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Un despertado... ¿y medio?

  Korvash, Grumak, Sylas y Ares entraron en la aldea de Forzalia, que los recibió con un murmullo grave de voces y el golpeteo rítmico de martillos contra metal. El aire olía a humo, cuero curtido y carne asada. Ares y Sylas avanzaban cansados, cubiertos de polvo seco; aun así, sus ojos brillaban ante el espectáculo frente a ellos: orcos entrenando en patios amplios, mujeres orcas cargando troncos enormes sobre los hombros, y ni?os que se golpeaban con bastones de madera casi tan grandes como ellos.

  Pero no era solo el cansancio lo que hacía destacar a los hermanos. Ares llevaba un ojo normal y el otro de un rojo profundo , encendido como una brasa viva. Ambos ni?os tenían marcas tribales recién formadas , dibujadas sobre sus brazos como líneas incandescentes que parecían respirarse con cada latido.

  Apenas cruzaron el umbral de Forzalia, las conversaciones se apagaron como si alguien hubiera puesto un manto sobre el fuego. Los orcos dejaron de trabajar, deteniendo en el aire y bajando troncos de sus hombros para observarlos.

  Pero esta vez, no fue incredulidad. No fue desconocimiento. Fue reconocimiento .

  —Marcas tribales… —susurró un orco de piel rojiza—. Esas son se?ales de altar.

  —Pero son humanos —respondió otro, desconcertado.

  —No puede ser un error. Esa luz… ese patrón… El altar los tocó.

  Las miradas se concentraron en Ares, especialmente en su ojo rojo , brillante como una brasa encendida.

  —La marca lo aceptó… pero ese ojo… —murmuró una anciana orca, retrocediendo medio paso—. Eso no pertenece a ningún dios que conozcamos.

  —El altar debía ser antiguo. O extra?o —a?adió un guerrero de hombros enormes—. No era uno hecho por nuestras manos.

  Sylas y Ares sintieron que cada paso que daban retumbaba bajo los pies de todos aquellos gigantes verdes que los estudiaban. Pero no había odio. Solo un respeto incómodo , mezclado con una profunda inquietud.

  Una madre orca susurró a su hija:

  —Cuando un ni?o recibe marcas… el dios lo ha visto. —Pero él es humano, mamá. —Por eso debemos observar con más cuidado.

  Ares tragó saliva. Quería esconder el brazo. También quería esconder su ojo. Sylas se acercó más a él, casi hombro con hombro.

  Cuando finalmente apareció Brakthar, el resto de los orcos guardaron silencio, como esperando su reacción.

  Brakthar un orco gigante, de mandíbula marcada y colmillos sobresalientes, levantó una ceja al notar el estado de los chicos. No estaba solo; junto a él había un grupo de orcos con miradas hostiles.

  —Parecen haber luchado contra medio bosque… y solo fueron unos gnolls —gru?ó, aparentemente enfadado.

  Los orcos que lo acompa?aban se estallaron en carcajadas.

  Ares quería responder, pero Grumak habló antes. El viejo orco, más bajo pero con hombros anchos como un roble, los observar unos segundos antes de dirigir una mirada fría hacia Brakthar y su grupo.

  —Y bien? Cuenten lo que pasó en esa cueva —ordenó Grumak, sin apartar los ojos de los orcos que seguían riendo.

  Los hermanos se miraron brevemente y comenzaron a relatar lo sucedido: la lucha desesperada contra los gnolls, las luces dentro de la cueva, la emboscada que sufrieron y, finalmente, cómo lograron sobrevivir.

  A medida que hablaban, Brakthar fruncía más el ce?o, mientras Grumak simplemente asentía, como si cada palabra confirmara algo que ya sabía. Cuando terminaron, Brakthar soltó un bufido.

  . —Humanos… siempre atrayendo problemas.

  Pero Grumak levantó una mano, exigiendo silencio.

  —Sobrevivieron a un ataque de ocho bandidos, mataron al líder de una manada gnoll… y luego derrotaron a cuatro más. Todo eso sin despertar —dijo con voz grave.

  Hubo un leve destello de respeto en sus ojos.

  —Eso no es poca cosa. Vengano. Comerán y descansarán en mi casa.

  Brakthar bajó la mirada, no por respeto hacia los ni?os, sino porque entendió que habían irritado a Grumak era suficiente para mantener sus bocas cerradas.

  Si el herrero respetaba a los chicos, ellos no iban a desafiarlos.

  Los hermanos se sorprendieron. Los orcos no solían ofrecer hospitalidad a cualquiera, y menos a humanos de otro territorio. Pero Grumak comenzó a caminar sin esperar respuesta y los ni?os lo siguieron.

  La casa del orco era grande, hecha de madera oscura y reforzada con huesos tallados. Al entrar, los hermanos sintieron un calor agradable y un fuerte aroma a especias. Grumak se?aló una puerta lateral con un movimiento brusco de la cabeza.

  —En esa habitación hay dos camas. Mientras estén en Forzalia, pueden considerarla suya.

  Los chicos entraron y se quedaron inmóviles. La habitación tenía dos camas, lo cual les resultó extra?o, pues Grumak parecía vivir solo. Todo estaba impecablemente preparado. Las mantas estaban limpias, el suelo barriendo, sin polvo en ninguna parte.

  Era como si alguien hubiera preparado ese cuarto desde antes de que ellos llegaran.

