home

search

Capítulo 110: Motivos para seguir luchando

  Lucan bajó la mirada, dejando escapar un leve suspiro.

  —Ya veo… en ese caso, ?Aceptarías compartir una bebida con este hermano antes de partir?

  Avalon parpadeó, sorprendido por la repentina petición, pero su expresión se iluminó con una leve sonrisa.

  —Sería un honor.

  Con un simple movimiento de sus dedos, Lucan conjuró una elegante jarra de vino. El líquido en su interior brillaba con una tenue luz verde, reflejando el fulgor de las estrellas que danzaban en el firmamento.

  Ambos se sentaron a la orilla del lago, contemplando el vasto mar de astros reflejados en el agua cristalina.

  Avalon tomó una copa, sosteniéndola con delicadeza entre sus manos. El líquido resplandecía como un peque?o pozo de jade. Giró la copa lentamente, fascinado por la forma en que la luz se refractaba en su interior.

  Pero no bebió.

  Algo dentro de él le decía que una bebida tan majestuosa no debía ser desperdiciada en un cuerpo tan frágil y efímero como el suyo. El silencio se prolongó entre ellos. Entonces, sin apartar la mirada de su copa, Lucan habló.

  —Dime… ?Cómo es tu mundo?

  Avalon se sobresaltó por la pregunta. Parpadeó, con la mente inundada de dudas. ?Por qué preguntaba eso ahora? ?Qué pretendía? Aun así, respondió con honestidad.

  —Es solo un planeta más, lleno de personas como yo… tan iguales y a la vez tan diferentes, cada uno a su propia manera.

  Lucan soltó una risa amarga antes de dar otro sorbo a su copa.

  —Mi hogar fue destruido… —Su voz sonó pesada. Avalon sintió que el aire se volvía denso de repente —Soy el último que queda de una raza ancestral…

  El viejo guerrero lo miró con desconcierto. ?Por qué le estaba contando esto? Lucan nunca había mostrado una inclinación a compartir nada personal. ?Por qué ahora?

  —Mi abuelo y mi bisabuelo se unieron al bando de los Primigenios… —Hizo girar el vino en su copa —Vendieron nuestro hogar a cambio de promesas de poder vacías.

  Su tono no tenía rencor, ni odio. Solo un vacío insondable. Avalon guardó silencio, sin saber qué decir. Pero entonces, Lucan desvió la mirada hacia él.

  —El maestro me contó tu historia. —La copa en sus manos tembló ligeramente —Te pido perdón. —Avalon lo miró con sorpresa —A pesar de todo lo que he aprendido, hay momentos en los que olvido las ense?anzas del maestro…

  El silencio que siguió fue pesado. Avalon sonrió. No podía culparlo por intentar abrirle los ojos.

  —No dijiste nada que no fuera verdad… no hay nada que perdonar.

  Dirigió la mirada nuevamente a su copa. Su resplandor seguía siendo fascinante. Pero algo en su intuición le decía que no era un simple vino.

  —?Qué es esta bebida?

  Lucan bebió otro sorbo, con la indiferencia de quien habla de lo mundano.

  —Ambrosía.

  Avalon parpadeó.

  —?Ambrosía…?

  —Una bebida que confiere la inmortalidad a quien la bebe.

  El tiempo pareció detenerse. La copa en manos de Avalon tembló. Su respiración se aceleró. Estaba a punto de beber algo tan sagrado… tan trascendental… rápidamente, bajó la copa y la apartó con ambas manos.

  Avalon bajó la mirada hacia la copa en sus manos. El líquido resplandeciente aún danzaba en su interior, como si aguardara ser bebido.

  —Lo siento… no puedo aceptarlo.

  Lucan lo observó en silencio, luego suspiró y dejó su propia copa a un lado.

  —Puedes beberlo, es un regalo… una nueva oportunidad. Con esto, podrías-

  —Lo sé.

  Avalon lo interrumpió con voz firme. Lucan guardó silencio.

  —Pero no es la oportunidad que busco. —continuó Avalon —No quiero alcanzar la divinidad con atajos. Tengo que dar lo mejor de mí, tal como el maestro me lo pidió, y pienso honrar esa promesa. Si fallo, al menos podré mirar el fracaso de frente…

  Lucan lo contempló con asombro. Había conocido incontables seres que so?aban con obtener la ense?anza de su maestro. Había visto deidades pelear a muerte por un solo sorbo de Ambrosía.

  Y, sin embargo, aquí estaba Avalon… rechazándolo rotundamente. ?Por qué? ?Por qué alguien que había vivido con tanta dificultad se negaba a tomar el camino fácil?

  Lucan apretó la mandíbula.

