home

search

Esto es Zalas

  Donovan. El minotauro no dudó un segundo, agachó su enorme cabeza, apartó un par de tablones astillados con el hombro y pasó al otro lado.

  ?Perfil bajo?.

  La advertencia de Donovan resonó en mi cabeza como el eco de una broma macabra. Un chiste pésimo contado en el peor momento posible. Me froté la cara bajo la ilusión de la capa, sintiendo el sudor frío, y avancé hacia la brecha.

  —Mierda. Mierda, mierda, mierda. Joder... —mascullé, tragando polvo mientras pasaba por encima de los escombros.

  Lo primero que me golpeó no fue la vista, sino el sonido.

  No era el ruido de una pelea. En una pelea hay forcejeos, gritos, el choque del acero o el crujido de la madera. Esto era otra cosa. Era un sonido rítmico, húmedo y repulsivo. Smack. Crunch. Squelch. Sonaba exactamente igual que el mazo de un carnicero ensa?ándose con una res abierta en canal.

  Atravesé el agujero y me encontré en una habitación idéntica a la nuestra, pero manchada por la tragedia. Y por la sangre. Mucha sangre.

  Sigrid estaba a horcajadas sobre un tipo obeso, un saco de manteca envuelto en ropajes caros que ahora estaban manchados de vino y de sus propios fluidos. La herrera no estaba usando armas. No las necesitaba. Tenía un pu?o alzado, temblando por la tensión de los músculos, y lo dejó caer como un martillo de forja directamente contra el centro del rostro del hombre.

  Escuché el cartílago de la nariz colapsar. El crujido sordo del tabique nasal hundiéndose en la cavidad sinusal.

  El tipo ya no gritaba. Sus manos, gordas y llenas de anillos de oro, colgaban inertes a los lados. Pero Sigrid no se detuvo. Volvió a alzar el pu?o y lo estrelló contra su mandíbula. Salieron volando un par de dientes ensangrentados que rebotaron contra el suelo de madera con un tintineo obsceno. El rostro del infeliz ya no era un rostro, era una masa pulposa de carne roja, hueso astillado y algo grisáceo y brillante que no quise identificar.

  Pasé por su lado. Un salpicón de sangre caliente y espesa me manchó la bota, pero ni siquiera parpadeé. Y eso era lo raro. En cualquier otra situación, viendo a un hombre ser reducido a un charco de sesos y mermelada humana, habría vaciado el estómago allí mismo. Pero sentía el pecho de plomo, una extra?a apatía anestésica. No sentía asco. Sentía que aquel trozo de carne muerta estaba recibiendo exactamente lo que había pedido a gritos.

  —Poco castigo, hijo de puta —susurré, y me sorprendió lo fría que sonó mi propia voz.

  Aparté la mirada del matadero y me giré hacia el rincón opuesto de la habitación.

  Donovan estaba allí, arrodillado. Ver a un minotauro curtido en mil batallas en esa posición ya era extra?o, pero lo que me paralizó fue lo que sostenía. Había recogido a la víctima de aquel cerdo. Entre los brazos colosales de Donovan, la figura parecía irrealmente peque?a, envuelta en una manta raída que el monje había usado para cubrirla apresuradamente.

  El minotauro giró su pesada cabeza hacia mí. Sus ojos oscuros reflejaban la luz temblorosa de una vela caída.

  —?No decías que no había elfos? —me preguntó, con la voz áspera como papel de lija.

  Di un paso al frente, extendiendo una mano casi por instinto. La figura en brazos de Donovan se encogió, aterrorizada, y se tapó la cara con unas manos diminutas, llenas de moretones. El pelo, fino como la seda y de un rubio ceniza casi blanco, caía sobre sus hombros, revelando lo que no había querido ver antes.

  Unas orejas largas y puntiagudas.

  Ahogué un grito. El bloque de hierro en mi pecho se hizo aún más pesado. La elfa me miró a través de los huecos de sus dedos sucios. Sus ojos, enormes y de un violeta pálido, estaban inyectados en sangre por el terror. No era una mujer. No tenía las curvas ni la madurez de su especie.

  —Es una ni?a —susurré. Se me secó la boca por completo. No debía tener más de setenta a?os élficos, el equivalente a una ni?a humana de apenas diez.

  Donovan asintió lentamente, apretando la mandíbula con tanta fuerza que escuché rechinar sus colmillos.

  —Ya te lo dije —murmuró el minotauro, sin apartar la vista de la peque?a, protegiéndola de la visión de la carnicería que Sigrid seguía perpetrando a nuestras espaldas—. Aquí las cosas son... difíciles.