  Cuando se giraron para preguntarle, Grumak ya estaba dándoles la espalda.

  —No todos los orcos van a aceptarlos, el hecho de ser humanos les da una desventaja, pero mientras tengan mi aval y el de korvash, estarán bien, Descansen —gru?ó.

  Y sin dar explicaciones, se retiró hacia el fondo de la casa.

  Ares y Sylas intercambiaron una mirada cargada de dudas y sorpresa. No sabían por qué un orco, un guerrero respetado de la aldea, tenía una habitación lista para dos humanos.

  Pero no quisieron ser imprudentes. Hasta ahora, Grumak había sido bueno con ellos.

  La primera ma?ana en Forzalia amaneció fría y silenciosa. El humo tenue de los fogones todavía no se elevaba por completo, y las chozas de madera parecían dormir bajo un cielo gris azulado. Ares y Sylas despertaron con la sensación incómoda de no haber descansado del todo, como si sus cuerpos aún estuvieran procesando lo ocurrido en la cueva.

  Al salir, encontraron a Grumak apoyado en la baranda del peque?o pórtico, afilando distraídamente una lanza. Korvash llegó unos minutos después, con su andar pesado y firme, como si hubiera marchado durante toda la madrugada.

  —Entonces que haran, cuando se marchan— preguntó Korvash incluso antes de saludar.

  Los ni?os lo miraron fijamente y sylas dijo.

  —Estuvimos hablando con Ares y nos gustaría quedarnos, queremos hacernos fuertes y de ser posible queremos alojarnos aquí.

  —Quieres muchas cosas ni?o, sin embargo, ?de qué nos sirve tenerte aquí? preguntó el líder de la tribu

  Korvash y Grumak ya habían decidido entrenarlos y dejarlos quedarse, pero al líder de forzalia le encantaba poner una prueba a sus discípulos.

  Ares dio un paso al frente y dijo

  —Cumpliremos sus misiones, Incluso en la mano de obra, lo único que queremos es tener un techo, comida caliente y un lugar al que regresar— dijo el ni?o mientras su voz iba apagándose, por la vergüenza de expresar sus sentimientos.

  —Bien —gru?ó Korvash, sin rodeos—. Hoy hablaremos en serio sobre su despertar . Ya no habrá suposiciones.

  Los ni?os intercambiaron miradas, ninguno quiso demostrar demasiada emoción, sin embargo, ambos estaban felices de poder quedarse en la aldea.

  Los cuatro se sentaron en un peque?o círculo junto al fuego apagado. El aire olía a tierra húmeda ya metal viejo.

  Korvash miró a Sylas primero.

  —Muéstrame tu magia

  Sylas tragó saliva. Había practicado desde el día anterior. Levantó la mano, respiró hondo y, con un acto de voluntad, dejó fluir la energía. el hielo y la sombra flotando sobre su mano cautivaban a todos los presentes.

  Los ojos de Korvash se entrecerraron, analizando cada línea, cada símbolo, cada habilidad recién inscrita en la esencia del ni?o.

  Un brillo azulado se encendió alrededor de sus dedos… seguido de un destello púrpura que parecía tragar la luz a su alrededor.

  Tenia los elementos: Arcano, Hielo, Sombra. y Aura Cinetica.

  Korvash dio un paso atrás, sorprendió pese a su compostura habitual.

  —…Por los ancestros —murmuró—. Ni?o, eso no es un despertar común.

  Sylas bajó la mano, algo nervioso.

  —?Está mal?

  —No —respondió Korvash de inmediato—. Es... inusual. Y poderoso. —Tu despertaste dos fuerzas que rara vez conviven —continuó—. Hielo… y sombra. La primera se congela y se detiene. La segunda consume y oculta. y los arcanos requieren un tipo especial de espíritu.

  Grumak, que estaba a un costado, gru?ó algo parecido a una risa.

  —Mira eso… —dijo—. El peque?o tiene magia parecida a la tuya, Korvash.

  El orco avanzaba, aunque no apartaba los ojos del ni?o.

  -Si. La sombra responde a mí de forma natural… pero la tuya es distinta. Más cruda… más libre. No es magia aprendida, sino magia que te elegiste.

  Sylas tragó saliva, sin saber si eso era bueno o aterrador.

  Korvash se colocó una mano grande y pesada sobre su hombro, pero con cuidado.

  —Silas. Escúchame. Tener Tres afinidades te hace excepcional. Y si realmente la arcana y la sombra te aceptaron… entonces el hielo estará obligado a acompa?arte. Los tres elementos se equilibrarán en ti. Pero deberás entrenar mucho para que no te consuman.

  Sylas ascendió, aún mirando sus manos.

  —Entonces ?puedo aprender a controlarlo?

  Korvash apenas, una mueca seria pero sincera.

  —Puedes... y debes. Porque un Link como el tuyo no aparece por accidente.

  Grumak cruzó los brazos, dando un golpecito con el pie en el suelo.

  —Bueno, peque?o —dijo—. Parece que además de aprender a pelear, tendrás que aprender a no congelarnos la casa por error.

  Sylas río, un poco avergonzado, pero también emocionado.

  A su lado, Grumak golpeó el suelo con el extremo de la lanza.

  —Ahora tú, Ares. Muéstralo.

  Ares se tensó. Miró a Sylas, luego a los orcos, e intentó imitar lo que había visto. Cerró los pu?os, apretó la mandíbula… pero no ocurrió nada.

