La ma?ana no era solemne. No había presagios, ni presiones invisibles, ni sangre.
Solo rocío.
El bosque despertaba con una respiración húmeda y tibia. Las hojas aún cargaban gotas transparentes que temblaban al menor roce. El sendero era estrecho, irregular, marcado más por el uso que por intención.
Asmodel caminaba al frente.
Ada unos pasos detrás de él.
Zaharut cerraba la fila.
No por orden.
Por distancia.
Zaharut alzó la vista hacia las copas de los árboles. La luz se filtraba en columnas doradas, suspendiendo polvo y peque?as semillas en el aire.
—?Ves eso? —murmuró.
Nadie respondió.
Una ardilla cruzó el sendero con una bellota casi tan grande como su cabeza.
—Mira cómo corre… parece que el mundo se le acaba.
Silencio adelante.
Asmodel y Ada hablaban en voz baja. No discutían. No reían. Pero conversaban.
Siempre entre ellos.
Zaharut desvió la mirada hacia un pájaro de pecho azul posado en una rama baja.
—?Qué es?
Una voz respondió.
Un mirlo azul del este. Territorial. Cantan más fuerte cuando creen que otro macho invade su zona.
Zaharut sonrió apenas.
—?Y por qué canta ahora?
Porque estamos aquí. Cree que somos competencia.
—?Tú crees que le asustamos?
No. No a él. Los animales no temen lo que no comprenden.
Hubo una pausa.
Son más honestos que los humanos.
Zaharut guardó silencio un momento.
—No me llamaste infantil hoy.
Lo eres.
La respuesta fue casi automática.
Zaharut soltó una risa baja.
—Pero igual me contestas.
Porque preguntas con curiosidad real. No con miedo.
El muchacho se inclinó para tocar una hoja ancha, cubierta de peque?as espinas suaves.
—?Y esto?
Ortiga silvestre. No la toques con la palma. Te irritará la piel.
Zaharut retiró la mano a tiempo.
—Gracias.
No me agradezcas. Si te da urticaria, yo también lo sentiría.
Eso lo hizo fruncir el ce?o.
—?De verdad?
Compartimos más de lo que crees.
Adelante, Ada murmuró algo.
Asmodel respondió.
No miraron atrás.
Zaharut los observó un instante.
—Están hablando todo el tiempo.
Sí.
—Antes no era así.
Antes no sabían qué podías hacer.
La palabra quedó flotando.
Podías. No hiciste.
Zaharut apretó la mandíbula.
—No me miran igual.
Te miran como a algo que puede romperse… o romperlos.
—?Y tú cómo me miras?
Silencio interno.
Luego:
Yo te miro desde dentro.
Zaharut bajó la vista
El sendero descendió hacia un claro más abierto. El aire cambió. Más cálido. Más vivo.
Un grupo de mariposas blancas se alzó cuando pasó.
Zaharut extendió la mano sin tocarlas.
—?Cuánto viven?
Algunas días. Otras semanas.
—Eso es… muy poco.
Para ti.
—?Para ti cuánto es poco?
El tiempo no funciona igual para mí.
—?Eso significa que no se acaba?
La voz tardó en responder.
Significa que no temo que se acabe.
Zaharut caminó unos pasos más.
—Ada quiere eso.
Sí.
—?Tiempo?
No. Permanencia.
El muchacho miró hacia adelante otra vez.
Ada reía ahora. Apenas. Una exhalación más que una risa.
Asmodel inclinó la cabeza hacia ella.
No parecían tensos.
Solo… alineados.
—Se están alejando.
No físicamente.
—Pero sí.
Sí.
Durante el resto del día, Zaharut hizo preguntas peque?as.
Sobre raíces, Sobre insectos, Sobre por qué algunos árboles tenían la corteza más oscura.
Y la voz respondió todas.
Con detalle.
Con precisión.
A veces con correcciones suaves.
A veces con una especie de paciencia inesperada.
Ese no es un cuervo. Es un grajo. Fíjate en el pico.
No pises ahí. Hay hormigas rojas.
Esa nube traerá lluvia leve al anochecer.
En algún momento, Zaharut dejó de notar que hablaba en voz baja.
