Cáliban sostenía entre las manos los archivos del sujeto D-05258. Eran hojas gruesas, cargadas de datos clínicos. Una imagen de identificación, perfil genético, enfermedades preexistentes, alergias, historial médico completo. Cada línea, cada palabra, cada cifra... todo pertenecía a él. Su identidad fue diseccionada y expuesta como una muestra de laboratorio.
—?Cómo mierda consiguieron mi ADN...? —murmuró, con la voz envenenada por la incredulidad —He sido meticuloso… cuidadoso. No dejé rastro en ninguna parte...
—?Felicidades, jefe! —exclamó Adelina, intentando aliviar la tensión con una sonrisa —?Es padre!
—Jamás pensé que tendrías descendencia tan joven… —a?adió Xander, a medio camino entre la burla y la inquietud.
Cáliban suspiró con pesadez, más hastiado que sorprendido. No era la primera vez que el destino le escupía algo absurdo.
—Burlarse parece ser la única habilidad que nunca les falla. —murmuró, sin energía.
Sin responder más, se acercó a los tubos que brillaban con esa inquietante luz verde. Había ocho cápsulas. Ocho cuerpos diminutos flotaban en el líquido alquímico, con los ojos cerrados, como si durmieran. Cada una era distinta… y sin embargo, reconocibles. Tenían rasgos de Astrid, el rostro de Cecilia, la complexión de Juliana, la piel pálida de Elizabeth. Ocho copias perfectas. Dos de cada una.
Cáliban alzó una mano y la apoyó contra el cristal. Cerró los ojos, concentrándose. Intentó sentir algo, cualquier vibración, una chispa de conciencia… pero no encontró nada.
—No están vivas… —susurró, sin apartar la mirada del interior.
Adelina y Xander intercambiaron una mirada preocupada.
—?Qué quieres decir? —preguntó ella.
—Son solo cuerpos vacíos. —dijo Cáliban con un tono neutro, casi académico —No hay alma, ni conciencia, ni voluntad. Solo carne… carne perfectamente moldeada, pero muerta en su esencia. No iba a ser tan fácil, después de todo.
Xander se le acercó lentamente, con los ojos puestos en los peque?os cuerpos flotantes.
—?Y qué vas a hacer con ellos?
Cáliban no respondió. El silencio se alargó como una sombra espesa. Su mente volaba lejos de ahí. Estaba inmerso en posibilidades, en consecuencias, en futuros potenciales. La visión de ocho cuerpos vacíos no lo afectaba como debería. Para él, si no tenían alma, no eran más que herramientas fallidas.
Pero entonces, algo lo hizo detenerse.
Caminó hasta una de las cápsulas del fondo, una más peque?a, donde flotaba una criatura frágil. Puso las manos sobre el cristal. La luz verde dibujó sombras suaves en su rostro, y por un instante, vio en ella la dulzura de Cecilia. Los mismos ojos cerrados, la misma nariz fina, la misma expresión de paz.
?Era ella… su hija? ?O solo una proyección de sus recuerdos? ?Una ilusión tejida por la culpa? ?Por la nostalgia? No podía decidirlo y eso fue lo que más le perturbó.
Entonces, antes de que una oleada de emociones pudiera apoderarse de su corazón, Cáliban desvió la mirada. Con un leve gesto de su mano, las cápsulas comenzaron a desvanecerse en partículas de luz, absorbiéndose una a una dentro del anillo negro que portaba en su dedo.
—Adelina. —dijo con voz firme, sin mirar atrás —Transporta toda la maquinaria al castillo esta misma noche. No dejes ni un solo tornillo atrás.
Adelina asintió, dando un paso al frente con resolución.
—Sí, se?or. ?Y en cuanto a lo otro…?
—Guíame. —interrumpió Cáliban, sin dejar espacio para más preguntas.
Los tres abandonaron la sala del laboratorio, subiendo en silencio por los dos elevadores ocultos entre los muros metálicos. Mientras ascendían, el ambiente se volvió más denso, más oscuro. Cáliban frunció el ce?o… había algo más ahí.
Una presencia.
Antes de que pudiera reaccionar, Adelina ya había extendido la palma. Un aura azul se encendió en un destello fugaz, atrapando una figura entre las sombras y elevándola varios metros en el aire.
—?Líder! ??Soy yo!!
Los brazos de Elizabeth aleteaban con torpeza mientras flotaba suspendida por la magia de contención. Adelina bajó lentamente a la joven vampira al confirmar que no era una amenaza. Su expresión pasó de ser agresiva a perpleja.
—?Qué haces aquí? —preguntó Cáliban, sin ocultar su sorpresa.
Elizabeth, aún ajustando su ropa con dignidad fingida, respondió con una sonrisa amplia:
—Vas a buscar la Puerta de Oro, ?Verdad? ?Me encantaría ir contigo!
