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Capítulo 54 — El Peso que No Viene de Afuera

  El pasillo que siguió al recinto blanco era estrecho.

  Tanto, que Syra sintió por un momento

  que sus hombros rozaban las paredes.

  Pero cuando giró la cabeza,

  no había paredes.

  Solo una franja angosta de oscuridad densa

  que imitaba un límite que no era real.

  El Camino estaba cambiando la manera en que lo contenía.

  Syra lo entendió demasiado tarde.

  Cuando avanzó tres pasos, el suelo desapareció.

  No cayó.

  No flotó.

  Simplemente… dejó de tener dónde afirmarse.

  Una sensación fría lo envolvió desde la planta de los pies,

  subiendo por las piernas,

  como si el Camino quisiera recordarle

  que incluso la estabilidad era un privilegio,

  no una garantía.

  Syra intentó dar un paso más,

  pero su pie pasó a través del suelo inexistente

  como si pisara agua sin agua,

  aire sin aire.

  Las marcas en su brazo no ardían.

  Tampoco temblaban.

  Solo permanecían tensas,

  alertas.

  Syra respiró hondo.

  —Está bien —susurró, ajustando el ritmo—.

  No necesito suelo.

  El Camino no respondió con palabras.

  Respondió con memoria.

  La oscuridad frente a él se abrió como un telón,

  y el pasado apareció sin discreción,

  sin permiso.

  Un cuarto peque?o.

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  Una mesa baja.

  Un cuenco vacío.

  Y un ni?o.

  Un ni?o que intentaba alcanzar algo

  que no estaba allí.

  Su mano extendida se movía sin fuerza,

  como si su cuerpo recordara la acción

  pero no la voluntad.

  Un peque?o temblor recorrió su brazo,

  y la mano volvió a caer sobre sus piernas.

  Syra lo miró.

  El Camino no estaba mostrando un monstruo.

  No estaba mostrando un enemigo.

  Estaba mostrando peso

  Algo que él había aprendido antes de saber hablar:

  La obligación de avanzar,

  aunque nada en el entorno ofreciera soporte.

  El ni?o respiró con dificultad.

  Como si la idea de llenarse los pulmones

  fuera demasiado pesada.

  Syra dio un paso hacia adelante,

  o lo habría hecho

  si hubiera habido suelo.

  Pero el Camino no le permitió acercarse.

  La distancia entre ellos no cambió

  aunque sus pies intentaran moverlo.

  El ni?o levantó la cabeza.

  Y Syra sintió el golpe seco en el pecho.

  Ese gesto.

  Esa expresión.

  Ese vacío.

  No eran escenas prestadas.

  Eran suyas.

  El ni?o murmuró:

  —No puedo más.

  Syra sintió el temblor en sus dedos,

  no por miedo,

  sino porque la frase era demasiado familiar.

  Demasiado exacta.

  Ese era el peso que no venía de afuera.

  El que siempre había cargado sin saberlo.

  Sin palabras infantiles.

  Sin gesto aprendido.

  El peso que nunca nadie le explicó cómo soltar.

  La memoria del ni?o intentó levantarse de nuevo,

  pero sus brazos no lo obedecieron.

  Solo se quedó allí, encorvado,

  como si su cuerpo supiera antes que él

  que la fuerza no bastaría.

  Syra cerró los ojos momentáneamente.

  Cuando los abrió, habló con la voz baja,

  pero sin quiebre:

  —No estoy aquí para exigirte nada.

  El ni?o dejó de forcejear.

  —Tampoco para decirte que sigas —continuó Syra—.

  Solo para mirarte,

  sin pedirte que seas fuerte.

  Las paredes invisibles cedieron un poco.

  El aire vibró.

  La oscuridad alrededor se movió con cuidado,

  como si el Camino evaluara esa respuesta.

  Syra dio otro paso inexistente,

  y por un instante,

  sintió suelo bajo los pies.

  Solo un instante.

  Como si el Camino estuviera diciendo:

  “Esto.

  Esto es lo que necesitabas entender.”

  El ni?o lo miró de nuevo,

  sin pedir ayuda,

  sin ofrecerla.

  Solo existiendo.

  Y en ese gesto,

  el peso de Syra se acomodó dentro de sí,

  no más liviano,

  pero menos suelto.

  La habitación se fragmentó como cristal sumergido en agua,

  disolviéndose en silencio.

  Syra quedó solo otra vez,

  sobre un suelo que no estaba allí

  pero que ahora podía sostenerlo.

  El Camino abrió otra puerta adelante.

  Syra la cruzó sin temblar.

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