—Entonces si los lobos cazan en grupo…
—Porque así minimizan pérdidas —respondió él mismo en un murmullo.
Asmodel giró la cabeza.
—?Con quién hablas?
Zaharut parpadeó.
—Yo… solo pensaba.
Asmodel sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Luego siguió caminando.
Ada no dijo nada.
Pero lo observó.
Demasiado tiempo
El sol descendió lentamente.
El bosque comenzó a enfriarse.
Las sombras se alargaron como dedos.
Zaharut sintió el cambio en el aire antes de que cayera la primera brisa fría.
—Va a llover un poco.
Ada lo miró.
—?Cómo sabes?
Zaharut dudó.
—Lo… noto.
Te lo dije hace horas, susurró la voz con algo que podría ser orgullo.
Asmodel levantó la mano.
—Descansamos aquí.
Era un peque?o claro rodeado de árboles densos. Buen punto de visibilidad. Cobertura suficiente.
—Si salimos temprano, llegaremos al pueblo al mediodía.
Ada asintió.
Zaharut dejó su bolsa en el suelo.
Mientras encendían el fuego, él volvió a murmurar:
—?Crees que alguna vez dejarán de temerme?
El desequilibrio respondió sin burla esta vez.
El miedo no desaparece. Se transforma.
—?En qué?
En respeto. O en odio.
—?Y amistad?
Hubo un silencio más largo que los anteriores.
This tale has been unlawfully obtained from Royal Road. If you discover it on Amazon, kindly report it.
Eso depende de ti.
Zaharut miró a Ada concentrada formando peque?as esferas de agua para limpiar las manos de Asmodel.
Miró a Asmodel fingiendo normalidad mientras mantenía la espada al alcance.
Sintió algo que no era exactamente tristeza.
Era distancia.
Y aun así, cuando el fuego empezó a crepitar y el cielo se ti?ó de violeta profundo, se sentó un poco más cerca que la noche anterior.
No demasiado.
Pero más cerca.
El desequilibrio notó el gesto.
No dijo nada.
Y por primera vez en todo el día… tampoco lo llamó infantil.
El fuego de la fogata era lo único que se movía. Zaharut levantó la vista, con el rostro iluminado por las brasas.
—?Me temen? —soltó de golpe.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Ada no levantó la vista de su libro y Asmodel se quedó petrificado, con la piedra de afilar a medio camino sobre su espada. Zaharut sintió un nudo en la garganta; quiso retractarse, quiso hundirse en su capa y desaparecer, pero el Desequilibrio no se lo permitió.
De pronto, la expresión de Zaharut cambió. Sus ojos se entrecerraron y su voz bajó una octava, adquiriendo ese matiz saturado y metálico que ponía los pelos de punta.
—Oigan, par de inútiles —dijo la entidad a través de los labios de Zaharut. Ada y Asmodel respingaron, mirándolo con extra?eza—. Todo el día lo han ignorado. Deben entender que él solo es un mocoso; no comprende del todo lo que está pasando. Deberían al menos intentarlo. Yo soy lo único que ha tenido para hablar en todo el día, y no a dos personas que él… bueno, que él quiere tener como amigos.
Ada y Asmodel soltaron un suspiro al unísono, una mezcla de alivio y resignación. Fue Ada quien cerró el libro con un golpe seco.
—No es que te ignoremos —dijo ella, mirando a Zaharut (quien ya había recuperado el control de sus facciones)—. Es que… nos da miedo que alguna palabra te saque de quicio y el "otro" decida cenarnos.
—Y además —a?adió Asmodel, rascándose la nuca con incomodidad—, hemos estado tratando de armar un plan para llegar a Abyssia más rápido. No es silencio de desprecio, chico, es silencio de logística.
Zaharut asintió lentamente. La respuesta le dio una calma amarga, pero al menos era una respuesta.
Tras eso, un silencio vacío volvió a caer sobre el campamento, pero esta vez no era tenso, sino hueco.