Cáliban la observó por un momento. No había enga?o en sus ojos, sólo una genuina curiosidad chispeante. No encontró razón para rechazarla.
—Bien. Pero no toques nada sin permiso.
—?Entendido!
Caminaron por los largos pasillos de piedra que llevaban hacia la entrada de una cueva sumida en la penumbra. Las antorchas mágicas parpadeaban a su paso, revelando los vestigios de una civilización olvidada. Elizabeth caminaba al lado de Cáliban, sus ojos brillaron con cada inscripción tallada, con cada escombro milenario cubierto de musgo.
—No sabía que te gustaba la historia. —dijo Cáliban, mirándola de reojo.
—?Claro que sí! ?Estas ruinas son como un sue?o hecho realidad! Me encantaría saber de qué están hechos los mecanismos ocultos… ?Y esos símbolos! ?Estoy casi segura de que son anteriores a la Era de los Conflictos! ?Te imaginas qué clase de civilización vivió aquí? ?Me muero por saberlo!
Su entusiasmo era contagioso. Por un instante, el aire pesado del pasado se aligeró con su pasión.
—?Ese es tu sue?o? —preguntó Cáliban, con tono más suave —?Vivir entre ruinas… escudri?ando el pasado?
—Siempre he querido ser historiadora… —confesó Elizabeth, con una voz suave, casi nostálgica —Mi madre tenía un estudio lleno de artefactos y reliquias antiguas. Pasábamos horas juntas, clasificando fragmentos, intentando reconstruir la historia perdida de nuestros ancestros. Para mí, todo aquello era importante…
Cáliban la observó de reojo. En sus ojos carmesí, usualmente llenos de energía o travesura, brillaba una tristeza callada. él sabía que su sue?o no era uno fácil. Ser historiadora implicaba recorrer templos, hablar con expertos, viajar a ciudades antiguas y hacer contacto con otros sabios. Pero Elizabeth, siendo una vampira, estaba marcada por su raza. No todo el mundo estaba dispuesto a abrirle las puertas.
—Por cierto, líder… —dijo de pronto, con una chispa de entusiasmo —Vi que salieron de un elevador escondido… ?Encontraron algo interesante? ?Alguna estatua o una reliquia perdida?
Detrás de ellos, Adelina y Xander no pudieron contener una risa ahogada. El intento de seriedad les duró poco, hasta que Cáliban se giró con una mirada gélida que bastó para congelar cualquier burla. Ambos enderezaron la postura de inmediato. Luego, él se aclaró la garganta con cierta molestia.
—No había nada interesante. —respondió con sequedad —Solo documentos antiguos y experimentos llevados a cabo con métodos que prefiero no mencionar. Nada que te preocupe.
Elizabeth frunció el ce?o, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Qué aterrador… No sé cómo puedes ver cosas así sin sentirte… afectado.
—Después de todo lo que he visto, Elizabeth… esas cosas ya no me impresionan. El horror se vuelve rutina con el tiempo.
Ella se quedó callada, mordiéndose el labio. Su curiosidad no se apagaba, pero ahora estaba te?ida de melancolía. Desde el funeral de Cecilia habían pasado siete días. Su padre y Luna se hospedaban temporalmente en la mansión Hilloy, donde todos lidiaban con el duelo a su manera. Pero Cáliban… él no había mostrado una sola lágrima. Ni un lamento. Ni siquiera una mueca de dolor.
—Líder… —murmuró con cautela —Sobre lo de Cecilia…
La respuesta fue inmediata, cortante como una daga.
—Eso puede esperar.
Su voz fue tan firme y fría que el aire pareció detenerse un segundo. Elizabeth se encogió un poco, sin atreverse a continuar.
—Tenemos cosas más urgentes que hacer ahora mismo. —a?adió Cáliban, sin mirarla.
No necesitaba decir más. Elizabeth lo entendía. No por ello dolía menos. Sabía que él quería a Cecilia… que su muerte lo había destrozado por dentro. Todavía podía ver el recuerdo de sus heridas, abiertas y sangrantes, cuando lo escoltaron en aquella ceremonia maldita. él había sobrevivido… pero no sin pagar un precio.
Después de unos pasos en silencio, Elizabeth se atrevió a romperlo con suavidad.
—?Cómo están tus heridas?
—Ya estoy mejor. —respondió Cáliban, sin detenerse.
Ella asintió lentamente. No insistió. Sabía que, aunque no lo dijera, él también estaba de luto. Lo llevaba a su manera. Silencioso, endurecido, con la espalda recta y la mirada al frente.
Elizabeth no supo qué más decir. Las palabras se le atascaron en la garganta, y el silencio se apoderó del grupo mientras avanzaban por el pasillo en penumbras. Solo el eco de sus pasos rompía la quietud, como si el propio templo respirara entre susurros.
