Sangre… sangre roja y espesa.
No parecía real. No parecía suya.
Se adhería a sus manos como si tuviera voluntad, caliente aún, deslizándose entre sus dedos con una lentitud insoportable. El olor metálico se mezclaba con el polvo del suelo, con el aire frío de la noche, con el silencio que había caído como una sentencia.
Sus manos temblaban.
No recordaba el golpe.
No recordaba el momento exacto en que todo se quebró.
Solo el calor.
Un calor que comenzó en el pecho, justo debajo del esternón, como una brasa enterrada bajo la piel. Luego se expandió. Subió por la garganta, descendió por los brazos, se filtró en sus venas hasta convertir la sangre en fuego líquido. El mundo se volvió rojo. No un rojo cualquiera, sino el rojo de un cielo partido, de tronos derrumbados, de algo antiguo observándolo desde lo alto.
Y la voz.
Su nombre pronunciado con una gravedad que no pertenecía a este mundo.
Zaharut.
No era un susurro. Era una afirmación.
Cuando el calor se extinguió, cuando el rojo se disipó y el silencio regresó, lo único que quedó fue el peso. Un peso insoportable en el estómago, en la garganta, en el alma. Quiso retroceder. Quiso deshacerlo. Quiso despertar.
Pero no era un sue?o.
Lo miró.
El cuerpo inmóvil.
La quietud imposible.
La ausencia donde antes había respiración.
Algo dentro de él se rompió en ese instante.
Y, al mismo tiempo, algo se abrió.
No sintió triunfo.
No sintió grandeza.
Sintió miedo.
Un miedo helado que le recorrió la espalda cuando comprendió lo peor: en lo más profundo, donde nadie podía verlo, había una parte de él que no estaba sorprendida. Una parte que no dudó. Una parte que reaccionó con una naturalidad primitiva, como si ese desenlace hubiera estado escrito en su sangre desde antes de nacer.
Esa certeza fue más dolorosa que la culpa.
Se miró las manos otra vez.
Ya no parecían manos de un muchacho de aldea. Parecían manos que habían despertado demasiado pronto.
El silencio lo envolvió por completo.
él es Sheel Zaharut, y esta es su historia, la de alguien que es mas de lo que cree.
La nieve caía como si el cielo se estuviera desangrando lentamente. No eran los copos grandes y suaves de las postales que Zaharut había visto alguna vez en un libro viejo de Beleth; eran agujas finas, casi invisibles, que se clavaban en la piel expuesta del cuello y las mu?ecas, se derretían al instante y dejaban un frío que ardía más que cualquier fuego. Cada una era un pinchazo diminuto, un recordatorio de que el mundo no perdonaba la quietud.
Zaharut no las maldecía. Ya no. Simplemente seguía partiendo le?a.
El hacha subía con un silbido cortante que rasgaba el aire helado, y bajaba con un thunk sordo que reverberaba hasta los huesos. Madera fresca se partía limpiamente, revelando vetas pálidas que olían a resina y a algo más profundo, casi vivo. Thunk. Thunk. Thunk. El ritmo era mecánico, hipnótico, una forma de ahogar la voz que últimamente le susurraba desde dentro del pecho. No era una voz clara, no todavía. Era más bien un calor bajo las costillas, un pulso que no coincidía con el de su corazón. Y siempre terminaba en la misma sílaba.
Sheel.
Solo Beleth lo llamaba así. Igor nunca lo había hecho. Para Igor era “chico”, “muchacho”, a veces “cabeza dura” cuando Zaharut dejaba caer un saco de grano o tardaba demasiado en reparar una cerca. Palabras cortas, ásperas, pero seguras. Con dieciséis a?os, Zaharut aún no entendía por qué le molestaba tanto que lo llamaran por su nombre completo. Tal vez porque cada vez que Beleth lo pronunciaba —con esa pausa mínima, como si temiera romper algo—, sentía que le estaban recordando que no pertenecía del todo aquí. Que Altevia era un préstamo, no un hogar.