El único sonido era el crepitar de la le?a consumiéndose. Asmodel, sentado sobre un tronco podrido, se dedicó a limpiar sus botas con un trapo viejo, frotando el cuero con una obsesión meticulosa, como si en el brillo de la bota encontrara su propósito. Ada, por su parte, había vuelto a abrir su libro; sus dedos pasaban las páginas con una lentitud ritual, deteniéndose a veces para trazar con la u?a la forma de un diagrama complejo. Zaharut los observaba, moviendo una rama peque?a entre las cenizas, dibujando patrones invisibles que el fuego borraba al instante.
Zaharut rompió la calma, su voz apenas un susurro.
—?Es una historia lo que lees?
Ada se detuvo. Sus ojos permanecieron fijos en el papel amarillento unos segundos más antes de mirar a Zaharut.
—No —respondió con una sequedad que no buscaba ser hiriente—. Es un libro de hechizos. Teoría de flujo arcano.
—?Cómo aprendiste magia? —preguntó él, genuinamente curioso.
Ada no respondió de inmediato. Su mirada se desenfocó, perdiéndose en la oscuridad que rodeaba la fogata. Se quedó ida, como si su mente hubiera viajado a una habitación fría, llena de olor a incienso y gritos ahogados de rituales fallidos. Sus dedos se apretaron contra el lomo del libro.
Asmodel, sin dejar de frotar su bota, soltó una risita burlona que rompió el trance.
—Aprendió leyendo, chico. ?No la ves? Es una ratita de biblioteca que se cree más lista que el diablo —se burló el ladrón, lanzándole una mirada de soslayo—. Probablemente nació con un pergamino en lugar de pa?ales.
Ada no le devolvió la burla. Siguió mirando al vacío, con esa expresión de quien ha visto cosas que el papel no debería poder explicar.
Ada se quedó mirando las brasas un momento más largo de lo necesario. El fuego crepitaba bajo, como si el bosque mismo estuviera conteniendo la respiración. Asmodel había soltado uno de sus chistes habituales —algo sobre "demonios que rechazan pactos porque no quieren pagar la cuota de membresía"— y la risa que soltó fue seca, forzada, como si intentara romper la tensión con un martillo de cartón.
Ada giró la cabeza hacia él con una mirada que cortaba más que cualquier cuchilla.
—Rechista todo lo que quieras, ladrón —dijo con voz baja pero afilada—. Pero si vas a abrir la boca, al menos no lo hagas para vomitar estupideces.
Asmodel levantó las manos en rendición fingida, pero la sonrisa se le borró un poco. Ada respiró hondo, el aire frío le raspó la garganta, y luego habló como si las palabras le pesaran en la lengua.
—Bueno… les contaré un poco de mí.
No miró a ninguno de los dos directamente. Sus ojos se quedaron fijos en las llamas, como si estuviera leyendo un libro invisible en ellas.
—Pertenecí a un culto arcano. No de los que se reúnen en cuevas con velas negras y cánticos ridículos. Eran serios. Muy serios. Obsesionados con invocar demonios no para adorarlos, sino para usarlos. Fuentes de poder puro. Contratos que duraban siglos, almas atadas a grimorios, energía robada del Abismo para alimentar hechizos que ningún mortal debería tocar.
Hizo una pausa. Sus dedos rozaron la manilla de metal oscuro en su mu?eca, como si el tacto frío la anclara a la realidad.
—Ritual tras ritual. Fracaso tras fracaso. Ningún demonio quería pactar conmigo. Todos, sin excepción, me rechazaban en cuanto conocían mi apellido. Vorandel.
Ada pronunció su propio apellido como si fuera una maldición que aún le quemaba la boca.
—Mi familia… me rechazó mucho antes que los demonios. Me negaron. Me usaron solo como conducto: la ni?a con la sangre adecuada para abrir portales. Pero me prohibían hablar. Me prohibían preguntar. Me prohibían so?ar en voz alta. Solo tenía que estar allí, callada, mientras los mayores invocaban y fallaban. Y yo veía. Veía cómo los demonios se materializaban, cómo miraban a mi abuela con respeto, cómo hablaban con ella como iguales. Y luego se desvanecían sin dejar rastro cuando llegaba mi turno.
Ada soltó una risa amarga, casi inaudible.
