Siempre había sido una orca muy curiosa, pero esta vez le estaba saliendo caro. Había caído la noche, llovía a cántaros y tenía hambre; y con hambre no se puede pensar.
Lo lógico sería entrar en aquella cueva, matar a quien la ocupara, calentarse en su fuego y cenarse su cena. Pero esta vez quien ocupaba la cueva… ?y si aquella bestia fuera un dios? ?Se podría matar a un dios?
Lo mejor sería buscar cobijo en otro lado y hacerse con algo de comer. Empu?ó el hacha. Miró alrededor. Eran todo matojos y arbustos. Caza menuda. Le iría mejor con el arco, aunque no tuviera tanta destreza. Caminando buscaba grandes matorrales o peque?as grutas cuando un leve crujido tras de sí la hizo detenerse en seco, entonces tensó el arco y en un rápido giro, vio aquellos enormes ojos verdes clavados en los suyos. No pudo atacar a la bestia, puede que por la admiración que sentía hacia aquella criatura, o por temor a volver a ser noqueada; el caso es que se quedó paralizada. El lobo se sentó frente a ella despacio. Su mirada parecía bastante pacífica. Por inercia o inconsciencia Gaggash bajó el arco. El lobo arrojó la liebre aun caliente a sus pies. Ella se agachó lentamente a mirarla y miró al lobo. Sus ojos estaban a la misma altura. Eso le hizo darse cuenta de lo vulnerable que era en ese momento ante la bestia; y como si ésta se hubiera percatado de los pensamientos de su invitada empujó suavemente la mano de la orca hacia el regalo con su enorme hocico blanco. Gaggash más confusa que tranquila, tomó la liebre. Elur se tumbó junto a ella rozándole la mano con su pelaje, sellando así su nueva amistad.
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