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Capítulo 4 VERDADERO CORVUS

  ?Estoy agotado; cargar todos estos suministros y mis heridas hacen más difícil la tarea. Al menos no falta mucho para que llegue a la aldea?.

  Corvus arrastraba los tres sacos llenos de partes de distintos animales, pero estaba tan herido que sus brazos y piernas temblaban con cada paso que daba.

  —?Estas huellas son de animal? —se preguntó Corvus al mirar huellas anormalmente grandes en el barro—. No son bestias.

  Con cautela, Corvus dejó los sacos de carne y empezó a investigar, pudiendo ver a un par de bestias merodeando el lugar.

  ?Es un grupo peque?o de bestias; están muy cerca de la aldea. Baltasar me había dicho que de vez en cuando venían a causar problemas. ?Estarán buscando la aldea o la estarán vigilando??.

  Baltasar se encontraba en una carpintería trabajando junto con más personas, hasta que se detuvo por un momento al sentir cómo una gran cantidad de energía se liberaba en alguna parte.

  —Ugh... tuve un peque?o escalofrío, ?qué rayos?

  —Toma, Baltasar; esto es lo que conseguí en mi cacería —dijo Corvus, dejando caer de golpe los sacos.

  —Oh, hola... ?Wow!, eso sí que es bastante; era de esperarse de ti —sonrió de oreja a oreja—. Buen trabajo; esto debería alegrar a los aldeanos.

  —Perfecto, ?algún otro trabajo que tengas para mí?

  —Hmm. —Baltasar lo vio de pies a cabeza—. No, estás demasiado herido; ve al hospital.

  —Ya estoy en eso. Una cosa, Baltasar: en el camino me encontré con unas bestias; deberías estar atento por cualquier cosa.

  —?Bestias? ?A qué distancia estaban de la aldea?

  —Aproximadamente tres kilómetros.

  Baltasar se quedó pensando profundamente; su mirada era seria. Miró a Corvus a los ojos y dijo:

  —Debemos ponernos en alerta máxima.

  —No te preocupes; me deshice de ellas. No serán problema... por ahora.

  —De todas formas, redoblaremos las defensas; las bestias nunca viajan solas.

  Después de eso, Corvus empezó a caminar con dirección al hospital, su hogar provisional, pero todo empezó a moverse más lento: su condición era terrible.

  ?Tengo que llegar al hospital... Agh, siento mis brazos y mis piernas como si fuesen hechos de hierro. Aún no me recupero de mis heridas, y la pelea con el guardián me afectó más de lo que pensaba?.

  Después de que Corvus llegara a rastras al hospital y posteriormente a que le trataran las heridas, se dispuso a descansar.

  ?No creí que acabaría nuevamente en esta situación. ?Con esto ya habré pagado mi deuda??.

  Corvus estaba en cama, vendado en diferentes partes del cuerpo, disfrutando de alguna forma la soledad y la calma que sentía allí.

  De pronto se oyeron unos leves pasos acercándose; dos figuras entraron en la habitación, azotando la puerta. Eran Akiko y Baltasar.

  —??Holaaaaaa!! Corvus, vinimos a ver cómo te encontrabas. ?Mira! Te traje comida y un jugoso trozo de carne que tú mismo cazaste —dijo Akiko mientras sonreía con todos sus dientes.

  —Muchas gracias por la comida, Akiko, no he comido en todo el día; esto me vendrá bien para reponer energías.

  —Je, je, je —se rio Akiko mientras se sonrojaba—. Bueno, no es como si yo la hubiera preparado, pero no pares de agradecerme.

  —Bueno, es lo mínimo que podemos hacer, ya que tú contribuiste a la aldea. Lo que cazaste alcanza bien para las trescientas personas de la aldea —admitió Baltasar, mientras se sentaba en un banco.

  —Además, gracias a ti, Corvus, mis compa?eros de clase se ven con más ánimos de aprender sobre la historia... aunque siguen siendo igual de ruidosos.

  —Y no solo eso: los jóvenes se han estado esforzando día y noche para volver a enfrentarte.

  ??En serio hice todo eso en tan poco tiempo? Supongo que mi deuda ya fue pagada?.

  —Me alegro de todo eso, pero mi deuda contigo ya ha sido pagada, ?no es así?