  —No sé cómo hacerlo —admitió, frustrado—. Ni siquiera sé si tengo magia.

  Los orcos intercambiaron una mirada silenciosa, cargada de un peso difícil de interpretar.

  Korvash tomó la palabra.

  —La roca en el centro de la cueva… —dijo lentamente—. No era una roca. Era un altar. Un artefacto sagrado.

  Grumak afirmó con gravedad.

  —Los orcos no despertamos en la torre como los humanos —explicó—. Solo unos pocos tienen esa oportunidad, y aún así, los humanos monopolizan ese lugar. Para nosotros, los altares bendecidos por los dioses son la única forma de obtener habilidades. Sacrificio… ofrenda. Esa es nuestra vía.

  Un escalofrío recorrió la espalda de Ares y Sylas. El recuerdo del altar oscuro y pulsante volvió como un susurro profundo desde la cueva.

  Korvash los observará con atención, como si pudiera ver a través de su piel.

  —Ustedes dos tocaron ese altar —continuó—. Ofrecieron la vida de los gnolls, y nuestro dios los vio dignos. Por eso despertaron.

  Se?aló los brazos de los ni?os.

  —Esas marcas tribales no son ornamentales —a?adió—. Son el sello de la bendición. Surgen cuando un dios reconoce valor… o potencial. Nadie puede falsificarlas. Nadie puede forzarlas. Es la prueba de su despertar.

  Sylas bajó la mirada hacia su brazo, recorriendo las líneas oscuras que parecían moverse con su respiración. Ares hizo lo mismo, aunque su atención estaba dividida… por su propio reflejo difuso en la hoja del hacha de Korvash. Un ojo normal. El otro, rojo como brasas vivas.

  Korvash entrecerró los ojos al notarlo una vez más.

  —Pero lo tuyo… —se?aló a Ares— es distinto. No sigue las reglas del aura. No sigue al patrón del altar. No sigue nada que hayamos visto.

  Grumak cruzó los brazos, su rostro endureciéndose.

  —Las marcas en tu brazo son reales, ni?o. Eso significa que fuiste bendecido… pero tu ojo —chascó la lengua—. No hay se?al de aura. No es se?al de maná. No es se?al de ningún altar orco que conozcamos.

  Korvash resopló.

  —Puede ser una mutación de tu despertar. Puede ser un símbolo de otra fuerza. O puede ser que algo más te tocó en esa cueva —admitió, sin suavizar intentarlo—. Aún no lo sabemos.

  Ares sintió un nudo extra?o en el estómago. No era celos. No era miedo. Era algo más profundo… algo que no sabía nombrar.

  Grumak puso una mano en su hombro, firme y pesada.

  —No dejaremos esto sin investigar, ni?o. Si ese despertar existe, lo encontraremos. Y si está oculto, lo obligaremos a salir.

  Korvash se volvió hacia Sylas, apoyando su enorme mano sobre su hombro.

  —Mientras tanto, tú empezarás entrenamiento de aura y maná. No queremos que algo sin control te destruya por dentro antes de crecer.

  Sylas ascendió, tragando saliva. Ares apretó los pu?os sin darse cuenta. Y las marcas tribales, sobre sus pieles, parecieron latir a la vez… como si respondieran a algo que aún no entendían.

  Korvash se levantó con un gru?ido.

  —Comeremos en unos minutos.

  Y los cuatro se quedaron inmóviles por un momento, mientras el sol terminaba de asomar sobre los techos de Forzalia, marcando el inicio de un día que cambiaría sus vidas.

  Los días que siguieron fueron extra?os para Ares y Sylas. Habían llegado a la aldea como dos forasteros cubiertos de polvo… y, sin darse cuenta, empezaban a encajar.

  Una ma?ana, mientras Grumak los enviaba a buscar agua al pozo, se cruzaron con un grupo de ni?os orcos entrenando con bastones. Entre ellos estaba Krask, el chico flacucho que siempre intentaba demostrar que era más fuerte de lo que realmente era. También estaba Lura, la orca de piel rojiza que tenía mejor puntería que la mayoría de los adultos.

  Los miraron con curiosidad, pero sin la hostilidad que esperaban.

  —?Ustedes son los humanos que sobrevivieron a los gnolls? —preguntó Lura, apoyándose el bastón en el hombro.

  Ares abrió la boca para responder, pero Krask la interrumpió.

  —?A ver si es cierto! —exclamó, golpeando el aire con su bastón—. Peleen conmigo.

  Sylas retrocedió un paso.

  —No buscamos problemas…

  Krask soltó una carcajada.

  —Aquí nadie busca problemas. Aquí se entrena. Si sobrevives, mejoras.

  Los demás ni?os orcos se acercaron en círculo. Algunos animaban, otros miraban con evidente hostilidad. Lura, sentada sobre una roca, alzó las cejas.

  —Si no aceptas —susurró a Sylas—, va a molestarte toda la semana.

  Sylas suspiró, miró el bastón que le ofrecían… y lo tomó.

  —Está bien. Pero sin romperme la mandíbula —advirtió Sylas.

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  —Eso depende de tu cara —rió Krask.

  Los dos se colocaron frente a frente. El suelo era de tierra compacta. El viento levantaba polvo.

  Grumak, desde lejos, los observaba sin interferir y ares alentó a su hermano.

