Tras una colina poblada de matojos asomaba una columna de humo. Habría una hoguera allí, un campamento, una partida de caza… en fin, gente. Lo cierto es que la gente no le gustaba demasiado. La poca que se había dignado conocer le resultaba banal pero complicada. Ella no lo entendía. Se creía por encima de todo aquello. Tenía la flora, la fauna, los elementos… y a Elur, y se tenía a sí misma. No había en el mundo nada más real que todo eso, ?eso era el mundo real!
No obstante, sentía cierta curiosidad por aquellos sentimientos sobre los que había leído muchas veces: amistad, amor, confianza… el hecho de que algunas personas los sintieran hacia otras le parecía algo indigno de una persona fuerte. No lo había podido entender nunca. ?Qué necesidad había de perder autonomía y libertad por un igual?
En fin, era casi mediodía y no habían comido nada desde la noche anterior. Elur se había dado un festín, pero ella era siempre bastante moderada. Caminó unos pocos metros y enseguida encontró unas buenas bayas, así que se sentó en el suelo a comer, junto al lobo, y desde allí se dispuso a observar la colina. Seguía saliendo humo, así que seguían allí. En algún momento tendrían que retomar su camino y entonces podría ver cuántos eran y quiénes. No era nada inteligente bajar y exponerse, y mucho menos cuando una orca hambrienta les seguía tan de cerca.
Pasaron un par de horas. Allí no sucedía nada, nadie iba ni venía, y ningún sonido aportaba pistas.
Pasaron casi otro par de horas. Un sonido al fin… ?por todos los dioses, era el estómago de la orca! ?Cómo demonios se podía ser tan poco sutil? Elur también lo oyó, pero Bach le hizo una se?al para que no se moviera y no la delatara. Fue probablemente la situación más ridícula que había vivido nunca. ?Por qué los acechaba? Si a eso se le podía llamar acechar, claro. Prometía ser entretenido.
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En ese momento se percató de que el humo había cesado. Era extra?o que alguien reemprendiera la marcha a media tarde. Más bien era algo estúpido. Comenzaron a descender la colina sin prisa, pero sin pausa, siempre tratando de no exponerse a la vista de aquellos que acababan de partir. Como buenos nativos de los bosques apenas emitieron un sonido durante su descenso; así que aquellos recurrentes aludes de guijarros tras ellos indicaban que la orca aún los seguía, ya que los osos pardos que habitaban aquellas colinas, aunque respiraban de un modo similar, no emitían chasquidos metálicos.
Allí abajo sólo había un fuego mal ahogado y unas heces unos metros hacia el este. Aunque Bach había visto muy pocos, dedujo que debían haber sido humanos. Elur olisqueaba un rastro de lo que eran huellas obvias: dos humanos y dos caballos. Bach pensó en seguirlos. Si bien era cierto que quienes fueran iban a caballo, también era cierto que visto lo visto eran lo menos parecido a un montaraz que pudiera existir. Además, no tenía un rumbo que seguir, ni un plazo que cumplir; disponía de todo el tiempo del mundo y de todo el mundo en ese tiempo. No conocía nada más allá de las lindes de Mendilar ni a nadie que no perteneciera a aquella comunidad. Llevaba días vagando y reflexionando y no había llegado a ninguna conclusión. No sabía adónde iría ni entendía el porqué de su destierro.
Un pu?ado de piedritas que cayó a sus pies rozándole los talones la sacó de sus reflexiones. Bien, la orca había terminado de bajar. O era bastante lenta o ella pensaba muy rápido.
Con la inquietante tranquilidad de que ?ya estaban todos? emprendió la marcha.