Dejó el hacha clavada en el tocón con un golpe seco. La hoja vibró un segundo antes de quedarse quieta. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano enguantada; el cuero estaba húmedo, pegajoso, y el gesto dejó una mancha oscura en la piel. Su aliento salía en nubes gruesas que se disolvían casi de inmediato en el aire cortante. El olor a pino helado se mezclaba con el humo lejano que salía de la chimenea de la caba?a: un hilo gris que se perdía entre los árboles como si huyera de algo.
La caba?a estaba apartada del resto de Altevia por un buen trecho de bosque denso. Beleth siempre había dicho que era “por la paz”. Zaharut sabía que era por otra cosa. Desde hacía tres semanas, la gente del pueblo lo miraba raro.
No decían nada —no se atrevían—, pero sus ojos se desviaban cuando pasaba, sus conversaciones se cortaban a media frase. Todo había empezado desde que le rompió el brazo a aquel crío idiota que no paraba de tirarle piedras a las gallinas de Beleth. No lo había planeado. Simplemente… el brazo del chico estaba en su mano, y luego ya no lo estaba. El crujido había sido limpio, satisfactorio. Y después, el silencio. El mismo silencio que ahora lo envolvía mientras miraba el montón de le?a apilada.
Se quedó quieto un momento, con los hombros tensos bajo la camisa de lana gruesa. El frío le trepaba por las botas, se colaba por las costuras, pero no era eso lo que lo hacía temblar ligeramente. Era el calor. Ese maldito calor que empezaba en el centro del pecho y se extendía como veneno lento hacia los brazos, hacia las palmas. Lo sentía ahora, latiendo en sincronía con la palabra que no quería oír.
Sheel.
Cerró los ojos. Intentó respirar hondo, pero el aire le raspó la garganta como vidrio molido. Cuando los abrió de nuevo, el bosque parecía más oscuro, los pinos más altos, la nieve más pesada. Por un segundo —solo un segundo— vio algo en la periferia: un cielo rojo sangre detrás de las nubes grises, un trono partido por la mitad flotando en la nada, y una risa que no era suya pero sonaba como si lo fuera.
Parpadeó. Todo volvió a ser blanco y gris.
Se inclinó, recogió un tronco más grande y lo colocó en el tocón. Agarró el mango del hacha. Sus nudillos estaban blancos, no solo por el frío.
Thunk.
El golpe fue más fuerte esta vez. La madera se partió con un chasquido que sonó casi como un hueso. Zaharut se quedó mirando la grieta fresca, el corazón latiéndole en los oídos.
No sabía cuánto tiempo más podría seguir callando esa voz.
Pero sabía que, tarde o temprano, iba a tener que escucharla.
El crujido de la madera vieja bajo sus botas fue el único aviso de su llegada. Al abrir la puerta, el aire viciado de la caba?a, cargado de humo de pino y metal, golpeó el rostro de Zaharut.
Allí estaba Igor, sentado junto al fuego que chispeaba con pereza. El ritmo era hipnótico: el roce sordo de la piedra de afilar contra el acero de su vieja espada de comandante. Bajo la luz anaranjada y vacilante de las brasas, la cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda parecía cobrar vida, hundiéndose como un río oscuro en su piel curtida.
Zaharut no pudo evitar fijar la vista en esa marca. Siete a?os. Siete a?os desde que Igor lo cargó de vuelta a casa, con el brazo destrozado por los colmillos de un lobo y la sangre empapándole hasta los codos. Nunca se lo había echado en cara; para Igor, el sacrificio era simplemente parte del inventario de la vida.
—Hola, muchacho. ?Qué tal el día? —saludó Igor sin levantar la vista del acero, pero con una nota de alegría genuina que vibró en el aire pesado de la estancia.
Zaharut soltó la le?a junto al hogar. El estruendo de los troncos golpeando el suelo le pareció innecesariamente fuerte, como si sus propios sentidos estuvieran amplificados.
