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el legado de Namys,el azar cósmico y la negación.

  Día 100

  Namys suspiró al contemplar el cuerpo decapitado de Gazazo. El templo se había convertido en una escultura de hielo puro. Con pasos medidos, se acercó y tomó la cabeza del hábil guerrero la cubrió de enredaderas, tan problemático cuando ganaba iniciativa. Sacudió la cabeza ligeramente. Si hubiera esperado, tal vez habría sido un buen samurái para mi hija, pensó, no sin cierta amargura.

  Sus ojos se posaron en el cuerpo de Gazazo: flaco, delgado, muy lejos del mastodonte corpulento del primer día. Le recordó a muchos hombres que había conocido en su larga vida; hombres sin futuro que se aferraban como a un clavo ardiente para vivir un día más. Siempre morían, y Namys nunca había conocido a uno que muriera feliz.

  No pudo reunir la fuerza necesaria para apretar los pu?os. Al final, ?qué importa? Siempre termina de esta manera. Pasó las yemas de los dedos por la pared congelada de lo que debía ser su templo, el sue?o de su infancia, y que ahora solo le causaba un profundo pesar. Intentó reír, pero sus ojos permanecían secos y claros. La única vez que hago algo imprudente, al menos para mis estándares, la única vez que soy egoísta... termina así. El dolor, sin embargo, era una compa?ía antigua.

  La verdad era clara: ella debía seguir y seguir, y cuando muriera, seguiría sirviendo para que otro naciera y pudiera crecer. Namys no sabía si criar cuatro hijos y apoyar a una más era suficiente. No sabía si luchar en la Gran Guerra había sido suficiente para merecer un descanso en el futuro.

  Se quedó quieta, sin saber qué hacer, repasando mentalmente cómo podría haberlo evitado, cómo podría haber sido mejor. Aunque, en realidad, ?importa? Su muerte nació de sus actos, pero yo fui la responsable.

  Aún con los ojos cansados, percibió unos pasos que se acercaban a su espalda.

  —Madre, ya está resuelto. ?Estás bien? —Era la voz de Narel, su peque?o se?or, adorable con su traje impecable. Le vinieron a la mente recuerdos de él jugando con bloques, siempre un ni?o tímido, aun cuando ella había sido una madre ausente.

  Una mano en su hombro la sacó de sus cavilaciones. Su peque?o sacerdote, Nasal, siempre tan serio y con demasiada iniciativa para un elfo joven. Recordó cómo leía libros para hacerla feliz, preparaba la comida, cuidaba de sus hermanos… aunque, por lo que sabía, ya no cocinaba.

  —Mamá, hay que sacarte de aquí —le dijo Nasal con ese tono sereno que le había ense?ado, o quizá que había imitado de ella hacía muchos a?os. Aún no estaba segura de si traerlo al mundo después de la guerra había sido un error.

  Sintió un dolor punzante en la mejilla. Esos pensamientos heréticos no deben tener cabida en mi mente. Al mirar hacia la fuente del golpe, se dio cuenta de que había sido su propia mano, ahora cubierta por una fina capa de hielo. Observó su cuerpo: una escarcha gélida comenzaba a cubrirla lentamente. No debería romperla. No importa.

  —Madre, ?e-estás bien? —La voz titubeante de su ni?a, Neia, la hizo volverse. La vio tan uniformada, trabajando tan duro para que la tomaran en serio, demostrando una iniciativa que muchos elfos jóvenes no tenían hasta ser mayores. Namys sabía que debía mantener el ejemplo. Rompió la capa de hielo con un movimiento brusco, aunque la idea de descansar por fin, antes de tiempo, le resultaba peligrosamente tentadora.

  Lentamente, el templo pasó del hielo silencioso al fuego naranja habitual. El cuerpo de Gazazo comenzó a consumirse en las llamas. Namys tomó la cabeza con firmeza —tenía proyectos para ella, un regalo para Togaz— y salió del templo, seguida por sus hijos, dejando atrás el recinto que una vez más era una gran hoguera viva.