  —Supongo que tienes razón; eres libre de irte de esta aldea.

  —???Qué?!! —exclamó Akiko—. Pero si Corvus apenas llegó a la aldea hace muy poco, ?y ya te vas?

  —Al menos quédate hasta que tus heridas sanen —insistió Baltasar.

  —No puedo y no quiero; ya he tomado una decisión.

  —Esperen, ?lo dejarán así, sin más? Corvus, ?por qué nos haces esto? Sé que has estado poco en esta aldea, pero aun así has hecho mucho; no te vayas, por favor.

  Akiko dijo todo eso mirando detenidamente a Corvus; se notaba que a duras penas podía contener las lágrimas. Se tranquilizó cuando Corvus le empezó a acariciar la cabeza y mostró una peque?a sonrisa.

  —Akiko, debes saber que no soy una persona buena; he hecho cosas atroces. Si me quedo aquí, el karma vendrá por mí y por esta aldea.

  Akiko se tranquilizó y simplemente empezó a abrazar a Corvus, recordando una conversación que tuvieron en el pasado.

  —?Se?or Corvus? ?Qué hace comiendo solo?

  —?Mh? —Corvus tenía la boca llena de comida y, después de tragar el bocado, contestó—. En primer lugar, aún no soy lo suficientemente mayor para ser llamado se?or; y en segundo, ?qué haces en el hospital? ?No tienes clases?

  —Es nuestra hora de recreo y pensé que sería bueno hacerle compa?ía. ?Ahora responderás lo que te pregunté?

  —Sinceramente, no estoy acostumbrado a comer en espacios públicos. No está mal estar solo de vez en cuando.

  —?Acaso no le tienes miedo a la soledad?

  —Ni?a, quieras o no, en algún momento de tu vida estarás sola; te aconsejo que te vayas haciendo a la idea.

  La cara de Akiko cambió rápidamente a una de melancolía; su mirada se perdió en la nada, junto con una mueca de descontento.

  —?Puedo acompa?arle en su soledad?

  —Haz lo que quieras —contestó Corvus y volvió a comer.

  Akiko se sentó al lado de Corvus y empezó a jugar con sus peque?as piernas, mientras empezaba a tararear.

  —Se?or Corvus, ?usted alguna vez ha perdido a un ser querido?

  Corvus se detuvo por un momento, se volteó a ver a Akiko; si no hubiese tenido la boca llena de comida, su expresión habría sido un tanto brusca, pero al ver la cara de Akiko solo tragó y contestó:

  —Hace tiempo; un muy buen amigo, tal vez mi único amigo, murió de forma injusta a causa de la guerra...

  —?L-Lo siento tanto; la guerra es algo terrible!

  —No creo que una ni?a conozca los horrores de la guerra.

  —La guerra trajo soledad a la aldea y me quitó a mis padres; sé lo que es la soledad: no tener con quién llorar ni con quién reír. La soledad a veces da mucho miedo.

  ?Puedo sentir el peso de esas palabras, esta ni?a de verdad está consciente de su entorno... qué lástima?.

  —Al parecer ambos estamos solos. ?Qué te parece si hacemos más amena nuestra soledad?

  —?Eh?

  —?Quieres comer conmigo? —consultó Corvus mientras le ofrecía su plato—. Hay escasez, así que te compartiré de lo mío.

  Akiko, con lágrimas en los ojos, asintió y empezó a comer.

  Era un vago y efímero recuerdo para Akiko, que guardó al instante en su corazón. Corvus, con una mirada algo triste, únicamente observó.

  —Ya es tarde, Akiko; ven, ya casi es hora de irte a dormir —advirtió Baltasar con tono de rega?o.

  Akiko se negaba a dejar a Corvus, abrazándolo con fuerza, mientras sus lágrimas no dejaban de salir.

  —Lo siento, Akiko, pero no puedo dejar que salgas lastimada por mi culpa.

  Corvus lentamente colocó la palma de su mano en el cuello de Akiko y, con un peque?o golpe, la dejó inconsciente. Corvus tomó a Akiko entre sus brazos y se la entregó a Baltasar.

  —Baltasar, prométeme que la cuidarás a ella y a la aldea con tu vida.