—Bien… sin muchos ánimos —respondió Zaharut. Su voz sonó plana, distante, como si viniera de algún lugar detrás de sus propios labios.
Se dejó caer en el taburete de siempre, sintiendo que el calor del fuego, en lugar de reconfortarlo, empezaba a alimentar ese incendio sordo que llevaba meses gestándose bajo su esternón.
En ese momento, el suave roce de una tela anunció la llegada de Beleth. Salió de la habitación trasera con un delantal manchado de harina y las manos quietas. Su apariencia era un enigma que nadie en Altevia se atrevía a descifrar: poseía una belleza estática, de unos veintisiete a?os eternos que desafiaban el paso de las estaciones.
Pero era su mirada lo que detenía el tiempo. Beleth observó a Zaharut con esa expresión que la caracterizaba: una tensión contenida, la de alguien que vive contando los segundos que faltan para que el mundo se parta en dos. No dijo nada, pero el silencio que trajo consigo enfrió la alegría de Igor y dejó a Zaharut a merced de sus propias visiones de cielos rojos.
En la peque?a caba?a, el sonido de la piedra contra la espada volvió a empezar, pero ahora sonaba como una cuenta atrás
la voz de Beleth rompió el silencio humano del lugar.
—?Entrenaste hoy?
él no se giró.
—Sí.
La respuesta fue simple. Casi automática.
La espada descendió.
El aire se partió con un silbido seco.
En su mente no había postes de madera ni campo vacío. Había un cielo ennegrecido por alas enormes. Un dragón descendía envuelto en fuego, escamas del tama?o de escudos. Zaharut giró sobre el talón, esquivó una llamarada inexistente y lanzó un corte ascendente que habría abierto el vientre de la bestia.
Retrocedió dos pasos.
Cambió el arma por la lanza. La sostuvo firme, como le había ense?ado Igor: distancia, paciencia, precisión.
Ahora eran hombres sin rostro los que lo rodeaban. Villanos inventados, sombras con armaduras oscuras, enemigos que amenazaban una aldea que nunca había sido atacada. Embistió. Una vez. Dos. Tres. El poste crujió bajo el impacto.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Entonces lo vio.
El lobo.
No era imaginario para él. Tenía colmillos reales, ojos amarillos, saliva cayendo entre los dientes. Recordaba el rugido, el salto, el instante en que sus garras iban dirigidas a su garganta.
Y el cuerpo que se interpuso.
La cicatriz en el rostro de Igor, larga y pálida, como una grieta cerrada a la fuerza.
Zaharut apretó la mandíbula.
El lobo volvió a saltar.
Esta vez, la espada atravesó el aire con furia. Un corte lateral. Otro descendente. Una estocada directa al cuello invisible.
Lo mató.
Y lo mató otra vez.
Y otra vez.
Hasta que el poste quedó astillado y su pecho subía y bajaba con violencia.
No entrenaba para ser héroe.
Entrenaba para no volver a necesitar que alguien se interpusiera por él.
La cena se cocinaba en silencio, como casi todo en esa caba?a.
Beleth había puesto la olla de hierro sobre el fuego del hogar. El chisporroteo de la grasa era lo único que rompía la quietud: cebolla caramelizándose, trozos de conejo que se deshacían lentamente en el caldo espeso, hierbas secas que soltaban un aroma terroso y reconfortante. Removió con una cuchara de madera larga, el movimiento lento, casi ritual. No dijo nada más. Solo levantó la vista un instante —un segundo de más— y la clavó en Zaharut.
Siempre hacía eso últimamente. Como si estuviera midiendo el grosor de una cuerda a punto de romperse. Sus ojos, oscuros y hundidos por el cansancio de a?os, no pedían respuestas. Solo observaban. Y Zaharut sintió el peso de esa mirada como si le hubieran puesto una mano en el pecho.