Finalmente, llegaron ante la imponente puerta dorada. Se alzaba como un coloso olvidado por el tiempo, cubierta de símbolos antiguos y relieves de colores vibrantes que brillaban a pesar del polvo acumulado por siglos. Un mural monumental se extendía por las paredes adyacentes, representando escenas que desafiaban toda lógica. Constelaciones deformadas, bestias ciclópeas, ciudades suspendidas en el vacío.
Cáliban se acercó, analizando cada trazo, cada detalle con una mirada calculadora. Sus dedos recorrieron las líneas talladas, tratando de desentra?ar la historia oculta.
—?Reconoces esa lengua? —preguntó Xander, fascinado.
—No… —Cáliban negó con la cabeza lentamente.
Entonces su mirada se fijó en el centro de la puerta. Allí, emergiendo como una joya tallada por manos divinas, estaba la estatua de una serpiente de oro pulido, enorme, perfecta, que se devoraba a sí misma formando un círculo.
—Uróboros… —susurró, casi con reverencia.
—?Uróboros? —repitió Elizabeth, ladeando la cabeza con curiosidad —?Qué es eso?
—No importa… —respondió él, con un gesto evasivo —Es solo historia antigua. No quiero aburrirte…
Pero antes de que pudiera girarse, Elizabeth le tomó ambas manos entre las suyas. Sus ojos rasgados y brillantes lo miraban con una súplica tan genuina que incluso el estoico Cáliban se sintió vulnerable ante su intensidad.
—?Por favor! —dijo con una voz suave, cargada de emoción —?Quiero saberlo! De verdad.
Adelina los observó desde atrás con una sonrisa discreta. Por un instante, se parecían a una pareja reencontrada tras un largo exilio, y en los ojos de Elizabeth había más que simple interés académico. Cáliban lo notó… y, con gentileza, apartó sus manos de las suyas. Luego, con la voz más serena, comenzó a explicar:
—Hace eones existió una raza de entidades primordiales. No se les llamaba por nombres comunes, pero mi maestro los conocía como los Apeps. Eran criaturas colosales… serpientes cósmicas que navegaban el universo como si fuera un océano. Solo vivían sus vidas comiendo. Mundos, soles, civilizaciones enteras… incluso dimensiones completas. Todo lo devoraban.
Se acercó más a la serpiente dorada del mural, observando cómo su cola se fundía con sus fauces en un ciclo eterno.
—Este símbolo, el Uróboros, representa la eternidad… el ciclo sin fin de muerte y renacimiento. Así lo vemos ahora. Pero en los planos superiores… su significado cambia. Representa también el equilibrio de la destrucción perfecta.
Xander, Adelina y Elizabeth estaban en completo silencio, atentos. Los ojos de los tres se fijaban en la figura. Las fauces abiertas de la serpiente eran casi hipnóticas.
—Durante milenios, los Apeps devoraban sin fin. Pero… —Cáliban hizo una pausa, el tono de su voz se tornó más oscuro —Hubo uno diferente. Tal vez por intervención divina, o quizá por el más extra?o azar. Este Apep descubrió un sabor nuevo, algo más delicioso que cualquier galaxia, más exquisito que la carne de los dioses…
Se giró hacia ellos, con la expresión sombría.
—?Qué sabor era? —preguntó Elizabeth, conteniendo el aliento, con los ojos muy abiertos.
—El suyo propio… —respondió Cáliban, con una voz tan grave y baja que sus palabras parecieron fundirse con las paredes del templo. El eco resonó por la cueva como un murmullo ancestral. Las aguas subterráneas cercanas vibraron ligeramente, como si el peso de esa revelación hubiese tocado algo más allá de lo visible.
—Uno de los Apeps… se hacía llamar Apofis. —continuó —Fue el primero en sentir el sabor de su propia especie. Y lo encontró sublime. Tan sublime que se convirtió en su obsesión. Convenció a otros Apeps de hacer lo mismo, de probar la carne de su raza. Lo que siguió fue una era de caos absoluto… colisiones de mundos, dimensiones consumidas, guerras colosales entre seres inmensurables. Se devoraban entre sí como bestias enloquecidas, impulsados por un hambre que no conocía saciedad ni lógica. Y al final… —Cáliban hizo una pausa, su mirada se ensombreció —todos cayeron ante las huestes de Apofis.
Elizabeth tragó saliva, clavada en cada palabra. Adelina apretó su mano rúnica con fuerza, y hasta Xander parecía más pálido.
—Pero Apofis… no tenía intención de compartir el trono. Cuando sus seguidores creyeron haber triunfado, él les mostró su verdadera naturaleza. Uno por uno, los devoró. Sin piedad, sin descanso. La carnicería duró siglos… hasta que, al final, solo quedó él. Solo Apofis, el Devorador de Devoradores.