  Lura se paro en medio de los dos y dijo en alto

  —NADA DE AURA O MANA, UN GOLPE LIMPIO SUMA PUNTOS, SI SUMAS 3 GANAS, SI CAES DERRIBADO PIERDES—Al mismo tiempo que marcaba el inicio del combate.

  Krask atacó primero, impulsado por pura fuerza. Un golpe descendente, directo, ruidoso, como si quisiera partir a Sylas en dos.

  Pero Sylas ya había visto ese tipo de ataque: era el que hacían los gnolls al comenzar una pelea.

  Retrocedió un paso y levantó el bastón para desviar el golpe. El impacto hizo vibrar todo su brazo, pero no cedió.

  —?Así que eres rápido! —gru?ó Krask, entusiasmado.

  Volvió a atacar, esta vez barrido lateral. Sylas se agachó y rodó hacia un costado, levantándose con agilidad. El círculo de ni?os orcos murmuró sorprendido.

  Lura sonrió un poco.

  —Ese humano tiene piernas vivas.

  Sylas contraatacó por primera vez: un golpe directo al costado de Krask, no demasiado fuerte pero preciso. El orco retrocedió, más sorprendido que dolido.

  —?Golpe limpio! —exclamó uno de los orcos.

  Krask, molesto por quedar en ridículo, lanzó un tercer ataque, esta vez un barrido completo. Sylas se mantuvo firme, levantó el bastón verticalmente y lo bloqueó. El impacto lo hizo deslizar los pies hacia atrás… pero no cayó.

  En ese instante, Sylas vio la apertura.

  Se adelantó un paso, giró el bastón y, con un movimiento rápido, derribó las piernas de Krask.

  El orco cayó de espaldas con un estruendo que levantó polvo por todas partes.

  Silencio.

  Un segundo.

  Dos.

  Y Krask, con la espalda en el suelo, estalló en carcajadas.

  —?JAJAJAJA! ?Me ganaste! —dijo levantando ambas manos—. ?Me ganaste de verdad!

  Sylas, aún jadeando, le tendió la mano. Krask la tomó sin dudar.

  —Ma?ana quiero revancha —gru?ó con una sonrisa enorme.

  —Cuando quieras —respondió Sylas, intentando no mostrar que le temblaban los brazos.

  .—?Me caen bien! —dijo, levantándose con ayuda de Ares—. Ma?ana entrenamos otra vez.

  Así, sin quererlo, los hermanos ya tenían su primer grupo.

  Korvash aparecía cada dos o tres días. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, Sylas escuchaba como si fuera un sabio.

  —Forzalia no teme a los fuertes —le dijo una tarde—. Teme a los débiles que creen ser fuertes.

  Sylas no entendió del todo, pero lo pensó durante horas.

  Ares, en cambio, mantenía cierta distancia. Le fascinaba Korvash, pero también le imponía un respeto que nunca sabía manejar.

  Dos dias más tarde.

  Mientras Sylas era rodeado por los ni?os orcos que le daban golpes amistosos en la espalda, Ares se quedó mirando hacia la forja.

  El sonido del metal golpeando metal lo hipnotizaba.

  El calor.

  El brillo anaranjado.

  El olor a hierro vivo.

  Grumak, apoyado contra la puerta de su taller, lo notó.

  —?Qué miras, mocoso? —preguntó con voz grave.

  Ares no apartó la vista del yunque.

  —Eso… ?cómo lo haces? ?Cómo sabes que el metal está listo? ?Cómo sabes dónde golpear?

  La mayoría de los ni?os orcos jamás hacían ese tipo de preguntas.

  Pero Ares sí.

  Grumak arqueó una ceja.

  —Acércate.

  Ares lo hizo sin dudar.

  —El metal habla —explicó el orco mientras levantaba un martillo pesado—. Si sabes escuchar, te dice cuando está débil… y cuando está listo para ser fuerte.

  Golpeó el hierro incandescente, y chispas naranjas volaron como estrellas fugaces.

  Ares abrió los ojos, fascinado.

  —?Puedo aprender?

  Grumak guardó silencio unos segundos.

  Para un orco, ense?ar a un humano era casi absurdo.

  Pero había algo en Ares… esa mezcla de terquedad y respeto.

  Finalmente gru?ó:

  —Si no lloras por el calor, quizá.

  Ares sonrió como si le hubieran dado un tesoro.

  Luego de una semana.

  El sol ya se alzaba sobre Forzalia cuando Korvash y Grumak condujeron a los hermanos hacia el claro de entrenamiento, un espacio amplio cubierto de tierra prensada, rodeado por estacas y armas de práctica. El murmullo de la aldea empezaba a crecer: el golpeteo de martillos, los rugidos de los guerreros calentando, el crujir de los troncos al ser partidos. Pero allí, en ese círculo, todo sonaba más lejano, como si el mundo guardara silencio para observarlos.

  —Hoy seran incorporados a los entrenamientos, estos se hacen una vez cada 3 soles, y los entrenamientos especiales son cada 7 soles, a partir de ahora deberan asistir obligatoriamente. Comenzaremos con lo básico —dijo Korvash—. Control. Entiendan esto: tener poder sin control es lo mismo que no tener poder.

  Sylas asintió. Ares, aunque tenso, imitó el gesto.

  Grumak se cruzó de brazos.

  —Primero tú, Sylas. Quiero ver cómo manejas tu aura.