  —No te preocupes; tendrán que destrozarme las piernas y quitarme los brazos para que eso suceda.

  —Gracias.

  Baltasar se llevó a Akiko, mientras Corvus quedaba absorto en su mente.

  Más tarde, en el bosque, una bestia corría a toda velocidad, atravesando una multitud de otras bestias que acampaban, todo para llegar con su capitán.

  —??Capitán!!

  —?Qué pasa? ?Por qué tanto alboroto? —preguntó mientras comía a gusto en una mesa.

  La gran bestia miró a su subordinado, desconcertado; este último tratando de controlar su respiración.

  —Tenemos informes acerca del grupo de exploración.

  —Oh, muy bien, entonces pudieron investigar la aldea, ?verdad?

  —?Cómo le digo?

  —Vamos, escúpelo; no tengo toda la noche.

  —B-bueno, según nuestros informes, el grupo de exploración fue masacrado en las cercanías de la aldea; todos y cada uno de ellos fueron atravesados múltiples veces.

  —??Cómo?! Eso es imposible; era un grupo de seis de nuestros mejores soldados. ?Cómo fue que fueron descubiertos y, peor aún, cómo es que lograron matarlos a todos?

  —De seguro fue ese espadachín llamado "Sombra ágil"; después de todo, él es nuestro objetivo.

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  —Na, no creo. él usa una katana; no tendría la necesidad de atravesarlos, sería mucho más fácil cortarlos; y el guardián del bosque no podría ser, ya que si hubiéramos roto la promesa, todos ya estaríamos muertos. Es probable que fuese alguien más.

  —Eso es imposible; tenemos informes de que ese samurái es la única amenaza existente y la única persona capaz de matar a tantas bestias a la vez.

  —Agh, esto no debería estar pasando. Informa a las tropas; que estén alertas a cualquier cosa sospechosa.

  —Sí, se?or.

  —Ahora tengo que lidiar con un asesino misterioso, ?será la presa de la que estaba hablando el guardián? Es absurdo, no conozco a nadie que pueda hacerle frente a él.

  Al imponente león le empezaron a temblar las manos, no podía dejar de temblar; y su corazón empezó a retumbar con fuerza.

  Pasó la noche con normalidad, el sol empezaba a salir; los pájaros comenzaron a cantar con energía. En la aldea, Corvus se alistaba para partir.

  —?Hmm?

  Su armadura había sido reparada y pulida. Sobre ella había una peque?a nota que decía: “Corvus, este es un peque?o agradecimiento. El herrero de la aldea hizo lo que pudo con los pocos materiales que tenía. Te deseo suerte en tu viaje”.

  “Atentamente: Sombra ágil”

  Corvus sonrió un poco y se puso la armadura antes de irse; tomó un mapa "prestado" para orientarse un poco.

  —Veamos: esta aldea es una de las muchas esparcidas por el reino. Está particularmente cerca de la frontera oeste, con el reino de las bestias; llegar a Cartago me tomará aproximadamente una semana.

  Corvus se fue de la aldea sin despedirse de nadie; nadie supo nada: simplemente desapareció como si fuese un fantasma.

  —Buenos días... oh, ya se fue; je, incluso dejó su cama tendida —dijo la enfermera que siempre lo atendía.

  En el camino se topó con varias bestias; todas cayeron ante él, pero empezó a tener un mal presentimiento.

  ?Esto es extra?o: tienen buen equipamiento, pero sin ninguna insignia que los reconozca?.

  El sol se empezaba a esconder en el horizonte; la luna comenzó a alzarse y las estrellas competían por ver quién brillaba más.

  Corvus hizo una fogata; sentado y solo, miró el vacío del espacio mientras se quedaba dormido poco a poco. Justo antes de poder descansar, escuchó leves zumbidos que venían de la oscuridad.

  Trató de esquivar un par de flechas, pero su cuerpo apenas le respondía, lo traicionó, haciendo que perdiera el equilibrio, siendo alcanzado por una de ellas.

  —?Esto es veneno?

  Antes de que se diera cuenta, su cabeza se azotó contra el suelo; y su visión se volvió borrosa.

  Se fue despertando poco a poco, gracias a las voces de unas bestias que lo habían atado a un palo y lo llevaban cargando de forma despreocupada.