  —Entiendo… pero dime, ?Por qué luchar así? ?Por qué desafiar lo que el mismo cosmos ha decretado? Si no lo bebes… no podrás hacer nada.

  Avalon, en lugar de responder de inmediato, simplemente sonrió. Era una sonrisa serena. Una sonrisa llena de convicción.

  —Lo sé… y eso es perfecto.

  Lucan frunció el ce?o.

  —?Perfecto?

  Avalon se levantó y sostuvo su espada con ambas manos.

  —Después de todo, ?Cómo sabrás que ha valido la pena si nunca tropezaste en el camino? ?Cómo podrías deleitarte con el resultado de tu esfuerzo si nunca caíste y te volviste a levantar?

  El viento sopló suavemente, haciendo ondear su cabello plateado. Lucan sintió un escalofrío. Por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras. Observó a Avalon alzar su espada una vez más, con sus manos llenas de cicatrices, con su cuerpo anciano temblando por la fatiga…

  Y aun así, con una determinación más fuerte que la de cualquier dios.

  Lucan sintió vergüenza de sí mismo.

  él, con su talento divino, jamás había tenido que esforzarse realmente. ?De qué servía aprender una técnica en un día si tardaba siglos en comprender la más simple de las lecciones?

  De repente, rió. Una carcajada profunda, liberadora, que resonó en el cosmos. Un mortal le había recordado lo que significaba la voluntad de equivocarse y seguir adelante.

  —Seguir luchando contra lo imposible… aun si no sirve de nada… aun si te cuesta la vida…

  Lucan cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo una parte de él cambiaba para siempre. Entonces, se colocó junto a Avalon y, sin decir más, alzó su mano y corrigió la postura de su hermano menor.

  —Si vas a seguir con esto, al menos hazlo bien.

  Avalon sonrió. Y así, día tras día, Lucan lo ayudó, brindándole consejos, ense?ándole cada detalle de las técnicas de su maestro.

  Avalon nunca se rindió.

  Aunque sus huesos dolieran, aunque tardará a?os, aunque la sangre brotara de sus manos destrozadas. Nunca abandonó su camino.

  Desde la lejanía, una figura de cabellos carmesíes los observaba en silencio. Una sonrisa cálida se dibujó en el rostro de Avalos al ver la integración de sus discípulos. Luego, sin hacer ruido, desapareció en el cosmos.

  Gracias al esfuerzo de Avalon y la atenta guía de Lucan, logró obtener una esperanza de vida mucho más larga. La muerte, que una vez acechó su existencia con garras implacables, se vio obligada a retroceder a medida que su poder crecía, poco a poco, día tras día. Pero el tiempo, aunque generoso en vida, fue cruel en otros aspectos. Le arrebató mucho más de lo que le concedió.

  Muchos a?os después, Avalon caminaba con pasos pesados entre los senderos de piedra que encerraban el jardín celestial de su hermano. Su armadura, anta?o reluciente, estaba ahora gastada, cuarteada por incontables batallas; su espada, una vez el orgullo de su estirpe, no era más que un fragmento roto de lo que había sido. Aun así, él seguía en pie. Siempre en pie.

  Desde la entrada custodiada por imponentes monta?as, emergió Lucan. Sus ojos dorados, llenos de una sabiduría que parecía trascender los siglos, recorrieron con rapidez la figura maltrecha de su hermano menor. Un nudo de preocupación se formó en su pecho.

  —Hermano menor… —su voz sonó grave, casi temblorosa —?Quién te hizo esto?

  El gran lobo redujo su tama?o al caminar junto a Avalon, pero no cambió de forma. La sombra de su silueta se proyectaba con solemnidad sobre el césped resplandeciente, mientras avanzaban juntos hacia el corazón del jardín.

  —No te preocupes… —respondió Avalon con voz apagada —Ya me he ocupado de ello.

  Lucan frunció el ce?o. Quiso insistir, pero algo en la mirada de su hermano le detuvo. No era solo cansancio lo que reflejaban sus ojos; era algo más profundo, más oscuro, una tristeza insondable que ningún consuelo podía disipar.

  El gran lobo se acostó sobre el suelo, y Avalon, con un suspiro apenas audible, se dejó caer a su lado. Con un leve movimiento de su mano, conjuró una fogata que iluminó los alrededores con una tenue luz danzante. La tradición se mantenía, a pesar de todo. Como tantas veces antes, se sentaron en torno a las llamas, compartiendo silencios que decían más que las palabras.

  Entonces, una risa pura, inocente, irrumpió entre los arbustos, trayendo consigo un eco de tiempos más felices.

  —?Hermano! ?Hermano! ??Te asusté?!

  Una peque?a estrella saltó ágilmente sobre Avalon, envolviéndolo con su resplandor tembloroso. A pesar del cansancio que oprimía su alma, Avalon logró sonreír.

