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Sangre.

  Silencio absoluto.

  Gilln tardó varios segundos en reaccionar.

  Una resonancia en un estudiante de primer a?o, sin siquiera haber presentado la prueba anual, era… inconcebible.

  —Elion Vexar ha demostrado ser un oponente formidable —dijo finalmente Pesyus, con la voz cansada—, pese a la diferencia evidente en estadísticas físicas.

  La energía a mi alrededor comenzó a comprimirse.

  Ultear se convirtió en el centro.

  Una cúpula invisible, de casi veinte metros de diámetro, se formó lentamente.

  Las rocas desperdigadas por los combates anteriores se elevaron al mismo tiempo.

  —Diez objetos… simultáneamente.

  Tragué saliva.

  Ya no era una batalla de habilidades.

  Era una batalla de resistencia.

  —La resonancia está incompleta —analicé—.

  Las fluctuaciones energéticas muestran pérdida de estabilidad…

  Quizá le queden solo un par de minutos.

  Gilln, pálido, respondió a la pregunta que todos tenían.

  —Es un campo vectodrómico…

  Una resonancia de alto nivel capaz de comprender y manipular todos los movimientos de objetos inanimados dentro de un rango definido.

  —Vectorización se encarga de los cálculos —continuó—

  y Telequinesis Total ejecuta cada vector con precisión absoluta.

  No hizo falta decir más.

  El ambiente se volvió incómodo.

  Todos sabían quién debía ganar.

  Pero nadie se sentía tranquilo con ello.

  Aproveché los segundos restantes.

  —Sistema integral —susurré—. Monitoreo total.

  Usuario: Elion Vexar

  Estado: Sobrecargado

  Velocidad: 40 (+18)

  Fuerza: 40 (+19)

  Resistencia: 40 (+18)

  Flexibilidad: 40 (+20)

  Saciedad: 30%

  Hidratación: 40%

  Energía física: 60%

  Energía mental: 50%

  Integridad ósea: 92%

  Integridad muscular: 90%

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  Integridad neuronal: 97%

  Energía astral: 5/35

  Saturación: 82.3%

  —Solo tengo una oportunidad…

  Mientras calculaba, Ultear sufría.

  Su cuerpo comenzaba a rechazar sus propias habilidades.

  —Debo terminar esto ya —pensó Ultear—.

  Si no doy el paso ahora… perderé contra este inútil.

  La energía se volcó por completo en Telequinesis Total.

  El piso se fragmentó.

  Rocas del tama?o de un pu?o se elevaron como un enjambre.

  —Debo reconocerlo, Elion —dijo Ultear, con la voz tensa—.

  Has sido mi oponente más insistente.

  La energía se disipó apenas un instante.

  —Pero esto ya no es una batalla.

  Voy a ense?arte la diferencia entre nosotros.

  Las rocas salieron disparadas.

  Diez trayectorias simultáneas. ángulos distintos, velocidades distintas, dise?adas para que al esquivar una significara recibir otra.

  No lo evité.

  La primera venía a mi costado izquierdo, a noventa grados, velocidad moderada. La intercepté con el dorso de la mano derecha, desviando apenas el ángulo — no la destruí, la redirigí contra la segunda que venía por encima. El impacto entre ellas las fragmentó a ambas.

  Dos.

  Biología interna actúa en mis nudillos que absorben el golpe sin quejarse. Mis huesos, más densos de lo que aparentan, más resistentes de lo que Alpha registra en papel.

  La tercera y la cuarta llegaron juntas, coordinadas, calculadas para golpear la misma zona del torso desde ángulos complementarios. Imposible bloquear ambas. Pero no era necesario bloquear ambas — era necesario que se bloquearan entre sí. Me moví quince centímetros hacia la derecha. Suficiente. Chocaron donde yo había estado.

  Cuatro.

  Ultear frunció el ce?o.

  Las siguientes cambiaron de patrón. Ya no trayectorias rectas. Curvas, corregidas en vuelo por los vectores que ella controlaba en tiempo real. Más difíciles de predecir.

  Pero predecir no era lo que hacía.

  Analizaba.

  Cada roca que pasaba me daba información. La curvatura dependía del ángulo de aplicación del vector. El vector dependía de cuánta energía astral Ultear destinaba a cada objeto. Y su energía astral, lo decía el sistema integral con claridad, seguía cayendo.

  Con menos energía, los cálculos se simplificaban.

  La quinta llegó al pecho. La desvié con el antebrazo izquierdo, sintiendo el impacto propagarse hasta el hombro. Dolió y lo ignoré.

  La sexta, la séptima y la octava llegaron en secuencia rápida, menos de un segundo entre cada una. Golpeé la primera con la palma abierta, rompiendo la trayectoria. Esquivé la segunda inclinando el torso. La tercera me rozó la oreja.

  Ocho.

  El patrón estaba cambiando de nuevo. Ultear aceleraba. Menos precisión, más velocidad, apostando a que el volumen compensara lo que la coordinación ya no podía.

  Era lo que esperaba.

  A mayor velocidad, menor margen de corrección vectorial. Las rocas se volvían proyectiles más simples, más predecibles, más fáciles de leer.

  La novena venía directa a la cabeza. La golpeé de frente con el pu?o derecho. El sonido fue seco, definitivo. El polvo me cubrió los ojos un instante.

  La décima llegó por abajo, apuntando a las rodillas. La pisé.

  Crucé los brazos frente al pecho y las recibí con los antebrazos. El impacto me empujó medio paso hacia atrás. Los huesos respondieron. Los músculos respondieron.

  Polvo.

  Solo polvo.

  Ultear frunció el ce?o.

  No quedaba munición.

  Corrí.

  El cansancio me atravesó como un cuchillo.

  La visión se oscureció.

  —?Esto no puede ser posible! —gritó Ultear—.

  ?Hasta el final sigues siendo una molestia!

  Golpeé.

  Sentí el impacto en su pecho.

  Luego… nada.

  Silencio.

  Ultear se incorporó primero.

  Respiraba con dificultad.

  —Seguirás siendo un ni?o sin remedio —dijo, burlona.

  El público no reaccionó.

  Ultear tocó la comisura de su boca.

  Sangre espesa y real.

  Sus ojos se abrieron apenas un instante.

  Se retiró de la arena mientras desactivaba sus habilidades.

  —Maldición… —murmuró—

  ?Ese chico… es humano?

  —Y así concluye —dijo Pesyus con voz apagada—

  una de las contiendas más intensas en la historia de Aldoria.

  —El ganador está claro… —a?adió Gilln, incómodo.

  Entre los espectadores, dos figuras observaban en silencio.

  Tomaron nota.

  Y desaparecieron.

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