Adelina dio un paso atrás, un temblor le recorrió las manos.
—?Y qué… qué pasó con esa bestia?
—Murió. —respondió Cáliban, mirándola con firmeza —Hace mucho tiempo. No tienes porqué preocuparte… no queda nada de él.
—El solo hecho de saber que existió… —murmuró Xander —me pone la piel de gallina.
—La guerra de los Apeps fue tan devastadora que su recuerdo fue enterrado en las profundidades del tiempo. Este símbolo… —se?aló el Uróboros —no siempre significó equilibrio o eternidad. En los planos superiores, fue el emblema del hambre sin fin… del ciclo eterno de destrucción.
Los tres lo escuchaban en silencio, atrapados entre el horror y la fascinación.
—?Cómo sabes todo esto? —preguntó Elizabeth, todavía conmocionada.
—Eso no importa. —respondió Cáliban con sequedad, volviendo su atención a la puerta.
Se acercó a la figura de la serpiente y estudió el candado oculto en su núcleo. El mecanismo era singular, sin líneas visibles, sin cerradura aparente. Parecía sellado por un arte que desafiaba cualquier ingeniería moderna o mágica. Sus dedos recorrieron la superficie con cuidado, hasta que notó algo inusual.
Jeroglíficos.
Peque?os, casi imperceptibles, incrustados entre las escamas doradas de la serpiente. No formaban un patrón claro, pero estaban ahí… y él los reconocía.
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—Esto lo conozco… —susurró —Es egipcio antiguo.
Sus ojos, dotados por su mirada celestial, comenzaron a conectar los símbolos ocultos. Lo que para otros sería un conjunto de grabados sin sentido, para él formaba un mensaje oculto. Empezó a leer en voz baja, interpretando cada línea no sólo con conocimiento, sino con intuición.
Y entonces, a su lado, surgió un resplandor etéreo.
El grimorio. Flotó suavemente, desplegando sus páginas por voluntad propia, reaccionando a la lectura de Cáliban. Símbolos similares brillaban en sus hojas, alineándose con los que había sobre la puerta.
Xander, Adelina y Elizabeth contemplaron con asombro el resplandor carmesí que emanaba del libro flotante. Un aura de energía primordial brotaba de sus páginas, impregnando con su poder místico el colosal candado que lo sellaba.
—??Qué está ocurriendo?! —exclamó Adelina, desplegando sus alas con fuerza para cubrirse del fulgor enceguecedor.
Elizabeth, en cambio, parecía ajena al caos. Sus ojos reflejaban una calma hipnótica. Aquella energía no la repelía, la envolvía como un susurro cálido al oído, como el roce invisible de una caricia antigua. Avanzó sin darse cuenta, guiada por un impulso más fuerte que la razón, estirando la mano hacia el libro... hasta que Cáliban lo cerró de golpe con un chasquido que quebró el momento.
El sonido retumbó como un trueno contenido. La mirada de Cáliban se desvió hacia la serpiente de oro que rodeaba el candado. De pronto, la criatura comenzó a retorcerse con furia, mordiéndose la cola con una rabia ritual. Sus fauces devoraban escama tras escama, haciéndose cada vez más peque?a, comprimida por una voluntad ancestral. Y entonces, cuando parecía que su cuerpo no podía encogerse más, la serpiente explotó en mil fragmentos.
Trozos de oro macizo volaron por el aire, golpeando el agua, las paredes húmedas y las estalactitas que pendían del techo. Un silencio tenso se apoderó del lugar… hasta que las puertas se abrieron en par con un estruendo gutural, como si la monta?a misma respirara.
—??Qué fue eso?! —preguntó Adelina, agitando sus alas con fuerza para disipar el polvo suspendido en el aire.
—No lo sé… —murmuró Cáliban, con la mirada fija en el grimorio, que había vuelto a su estado inerte, como si nada hubiese ocurrido.
?Maestro… ?Qué tanto nos ocultaste?? —pensó mientras acariciaba la tapa del libro, aún caliente.
Entonces, una voz resonó en su mente. Era Xander, comunicándose telepáticamente, su tono se ti?ó de preocupación:
??Es normal que eso pase...??
?No… yo tampoco sé qué está pasando.? —respondió Cáliban, mientras avanzaba hacia el umbral abierto.
Franqueó las puertas con cautela, sus sentidos estaban en tensión, preparado para enfrentar a cualquier criatura que aguardara en la oscuridad. Pero al otro lado no había monstruos ni trampas, solo un pedestal solitario, ba?ado por una luz tenue.
Encima, reposaba una perla de jade que pulsaba suavemente, como si respirara.
Elizabeth entró detrás de él, aferrándose a su brazo con una suavidad involuntaria. Cáliban no dijo nada; podía sentir su miedo, agazapado como una sombra tras sus ojos. Adelina, sin embargo, parecía fascinada. Sus alas vibraban con emoción.
