando todo.

  Chappi y Choppi, ayudados por estudiantes de quinto a?o, guiaron a los nuevos entre el caos habitual del primer día.

  "Por favor, nadie después de las 7 p.m., gracias! ?No empujen! ?Esperen, esperen! ?Terceros a Ala C! ?No corran! ?Primeros: Ala D!"

  Las instrucciones sonaron una y otra vez.

  "?Fer! Vamos, sentémonos juntas!" exclamó Annya, casi saltando.

  "Mhm".

  Feralynn apenas registró las palabras. Le latía el corazón, le temblaban un poco las piernas, y eso la inquietó. Había sobrevivido a la guerra, enfrentado horrores que ningún adolescente debería ver, pero esto... esta sensación era... ?cálida? ?Esperanzadora? No sabía la palabra. Todavía no. Pero en ese momento, no importaba.

  Mientras avanzaban, Fer chocó sin querer con una chica de su misma estatura.

  "?Eh, muévete, maldita sea!" ladró Feralynn en medio del caos de estudiantes apurados.

  La chica se giró, era Miria.

  Annya soltó un peque?o jadeo por la forma en que su amiga le habló. Ojos glaciares se encontraron con ojos volcánicos. Miria no parpadeó ante la agresión.

  "Mis disculpas, es difícil caminar entre tantos", dijo con veneno helado. "Y no es nada apropiado hablarles así a tus compa?eros. ?No crees?" Su mirada no vaciló.

  "?Ir en carruaje te durmió las piernas o qué?" respondió Fer.

  Annya observó cómo lobo y halcón parecían a punto de despedazarse. Se metió rápido entre ambas.

  "L-Lo sentimos mucho, Miria. Quiero decir, em... Lady Miria". Forzó una risita nerviosa. Luego tironeó de Fer por la manga para susurrarle al oído, molesta: "Fer, por el amor del cielo, sé amable hoy".

  Miria se quedó con los brazos cruzados, la expresión intacta.

  Feralynn la miró un momento más. Esos ojos punzantes. Eran como los suyos, pero de otro color. Otro apellido. Otra magia.

  "Tch... lo que sea", murmuró, mirando hacia atrás una vez antes de dejar que Annya la arrastrara.

  La chica noble las vio alejarse, viendo a la pelinaranja, apenas más baja que su amiga de cabello oscuro, rega?arla en vano. Exhaló por la nariz.

  "Chica estúpida..." murmuró antes de reunirse con sus compa?eros, los pu?os apretados con tanta fuerza que sus nudillos quedaron más blancos que su cabello.

  El grupo de primer a?o era una mezcla de elfos, orcos y humanos, siendo estos últimos la mayoría. Guiados por corredores amplios, llegaron a un gran aula ovalada, como una clase universitaria. El espacio tenía asientos semicirculares dispuestos en gradas, todos mirando hacia un enorme pizarrón verde oscuro.

  En el centro, detrás de un escritorio, un hombre estaba recostado con las piernas apoyadas sobre la mesa y los brazos cruzados detrás de la cabeza, como una almohada.

  "Ah, carne fresca. Fantástico. Simplemente... fantástico", dijo el profesor, con la voz chorreando sarcasmo, antes de suspirar y dejar que el tono se desinflara.

  Los estudiantes ocuparon sus lugares. Annya se dejó caer junto a Fer, sonriendo enorme y emocionada.

  Fer no mostró emoción, pero notó que su mano aún estaba aferrada a la de Annya sin permiso. Desvió la mirada y la soltó.

  Miria fue la última en entrar. Caminó con calma; un grupo de chicas intentó hablarle. Sonriendo con cortesía, las saludó, explicando que prefería ir a su propio ritmo, y luego entró. Ya no quedaban asientos. Aunque el aula era amplia, había demasiados estudiantes.

  Feralynn notó a Annya sacar su cuaderno rosado decorado con stickers de gatos y una lapicera violeta. Recorrió el salón con desinterés, hasta que alguien se sentó a su lado.

  "Esto tiene que ser una broma..." pensó.

  Sin decir palabra, Miria se sentó junto a Feralynn. Se negó a mirarla. Con movimientos silenciosos y ensayados, sacó un cuaderno negro y una lapicera plateada. Se sentó erguida, espalda recta contra la silla, mano lista para escribir.