  El ni?o respiró profundo. Ya había sentido esa energía la noche anterior: cálida, ligera, un cosquilleo que recorría los músculos. La dejó fluir, imaginando que abría una puerta interna. Una bruma azulada surgió de su piel, difusa, temblorosa, como el vapor que se desprende del agua caliente.

  No era mucha, pero era real.

  Korvash observó con detenimiento.

  —Tu afinidad es equilibrada… aunque el maná predomina. Intenta no forzar el aura; si la sofocas, tu cuerpo se agotará antes de tiempo.

  —Sí, se?or —respondió Sylas, con una sonrisa tímida.

  —Ahora el maná —continuó Korvash.

  Sylas cerró los ojos de nuevo. Esta vez la energía se reunió en su pecho, fría y compacta, concentrándose en un punto invisible. Una luz tenue se formó en su palma abierta, apenas un brillo blanco, pero suficiente para que el aire vibrara débilmente a su alrededor.

  Grumak soltó un gru?ido aprobatorio.

  —Para un ni?o sin guía, no está mal. Pero necesitarás disciplina si no quieres que el maná te consuma.

  Sylas bajó la mano, jadeando apenas.

  Entonces, Korvash se giró hacia Ares.

  —Bien. Tu turno.

  Ares tragó saliva. Había esperado este momento… y lo temía. No sentía ninguna energía especial en su interior. No había luz, ni calor, ni vibración. Solo él. Solo su cuerpo.

  Intentó imitar las respiraciones de Sylas. Intentó sentir algo.

  Nada.

  Korvash lo observó en silencio unos segundos. Luego avanzó, se arrodilló frente a él y le tomó la mu?eca, con firmeza pero sin brusquedad.

  —Cierra los ojos —ordenó.

  Ares obedeció.

  El orco colocó su mano sobre el pecho del ni?o, justo encima del corazón, como si buscara medir algo más que su pulso.

  —No hay flujo —dijo en voz baja, como si temiera que el aire mismo pudiera romperse—. Ni aura… ni maná.

  Ares sintió cómo una presión fría le subía desde el estómago hasta la garganta.

  Sylas lo miró, preocupado, pero no dijo nada.

  —Debe ser un error —murmuró Ares, apretando los pu?os—. Puedo hacerlo. Déjenme intentar otra vez.

  —Ares… —comenzó Korvash, serio.

  —?Déjenme intentarlo! —insistió el ni?o, con la voz temblorosa.

  Cerró los ojos con fuerza. Intentó sentir algo… cualquier cosa.

  Un calor. Un hormigueo. Un brillo.

  Nada.

  Solo vacío.

  Korvash bajó la mirada.

  Grumak frunció el ce?o, no con desprecio, sino con una mezcla de sorpresa y preocupación sincera.

  —Escucha, peque?o —dijo Grumak, con voz grave pero controlada—. No es tu culpa. Ese altar… no todos reaccionan igual. Es posible que—

  Ares no esperó a escuchar el resto.

  Las palabras se le clavaron como flechas.

  Aura Inexistente. Maná inexistente.

  Sylas despertado. él no.

  Sintió las lágrimas ardiendo.

  Y sin decir una palabra, dio media vuelta y salió corriendo.

  Grumak intentó llamarlo, pero Korvash lo detuvo con un gesto.

  —Déjalo. Un cachorro necesita espacio para morder su propia rabia.

  Pasaron varias horas.

  La aldea continuó con su rutina, pero Grumak no dejó de buscar con el rabillo del ojo al ni?o humano. No era difícil imaginar dónde habría ido: Ares no era del tipo que se escondía. Era del tipo que luchaba.

  Finalmente lo encontró al borde del patio de combate, donde nadie lo molestaría a esa hora. El sol del mediodía caía sin piedad, y aun así Ares seguía allí, empapado en sudor, con los ojos rojos y el aliento entrecortado.

  Golpeaba un mu?eco de práctica con un garrote de madera demasiado grande para él.

  Cada golpe era torpe, irregular… pero cargado de una intensidad feroz.

  ?THUMP!

  ?THUMP!

  ?THUMP!

  El mu?eco vibraba con cada impacto.

  Grumak se quedó observándolo un instante.

  Los golpes no tenían técnica, ni ritmo, ni estrategia.

  Pero tenían voluntad.

  Una voluntad cruda. Salvaje.

  Una voluntad que ni aura ni maná podían fabricar.

  —Si sigues así, vas a romperte las manos antes que ese mu?eco —gru?ó finalmente el orco.

  Ares se detuvo, respirando con dificultad. No se giró.

  —No me importa —dijo, con la voz ronca—. No quiero ser débil.

  Grumak caminó hacia él, lento, cada paso firme como un tambor. Se detuvo a su lado.

  —Mírame, Ares.

  El ni?o levantó la mirada apenas. Lágrimas secas le marcaban las mejillas.

  Grumak tomó el garrote con dos dedos y lo levantó para observarlo.

  —?Sabes qué veo? —preguntó.

  Ares negó con la cabeza.

  —Veo a un ni?o que creyó que no despertar lo hacía inútil. Que pensó que su valor dependía de una luz en las manos o un halo alrededor del cuerpo.

  El orco lanzó el garrote al suelo, con un golpe seco.

  —Escúchame bien: el aura fortalece. El maná protege. Pero ni la una ni el otro sustituye a un corazón decidido.

  Ares parpadeó, sin entender del todo.

  Grumak se inclinó ligeramente hacia él.