  —No veo insignias. ?Para quién trabajan?

  —Cállate, humano, o la sopa de la ma?ana serás tú.

  Corvus fue llevado a su guarida; el campamento era muy grande pero con pocas bestias. Corvus no era el único cautivo: más personas estaban en jaulas esperando ser comida de bestias.

  —?Escuchaste lo que le pasó al grupo de exploración?

  —Sí, dicen que fueron masacrados por un asesino misterioso. Uy, hasta se me pusieron los pelos de punta.

  Dos bestias platicaban a gusto, mientras las personas en cautiverio temblaban de miedo y no podían dejar de llorar.

  ?Cómo es posible que esas bestias conversen casualmente mientras detrás de ellas se desata la desesperación... Oh, espera; conozco a unos tipos iguales a ellos?.

  Corvus fue arrojado a una jaula que estaba ocupada por un anciano y su nieto, sentados en una esquina, temblando.

  —No te preocupes; ya deberían estar cerca de la aldea de ese tal "Sombra ágil". Nuestro trabajo por ahora es preparar la comida para cuando regresen —comentó una de las bestias.

  Al oír ese nombre, Corvus trató de quitarse la soga que lo sostenía de las mu?ecas, pero su cuerpo débil y desgastado no ayudó mucho.

  ??Carajo! Realmente estoy en la mierda; tengo que tomar decisiones sin titubear?.

  Corvus se levantó y, al caer con todo su peso, se dislocó las mu?ecas, llamando la atención del anciano, pero también de las bestias.

  —?Qué mierda haces! Se ve que quieres ser el estofado de hoy.

  Estando en el suelo y retorciéndose del dolor, Corvus logró desviar la mirada de las bestias, que siguieron con su conversación; el anciano aprovechó para ayudarlo.

  —?Qué es lo que haces, anciano? —susurró Corvus.

  —Tu actuación fue tan buena que sería un desperdicio no aprovecharla; como soy un anciano débil, a mí no me amarraron las manos.

  El anciano aprovechó que las mu?ecas de Corvus estaban dislocadas para deslizar la soga y quitársela; también hizo lo mismo con las de los pies, pero Corvus lo apartó.

  —También puedo ayudarte con tus manos dislocadas —insistió el anciano.

  Antes de que pudiera terminar de hablar, Corvus sacudió con fuerza sus brazos, recolocándose las mu?ecas.

  —Te recomiendo que le tapes los ojos al ni?o —advirtió Corvus mientras invocaba su lanza.

  Atravesó a las dos bestias por detrás, arrastró sus cadáveres hasta él, tomó las llaves y se liberó, dándoselas al viejo.

  —?Quieres que libere a todos?

  —Por lo que veo, puedes hacerlo; yo me encargaré de otros asuntos.

  —?Crees que dejaremos nuestros suministros y nos iremos así sin más? Vayan detrás de ellos; nosotros nos encargaremos de este tipo —gritaron las bestias del campamento, que ya se habían reunido.

  —Bueno, nunca fui bueno en el sigilo.

  ?Debo ir a toda velocidad a la aldea; no creo que Baltasar, en sus condiciones actuales, pueda con tantas bestias a la vez?.

  Después de matar a las pocas bestias del campamento, Corvus regresó rápidamente a la aldea.

  Cuando estaba llegando, a las afueras solo se escuchaban estruendos; cuando por fin llegó había un gran grupo de bestias, alrededor de doscientas. Baltasar había acabado con un tercio del ejército, pero estaba herido; todos los que intentaron ayudarlo ya estaban en el suelo.

  —Tu maldito samurái, muérete de una maldita vez... —amenazó una bestia que estaba a punto de golpear a Baltasar con una espada, pero fue empalada al instante.

  —Miren quién está aquí; Corvus. Creí que estabas rumbo a la capital.

  —Luego me puedes dar las gracias —declaró Corvus, mientras lanzaba a la bestia.

  Corvus y Baltasar estaban hombro con hombro; ambos no estaban ni cerca de su máxima capacidad.

  —?Por qué carajos estás en estas condiciones? —preguntó Corvus.

  —Sí, bueno, no he usado la oscuridad; no quiero que aprendan que solo se puede ganar con ese tipo de poder. Hay más formas.