  Sus hijos menores se retiraron, no sin antes asegurarse de que estuviera bien. Namys sintió una punzada de cálida gratitud. No había sido la madre perfecta, pero al menos había sido suficiente. Nasal despidió a sus hermanos con un gesto y permaneció junto a ella.

  —Nasal —dijo ella, su voz suave pero directa—. Dime, ?qué ves cuando piensas en tu hermana? Quiero oír a mi hijo, no al sacerdote.

  Solo faltaban días para el despertar de Togaz. Necesitaba entender cómo la recibirían, aunque el plan final fuera alejarla de todo esto.

  —Yo… espero tener una buena relación —respondió Nasal tras una pausa, su voz cuidadosamente modulada—. No la conozco, pero quiero ser un buen hermano.

  Era una respuesta falsa, un intento evidente de complacerla. Namys contuvo un suspiro. No obtendría la verdad sin una confrontación que no deseaba tener. Habría tiempo más adelante para… redefinir las cosas.

  —Estoy orgullosa de ti —dijo, y por un instante fugaz, la máscara de serenidad de su hijo se quebró, revelando una sonrisa genuina. Le ense?é demasiado bien a ocultarse, pensó, con un regusto amargo.

  Su mirada se desprendió de las llamas naranjas. Era hora de trabajar.

  Se dirigió al sótano del castillo, un espacio que ahora era suyo. Más que una propiedad, era un potencial, un regreso a las raíces terratenientes de su clan.

  El aire allí era fresco y olía a tierra húmeda. Estantes atestados de libros y máscaras, que parecían puertas a otros reinos, cubrían las paredes. Una maleza baja y suave cubría el suelo; al pisarla, le trajo el recuerdo lejano de su hogar ancestral. Hacía demasiado que no iba, pensó, encendiendo una lámpara que dejó los rincones en una penumbra inquietante.

  Su mesa de trabajo era un caos organizado: instrumentos quirúrgicos, frascos de vidrio, tubos y envases con sangre suspendida en círculos mágicos. Y, colgando de finos cordeles de seda, la verdadera joya de su colección: la cabeza reducida al tama?o de un pu?o de una vieja enemiga. Sus ojos aún seguían cada movimiento.

  Namys frunció el ce?o. ?Por qué me preocupaba tanto? La madre de la ni?a está muerta. Su linaje se extinguió.

  Antes de comenzar, dejó la katana usada en un barril lleno de líquido cefalorraquídeo de toro de media noche y plata líquida, todo dentro de un círculo mágico para mantenerlo todo hirviendo y fresco.

  Colocó la cabeza de Gazazo en el círculo grabado. Primero, la extracción, pensó, cambiando la máscara por la del delfín cruel. Sus manos, ahora herramientas de precisión, iniciaron la extracción de fluidos, un proceso lento que le permitía ahogar el eco de la conversación con Nasal en el silencio del laboratorio. Cuando el último líquido quedó estabilizado en su envase, activó el círculo grabado para mantener la cabeza en pausa y los líquidos frescos.

  Luego, la reducción. La máscara de topo muerto le confería el poder de la tierra. Compactó, sintió cómo la materia cedía bajo presión controlada, como tantos problemas bajo su voluntad. Un suspiro, y otro cambio: la máscara hiena de cristal para la transformación. Observó con una pasión casi infantil cómo la sangre se alzaba en rubíes escarlatas.

  Finalmente, la siembra. Con la máscara de orangután sembrador en el rostro, plantó semillas en la boca que se extendieron para llenar todos los huecos, alimentándolas con parte de los cristales de sangre de Gazazo.

  Al terminar, colgó la cabeza transformada. El sudor en su frente era frío. El paso uno había concluido, y el regalo para Togaz está tomaba forma.

  Día 100 (continuación)

  Tomó de su mini refrigerador una botella de Savia Vetusta. Cada sorbo la refrescaba; el dolor de cabeza y físico por usar tanta magia a su edad le pasaba factura. Su cuerpo ya le pedía descanso, pero ella no había sobrevivido hasta ahora obedeciéndolo. Con todo listo, observó la espada en el barril: la katana debía estar ya ba?ada e impregnada de esencia de Toro de Medianoche junto a la plata.