  —No despertaste como tu hermano. Bien. Entonces despertarás a tu manera. Hay más de un camino para volverse fuerte. Los orcos lo sabemos mejor que nadie.

  El ni?o tragó saliva.

  —?Y si… si no tengo ningún poder? ?Si soy… solo un humano normal?

  Grumak soltó un gru?ido que parecía una mezcla entre risa y exasperación.

  —No eres normal. Ningún ni?o normal se queda golpeando un tronco hasta que le sangran los nudillos.

  Ares miró sus manos. Estaban rojas e hinchadas.

  —Vas a entrenar conmigo —declaró Grumak—. No porque carezcas de aura o maná, sino porque tienes lo que muchos guerreros pierden cuando se vuelven fuertes: hambre.

  Ares levantó la vista, sorprendido.

  —?Hambre?

  —Sí. Hambre de mejorar. Hambre de luchar. Hambre de no rendirte aunque el mundo te ponga el pie en el cuello.

  Eso vale más que mil despertares.

  Grumak se dio la vuelta.

  —Ven. Te ense?aré a golpear sin romperte los brazos, y también te ense?aré a ser un verdadero herrero.

  Ares respiró hondo, y por primera vez desde esa ma?ana, mostró una gran sonrisa.

  No había aura alrededor de su cuerpo. No había brillo en sus manos.

  Pero había algo encendiéndose dentro. Algo que no sabía nombrar. Algo que estaba creciendo. Y Grumak, aunque no lo dijo, lo había visto.

  Ese día, el entrenamiento especial había sido cancelado y pospuesto para el próximo sol.

  —Vamos a casa ni?o, y no dejes ir esos sentimientos, hoy aprenderas a forjar y vas a volcar todo lo que sientes en la fragua— dijo Grumak mientras ofrecia su mano hacia ares.

  Grumak caminaba hacia la forja con pasos pesados, pero firmes. Ares lo seguía en silencio, todavía secándose con el antebrazo las últimas lágrimas rebeldes que quedaban en su rostro. El herrero abrió la puerta de la fragua y el calor los envolvió como un abrazo áspero pero reconfortante.

  —Cierra la puerta, ni?o —gru?ó, aunque su voz no llevaba enojo.

  Ares obedeció.

  Grumak se acercó a una estantería repleta de lingotes ennegrecidos. Tomó uno en particular, más oscuro que los demás, con vetas plateadas que parecían escamas superpuestas.

  —Usaremos Ferroescama —dijo, colocándolo sobre la mesa de forja.

  Ares inclinó la cabeza, curioso.

  —?Qué es?

  Grumak lo observó un instante, como evaluando cuánto decir.

  —Un metal humilde —respondió—. Uno que no presume brillo ni magia. Pero es testarudo. Resiste los golpes. Acepta el calor. Y cuanto más lo trabajas… más fuerte se vuelve.

  Levantó el lingote y lo puso frente al ni?o.

  —Como tú.

  Ares abrió los ojos con sorpresa. No había burla. No había lástima.

  Solo una verdad simple… y un reconocimiento que le quemó el pecho de emoción.

  —Los metales nobles son para guerreros ya formados —continuó Grumak—. La Ferroescama, en cambio, es para quienes aún están creciendo… pero tienen algo dentro que no se quiebra.

  El orco encendió el fuelle,tomó unas tenazas y colocó el lingote dentro del horno. Las llamas lo envolvieron hasta hacerlo brillar como un fragmento de sol. Luego lo sostuvo sobre el yunque y le entregó a Ares un martillo más grande que cualquier herramienta que hubiese cargado antes. y las brasas se avivaron, iluminando la fragua con un resplandor naranja y vivo.

  —Hoy moldearás tu primera arma.

  No tendrás aura que guíe el calor.

  No tendrás mana para reforzar tus golpes.

  Pero tendrás tus manos… y lo que carga tu corazón.

  Ares tragó saliva, sintiendo el peso de cada palabra.

  —?Y si fallo? —preguntó apenas, con un hilo de voz.

  Grumak soltó una risa corta.

  —Fallará el metal antes que tú, si haces lo que yo diga.

  Se dio la vuelta, tomó unas tenazas y se?aló el lingote.

  —Vamos. Toma la Ferroescama. No tengas miedo.

  Golpearemos juntos, ni?o.

  Mientras colocaban el metal en el fuego, Ares sintió cómo algo dentro de él comenzaba a encenderse también. No era aura. No era magia.

  Era decisión.

  La Ferroescama empezó a tornarse roja y viva, como si respondiera al mismo fuego que ardía en su pecho

  .—Golpea —ordenó—. Da forma a tu voluntad.

  El primer golpe fue torpe, demasiado débil. El hierro apenas se hundió.

  El segundo fue más firme.

  El tercero resonó por toda la herrería.

  Grumak no intervenía; solo observaba, corrigiendo con palabras breves cuando era necesario.

  —No levantes tanto los hombros.

  Endereza el pie izquierdo.

  Respira antes de golpear.

  Suaviza la mu?eca.

  Ares siguió martillando hasta que sus brazos ardieron y el sudor le nubló la vista. Pero no se detuvo. Con cada golpe recordaba la cueva, la oscuridad, los gnolls… y la promesa que se hizo a sí mismo.

  Ser fuerte. A su manera.

  —Bien.

  Golpea otra vez.

  Ares levantó el martillo.