—Oh… míralos… —susurró con picardía a Lord Xander, con los ojos fijos en Cáliban y Elizabeth.
—Cáliban te va a cortar las alas otra vez si sigues así. —respondió Xander con una sonrisa ladeada, sin dejar de avanzar.
Ambos siguieron a los demás por la penumbra de la caverna. El eco de sus pasos resonaba entre las estalactitas como si algo los escuchara desde la oscuridad. Entonces, algo llamó su atención.
En el centro de la sala, postrada ante el pedestal que sostenía la esfera brillante, se hallaba una figura cubierta de vendajes. Su cuerpo, perfectamente conservado, parecía estar en una eterna postura de oración.
Elizabeth se detuvo frente a ella, fascinada.
—Una momia auténtica… preservada con una precisión exquisita… qué intrigante…
Cáliban, sin prestarle demasiada atención, se acercó al pedestal. El resplandor de la esfera iluminaba su rostro con un matiz verdoso y fantasmal.
—Un núcleo espiritual… ?Pero de qué criatura proviene?
Nadie respondió. No hubo palabras, pero sí movimiento. El grimorio surgió nuevamente, como si hubiera despertado de un sue?o profundo. Flotó con violencia, devoró el núcleo con una succión oscura y cerró sus páginas con un crujido seco. El silencio volvió, denso y absoluto.
—Muy bien… ya estás empezando a hartarme, maldito libro de mierda… —murmuró Cáliban, entre dientes.
Mientras tanto, Elizabeth no pudo resistir la tentación. Su curiosidad infantil la impulsó a acercarse a la momia. Quería saber cómo se sentía al tacto. Estiró una u?a larga y afilada, y rozó la piel reseca. En ese instante, el cuerpo se deshizo en una nube de polvo, colapsando sobre sí mismo.
—?Oh no! ?Lo siento, no era mi intención!
Entonces, las vendas se alzaron con vida propia. Jeroglíficos antiguos comenzaron a brillar, encendiéndose en espiral alrededor de las tiras de lino que se dirigieron velozmente al brazo de Elizabeth. Se enrollaron como serpientes, marcándola.
—Oh… interesante… —murmuró ella, sin un rastro de miedo.
Cáliban se acercó de inmediato, examinando las vendas que ahora abrazaban su mu?eca. Le tomó la mano con firmeza.
—?Podrías al menos fingir que estás asustada? Algo acaba de moverse hacia tu brazo y actúas como si nada.
—Oh, claro que me importa… pero también es tan fascinante…
—?Estás bien?
—No me duele, así que creo que sí… —respondió Elizabeth, aún observando su mu?eca. Luego, entrecerró los ojos y miró hacia el polvo que había dejado la momia —Mira… creo que hay algo ahí…
Cáliban se inclinó sobre la monta?a de cenizas. En medio del polvo, apenas visible, yacía un libro antiguo, encuadernado en placas de piedra tallada. Lo tomó con cuidado y, al pasar sus dedos por las ásperas páginas, notó que estaban cubiertas de un lenguaje que reconoció de inmediato.
—?La lengua de la Duat…? —murmuró, intrigado por los símbolos que parecían moverse con una lógica propia.
—?Jefe? ?Encontró algo? —preguntó Adelina desde el otro lado de la sala, mientras examinaba los dibujos arcaicos que decoraban las paredes.
—Creo que sí… —respondió Cáliban sin apartar la vista del libro.
En ese momento, un estruendo ensordecedor sacudió el lugar. Las paredes comenzaron a vibrar y el suelo crujió bajo sus pies. El techo lanzó un rugido sordo, y fragmentos de piedra comenzaron a caer como lluvia mortal.
—?Mierda! ?Tenemos que salir de aquí! —gritó Xander.
Sin perder tiempo, Cáliban guardó el libro en su anillo arcano. Tomó a Elizabeth en brazos con rapidez y corrió hacia la salida. Adelina y Xander lo siguieron de inmediato, esquivando piedras que caían como martillos desde las alturas. La tierra se partía bajo sus pies, pero lograron salir justo antes de que la entrada colapsara por completo.
La sección entera de la cueva se vino abajo, tragando aquel fragmento del antiguo laboratorio en su propio sepulcro de roca. Por suerte, la caída no se extendió al resto de las ruinas.
Cáliban dejó a Elizabeth con suavidad sobre el suelo.
—?Estás bien?
—Sí… por fortuna, todo quedó en un susto. —respondió ella, aún mirando la entrada sepultada.
Cáliban observó el lugar con seriedad. No quedaba nada que rescatar.
—?Había algo más? —preguntó, volviéndose hacia Adelina y Xander.