  —Sí… el hermano está terriblemente asustado… —murmuró, fingiendo temor.

  Pero su enga?o no pasó desapercibido. Los ojos brillantes de Triana se llenaron de lágrimas, su diminuto cuerpo tembló de angustia.

  —?No te asustes, hermano! ?Lo siento! ?Por favor, no mueras!

  Las palabras, tan inocentes, atravesaron el corazón de Avalon con una punzada insoportable. Sin dudarlo, envolvió a la peque?a en sus brazos, aferrándola contra su pecho con un cuidado casi desesperado.

  —No te asustes, peque?a… solo es una broma. —susurró, aunque su propia voz sonaba rota.

  Triana, sintiendo el calor protector de su hermano, se acomodó con un leve suspiro en su regazo. En cuestión de segundos, la peque?a estrella se sumió en un sue?o apacible, ignorante del peso de la tristeza que oprimía a Avalon.

  Lucan, que había permanecido en silencio todo el tiempo, observó la escena con el alma encogida. Sus ojos se posaron en su hermano menor, en la forma en que su mano temblaba levemente mientras acariciaba a Triana, en la manera en que su mirada se perdía más allá de las llamas.

  Y entonces, con voz apenas audible, preguntó:

  —?Qué hace la peque?a hermana aquí...?

  Pero Lucan no respondió enseguida. Su mirada se había perdido en la hoguera, en las sombras titilantes que parecían susurrar nombres olvidados, recuerdos enterrados bajo el peso de los a?os y las pérdidas.

  —Estuvo buscándote todo el tiempo… —Lucan habló con voz serena, pero su mirada no ocultaba la verdad —Pensó que estarías aquí, de todos los lugares, por lo que vino a mí… realmente se preocupa por ti.

  Avalon soltó una ligera risa al escuchar esas palabras, pero la risa murió demasiado rápido en sus labios. No era más que un eco vacío, una sombra de lo que debería haber sido. Lucan lo observó en silencio, sin convencerse del todo. Había algo en la manera en que su hermano menor evitaba su mirada, en la tensión que mantenía sus hombros rígidos.

  Sabía lo que había pasado. Había recibido la notificación de su tercera hermana. Su quinto hermano había recibido su primera misión de exploración. La noticia, que debería haber sido motivo de orgullo, no hacía más que reforzar la inquietud que sentía al ver a Avalon así.

  —?Cómo te fue allá afuera…? —preguntó con cautela.

  Hubo un instante de silencio antes de que Avalon respondiera.

  —Estoy bien… solo fue… algo complicado.

  Lucan no insistió, pero sus ojos captaron los peque?os destellos en la mirada de su hermano. No eran reflejos del fuego, sino de algo más profundo, algo que muchos intentaban ocultar tras sonrisas forzadas y palabras vacías. La verdadera batalla de un guerrero no siempre es en el campo de batalla, sino en las esquirlas que se clavan en la mente, en aquellas cicatrices invisibles que no sanan con el tiempo. La guerra no sólo arrebata vidas; también corrompe las almas.

  Quiso preguntarle, quiso saber qué lo atormentaba, pero se contuvo. Sabía que no todos los recuerdos deben ser revividos.

  —Hermano menor… solo no olvides tomarte un descanso de vez en cuando… —murmuró.

  Pero Avalon no respondió. Se limitó a mantener su mirada fija en el fuego, observando cómo las llamas danzaban en la oscuridad, como si en su movimiento caótico pudiera encontrar alguna respuesta.

  La batalla había sido difícil para la primera misión de Avalon.

  Se suponía que debía ser sencilla. Infiltrarse en una civilización enemiga donde entidades malignas se hacían pasar por dioses benévolos para absorber la felicidad de aquellos seres.

  Era su deber exterminarlos.

  Al principio, todo siguió el plan. Se mezcló con la gente, los observó en su vida cotidiana. Pero lo que encontró allí… no era lo que esperaba.

  El planeta era hermoso. Un auténtico paraíso. No había guerra, ni hambre, ni dolor. No había corrupción, violencia ni ambición desmedida. Todo estaba en perfecto equilibrio. Y entonces, sintió algo que jamás había experimentado en toda su vida.

  Paz.

  Aun cuando su maestro le advirtió que no se involucrara, Avalon terminó formando lazos con ellos. Compartió su comida con ellos, escuchó sus historias, rió con ellos. No eran monstruos. No eran amenazas. Eran personas, seres llenos de vida y esperanza.

  A?o tras a?o, investigó en busca de una prueba que justificara su misión, una razón que le permitiera seguir creyendo en la justicia de su maestro. Pero nunca la encontró.