  —?Y qué pasa con los guardias que están detrás de nosotros?

  Decenas de guardias resguardaban los límites de la aldea; vestían armaduras de cuero y empu?aban espadas de bronce.

  —Ellos son el último recurso en caso de que yo falle.

  —?Ni siquiera los jóvenes que entrené el otro día te ayudan?

  —No, esos chicos aún no están listos.

  —Entiendo.

  —Corvus, te propongo algo: yo me encargo de la mitad derecha y tú de la mitad izquierda. ?Te parece?

  —De acuerdo.

  —??Ustedes qué demonios están esperando?! Acaben con el lancero y capturen a Sombra ágil —gritó el león gigante con enojo.

  Una avalancha de bestias se aproximó a toda velocidad contra Corvus y Baltasar; confiados por su gran ventaja numérica.

  Corvus, en vez de esquivarlos, se aproximó y se abalanzó hacia la multitud de bestias con una velocidad y agilidad que incluso sorprendió a Baltasar. Cuerpos de bestias fueron atravesados; unos ni supieron en qué momento fueron atravesados, otros salieron volando ya muertos.

  Pero no todo fue perfecto: las extremidades de Corvus no le respondían como él quería; gracias a su armadura pudo salir casi ileso.

  —Capitán, ese lancero está acabando con nuestros hombres como si fueran simples hormigas.

  —Interesante; creo haber visto esos movimientos en el campo de batalla —admitió el león.

  —?A qué se refiere, capitán?

  —Hubo una ocasión en que la capital nos contrató para un encargo, pero toda la misión estuvimos siendo vigilados por uno de sus soldados; un caballero tan silencioso como una estatua.

  —Ahora recuerdo, es la misma armadura que llevaba aquel día, ?qué hace un caballero de élite en esta aldea?

  —No tengo la más mínima idea, pero sus movimientos son dignos de una Lanza del Rey.

  —??Qué?! Debes estar bromeando; ?qué haría una Lanza del Rey en un lugar olvidado?

  —Siempre quise pelear con uno de ellos; veamos si los rumores son como los cuentan —volteó a ver a su subordinado—. Fuiste un buen ayudante.

  En un parpadeo, la bestia que hablaba con el gran león desapareció casi como si se hubiese desintegrado por un ataque de Corvus. Otro ataque fue dirigido hacia el león, pero este lo esquivó y contraatacó, golpeando a Corvus y lanzándolo varios metros, hasta donde estaba Baltasar.

  —Oye Corvus, ?estás bien?

  —Aún puedo pelear.

  La armadura de Corvus estaba cubierta de sangre, pero intacta; no era su sangre, sino la de las bestias que había matado. En el fondo, todos los cadáveres de las bestias estaban amontonados.

  —Lo que pasó no se puede considerar una pelea; más bien fue una masacre unilateral. Hasta ahora has cumplido con mis expectativas, Lanza del Rey.

  —Baltasar, déjame a este a mí.

  —No, esto nos incumbe a los dos —reclamó Baltasar, poniéndose al lado de Corvus.

  —De acuerdo; entre los dos lo haremos.

  El león gigante, con una fuerza abrumadora, arrancó un árbol de raíz y lo empezó a agitar.

  —Creo que esto servirá.

  Corvus mantenía la compostura, pero en el interior, podía sentir cómo su cuerpo gritaba de dolor; pudiendo sentir cómo sus articulaciones rechinaban cada vez que se movían.

  ?Tengo la vista borrosa; no solo eso, mis tendones están duros, mis músculos apenas me responden; pero ya estoy acostumbrado?

  Corvus se acercó con rapidez al león gigante, pero este, con el árbol, lo repelió. Siguió insistiendo y atacando a gran velocidad; el líder de las bestias no se quedaba quieto: bloqueaba la mayoría de los ataques y los que no, solo causaban heridas superficiales.

  —Increíble; para ser tan grande sí que eres rápido.

  Baltasar llegó por la espalda y dejó una marca que recorrió toda la espalda de la enorme bestia, provocando un peque?o quejido. Intentó contraatacar, pero al instante Baltasar desapareció.