  Se torció el cuello hasta oír ese ruido de huesos tronando. Miró la máscara de la Serpiente del Sol, la sostuvo por un momento. Sus manos temblaron. El espíritu dentro intentaba quemar sus protecciones y limitaciones.

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  —Serpiente rencorosa —murmuró sin dudar, y se la colocó.

  El espíritu de la máscara trató de escapar de sus cadenas, pero falló. Namys sintió el poder de las llamas, su deseo de salir y consumir todo para crecer. Temblando, comenzó a respirar como un acordeón. Al inicio, fuego salió por su boca como un lanzallamas; con un movimiento brusco, apagó el incendio menor.

  Con el tiempo, su respiración pasó de lanzallamas a aire ardiente. Cada centímetro de su cuerpo ardía; el aire mismo se movía en consecuencia.

  —Odio el fuego —susurró. Para el fuego, una elfa vieja era madera seca de la máxima calidad. Ignorando cómo cada paso debía apagar un incendio, sacó la katana verticalmente del líquido. Comenzó el proceso de fundirla en una bola de metal ardiente pero semisólido.

  Mientras daba forma a la espada, recordó golpear al espíritu cada cierto tiempo para que hiciera ruido. Después de tantos a?os, aún no supera los rencores pasados. Una desgracia. Sería de gran ayuda tenerla como as bajo la manga.

  Al terminar, tenía una esfera como de barro de metal ardiente, más las cenizas de la guarda, la empu?adura y, lo más importante, la esencia del difunto: la mancha o impresión. Por norma, debería fortalecer a los seres cercanos, ayudar a alguien del mismo oficio o alianza, incluso crear o bendecir/maldecir un territorio. Y en casos muy raros, resultado de milagros o de que el difunto fuera de gran poder, crear artefactos.

  Gazazo no estaba ni cerca del mínimo. Y su hija merecía un regalo digno de un renacimiento. Ella forjará un milagro de todos modos. Ese favor se debe cobrar algún día. O tal vez este era el día. Namys dejó de pensar en eso; los adivinos de las estrellas, especialmente los sílfides, eran confusos.

  Día 101.

  Unos pasos de tacón la hicieron voltear. Allí estaba su ni?a, con dos espadas cortas de gladiador, con algo de curva para el mar. Estaban hechas del acero más fino, joyas de gran valor y madera del árbol ancestral del clan. Tal vez Togaz se vaya, pero siempre tendrá la familia con ella.

  —Neia, dime cómo tratarás a tu hermana —su tono era sereno, quizás raro de oír por pasar el aire ardiente.

  Su hija, como siempre, se quedó callada. Dejó las espadas en la mesa principal, tomó las cabezas de Gazazo y de esa chica, y las colocó junto a las armas. Era bueno ver que su hija sabía lo que hacía.

  —Me preguntaste lo mismo con Roxana, madre —su tono era bajo pero constante, aunque algo agudo al final.

  Namys asintió.

  —Sé que era hija de una enemiga, pero… no sé. No sé. Yo… la trataré bien —dijo Neia.

  Sonaba segura, pero se mentía. Trataría mal a Togaz por Roxana, pero en verdad sería por elegir a Togaz y dejar morir a Roxana. Bajo su mirada, su hija agachó la cabeza. Otro hijo miente, aunque este no lo hace a propósito.

  Día 100 (continuación)

  Su hija se retiró en silencio, dejando su sótano en completo silencio; un silencio que terminó con la compa?ía del espíritu, el cual, por un segundo, se detuvo solo para volver a luchar, aunque ya más débil. Namys sonrió con sorna al verlo. Al parecer moví algo dentro de la serpiente. Qué broma.

  —Llego sin ser llamado, hablo sin conocer tu nombre, miro lo que todos ven pero veo lo que nadie sabe. ?Qué soy? —Una voz chillona resonó en su oído. Por un momento, juró por la Gran Madre Silvana lanzarle la bola de metal semilíquida.