—No, jefe… eso era todo. Durante los días que estuviste dormido, exploramos cada rincón. Todo lo que valía la pena está ya en el castillo. —respondió Adelina con convicción.
Xander se acercó, sacudiéndose el polvo del abrigo.
—?Debería entregar este sitio al Director?
—No… espera una semana más. Todavía hay asuntos pendientes aquí… Por ahora, vayamos al Emporio Negro. Ya hemos terminado por hoy.
El grupo abordó un carruaje que los llevaría directamente al Emporio Negro. Mientras tanto, en la entrada al Distrito Rojo, una figura recorría con paso decidido las calles, evaluando la creciente contaminación de energía corrupta que impregnaba la zona.
Loana se detuvo frente a un campo de fuerza debilitado que chispeaba intermitentemente sobre el pavimento agrietado.
—?Ha habido algún avance…? —preguntó seriamente.
Uno de los magos, agachado frente a un dispositivo arcano técnico que intentaba analizar una muestra del campo, se volvió hacia ella con el rostro frustrado.
—Se?ora Loana… no, lamentablemente no hemos podido extraer ni una sola muestra. Todo lo que usamos para interactuar con esta energía es rechazado de inmediato. Me temo que… me he quedado sin ideas.
—Está bien. No se rindan. Sigan intentando. Necesitamos analizar esta energía cuanto antes… —respondió ella, sin apartar la vista del campo de fuerza que parpadeaba como una herida mágica.
Mientras meditaba una solución, un carruaje cruzó lentamente la calle. Loana levantó la vista, apenas por curiosidad… hasta que sus ojos se fijaron en una figura familiar al otro lado de la ventana.
Era Cáliban. Estaba despierto. Sostenía la mano de Elizabeth, inspeccionando con detalle las vendas que aún envolvían su mu?eca.
??Cáliban ya se ha despertado…? ?Debo informarle a la Maestra de inmediato!?
—?Tengo que volver al Centro de Investigación! ?Continúen trabajando!
Se giró sobre sus talones y corrió hacia el carruaje más cercano, pero cada paso era una tortura.
—?Maldito sea el momento en que decidí ponerme estas malditas zapatillas!
Los guardias la observaron con expresiones difíciles de interpretar mientras la veían tropezar torpemente al subir.
Poco después, el grupo de Cáliban llegó al Emporio Negro.
—?Estás segura de que no sientes nada? ?Ni el más leve malestar o un dolor punzante? —preguntó Cáliban, con el ce?o fruncido.
—No… —respondió Elizabeth, girando su mu?eca con curiosidad —No siento nada en absoluto…
El sonido de los martillazos incesantes y el rugido colérico de Bardrim retumbaban con tal fuerza que resonaban por todo el pasillo, como si cada golpe estuviera cargado de frustración acumulada.
—?Bien! ?Por fin lo terminé! ?Esta vez no tendrá excusa esa vieja bruja! —bramó el herrero, jadeando con el rostro empapado en sudor y hollín.
Con manos firmes pero temblorosas por el esfuerzo, levantó un par de pendientes cristalinos, tallados con una precisión sobrenatural. La luz que los atravesaba se tornaba azulada, y un aura gélida emanaba de ellos, densa, casi tangible, como un susurro helado.
—?Estás seguro? —preguntó una voz calmada desde la entrada.
Bardrim se giró con un bufido, sus ojos brillando como carbones encendidos. En el umbral, Cáliban observaba los pendientes con un interés sereno, sus ojos evaluaban cada runa, cada corte, como si descifrara un conjuro oculto.
—Esta vez te superaste, viejo… —comentó Adelina con una sonrisa, entrando tras él. Su mirada fascinada no se despegaba de las joyas —Son simplemente… preciosos.
—Me costará creer que la Reina de Kindratt no quede complacida con semejante obra. —a?adió Xander, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.
—?Dónde están los demás? —preguntó Cáliban sin apartar la vista de los pendientes.
Bardrim los colocó con sumo cuidado sobre un pa?o de terciopelo, como si fueran reliquias sagradas, y respondió con voz grave:
—Regresaron a la casa. Surgieron algunos problemas…
La respuesta real vino de otra voz. Desde el fondo del taller, Dimerian apareció cargando unas cajas repletas de minerales y herramientas rúnicas.
—Han ido a ocuparse de unos asuntos urgentes. —aclaró, dejando las cajas sobre una mesa reforzada. Ahora, como aprendiz oficial del mejor herrero del continente, Bardrim le había concedido un rincón en su taller privado.
Cáliban caminó hacia un peque?o yunque junto a una vieja mesa de roble. Encima, reconoció las partes cuidadosamente desensambladas de un bastón mágico. Su mirada se endureció.