  Apreté los pu?os hasta que me dolieron las u?as contra las palmas. Miré el cadáver destrozado del suelo y luego la mirada vacía y traumatizada de la chiquilla.

  —Son un puto asco —convine.

  —Sigrid, tenemos que irnos —la voz de Donovan resonó como un trueno bajo, cargada de una urgencia que no admitía réplica.

  Me aparté del minotauro y de la peque?a elfa temblorosa, y caminé hacia la herrera. Mis botas chapotearon ligeramente en el charco oscuro que se expandía por las tablas del suelo. Posé una mano sobre su hombro. El músculo bajo la tela de su camisa estaba tenso como la cuerda de una balista a punto de disparar.

  Sigrid dejó su pu?o suspendido en el aire, a escasos centímetros de lo que quedaba de la cara del agresor. Su respiración era un fuelle descontrolado, un estertor ronco y salvaje que llenaba la habitación.

  Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions.

  Miré el amasijo de carne que yacía bajo ella. El cráneo había cedido por completo, era una cuenca cóncava de la que manaban fluidos espesos. Y ahí estaba otra vez esa extra?a apatía. Mi estómago, que en cualquier otra circunstancia habría exigido vaciarse violentamente ante semejante carnicería, permanecía en un silencio sepulcral. No había náuseas. No había mareo. Solo una fría y calculadora aceptación de la muerte. Ya me preocuparé de mi repentina falta de humanidad más tarde, pensé.

  —Está muerto —dije. Mi tono sonó asquerosamente clínico.

  Sigrid parpadeó, como si mis palabras la sacaran del fondo de un pozo oscuro. Se incorporó lentamente, irguiendo la espalda. Fue entonces cuando la vi de frente a la luz de las antorchas que entraba por la ventana.

  Era una visión sacada de una pesadilla. Tenía el rostro, la camisa y los brazos pintados de un rojo brillante y pegajoso. Peque?os grumos grisáceos de materia cerebral y astillas blancas de cráneo salpicaban sus mejillas y su cuello. Parecía un demonio carnicero recién salido del foso, pero, joder, juro que podía sentir el calor de su ira irradiando de su piel como el de una fragua a pleno rendimiento.

  De repente, la magia del momento se rompió. Un ruido metálico y pesado resonó al otro lado de la puerta de la habitación. Botas. Muchas botas subiendo las escaleras a toda prisa, acompa?adas de gritos y el tintineo de cotas de malla.

  —Mierda —solté. El instinto de supervivencia por fin pateó la puerta de mi cerebro. —?Tenemos que irnos! —rugió Donovan, pegando a la ni?a elfa contra su inmenso pecho para protegerla.

  Miré a mi alrededor con desesperación. Estábamos en una caja de zapatos de madera podrida. Una sola puerta por la que estaba a punto de entrar media guardia de la ciudad, y nosotros atrapados en un tercer piso. éramos ratas en un cubo.

  —La ventana... —jadeó Sigrid, con la voz entrecortada, se?alando el estrecho ventanuco que daba al callejón trasero. —Demasiado alto —repliqué, evaluando la caída con una mirada rápida—. Y Donovan no cabe por ahí ni aunque lo untemos en grasa de cerdo.

  Sigrid clavó sus ojos en mí. A través de la máscara de sangre y sesos, su mirada era pura furia y frustración. —?Haz algo con tu puta magia, joder! —me espetó, apretando los dientes.

  Sentí su desesperación golpeándome como un látigo. La sangre de la espada que colgaba de mi cinto pareció palpitar. Decidí jugármela. No tenía un plan, no tenía tiempo y, francamente, no tenía ni idea de si esto iba a matarnos a todos.

  Me giré hacia el muro de la ventana, visualicé los flujos de maná y dejé que mi segunda piel canalizara la energía. En lugar de proyectar fuego o rayo, me centré en la materia. Lancé un hechizo de compresión, uno crudo y brutal, directamente sobre la pared.

  El edificio entero soltó un quejido agónico. La madera, los ladrillos baratos y el cristal del ventanuco colapsaron sobre sí mismos con un crujido ensordecedor. Un boquete de dos metros de diámetro apareció donde antes había pared, mientras una esfera perfectamente densa y pesada de escombros comprimidos caía al vacío, estrellándose contra el suelo del callejón con un estruendo que hizo temblar los cimientos.

  —?Saltad ahora, yo iré detrás! —grité, con la garganta en carne viva por el esfuerzo mágico.