La mesa era peque?a, de madera astillada y llena de marcas de cuchillo. Igor se sentó primero, con el abrigo todavía puesto, el olor a nieve y pino pegado a la tela. Comía con la concentración de quien ha pasado hambre de verdad: cucharadas grandes, masticadas rápidas, sin desperdiciar ni un gramo. No hablaba. Nunca hablaba mucho durante la cena. Solo comía, como si el acto en sí fuera una forma de supervivencia.
Zaharut, en cambio, pinchaba la carne con el tenedor de púas torcidas. La carne se deshacía fácil, pero él no tenía hambre. El calor bajo la piel seguía ahí, latente, como brasas que esperan un soplo de viento para convertirse en incendio. Desde la tarde, cuando partió la le?a, la voz no había vuelto a susurrar su nombre. Pero el pulso seguía: un tambor sordo en el centro del pecho que no coincidía con el suyo. Cada latido le recordaba que algo dentro de él ya no era del todo suyo.
Igor terminó primero. Se limpió la boca con el dorso de la mano, se levantó con un gru?ido y palmeó el hombro de Zaharut. El golpe fue fuerte, familiar, casi cari?oso a su manera áspera.
—Ma?ana al alba vamos a recolectar le?a del otro lado del arroyo. Y luego iremos al pueblo.
Zaharut levantó la vista. Por un segundo, un brillo fugaz le cruzó los ojos —esperanza, quizás—, pero se apagó casi de inmediato.
—La gente allí no me quiere.
Royal Road is the home of this novel. Visit there to read the original and support the author.
Igor resopló, no con desprecio, sino con esa paciencia agotada de quien ha visto demasiadas tormentas.
—Te quieren, chico. Solo están en shock por lo que sucedió con Tanian ese día. Tú tranquilo, hijo. No te alejes de mí. —Hizo una pausa, se ajustó el cinturón con las trampas colgando—. Voy a revisar las trampas antes de que se haga más tarde.
Salió sin esperar respuesta. La puerta se cerró con un golpe seco. El frío se coló un instante, trayendo consigo el olor a nieve fresca y el aullido lejano de algún lobo.
Quedaron solos Beleth y Zaharut.
Ella se acercó despacio, como si temiera asustar a un animal herido. Le puso una mano en la nuca. Siempre tenía las manos frías, incluso en verano. Los dedos helados se posaron justo donde el pelo se encontraba con la piel, y Zaharut sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Cuéntame cómo termina la historia de anoche —dijo en voz baja.
Zaharut suspiró. El vapor de su aliento se mezcló con el humo que subía de la olla.
—El caballero negro llega al castillo. Mata al dragón. Pero cuando entra en la sala del trono, el rey ya está muerto. Se ahorcó con su propia corona. Fin.
Beleth ladeó la cabeza. Un mechón gris se le escapó del pa?uelo que llevaba atado.
—Triste final.
—Todos los finales lo son si los piensas demasiado —respondió Zaharut. Su voz salió más ronca de lo que pretendía.
Ella sonrió. Pero la sonrisa no llegó a los ojos. Era solo un gesto en los labios, una costumbre antigua que ya no calentaba nada.
—Duerme, Sheel. Ma?ana será un día largo.
Se alejó hacia el fogón, recogió los platos y los dejó en el barre?o de agua fría. No volvió a mirarlo.
Zaharut no durmió.
Se quedó sentado en el catre estrecho, con la espalda contra la pared de troncos. La luz del fuego bailaba en las vigas del techo, proyectando sombras largas que parecían moverse cuando no las mirabas. Tenía abierto sobre las rodillas un libro viejo de fantasía que Beleth le había regalado hacía dos veranos: tapas de cuero gastado, páginas amarillentas que olían a moho y a promesas rotas.