—Esto es…
—El bastón de Cecilia. —asintió Dimerian, bajando la mirada —Durante los días que no estuviste, lo tomé. Intenté repararlo… de hecho, lo he forjado varias veces. Pero no importa cuánto lo repare, no me siento satisfecho. Así que lo desarmo… y lo vuelvo a forjar. Una y otra vez…
Guardó silencio. Sus manos se aferraron al borde de la mesa. Las palabras se le atascaban en la garganta, su pena era demasiado reciente, demasiado profunda.
—Lo siento, líder… Sé que no debería tocarlo sin permiso, pero… no podía dejarlo así.
Cáliban apoyó una mano sobre el hombro del joven herrero.
—Está bien… —dijo con voz baja y firme —A veces, rehacer algo roto es la única manera que tenemos de no rompernos nosotros también.
Cáliban sostuvo el bastón roto sobre su palma, observando cada grieta, cada fragmento tallado con meticulosidad. Por un instante, su mirada se nubló. La imagen de Cecilia atravesada por aquella espada maldita se filtró en su mente como una sombra persistente. El eco de sus gritos, el destello final en sus ojos… aún lo perseguían.
—Estoy seguro de que… ella estaría agradecida. —dijo al fin, con un tono grave y templado —Has hecho un buen trabajo, Dimerian. Sigue así.
Sus palabras cayeron como un bálsamo sobre el joven herrero, quien solo pudo asentir en silencio, conteniendo la emoción.
Cáliban depositó los fragmentos del bastón sobre la mesa con una delicadeza reverente. No era un objeto frágil, ni siquiera elegante, pero sus dedos se negaban a soltarlo de golpe. Como si aún contuviera algo de la esencia de su antigua due?a.
Finalmente, se apartó, y su mirada se posó sobre el viejo maestro.
—Muy bien, maestro herrero… muéstrame los pendientes.
Bardrim, aún sudoroso por la forja reciente, tomó con cuidado los pendientes cristalinos y los levantó a la altura de los ojos de Cáliban. El resplandor gélido que emitían parecía robar el calor del aire a su alrededor.
—Hmm… —musitó Cáliban, examinándolos con atención.
—?Crees que cumplen con lo que pidió la bruja? —preguntó Bardrim, cruzado de brazos, aunque en su voz se colaba una pizca de duda.
—Creo que sí… pero aún pueden mejorarse. Hay detalles que pueden potenciar el flujo mágico. ?Dónde están tus notas?
Bardrim resopló con resignación, pero asintió. Lo condujo hasta su mesa personal, un campo de batalla de planos arrugados, herramientas dispersas y manchas de tinta seca. Empujó todo a un lado con manos callosas, como si removiera escombros tras un terremoto.
—Aquí. Haz espacio si necesitas.
—Dame pluma y tinta. —pidió Cáliban sin perder tiempo.
—Ten.
Adelina, flotando a unos metros del techo con las alas desplegadas, observaba fascinada. Conocía a Bardrim desde hacía tiempo, y nunca lo había visto permitir que alguien tocara sus planos. Mucho menos reorganizarlos.
Cáliban, como si percibiera su mirada, alzó la vista hacia ella.
—Por cierto, ve pensando en tu pierna. Una aleación de acero encantado debería ser suficiente.
Adelina aleteó con entusiasmo, respondiendo con una sonrisa traviesa.
—Eh… ?No puedes hacer una de piedra rúnica? ?Sería imparable!
Bardrim, que en ese momento sacaba unas herramientas para ajustar los planos, se detuvo en seco. Levantó la mano con una expresión entre amargada y exasperada.
—?De piedra rúnica? ?Tienes idea del peso que eso tendría? No estamos construyendo una estatua de guerra, ni?a. ?Quieres caminar, no romper el suelo donde pises!
—?Por eso mismo sería increíble! —replicó ella, riendo.
—Increíblemente estúpido… —masculló Bardrim, aunque una leve sonrisa asomaba bajo su barba tupida.
Dimerian no pudo evitar soltar una risa por lo bajo, mientras Cáliban volvía a concentrarse en los planos, anotando con precisión las runas, los circuitos arcanos y los puntos de refuerzo que mejorarían los pendientes.
—En ese caso, puedo forjarlo para ti. Por supuesto… serán tres millones de Oloruns —anunció Bardrim, como si estuviera diciendo el precio de una barra de pan.
—??Tres millones?! —gritó Adelina, llevándose la mano al pecho como si le hubieran disparado.
—No sé por qué te sorprendes… eso fue lo que costó tu estúpido brazo. —gru?ó Bardrim, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa bajo su barba.
Adelina abrió la boca, pero ningún sonido salió. Parecía tambalearse en el aire, como si la cifra acabara de romperle un ala.
—Una pierna de acero, por favor. Sin lujos. —murmuró al fin, rindiéndose a la realidad.
—Agh… siéntate en la mesa. Tengo que tomar medidas antes de que me dé un infarto con tus quejas. —rezongó Bardrim, se?alando un banco de trabajo despejado.