  Annya le hizo un gesto con la mano en silencio, y Miria respondió con una sonrisa tranquila. No sabían si se volverían amigas, ni siquiera si se llevarían bien. Pero ese gesto sutil, ese reconocimiento reverente, las unió de algún modo. Aun así, ella fingió no ver a Feralynn.

  Fer aún no había sacado nada de su bolso. Solo un cuaderno vacío. Apoyó la barbilla en la mano, la espalda encorvada hacia adelante, aburrida.

  A su izquierda, Annya tarareaba bajito una melodía mientras garabateaba cupcakes al pie de la hoja, probando la tinta. A su derecha, Miria parecía un maniquí, sin parpadear. Pero Fer notó que la lapicera en su mano temblaba apenas...

  Entonces el profesor se puso de pie.

  "Bien. Escuchen, mis queridas larvas", dijo, con una voz perezosa pero autoritaria. "Llevo más de una década con esto, así que nos vamos a saltar las presentaciones aburridas".

  Se quitó sus lentes rectangulares y caminó hacia el pizarrón.

  "Soy el profesor Bernt. Seré su instructor de Teoría Básica de la Magia, o TBM, para abreviar. Intenten seguirme".

  Bernt era alto y delgado, de unos cuarenta. Llevaba una camisa de vestir azul oscuro ajustada, pantalón formal y zapatos lustrados. Una coleta corta le caía en la nuca, y una sombra de barba le endurecía la mandíbula.

  Con un movimiento de mu?eca, tomó un trozo de tiza.

  "Principios de Energía Arcana. Página veinticinco. Ahora".

  Su voz era clara y firme, pero cargaba el peso de alguien apagado por la rutina... quizá incluso un poco aburrido de la vida.

  Mientras escribía en el pizarrón, hablaba con un tono entre apatía y una determinación gris de simplemente terminar la lección.

  "Ya deberían saber esto, pero con toda el azúcar que probablemente comen a diario, un repaso no los va a matar". El chirrido de la tiza sobre el verde acompa?ó sus palabras. "La magia se divide en cinco aspectos principales. ?Alguien quiere nombrarlos?"

  Miria levantó la mano con serenidad.

  "Adelante", dijo Bernt, sin entusiasmo.

  "Los cinco aspectos principales de la magia", comenzó con un tono refinado y educado, "son destrucción, sanación, ilusión, alteración y conjuración. Destrucción abarca hechizos ofensivos y defensivos; sanación cubre la magia médica y restaurativa; ilusión es la manipulación de la percepción; alteración, el arte de cambiar la materia; y conjuración, la creación de objetos o seres por medios mágicos".

  El profesor alzó una ceja.

  "Impresionante. ?Nombre?"

  "Frostweaver. Miria Frostweaver", respondió con gracia.

  Un murmullo intrigado recorrió a los estudiantes.

  "?Oh?" Bernt se animó un poco. "Parece que tenemos a la heredera Frostweaver entre nosotros. Excelente respuesta, se?orita Frostweaver. Puede sentarse".

  Se extendió un aplauso bajo.

  Feralynn puso los ojos en blanco, haciendo una mueca burlona llena de sarcasmo.

  En el pizarrón, Bernt siguió escribiendo.

  "Bien. Cinco categorías, cuatro especialidades. ?Quién las sabe?"

  La mano de Annya se alzó como un rayo.

  "Tú", dijo Bernt, casi divertido. "Cabello calabaza".

  "L-Las cuatro especialidades son... eh... em. Milagros, hechicerías, elementos naturales y maleficios", tartamudeó, con las mejillas rojas.

  Bernt asintió. "Bien, bien. ?Nombre?"

  "Oak! Eh, quiero decir, ?Annya Oak!"

  "...?Oak?" murmuró Bernt. "Sí que tienen postres para morirse en esa panadería..."

  Volvió a garabatear en el pizarrón.

  "Muy bien, mis gusanos, siguiente pregunta. ?Cómo canalizan el poder usuarios de magia como nosotros? ?Hm? Esta es fácil, vamos. No me decepcionen en su primer día."

  Todas las manos se alzaron, excepto la de Feralynn.

  "Tú", dijo Bernt, se?alando con la tiza. "La callada".

