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PRÓLOGO I — El Fuego que Forjó el Silencio (español)

  No hubo amanecer aquel día. Solo un cielo hendido por un resplandor antiguo, como si el mundo exhalara su último aliento.

  En el corazón de la Forja de las Eras, dos figuras trabajaban en silencio. No eran dioses. No eran héroes. Eran algo más viejo que los nombres: Kael , portador del fuego viviente, y Dareth , maestro de la piedra resonante.

  La tierra temblaba con cada golpe de martillo. No por destrucción, sino por reconocimiento: el mundo sabía que algo estaba naciendo… y que nada podría detenerlo.

  Kael sostenía un fragmento de llama azul, pura, imposible de tocar sin perder la memoria. Dareth extendía sobre él una hoja aún sin nombre, una superficie negra como cielo sin estrellas, ansiosa de beber fuego.

  —No habrá segunda oportunidad —dijo Kael, su voz fracturada por el cansancio—. Si se desborda… consumirá todo.

  Dareth no levantó la mirada.

  —No se desbordará —respondió—. No si el portador es digno.

  Kael rió amargamente.

  —?Y si no lo es?

  El silencio que siguió peso más que el metal.

  La primera hoja tomó forma cuando Kael hizo descender el fuego sobre la estructura: una espiral de luz atravesó la oscuridad, quebrando la piedra, uniendo llama y sombra en un solo latido.

  La segunda hoja debía seguirla. Un reflejo. Un opuesto. Un equilibrio.

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  Pero cuando Kael extendió el fuego hacia la segunda forja… vaciló.

  El fuego blanco se agitó.Se retorció.Se negó.

  Dareth lo notó.

  —Kael.?Qué sientes?

  Kael cerró los ojos. El fuego ardía demasiado cerca de su pecho, como si quisiera entrar en él.

  —Esto… no debe ser dividido.

  La llama estalló, obligando a Dareth a retroceder. Las paredes se abrieron en grietas luminosas. La Forja entera tembló.

  La mitad del poder entró en la primera hoja. La otra mitad… escapó. Se escondió entre las sombras. Se hundió en la tierra, buscando un portador antes de tiempo.

  Kael cayó de rodillas. Lo que no logró dividir ahora lo estaba consumiendo por dentro.

  Dareth lo sostuvo mientras el fuego lo abandonaba, deshaciéndose en hilos de luz.

  —Lo siento —susurró Kael—. No pude contenerlo.

  La primera espada —la que luego sería llamada Noxastra— tembló sobre el yunque, viva, palpitante, deseosa de un vínculo.

  La segunda, incompleta, quedó solo como un fragmento azul enterrado bajo la piedra: Aethrerion , la que nunca terminó de despertarse.

  Cuando el fuego se extinguió, el silencio cayó como un velo pesado.

  El mundo no celebró su nacimiento. El mundo lo temió .

  Porque no habían creado armas.

  Habían creado destinos .

  Y ninguno de los dos sería misericordioso.

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