Mientras el herrero ajustaba herramientas y medidores, Cáliban continuaba escribiendo con precisión sobre los planos. Runas de poder, circuitos mágicos y modificaciones alquímicas se dibujaban bajo su pluma como si los conociera desde siempre.
Dimerian se acercó en silencio, observándolo con respeto, aunque su rostro mostraba cierta inquietud.
—?Por qué no estás en la casa? —preguntó Cáliban sin levantar la vista.
Dimerian dudó. Buscó las palabras, tragó saliva y finalmente respondió.
—Desde que te ausentaste, la situación en la casa ha… empeorado.
Cáliban alzó una ceja, interesado de inmediato.
—Cuéntame.
Dimerian se tomó su tiempo. Sus palabras se hilaban con cautela mientras relataba los conflictos internos, los abusos de poder y la falta de estructura desde la caída de la figura de autoridad.
Mientras hablaban, lejos de allí, en la Casa de los Especiales, la escena era otra.
En el salón principal, una figura de pelaje negro se recostaba con flojera sobre el sillón central. Kylios reía con fuerza, sosteniendo una copa entre los dedos, mientras charlaba con Gremeldia y Cresselia, las altivas hermanas mayores de Similia.
—Ah… esto sí es vida. Realmente fue una buena idea venir aquí… ?Verdad, Argos?
Kylios giró la cabeza, mostrando sus colmillos en una sonrisa feroz. Argos, postrado en el suelo como un simple banco para pies, soportaba el peso de las piernas de su hermano mayor con una expresión neutra, aunque sus músculos temblaban.
—Sí… ha sido una bendición tenerte aquí, hermano mayor… —respondió con una sonrisa tensa, sostenida solo por fuerza de voluntad.
Gremeldia y Cresselia luchaban por contener la risa. Ver a Argos en esa posición era un espectáculo demasiado delicioso para ocultar la diversión.
—Ah… se me acabó el té. —dijo Gremeldia con descaro absoluto —?Similia, sírveme más!
Similia se acercó sin decir palabra. Aunque las hermanas podían haberse servido por sí mismas, preferían verla moverse con lentitud, cargando la tetera como una doncella de porcelana.
La joven elfo sirvió las tazas con delicadeza. No se quejó. No hizo ningún gesto. Pero llevaba horas de pie, sin descansar. De no ser por su magia, sus pies habrían colapsado hacía rato dentro de los zapatos que las gemelas la obligaban a usar. Duros, apretados, elegidos especialmente para hacerla sufrir con elegancia.
Continuó allí, firme, muda, invisible… y con cada sorbo de té que servía, el veneno de su obediencia crecía más profundo.
Entonces, una voz cortante y helada rasgó el aire como una daga.
—Dejen de hacer un escándalo por todo.
La risa se detuvo de inmediato. Kylios y las gemelas giraron la cabeza al unísono, clavando sus ojos en la joven que hablaba. Sentada con un porte impecable en uno de los sillones laterales, Aurelia los observaba con un desdén glacial.
—Ah… Aurelia. —dijo Kylios, ladeando la cabeza con una sonrisa fingidamente inocente —?No puedes tomarte las cosas con más calma? ?Disfruta estas vacaciones!
—Yo no vine aquí de vacaciones. —respondió ella, sin alzar la voz, pero con una firmeza que pesaba más que el acero —Vine a cumplir con la tarea que mi madre me encomendó… y la cumpliré a la perfección. A diferencia de algunos, yo no tengo intención de fracasar.
Su mirada, aguda como una lanza de hielo, se desvió hacia la izquierda. Incluso los guardias apostados detrás de ella se tensaron, sintiendo la presión gélida que emanaba de su presencia.
Junto a la pared, inmóvil como una estatua, se encontraba Catherine. Su postura era recta, pero su cuerpo temblaba ligeramente. Sus ojos estaban enrojecidos por lágrimas contenidas y los brazos temblaban, llenos de heridas mal curadas. Fragmentos de escarcha negra se adherían a su uniforme, como una maldición que se extendía lentamente por su ropa.
Aurelia no la miraba con piedad. Solo con juicio.
—No hay lugar para el fracaso en la sangre real. —dijo finalmente, como si dictara una sentencia.
El silencio que siguió fue sepulcral. Las gemelas bajaron la mirada, y Kylios, aunque mantenía su sonrisa, ya no reía. Argos, aún en el suelo, tragó saliva con dificultad. Similia, de pie con la tetera en mano, desvió la vista hacia Catherine, pero no se atrevió a moverse.
Catherine permaneció en silencio, las lágrimas estaban al borde, pero sin caer. No tenía permitido llorar. No frente a Aurelia. Porque el dolor era parte del enfermizo entrenamiento de la sangre real y fallar… no era una opción.