  Y golpeó.

  Y golpeó.

  Y golpeó.

  Cuando el metal estuvo listo para el templado, Grumak llenó un barril con agua fría y sostuvo la hoja al rojo vivo entre ambos.

  —Esto definirá su espíritu —dijo con tono solemne—. No dudes.

  Ares asintió y sumergió la hoja. Un siseo intenso llenó la herrería, acompa?ado de una nube de vapor. El ni?o apretó los dientes, sintiendo que no solo el metal se endurecía, sino algo dentro de él.

  Luego vino el pulido, el afilado, los ajustes finales. Fue un proceso largo y minucioso, dirigido por las manos expertas del orco y los esfuerzos entusiastas del ni?o. Finalmente, cuando el sol ya casi tocaba el horizonte, Grumak dejó la espada terminada sobre una mesa.

  Era sencilla, sin adornos, con un filo modesto pero firme. El mango estaba envuelto en cuero negro y tenia un buen balance.

  —No es una espada hermosa —admitió Grumak—, pero es tuya. Y lo que nace del esfuerzo vale más que cualquier joya.

  Ares la tomó con ambas manos. Era pesada… pero se sentía correcta. Como si encajara con él.

  —?Cómo la llamarás? —preguntó el herrero, cruzando los brazos.

  Ares sostuvo la espada un largo instante, mirándola como si aún no creyera que había salido de sus propias manos. El filo devolvía un tenue reflejo anaranjado de las brasas que seguían ardiendo en la fragua, y por un momento todo estuvo en silencio.

  Grumak esperó, sin presionarlo.

  Finalmente, el ni?o inspiró hondo.

  —Ya sé cómo se llama… —murmuró.

  El orco arqueó una ceja.

  —?Sí? A ver.

  Ares apretó el mango con un poco más de fuerza, como si necesitará reunir valor para decirlo.

  —La Lágrima Forjada.

  Grumak entrecerró los ojos, sorprendido por la elección.

  —?Por qué ese nombre?

  Ares bajó la mirada, pero no por vergüenza. Más bien parecía revisar un recuerdo que todavía le dolía… pero que ya no lo hacía temblar.

  —Porque… —respiró hondo— cuando empezamos, todavía estaba llorando. Y pensé que… si no tenía un despertar, al menos quería que algo naciera de eso.

  No pude despertar aura, ni magia… pero pude usar mis lágrimas para empezar a darle forma a algo real.

  Algo que pudiera sostener con mis propias manos.

  Levantó la espada, dejándola a la altura del pecho. El metal simple, sin adornos, capturó el resplandor del fuego como si reconociera su nombre.

  —Esta espada existe porque no me rendí —continuó—. Así que… quiero que su nombre me recuerde ese momento. El día en que decidí seguir adelante aunque me doliera.

  Grumak no dijo nada al principio. Solo lo miró, con una expresión que Ares no supo interpretar del todo. Orgullo. Respeto. Algo más profundo.

  —Buen nombre —dijo al fin, con voz grave—. Y buena razón.

  Ares sonrió, peque?a pero genuinamente.

  Y en el interior de la fragua, entre fuego, metal y silencio, la Lágrima Forjada quedó bautizada. Un arma humilde. Imperfecta.

  Pero llena de algo que ningún despertar podía otorgar:

  voluntad.

  Al siguiente dia.

  Muchos creían que Ares no se presentaría. Solo Sylas y Grumak confiaban en que lo haría. Sin embargo, esa ma?ana, Ares y Sylas fueron los primeros en llegar; incluso antes del amanecer. Para su sorpresa, Korvash ya estaba allí.

  Ares acompa?ó a Sylas, pero no para entrenar, sino para hablar con el líder de Forzalia.

  —Hola, Korvash —saludó Ares, un poco apenado.

  El orco lo observó con una sonrisa desafiante.

  —?Ya dejaste de lloriquear, mocoso? ?Aceptaste que vas a ser un hombre débil toda tu vida?

  —Dijo kotvash, poniendo a prueba al mayor de los hermanos.

  Ares dudó apenas un instante.

  —Yo… —respiró hondo—. Yo despertaré a mi manera. Y me haré más fuerte que todos en esta aldea —declaró, elevando el tono.

  Korvash clavó su hacha en el suelo con un golpe tan brutal que hizo temblar la tierra. Su rostro se volvió temible.

  —Ni?o insolente… ?estás diciendo que te harás más fuerte que yo? ?Que el líder de Forzalia?

  El miedo recorrió el cuerpo de Ares como un rayo, pero aun así cerró los ojos, apretó los pu?os y tensó cada músculo.

  —?Sí, SE?OR! ?PRETENDO ALCANZAR SU FUERZA! —gritó con total convicción.

  Desde la distancia, Grumak presenció la escena. Por primera vez en mucho tiempo, su mirada reflejó orgullo. Sin decir palabra, se dio media vuelta y regresó a sus tareas.

  Korvash soltó una carcajada estruendosa.

  —?JA, JA, JA! ?ME GUSTAS, NI?O! ?HOY EL ENTRENAMIENTO SERá CIEN VECES MáS DURO QUE DE COSTUMBRE!

  Ares, algo avergonzado, levantó la mano.

  —De hecho, líder… venía a hablar de eso.

  Grumak me ofreció ser mi maestro. No es que crea que sea más fuerte que usted, pero es a quien más confío. Quería avisarle que no podré presentarme a los entrenamientos especiales.