Era la historia de un guerrero que salvaba a una doncella de un torreón encantado. Zaharut leía despacio, los ojos fijos en las líneas, pero la mente en otra parte. Sabía cómo terminaba. Siempre terminaba igual. La princesa moría antes de ser salvada. El guerrero llegaba tarde. O llegaba a tiempo y descubría que ella ya no quería ser salvada. O que el verdadero monstruo era él.
Cerró el libro de golpe. El sonido seco resonó en la caba?a vacía.
El calor en su pecho latió una vez más, fuerte, como si respondiera a algo que él no había dicho en voz alta.
Se quedó mirando las brasas hasta que se convirtieron en ceniza gris.
Y en algún momento de la noche, cuando el silencio era tan absoluto que podía oír los animales fuera, se quedó dormido sin saber nada mas.
El día comenzó con el frío mordaz de Altevia filtrándose por las rendijas de la caba?a, pero para cuando llegaron al arroyo, el sol ya hería los ojos con un brillo pálido.
Zaharut caminaba un paso por detrás de Igor. Observaba la espalda ancha del hombre, una muralla de músculos y cicatrices que parecía inmune al cansancio.
El trabajo en el arroyo fue rítmico, casi hipnótico: el golpe seco del hacha contra los troncos caídos, el aroma a resina fresca y el sonido del agua golpeando las piedras cubiertas de musgo. Zaharut cargaba los bultos con una facilidad que empezaba a asustarlo; sentía una fuerza eléctrica recorriéndole los brazos, un excedente de energía que no lograba agotar por más le?a que apilara.
—Mantén el ritmo, muchacho —le dijo Igor con un gru?ido que pretendía ser un aliento—. El invierno no espera a los que se distraen con las nubes.
Al mediodía, el escenario cambió. El silencio del bosque fue reemplazado por el murmullo monótono y gris del pueblo.
En el mercado de Altevia, Zaharut se encargó de los trueques. Vendió la piel de los conejos y un par de ciervos que habían cazado días atrás, sintiendo el tacto frío y rígido de la carne muerta bajo sus dedos. Compró las telas que Beleth había pedido —lino basto y una lana oscura que se sentía pesada en sus manos— mientras los aldeanos lo observaban de reojo. Siempre era igual: esas miradas que no sabían si saludarlo o cruzar la calle, como si percibieran una tormenta acercándose antes de que apareciera la primera nube.
El camino de regreso a casa fue lento. El sol se hundía como una brasa moribunda tras las monta?as, ti?endo el horizonte de un rojo que a Zaharut le recordó, por un instante, a las visiones que lo atormentaban en sue?os.
La cena en la caba?a transcurrió bajo el amparo de un guiso humeante. El sonido de las cucharas golpeando la madera de los cuencos era lo único que llenaba el espacio. Igor comía con la satisfacción del hombre que ha cumplido con su deber; Beleth, en cambio, apenas probó bocado, manteniendo sus ojos fijos en la llama de la vela, como si leyera un presagio en el humo.
—A descansar —sentenció Igor, poniéndose en pie y dejando un apretón pesado en el hombro de Zaharut—. Ma?ana hay cercas que reparar.
Zaharut asintió en silencio. Se retiró a su rincón, envolviéndose en las mantas mientras el fuego de la chimenea se convertía en ceniza. Pero esa noche, el sue?o no trajo descanso. Al cerrar los ojos, el calor bajo su piel no era el de las cobijas, sino el de ese sol rojo que vio en el camino, y la voz que lo llamaba por su nombre empezó a sonar, esta vez, mucho más cerca que de costumbre.
Zaharut.
Abrió los ojos en la negrura. El pecho le ardía con ese calor familiar, una presión incómoda bajo las costillas, como si algo quisiera abrirse paso desde dentro.
Se incorporó en la cama. Respiró hondo.
—?Qué quieres? —susurró, apenas moviendo los labios.
Por primera vez, no se limitó a soportarla. Le respondió.
Hubo un breve vacío.
Luego la voz volvió, más clara. No como un eco distante, sino como un pensamiento que no era suyo y, sin embargo, nacía dentro de su cabeza.