  —Eres el adivino de las estrellas —le respondió con serenidad, aunque cansada. Recordó que era un genio para los milagros. Se dirigió a la mesa principal.

  —?Cuando la elfa anuncia que el correcto lugar ha llegado, el clan clama al obedecer! ?El pacto correcto se cumplió con claridad! —El sílfide anciano, con sus alas desplegadas, se posó sobre las cabezas.

  Ignoró al bombillo viviente, pero este levantó las espadas en el aire con sus poderes. Namys ba?ó todo el cuerpo de las armas, arruinándolas por completo con el metal ya esparcido. Extrayó el calor y lo liberó en el bombillo viviente. Sin pensarlo, se arrancó la máscara de la Serpiente Solar; para su sorpresa, no tenía la cara quemada, solo sentía que la habían ahorcado.

  —Se quiebra, pero no se deshace. Pierde fuerza, pero se mantiene firme. Es la sombra de una voluntad rota. ?Qué es? —La negación en su mente resonó con la respuesta mientras sacaba un viejo grimorio, aún más antiguo que ella.

  Según sus investigaciones, tenía unos setecientos a?os de antigüedad. Lo había conseguido en una mazmorra en su juventud, cuando apenas era una estudiante de cuarenta a?os con su primer marido. Suspiro. Tantavantas aventuras.

  De su estante, sacó también tres libros de runas: uno general y, con un poco de duda, un libro de runas divinas, un poder que obtuvo al recibir la Gracia.

  Colocó el grimorio en su mesa principal. Lo abrió y las hojas pasaron sin control, sin orden, buscando alimento. No podía moverse; intentó en vano tentarla. Con sus tres libros generales en mano, decidió que dibujaría los círculos. Su amigo sílfide chasqueó los dedos y, en un destello de luz, estos ya estaban en las espadas inutilizadas.

  El poder de la luz realmente es algo magnífico. Hasta ahora no se ha encontrado nada más rápido en el mundo mortal. Se colocó su máscara de venado. Con ella, controló las lianas que formaban su pelo negro, se cortó los brazos y alimentó al grimorio con su sangre

  Y, en otro brillo de luz, runas desconocidas de color púrpura se superpusieron en el círculo de runas generales. Los ojos de Namys sangraron al verlas; incluso sintió cómo sus dedos ganaban colmillos.

  —Por mi boca, tu esencia se redefine. No preguntes. No dudas. Yo he dicho lo que eres: y lo que no eres también —La voz de Frisk resonó. Sus manos dejaron de temblar; su lengua dejó de trabajar en una novela.

  Namys, con una mirada, agradeció al sílfide por salvarla. Solo ver esas runas había sido suficiente para corromperla. Pero no podía detenerse, aunque lamentaba que su lengua no pudiera terminar ni… Ay. Sintió como si un dedo le pinchará la mejilla. La mariposa de luz era el origen.

  —Rápido, rana, repite: 'No pienso en la perversión, no pienso en la putrefacción', o te transformo en triste tritón tropical — el sílfide habla frente a sus labios y con una mirada penetrante y una sonrisa pícara, sopló y mandó volar a la mariposa con demasiada autoestima.

  Con sus últimas energías aunque sabe que es mentira abre el libro de la runas divinas y para su cari?o siente una vitalidad menguante pero su cuerpo no decae se asienta, Namys sabe que le queda poco tiempo en este mundo antes de ir al gran festival y la rueda de la renovación pero mientras tanto las runas hacen que su cuerpo se calme porque es lo natural.

  Claro las opciones para vivir más están disponibles técnicamente ella debería vivir hasta los 400 o 500 a?os pero los a?os de vida siempre son un buen intercambio por poder o evitar la muerte mas lo segundo que lo primero.

  Pasa las hojas que apenas contiene 3 runas en cientos de hojas hace a?os perdio la capacidad física de imprimir runas con tal precisión ademas solo tiene menos de 5 días o menos no puede pasar semanas y no tiene ayudante entonces saca de un gabinete un Terrón de granola del tama?o de un me?ique y lo lanza al anciano del tama?o de un lapiz que lo mantiene en el aire y con un chasquido de lo dedos runas verdes/fucsias se superponen con las del grimorio,las generales .