—De tanto convivir con ellos, noté algo que nadie más parecía entender. Los demonios no envejecen. No mueren de vejez. Tienen tiempo. Tiempo infinito. Siglos para estudiar, para experimentar, para acumular conocimiento. Y yo… yo solo quería eso. No su violencia. No su poder destructivo. Solo el tiempo.
Levantó la vista por primera vez. Primero a Asmodel, que había dejado de sonreír por completo. Luego a Zaharut, que la observaba en silencio, con los ojos abiertos de par en par.
—Quería pactar con uno para convertirme en demonio. No para matar, no para conquistar. Para estudiar. Toda la magia posible. Toda. Quería ser la mejor maga que haya existido. Como mi abuela. Dicen que ella habló con un arcángel una vez. Que él le concedió una visión del Cielo antes de desaparecer. Yo nunca llegué ni a rozar algo así. Solo rechazos. Solo silencio. Solo una vida que se me escapaba mientras los demás envejecían y morían a mi alrededor.
Ada tragó saliva. El frío de la noche le había calado los huesos, pero no era eso lo que la hacía temblar ligeramente.
—Y entonces apareciste tú, Zaharut.
Sus ojos se clavaron en los de él. No había lástima. Solo una honestidad cruda, casi dolorosa.
—No envidio tu fuerza. No envidio que puedas desgarrar demonios con las manos desnudas. Envidio que hayas nacido con aquello que yo llevo a?os persiguiendo. Naciste con el Abismo dentro de ti. No tuviste que suplicar por un pacto. No tuviste que arrodillarte ante nadie. Simplemente… eres.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.
Ada bajó la mirada de nuevo al fuego. Sus dedos se cerraron alrededor de la manilla con fuerza, como si quisiera romperla o aferrarse a ella con más fuerza.
—No sé si eso me hace mejor o peor que ellos —murmuró—. Pero por primera vez en mi vida… siento que estoy cerca de algo real. No de un sue?o. De algo que puedo tocar.
Zaharut no respondió de inmediato. Solo miró las llamas, el pecho subiendo y bajando con respiraciones lentas. Asmodel, por una vez, no dijo nada. Solo se quedó allí, con los brazos cruzados, mirando al suelo como si el peso de las palabras de Ada le hubiera caído encima también.
Zaharut fue el primero en romper el silencio.
—?Y tú?
Asmodel no levantó la mirada.
—?Yo qué?
—Tu pasado.
El crujido de una rama dentro del fuego sonó más fuerte que la pregunta.
—Lo dejé atrás.
—Eso no es una respuesta.
Asmodel giró la cabeza lentamente hacia él. No había enojo en su expresión. Tampoco suavidad.
—Es la única que vas a tener.
Ada no intervino.
Zaharut insistió, pero más bajo.
—Dijiste que mirarlo te haría retroceder.
Asmodel sostuvo la mirada un instante. Sus dedos se cerraron ligeramente sobre la empu?adura de la espada, aunque no la tomó.
—Y no tengo intención de retroceder.
Nada más.
El silencio regresó.
Más pesado.
El fuego comenzó a consumirse con peque?os estallidos intermitentes. Una chispa saltó y murió antes de tocar el suelo.
Minutos largos.
Ada se acomodó la capa sobre los hombros sin mirar a ninguno de los dos. Asmodel se recostó contra un tronco, cerrando los ojos, pero su respiración no era del todo relajada.
Zaharut bajó la vista a las brasas.
—Siempre se apagan —murmuró.
Si no se alimentan, sí.
—Como las personas.
Como la voluntad.
Zaharut tragó saliva.
—Ada habló de cultos que invocaban demonios.
Sí.
—?Y si alguno…?
La idea se formó despacio.
—?Y si alguno conoció a mi padre?
El desequilibrio respondió casi de inmediato.
No.
Zaharut frunció el ce?o.
—No puedes saberlo.
Sí puedo.
—?Por qué?
Hubo una pausa distinta. Más densa.
Lucifer no estaría en cultos improvisados ni en rituales mediocres. No necesita que lo invoquen.
El nombre vibró en su mente.
—Pero si alguien intentó traerlo…
Lucifer gobierna. No deambula buscando adoradores desesperados.