  Donovan no lo dudó. Agarró su maza con una mano, sostuvo a la elfa con el otro brazo y se lanzó por el agujero hacia la oscuridad, como una roca cayendo por un acantilado.

  Sigrid fue la siguiente. Mientras corría hacia el borde, vi cómo su piel humana y manchada de sangre desaparecía, tragada por el brillo traslúcido y perfecto de la diamantita. La Vítrea saltó al vacío convertida en una estatua de cristal indestructible.

  Yo me giré hacia la puerta de la habitación, justo en el instante en que el cerrojo saltaba por los aires.

  La puerta estalló hacia dentro. Un hombre con armadura ligera, de esos que se creen rápidos hasta que se topan con un muro, entró corriendo con la espada en alto y un grito de guerra que se le quedó congelado en la garganta.

  No pensé. No hubo rito ni palabras místicas, solo un espasmo de puro instinto. Levanté un escudo de fuerza justo delante de él, pero no fue una barrera estática. Fue un tajo de energía pura, sólido como el acero y afilado como el hambre. El tipo no tuvo tiempo ni de parpadear. Chocó contra el borde del escudo y el impulso de su propia carrera hizo el resto. Se partió por la mitad. Así, sin más. La parte superior de su torso salió despedida hacia atrás, mientras sus piernas daban un paso más antes de desplomarse en un reguero de vísceras y metal.

  Otros dos guardias que venían detrás se frenaron en seco. Vi sus rostros a través de los visores: ojos abiertos de par en par, empa?ados por el terror de ver a su compa?ero convertido en un rompecabezas de carne.

  —Mierda... no sabía que podía hacer eso —mascullé. Las manos me temblaban, pero no había tiempo para remordimientos.

  Me envolví en mi segunda piel, sintiendo cómo el maná me apretaba los músculos como un corsé de hierro, y me lancé de cabeza por el agujero hacia el vacío.

  —Espero que esto aguante... —fue mi último pensamiento antes de que la gravedad me agarrara de las tripas.

  El impacto no tuvo nada de elegante. Caí como un saco de patatas. Mis piernas cedieron bajo el peso del impacto y el maná me protegió de que los fémures me salieran por los hombros, pero nada pudo evitar que diera con el culo en el suelo con una violencia brutal. El dolor me subió por la columna vertebral como un calambre eléctrico, nublándome la vista durante un segundo eterno.

  Me puse en pie a trompicones, con el sabor amargo de la bilis en la boca y el trasero ardiendo como si me hubieran marcado con un hierro incandescente. Al otro lado del callejón, entre las sombras de las vigas y el olor a basura, vi a Sigrid. La herrera me hacía gestos frenéticos. Corrí tras ellos, con las piernas pesadas y el corazón martilleando contra las costillas como un animal enjaulado.

  No teníamos destino. Solo huíamos de la luz de las antorchas que empezaba a brotar de las ventanas de la posada.

  Doblamos por un callejón estrecho, donde las paredes rezumaban humedad y el suelo era una pasta asquerosa de barro y desperdicios. Me detuve un segundo, apoyando la espalda contra una pared de ladrillo frío. Necesitaba aire. El pecho me ardía y el disfraz de la capa empezaba a parpadear por mi falta de concentración.

  Inhala. Exhala. No te desmayes ahora, idiota.

  Escuché voces. Muchas voces. Zalas estaba despertando y no era para darnos los buenos días. Al asomarme por una esquina para seguir a Donovan, vi a un grupo de hombres armados cruzando la calle principal a unos veinte metros. Llevaban la misma armadura que los tipos de la posada. Entonces, al ver el emblema en sus hombreras bajo la luz de un farol, el frío que sentí no fue por la noche.

  Eran los mismos guardias que nos habían dado el alto al entrar. La guardia personal de la ciudad.

  Me detuve en seco, observando el rastro de sangre que Sigrid iba dejando a su paso, gotas oscuras sobre el empedrado gris. La ni?a elfa seguía oculta tras el hombro de Donovan, mirando al vacío con una mudez aterradora.

  —Mierda... —susurré para mí mismo mientras retomaba la carrera, esquivando un montón de cajas rotas—. ?A quién cojones has matado, Sigrid?

  No era un simple violador. Aquel cerdo obeso tenía que ser alguien importante. Alguien con apellido. Joder...

  Habíamos pateado el avispero, sí. Pero ahora me daba cuenta de que el avispero era del tama?o de una ciudad entera.

Recommended Popular Novels