  Feralynn parpadeó. "...?Yo?"

  "?Qué herramienta emplean los usuarios de magia para lanzar hechizos?"

  Se quedó helada. Su mente se fue al campo de batalla, magos con armaduras manchadas de sangre, manos chisporroteando poder en bruto.

  "...Guantes", respondió con firmeza. "Usan guantes".

  El salón quedó en silencio.

  "Bueno... no está mal", admitió Bernt. "Pero tampoco está del todo bien".

  Se dio vuelta hacia el pizarrón y escribió una palabra:

  Catalizador

  "Un catalizador es un enfoque, un puente entre tu alma y el mundo arcano. El primero registrado fue el cuerno roto de un ciervo plateado. Cualquier objeto con potencial arcano puede convertirse en un catalizador".

  Siguió escribiendo.

  "Con el tiempo, los magos fabricaron varitas. Palitos peque?os con un nexo adentro. Luego bastones, más grandes, más fuertes, pero más lentos. Pero el verdadero cambio? La ciencia". Levantó su mano enguantada. "Guantes modernos, cada uno con una diminuta esquirla de Eterio incrustada, nos permiten lanzar hechizos con eficiencia. El Eterio se extrae de cuevas de cristal saturadas de energía arcana".

  Golpeó la tiza contra el pizarrón.

  "Van a aprender los orígenes de la magia y cómo usar estos guantes correctamente. Si no tienen un par, consigan uno antes de que termine la semana, a menos que quieran freírse en las clases de lanzamiento de hechizos".

  Feralynn, callada desde su primera respuesta, levantó la mano ahora con una mirada firme y filosa.

  Bernt la miró. "?Mm? Tú, ojos de sangre. Adelante".

  Feralynn se levantó despacio. "Profesor... ?qué pasa con los magos que no necesitan un catalizador?"

  Silencio otra vez. Incluso el chirrido de la tiza se detuvo.

  Bernt golpeó la tiza contra su mentón.

  "...Esa sí que es una muy buena maldita pregunta".

  Luego se dio vuelta hacia la clase.

  "Son casos raros", empezó. "Extremadamente raros. Magos capaces de conjurar usando solo su cuerpo. Sin varitas, sin bastones, sin guantes, solo poder en bruto y voluntad".

  Los estudiantes se inclinaron hacia adelante.

  "Suelen ser prodigios de antiguos linajes, clanes con magia grabada en sus propios huesos. O individuos raros que han perfeccionado tanto su arte que su propio cuerpo se volvió el catalizador. Pero su número ha disminuido. ?Para qué forzar la carne, si la tecnología ahora forja varitas y guantes que canalizan maná con más eficiencia de lo que la sangre jamás podría?"

  Se encogió de hombros.

  "?Humanos? Casi imposible. Nuestra vida útil es corta. Morimos antes de siquiera poder encender una chispa sin un enfoque. ?Elfos? Sí, algunos de ellos viven lo suficiente como para que algunos lo logren. Pero incluso así, es raro."

  Feralynn se sentó de nuevo en silencio. Su mente divagó.

  Vio a su padre, sus manos en llamas, moldeando fuego en balas, en granadas, lanzándolas por el campo de batalla como artillería divina. No necesitaba guantes. él era el arma.

  Bajó la mirada a sus propias manos. Ocho a?os en Soleria. Ocho a?os disparando ráfagas de fuego desde las palmas, igual que él.

  Annya miró de reojo, preocupada. "Fer, ?estás bien?"

  Feralynn parpadeó. "?Hm? Ah... Sí, sí. Todo bien. Solo... pensando".

  Pero sus dedos aún hormigueaban, recordando el calor. Annya recordaba cómo su amiga era capaz de encender una sola vela frente a ella con la punta de un dedo. Miró a Miria y la sorprendió observando, analizando. Miria fingió desinterés de inmediato y apartó la vista.

  "En fin, volvamos al libro. Páginas 25 a 35, fundamentos de los catalizadores..."

  La lección continuó, todos anotando. Pero Fer siguió mirando sus manos un poco más de lo necesario.

  "Espera, la Directora no tenía guantes ni una varita... ?o sí?" pensó Feralynn, mirando sus dedos marcados. "No sabía que eso fuera tan raro..."

  ...

  ...

  ...

  ?

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