Quieres saber quién eres.
Zaharut apretó los dientes.
—Ya sé quién soy.
Mentira.
La palabra no fue pronunciada. Se sintió.
Eres más que este techo. Más que esta aldea. Más que ese nombre que te dieron.
El calor se intensificó. No dolía, pero tampoco era agradable. Era… expectante.
Ven.
La imagen apareció en su mente: los límites de Altevia, el bosque que rodeaba la aldea, la colina desde la que se veía el cielo abierto sin casas ni cercas que lo cortaran.
Si cruzas… entenderás.
Zaharut dudó.
Pensó en Igor. En la disciplina. En la regla tácita de no salir de noche sin permiso. Pensó en la cicatriz del lobo. En las advertencias. En el control. Pero también pensó en el cielo rojo de sus visiones. En los tronos rotos. En la sensación de que algo lo estaba esperando.
El suelo estaba frío cuando apoyó los pies descalzos. Se puso las botas sin hacer ruido. Abrió la puerta con cuidado. La noche lo recibió con aire húmedo y estrellas inmóviles. Caminó, Primero lento. Luego con más decisión. Cada paso lejos de la casa se sentía como romper una cuerda invisible. El bosque murmuraba con el viento, pero la voz lo guiaba con precisión inquietante.
Más allá. Más lejos.
Cuando llegó a la colina, el mundo parecía distinto. El cielo era más amplio. La oscuridad más profunda. Por un instante, sintió que algo dentro de él se expandía con el mismo ritmo que el horizonte.
?Lo sientes?
Sí.
Lo sentía. No sabía qué era, pero lo sentía. Y eso fue suficiente para que el miedo se mezclara con algo más peligroso: curiosidad. El calor en su pecho disminuyó lentamente. La voz se desvaneció, satisfecha.
Ya has dado el primer paso.
El silencio volvió a ser solo silencio.
Zaharut tragó saliva. De pronto, la emoción se transformó en inquietud. Se dio cuenta de lo que había hecho. Giró sobre sus talones y regresó. Cada paso de vuelta pesaba más que el anterior. Cuando divisó su casa, el aire pareció volverse denso.
La puerta estaba abierta. Y allí, en el umbral, inmóvil como una estatua tallada en piedra, estaba él.Igor. Los brazos cruzados. La postura rígida. La mirada fría… Furiosa.
No era la postura de un hombre cansado después de un día largo; era la de un guardián furioso. Sus ojos, habitualmente opacos como el arroyo helado, ahora ardían con un reproche silencioso. El aire en la caba?a olía a humo rancio y a la cena ya fría: cebolla quemada y carne olvidada.
—Chico —gru?ó Igor, su voz baja pero afilada como el hacha que Zaharut había dejado clavada fuera—. ?Dónde demonios has estado?
Zaharut se detuvo en el umbral, el abrigo goteando agua helada. Sintió el calor subirle por la nuca, no de vergüenza, sino de algo más profundo, algo que ya conocía de las tardes partiendo le?a. Intentó excusarse, las palabras saliendo atropelladas, como si pudieran calmar la tormenta.
—Solo fui... al borde del pueblo. No entré. Quería ver si... si las cosas habían cambiado. Después de lo de Tanian, pensé que...
Igor se levantó de golpe, la silla raspando el suelo con un chirrido que cortó el aire. Su figura imponente llenó el espacio reducido de la caba?a, bloqueando la luz del fuego. El olor a sudor y a tierra húmeda se intensificó cuando se acercó un paso.
—?Pensaste? —repitió, la voz subiendo como un trueno lejano—. ?No piensas, muchacho! Te dije que no te alejaras. La gente está nerviosa, y con razón. ?Qué pasa si te ven merodeando? ?Qué pasa si decides romper otro brazo? O peor.