  El orco parpadeó, sorprendido.

  —?Grumak… te aceptó como discípulo? —balbuceó—. Es… sorprendente. Aprovecha la oportunidad, ni?o. Eres el primero que veo a quien ese viejo reconoce. Y siendo franco, en un duelo uno a uno… no sé quién de los dos vencería.

  —?El se?or Grumak es tan increíble? —preguntó Ares, con sincera curiosidad.

  Korvash asintió.

  —Crecimos juntos. Es mi rival desde que somos críos.

  Sylas, que había permanecido callado todo ese tiempo, dio un paso adelante.

  —Pero… ?por qué es tan bueno con nosotros, Korvash? Entiendo que sea buena persona(persona?) , pero… ?entrenar a Ares? ?Darnos alojamiento?

  Korvash se agachó para mirar a ambos a la altura de los ojos.

  —Supongo que han anotado la habitación con dos camas, ?no?

  Ambos asintieron.

  —Y también que tenía dos espadas preparadas cuando llegaron.

  Los ni?os volvieron a asentir, aún más confundidos.

  Korvash suspir profundamente.

  —Grumak tenía una esposa. Y dos hijos. Murieron hace a?os, cuando unos orcos salvajes atacaron la aldea. él y yo estábamos despejando un vestigio de maná que había aparecido cerca, y no pudimos regresar a tiempo. Ese día perdimos a muchos… pero Grumak lo perdió todo.

  Ares y Sylas bajaron la mirada. Comprendió, por fin, por qué el herrero había sido tan protector, tan severo… y tan silencioso.

  —Supongo que, al verlos, algo en ustedes le recordaron a sus hijos —concluyó Korvash.

  Hubo un largo silencio cargado de emociones difíciles de nombrar.

  Finalmente, Korvash se incorporó.

  —Bien. Dicho esto... tenemos que entrenar, Sylas.

  Ares llegó al terreno de práctica de Grumak con el garrote de madera que él mismo había tallado torpemente la noche anterior. El amanecer apenas tocaba los bordes del cielo y el frío golpeaba como un presagio. Grumak ya lo esperaba, sentado sobre un tronco cortado, afilando una lanza con movimientos lentos, casi ceremoniales.

  —Llegaste temprano —dijo, sin apartar la vista del filo—. Bien. La fuerza no se forja esperando.

  Ares tragó saliva y asintió. El orco dejó la lanza a un lado, se puso de pie y se?aló un mu?eco de paja reforzado con madera.

  —Golpéalo. Como anoche. Sin pensar, sin contenerte.

  Ares obedeció. El garrote chocó contra la madera con un golpe seco. Luego otro. Y otro. Pero no había técnica, solo frustración.

  Grumak lo observará un rato en silencio… demasiado silencio. Cuando el ni?o ya respiraba entrecortado, el herrero habló finalmente:

  —Sabes por qué estás golpeando así?

  Ares negó, aún agitado.

  —Porque estás peleando contra ti mismo, no contra un enemigo. Si quieres ser fuerte, empieza por entender qué intentando alcanzar estás… y qué temes perder.

  El ni?o bajó la mirada, avergonzado. Grumak se acercó, puso una mano firme en su hombro.

  —No necesitas un “despertar” para empezar a caminar, Ares. Necesitas decisión. El poder viene después.

  El ni?o apretó los pu?os. Y volvió a golpear, esta vez con más control, respirando como Grumak le indicaba. Su fuerza era menor, pero su determinación, más nítida.

  El herrero sonrió apenas.

  —Bien. Hoy construiremos el cuerpo que sostendrá tu poder… cuando llegue.

  En ese mismo instante, al otro lado del campo de entrenamiento, Korvash examinaba a Sylas con los brazos cruzados y expresión severa.

  —Ensé?ame tu aura —ordenó.

  Sylas respiró hondo y extendió su mano. Un leve temblor, un parpadeo azul. El brillo se encendió, débil pero constante, como una chispa que se negaba a morir.

  Korvash gru?ó, impresionado pese a sí mismo.

  —Para un mocoso, no está mal. Pero es inestable. Tu control es pésimo, y tu foco, peor.

  Sylas resopló, frustrado, pero Korvash continuó:

  —El aura no es un trueno, es una corriente. El maná es voluntad. Si tiembla, es porque tú tiemblas.

  El ni?o intentó una vez más. La luz volvió a aparecer, un poco más firme esta vez. Korvash se inclinó hacia él y le golpeó la frente con un dedo enorme.

  -Concéntrate. No hay fuerzas. Guíalo.

  Sylas cerró los ojos. Respiró. Y el aura se ordenó, apenas un poco, pero lo suficiente para que el líder de Forzalia elevara una ceja.

  —Hmph. Vas a darme más trabajo del que pensaba —admitió.

  El entrenamiento siguió: respiración, postura, canalización de mana, repetición incansable. Sylas cayó sentado en la tierra varias veces, mareado por el esfuerzo. Korvash lo obligaba a levantarse cada vez.

  —Un despertar no sirve si no puedes sostenerlo —gru?ía—. ?Arriba!

  Ambos entrenamientos avanzaban bajo el mismo sol. Ares golpeando madera hasta que sus brazos ardían. Sylas encendiendo su aura hasta que su mana se vaciaba.

  Cada uno recorriendo un camino distinto… pero caminándolo juntos.

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