Zaharut miró a Ada, que ahora parecía peque?a bajo la luz tenue.
—Ella pasó a?os intentando algo imposible.
Intentando alcanzar algo que no entiende.
—?Crees que mi padre sabe de mí?
El fuego lanzó un último chasquido.
Lo sabe todo lo que ocurre en su dominio.
—Yo no estoy allí.
Pero llevas su esencia.
Zaharut bajó la mirada a sus manos.
—Entonces… ?por qué no vino?
Silencio.
Por primera vez, el desequilibrio no respondió de inmediato.
Porque un rey no abandona su trono por una pieza que aún no sabe si usará.
La frase le heló el pecho.
Zaharut alzó la vista hacia el cielo oscuro entre las ramas.
—No soy una pieza.
Eso tendrás que demostrárselo.
A unos metros, Asmodel abrió apenas los ojos. Ada seguía inmóvil, aunque no dormía.
El fuego terminó de morir.
Las sombras los envolvieron sin violencia.
Y en esa oscuridad compartida, cada uno sostuvo su propio silencio como si fuera un secreto demasiado pesado para soltarlo
Ada cerró su libro de golpe, el sonido resonó como un disparo en la quietud de la noche. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa mientras se?alaba a Asmodel con un dedo cargado de una chispa azulada.
—No es justo, ladrón —sentenció ella con voz gélida—. Yo he desnudado mis ambiciones. Ahora te toca a ti. Habla, o haré que esa lengua tuya solo pueda decir la verdad durante un mes.
Asmodel soltó un suspiro dramático y alzó las manos en se?al de rendición, aunque sus ojos no perdieron esa chispa de cautela.
—?Está bien, está bien! Baja los dedos, bruja. No hace falta ponerse mística —dijo, dejando su bota a un lado—. Pero que quede claro: no voy a contar mi pasado. Hay puertas que es mejor dejar cerradas con doble llave y tirar la llave al pozo más hondo de la ciudad.
Se reclinó contra el tronco, mirando las chispas que subían hacia el cielo negro. Por un momento, su sonrisa burlona desapareció, dejando ver a un hombre cansado.
—?Quieren saber qué pienso? —miró a Zaharut de reojo—. Te admiro, chico. Y me jode admitirlo.
Zaharut frunció el ce?o, confundido, pero Asmodel continuó antes de que pudiera interrumpir.
—Te admiro porque no huyes. Tienes a esa… cosa… viviendo bajo tu piel, gritándote, rompiéndote las costillas, y sigues caminando hacia el frente. Yo nunca tuve ese valor. Siempre he sido un cobarde profesional. Mi primer instinto es correr, esconderme, buscar una sombra donde el problema no me alcance. Lo viste en el bosque con esos demonios; mi mente ya estaba buscando una ruta de escape antes de que la primera garra nos rozara.
Asmodel tomó una rama y empezó a jugar con las brasas, su rostro se volvió solemne bajo la luz anaranjada.
—?Han oído las historias de Rafael? —preguntó de pronto—. No las que cuentan los sacerdotes gordos en las iglesias, sino las de verdad. En la antigua guerra, Rafael no era el arcángel más fuerte. No tenía la furia de Miguel ni la voz de Gabriel. Pero mientras otros peleaban por tronos o por orgullo, él peleaba para proteger a la humanidad. Se ponía en medio de la tormenta para que los que no tenían alas pudieran respirar un día más. No quería gobernar el mundo, quería que el mundo fuera libre para cometer sus propios errores.
Asmodel soltó una risita amarga, casi imperceptible, y miró su espada roja.
—Ese es el tipo de figura que siempre quise ser. Un escudo. Alguien que se queda cuando todos los demás se van. Pero mírame… soy un tipo que roba bolsas a mercenarios borrachos y huye de su propia sombra. Estoy a mil leguas de ser un Rafael.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino pesado. Por primera vez, Zaharut no vio a un ladrón oportunista, sino a un hombre que cargaba con el peso de no ser quien deseaba ser.
—Pero aquí estás —murmuró Zaharut—. No huiste del bosque al final.
Asmodel recuperó su sonrisa cínica en un parpadeo, como si le doliera mostrar demasiada honestidad.