Zaharut retrocedió un paso, pero el muro de troncos lo detuvo. El pulso en sus sienes se aceleraba, y ese calor familiar empezó a fluir desde el interior: no como un fuego reconfortante, sino como lava lenta que se extendía por las venas, quemando desde el pecho hacia los brazos, hacia las manos. Hacía que los músculos se tensaran, que el mundo se estrechara.
—Necesito más libertad —dijo Zaharut, las palabras saliendo con un filo que no pretendía. Su voz sonaba más grave, más ronca—. No soy un ni?o. Puedo manejar lo que pasa en el pueblo. Déjame ir solo ma?ana, déjame...
Igor negó con la cabeza, los ojos entrecerrados en una mezcla de furia y algo que parecía miedo, aunque Zaharut nunca lo admitiría.
—No. No hay libertad para ti aquí, chico. No hasta que aprendas a controlarte. Quédate a mi lado, como dije. Es por tu bien.
La negación fue como un golpe. El calor explotó entonces, no gradual como antes, sino como una ola que lo ahogaba desde dentro. Zaharut sintió el enfurecimiento subirle por la garganta, un rugido interno que ahogaba todo razonamiento. Sus pu?os se cerraron solos, los nudillos blancos. La voz —esa voz que susurraba su nombre— rio de nuevo, pero esta vez no era un eco lejano; era un torrente que lo llenaba, que lo empujaba. El mundo se ti?ó de rojo en los bordes, el rostro de Igor distorsionándose en algo acusador, algo que merecía romperse.
Todo se tornó negro.
y al volver lo primero que vio fue Sangre... sangre roja y espesa.
El aire, antes cargado de gritos, ahora solo transportaba el olor metálico y denso de la sangre caliente.
A sus pies, Igor ya no era el hombre de acero que lo había protegido. Estaba tendido de espaldas, con los ojos fijos en un techo que ya no veía. Lo peor no era la sangre que empapaba la ropa y el suelo de madera, sino el hueco espantoso en el centro de su pecho. Los bordes de la carne estaban chamuscados, como si una fuerza que no pertenecía a este mundo se hubiera abierto paso a través de él, arrancando la vida de cuajo.
Zaharut retrocedió un paso, pero sus piernas se sentían como plomo. El terror no nació de lo que veía, sino de sus propias manos: estaban te?idas de un rojo viscoso que se filtraba bajo sus u?as. Un temblor violento sacudió su cuerpo. Intentó respirar, pero el aire se quedaba atrapado en su garganta, seco como la ceniza.
-Yo no... yo no…-, quiso decir, pero el pensamiento se fragmentaba ante la imagen del hombre que lo llamó hijo reducido a un despojo roto.
El silencio absoluto se quebró con el roce de un delantal contra el marco de la puerta.
Beleth estaba allí.
Su mirada bajó lentamente desde el rostro desencajado de Zaharut hasta el agujero humeante en el pecho de Igor. No hubo gritos, ni llanto histérico. Solo una quietud glacial que inundó la caba?a. Beleth apretó los pu?os a los costados, y por primera vez, esa expresión de "esperar que el mundo se rompa" desapareció, sustituida por la sombría aceptación de quien ve una profecía cumplirse.
Vio la sangre, vio la energía residual que aún vibraba en el aire alrededor del muchacho y entendió que el tiempo de las mentiras se había agotado. El sello estaba hecho pedazos, esparcido por el suelo junto a la vida de Igor.
Beleth dio un paso adelante, dejando atrás la sombra de la habitación. Sabía que ya no había vuelta atrás: si quería que Zaharut sobreviviera a lo que acababa de despertar, tenía que soltar la verdad como quien arroja una antorcha a un pozo oscuro
Zaharut permanecía de pie, inmóvil, con las manos aún manchadas, mientras Beleth lo observaba desde el otro extremo de la habitación. Sus ojos ya no temblaban. No lloraba. Había en ella una firmeza antigua, casi ritual.
—Debes entender por qué acaba de pasar esto —dijo al fin.
Su voz no era suave. Era necesaria.