  Como una sombra, Corvus se posó detrás de la bestia a la altura de su cabeza; tenía la intención de decapitarla, pero la bestia, con una sonrisa, usó todas sus fuerzas para lanzar un poderoso ataque contra Corvus, arrojándolo varios metros y atravesando un par de árboles.

  —Ja, ja, ja, ?eso es todo lo que puede hacer una Lanza del Rey? Qué desgracia.

  —??Corvus!!

  —Ya he acabado con él; ahora a ti te toca —proclamó el gran león con una sonrisa de oreja a oreja, mientras miraba a Baltasar.

  La bestia alzó su brazo al cielo y formó una inmensa esfera de fuego apuntando hacia la aldea.

  —No, deja en paz a la aldea, al que quieres es a mí —dijo Baltasar, envolviendo su katana en una espesa oscuridad.

  —Gozaste con beneficios que casi nadie tuvo, pudiste vivir una envidiable vida pacífica, pero nadie escapa de su destino, Baltasar.

  La inmensa esfera de fuego estuvo a punto de caer sobre la aldea, pero de pronto empezó a tornarse de un negro profundo hasta quedar completamente cubierta por oscuridad, para luego deshacerse en peque?as partículas.

  —Ya lo comprobé; al confiarme, incluso peleando con un pedazo de basura como tú, pueden causarse algunos problemas.

  —?Oh!, aún sigue el juego.

  Quien había destruido la esfera de fuego era Corvus, que tenía la mano y parte del brazo cubiertos de oscuridad; la sangre salía de entre la armadura.

  —Pensé lo peor —admitió Baltasar, dando un gran suspiro.

  —Me ofende que en verdad creyeran que estaba muerto.

  —Tengo algo de curiosidad. ?Qué fue lo que hiciste? —preguntó la bestia.

  —Solo hice que tus peque?as brasas fueran consumidas por la oscuridad. En fin, ya no puedo seguir con juegos.

  —No te confíes; esta vez el siguiente ataque va a matarte —advirtió la bestia, mientras se envolvía en intensas llamas, mirando a Corvus.

  —?Qué, acaso eres estúpido? No desvíes la mirada.

  Tan rápido como el viento, Baltasar partió a la enorme bestia por la mitad; fue como partir un bombón, cayendo ambas mitades del león como troncos.

  —Parece que ya terminó todo.

  —Sí, gracias a ti; estoy profundamente agradecido, Corvus.

  Las personas de la aldea salieron a la entrada; gracias a la ausencia de alboroto se aventuraron a ver el resultado de la batalla.

  —?Sombra ágil! —gritaron varias personas, para luego ayudarlo a caminar.

  —??Corvus?! —Akiko y Yuriko estaban sorprendidas.

  —Si te puedo ayudar en algo, Corvus, pídemelo sin titubeos —dijo Baltasar, mientras era ayudado a caminar.

  —Me lo guardaré para otra ocasión; voy retrasado a mi cita.

  —?Y si vienes más de esas bestias? —preguntó Akiko, preocupada.

  Corvus pensó un par de segundos; junto las manos y moldeó las sombras poco a poco, creando un collar con un círculo roto hecho de oscuridad, fragmentado en dos partes.

  —Una parte te la daré a ti, Akiko, y la otra será para Baltasar. Si llegan a unir las dos partes, yo apareceré al instante. Pero por favor, úsenlo como último recurso.

  Mientras se colocaban los collares, y sin que se dieran cuenta, Corvus desapareció; déjó el lugar en total silencio, desvaneciendose como una sombra.

  Todos empezaban a celebrar por la victoria, pero Akiko simple se quedó viendo el collar. Mientras, en algún lugar del bosque, en lo más profundo, el guardián del bosque conversaba con una criatura escondida entre las sombras.

  —Entones, dime: si vistas que cientos de los nuestros fueron masacrados, ?por qué no has nada? Pudiste deshacerte de ese lancero y ese espadachín.

  —Ellos se lo buscaron —refutó el guardián de forma indiferente.

  —Eres encerrado de esta frontera.

  —Y como tal, yo decidido cuando y codo aplico la ley. Para mí, ellos merecian morir.

  De lo más profundo de la espesa oscura, dos ojos almendrados púrpuras brillante con intensidad y el aire de los alrededores era frío.

  —De acuerdo, pero tómate tu tarea con serie, Ater.

  —No lo haré.

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