—Bueno, es que la bruja me tenía amenazado. Y además, un grupo con el hijo de Lucifer tiene las mejores probabilidades de supervivencia… o de una muerte con mucho estilo.
Asmodel se removió un poco contra el tronco donde estaba apoyado, como si las palabras que acababa de soltar le pesaran más de lo que pretendía. Su voz salió baja, casi ronca, sin el tono cínico habitual.
—Admiro eso de ti, Zaharut. No huir de lo que eres. Yo… nunca tuve ese valor. Siempre corrí. Siempre miré para otro lado. Tú, en cambio, lo llevas encima y sigues caminando.
Zaharut levantó la vista del fuego. Las llamas bailaban en sus ojos, pero no había calidez en ellos. Solo un vacío que parecía más profundo que el bosque a su alrededor.
—Ojalá yo hubiera tenido la libertad tuya —dijo en voz baja.
Las palabras cayeron como piedras en agua quieta. Ada y Asmodel se quedaron inmóviles. Zaharut siguió hablando, sin prisa, como si cada frase le costara un esfuerzo físico.
—Nunca fui a la escuela. Nunca tuve amigos. Mi vida fue… una sucesión de normas, silencio y vigilancia. Levántate al alba. Carga los sacos. Repara la cerca. No mires a los ojos de nadie en el pueblo. No hables con los ni?os que pasaban. No preguntes por qué.
Hizo una pausa. Sus dedos se cerraron alrededor de una ramita seca y la partió en dos con un chasquido seco.
—Cuando intentaba hablar con alguien… aunque fuera solo un saludo… Igor o Beleth me alejaban. Siempre había una excusa: “Vuelve a la caba?a, chico”, “No es momento para charlas”, “Es mejor que no te vean mucho”. Al principio pensé que era vergüenza. Después entendí que era miedo. Miedo de lo que yo podría hacer. Miedo de lo que ya estaba dentro de mí.
Zaharut miró sus propias manos. Las palmas abiertas, como si buscara manchas de sangre que ya no estaban allí.
—Siempre me sentí oprimido. No por crueldad. Ellos no me pegaban. No me insultaban. Me protegían… encerrándome fuera del mundo. Beleth con sus historias que nunca terminaban del todo. Igor con sus palmadas en el hombro y sus “quédate cerca”. Querían mantenerme a salvo. Pero lo que hicieron fue convertirme en un secreto que ni siquiera yo entendía. Hasta que el sello se rompió… y descubrí que el monstruo que tanto temían ya estaba despierto.
El fuego crepitó. Una brasa saltó y se apagó en la nieve. Nadie habló.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue tenso, sí, pero también… unificador. Como si las palabras de Zaharut hubieran abierto una grieta en la pared que los separaba a los tres. Por primera vez, no se veían como un monstruo, una hechicera ambiciosa y un ladrón cínico. Se veían como tres personas incompletas. Tres vidas que habían sido moldeadas por rechazos, miedos y deseos que nadie más entendía. Caminando juntas no porque quisieran, sino porque, de alguna forma retorcida, se necesitaban para seguir adelante.
Ada bajó la mirada. Asmodel soltó un suspiro largo, casi inaudible. Zaharut se quedó mirando las llamas, el pecho subiendo y bajando con respiraciones lentas.
Y entonces, desde dentro de su cabeza, la voz habló.
No era un susurro burlón esta vez. Era calmada. Casi… práctica.
Bueno, ma?ana deben levantarse temprano. Vayanse a dormir.
Zaharut parpadeó. Por un segundo, el calor en su pecho latió con suavidad, no como una amenaza, sino como un recordatorio. Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, la voz ya se había retirado.
Se levantó sin decir nada más. Se alejó unos pasos del fuego, se envolvió en su capa rota y se tendió contra un árbol, dándoles la espalda.
Ada y Asmodel intercambiaron una mirada breve. Ninguno dijo nada. Solo se acomodaron en sus sitios, el fuego entre ellos como un puente frágil.
El bosque volvió a su silencio.
Pero esta vez, no era un silencio vacío. Era el silencio de tres personas que, por primera vez, habían dejado de esconderse del todo.