Zaharut levantó la mirada lentamente.
—No quise…—
—No importa lo que quisiste—. Las palabras cortaron más que cualquier arma.
Beleth avanzó un paso.
—Debes entender por qué pasó lo de Tanian. Por qué los episodios. Por qué la ira. Por qué esa voz.—
El nombre cayó como una piedra en agua quieta.
Zaharut frunció el ce?o.
—?Qué tiene que ver todo eso con… esto?—Beleth respiró hondo, como si durante dieciséis a?os hubiera contenido la misma frase.
—Todo.— El aire pareció volverse más pesado.
—Zaharut… no eres humano.—
La declaración no fue dramática. Fue directa.
—Eres el heredero del Infierno.— El suelo crujió bajo sus botas cuando dio un paso atrás.
—Eres el hijo del Monarca Supremo. Eres el hijo de Lucifer.—
La palabra no resonó como mito. Resonó como sentencia.
El mundo no se derrumbó. No hubo relámpagos ni sombras creciendo en las paredes. Solo esa verdad, suspendida entre ambos, imposible de ignorar.
—Tu poder fue sellado al nacer —continuó Beleth—. Sellado para que pudieras crecer lejos de su influencia. Lejos del trono. Lejos de la guerra.
Miró el cuerpo tendido en el suelo, pero su expresión no cambió.
—Lo de Tanian rompió el sello. El acto… fue la llave.—
Zaharut sintió náuseas.
No orgullo.
No grandeza.
Solo una comprensión terrible.
—?Qué se supone que haga ahora?—
Beleth no dudó.
—Debes ir a Abyssia. Allí se oculta la entrada al Infierno. Pero el portal está fragmentado. Necesitarás reunir las reliquias que lo restaurarán.—
Enumeró cada una como si las hubiera repetido en su mente durante a?os:
—El Ojo del Condenado.
—El Cuerno de Azazel.
—La Llama del Primer Pecado.
Cada nombre parecía despertar algo en la sangre de Zaharut.
—Con ellas abrirás el portal. Y entonces regresarás—.
—?Regresar? —su voz se quebró—. ?A ese lugar?—
—Es tu reino.— La palabra le resultó ajena.
Zaharut levantó la vista hacia ella.
—Ven conmigo.— Fue una súplica apenas disimulada.
—No.— La respuesta fue inmediata.
—La única orden que recibí fue cuidarte hasta que estuvieras listo para volver al Infierno. Eso es todo.—
él la miró como si no la reconociera.
—?Entonces estos dieciséis a?os…? ?No valen nada para ti?—
Hubo un segundo de silencio. Uno solo.
—No —respondió Beleth—. Solo era trabajo.—
Algo se apagó en los ojos de Zaharut.
Antes de que pudiera decir otra palabra, el aire alrededor de Beleth comenzó a vibrar. Un humo espeso, rojo oscuro, surgió desde el suelo y la envolvió. No había fuego. No había ruido. Solo esa neblina densa, como sangre evaporándose.
En un parpadeo, desapareció.
La casa quedó vacía.
Más vacía de lo que había estado jamás.
La madrugada llegó sin ceremonia. Zaharut no durmió.
Se puso la chaqueta roja. Ajustó la espada de Igor en su cinturón. Tomó provisiones, pan seco, carne salada, agua. Enrolló mantas y las ató con cuerda firme.
No miró atrás demasiado tiempo.
Al cruzar el umbral, el aire frío le golpeó el rostro.
No tenía un rumbo exacto.
No tenía un mapa. Solo una dirección vaga: lejos y una intención más peligrosa que cualquier arma. Encontrar respuestas. Encontrar a su padre.
Mientras el primer rayo de sol te?ía de gris los techos de Altevia, el muchacho comenzó a caminar sin saber que ese paso marcaba algo irreversible.
Este es el comienzo de la historia de Sheel Zaharut LuxVaren. El primogénito del orgullo…