  — La lúgubre luz de mi alma la tomaste,

  tú, tras la trampa tendida, todo te llevaste:

  mi vida, mi lumbre, mi aliento, mi calma — la luz de sílfide anciano se apaga lentamente siendo separada por ambas espadas que con mas luz absorben forman sombras y a su vez ganan a estado más definido .

  Namys admite que este es el milagro que esperaba enga?ar a un vidente o adivinado de las estrellas para que muera tiene su complicación ver el futuro y sentir las emociones más su gran experiencia hace que matarlo raye en los imposible además los sílfide son la raza de la información los chismoso del cosmos incluso viajan a otros mundos para traer noticias.

  Incluso ahora Namys no sabe cómo lo hizo de un plan fue suerte fue una bendición tal vez la existencia de Togaz y su ritual que reúne una gran cantidad de energía creo interferira tal vez el dios de los sirvientes sigue molesto porque Togaz está robando energía de su dimensión para seguir jugando y no despertar quien sabe de seguro ella no lo sabe.

  Se retira no sabe cómo terminarán las espadas tal vez pase algo vendra por ellas el día que Togaz despierte, mientras camina al castillo se frota los ojos un nuevo día amanece o mejor dicho ya el sol está en lo alto listo para bajar.

  Mientras se estira haciendo que sus huesos truenen como en una tormenta, observa como su piel pelada cae dejando piel suave,sensible y muy doloroso,maldice a la serpiente pensó que ver su relación familiar la había hecho más amigable solo la ahorcó en vez de quemarle toda la cara como siempre.

  Su visión también esta sensible, ya estando frente al castillo y toma un desvío en el camino a su habitación

  Ya en su habitación, se movió en el espacio diminuto. En ese momento, hubiera querido estar en su casa, o no haber traído un armario y una cama gigante. Pero, de nuevo, no sería una verdadera elfa si no tuviera la cama más cómoda.

  —?Cómo estás, madre? —Se volvió con un envase de pastillas para acelerar la muda de piel. Frente a ella, en su cama, estaba Narel, su peque?o lord.

  —Estoy bien, hijo. Acabo de matar a un sílfide anciano, adivino de estrellas. Si necesitas que los sílfides te ayuden, di mi nombre; ahora soy una autoridad —Debería hacer un plan para que esos chismosos no intentaran maldecir a su familia por matar a uno de sus líderes.

  —Aaa… madre, los ancianos sílfides son más luz, y la luz no puede ser destruida —Su peque?o lord hablaba con razón, pero ante el poder de las runas de la mazmorra, la habitación de carne y las divinidades, la luz se rompe.

  —Dime, ?cómo te sientes con tu hermana? —Ese conocimiento no era necesario por ahora; se lo ense?aría con los a?os.

  —No estoy de acuerdo. Su padre creó problemas. Neia y Nasal están molestos porque tienes una hija y estás sacrificando la oportunidad de cumplir tu sue?o de infancia —Narel, sentado en su cama, la palmeó, y Namys se sentó a su lado.

  —Su ritual está llamando atención. Muchos cultos a la Reina de la Ambición se están instalando, y tener una hoguera enorme impulsada por poder de otra dimensión, porque Togaz quiere seguir jugando… la ni?ata.

  Escuchó por ahora a Narel. Namys sonrió. Es honesto, es fuerte, se queja pero tiene esa mirada de seguir. Me insulta, pero no duda. Es un gran hijo. Namys no pudo más; se acostó. Luchó con todas sus fuerzas, pero Narel la atrapó entre las mantas —demasiado cómodas, tardó veinte a?os en conseguir estas mantas— y, peor, Narel encendió la planta de frío.

  —Duerme, mamá. Yo me encargo —El sue?o seguía intentando obtenerla, pero al mirar la espalda de su hijo, se sintió descuidada. Decidió que usaría la cama para dormir. Maté mucho por ella.

  Fin

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