  Totalmente convencido, se comunicó con su mentor.

  —No hay nada malo en este lugar. Solo son seres inocentes que trabajan día a día para salir adelante. No hay rastro de maldad.

  Por primera vez en su vida, sintió algo quebrarse dentro de él cuando su maestro le respondió.

  —Debes exterminarlos a todos. No debe quedar rastro de su existencia.

  Las palabras fueron frías. Absolutas e inquebrantables. En ese momento, la duda se deslizó en su mente como un veneno letal. ?Había estado sirviendo algo aún peor que los ángeles y demonios? ?Eran realmente malignos aquellos a los que debía exterminar… o la verdadera maldad residía en la orden que le habían dado? ?Había pasado toda su vida siguiendo una justicia que, en realidad, era una condena disfrazada?

  El fuego crepitó frente a él, reflejando las llamas que ardían en su interior. Sus manos temblaban, aunque intentaba ocultarlo. Lucan lo observó, viendo lo que Avalon no decía.

  Avalon, completamente seguro de que aquello era un error, ignoró las órdenes de su maestro y defendió a la civilización que había jurado proteger. Su segunda hermana y Lucan intentaron razonar con él, pero Avalon no escuchó. Su corazón estaba cegado por la certeza de que estaba haciendo lo correcto, por la esperanza de que podía salvarlos.

  You could be reading stolen content. Head to Royal Road for the genuine story.

  Fue entonces cuando Avalos intervino. Su voz resonó con una autoridad inquebrantable, apagando toda discusión.

  —Déjenlo… —ordenó con frialdad —Que asuma las consecuencias de sus actos.

  Y Avalon lo hizo. Pero nunca imaginó que el precio sería tan alto.

  Cuando el tiempo finalmente llegó, cuando el enga?o se desvaneció y la verdadera naturaleza de aquel mundo quedó al descubierto, Avalon conoció el significado del verdadero dolor.

  Aquellos a los que había jurado proteger se volvieron contra él. Sus amigos, sus maestros, su familia.

  Las mismas personas que le habían recibido con sonrisas y brazos abiertos ahora lo miraban con ojos llenos de ira. La benevolencia que tanto había admirado se convirtió en crueldad. El honor se transformó en una sed de sangre insaciable. La amabilidad en avaricia.

  La perfección de aquella civilización no había sido más que una ilusión.

  Entonces, lo entendió.

  Las palabras de su maestro, aquellas que en su momento habían sonado crípticas, se clavaron en su mente con el peso de una verdad inquebrantable:

  —"El fruto prohibido que más se disfruta no es aquel que nace podrido, sino el que se corrompe desde lo más puro y bello… como la furia de un hombre amable."

  No lo comprendió cuando las escuchó por primera vez. Pero ahora lo veía con sus propios ojos. Las calles, antes llenas de vida y risas, se ti?eron de rojo. El compa?erismo se convirtió en traición. Los mismos seres que habían celebrado la armonía y la paz se entregaron a las más bajas vilezas.

  Vio a padres arrancar la vida de sus hijos con manos temblorosas pero rostros vacíos. Vio a hermanos despedazarse entre sí con sonrisas llenas de un gozo enfermizo. Vio cuerpos siendo devorados por aquellos que antes compartían su pan con los necesitados. Vio la caída de todo lo que había amado. Y supo, con un dolor indescriptible, que su maestro lo había sabido desde el principio.

  Desesperado, envió un último llamado a sus hermanos.

  —?Lucan! ?Maestro! ?Por favor! ?Ayúdenme!

  Pero la respuesta fue el más cruel de los silencios. Su maestro había sido claro. No tenían derecho a intervenir.

  Ese… era su castigo.

  Y así, con el corazón hecho pedazos, Avalon alzó su espada. Si nadie iba a detener aquella masacre, él lo haría. Uno por uno, derribó a aquellos que habían sido sus amigos. Uno por uno, acabó con aquellos que le habían dado un hogar.

  Día tras día, su espada se ba?ó en rojo. Mes tras mes, su alma se desgarró con cada vida que arrebataba. A?o tras a?o, su mente acumuló pesadillas que jamás podrían ser borradas. Cuando la última criatura cayó ante su espada, Avalon levantó la mirada al cielo, buscando… algo.

  Absolución, redención, perdón.

  Pero todo lo que encontró fue el más profundo desdén. La lluvia roja cayó sobre su rostro, lavando la sangre de su piel pero no de su alma. Y en ese momento, la luz en sus ojos se extinguió.

  Desde la lejanía, Lucan observaba. Había visto cada instante. Había sentido cada grito atravesar su pecho. Pero no podía hacer nada. Porque su maestro le había dado permiso para vigilar..

  Cuando todo terminó, Avalon caminó con pasos pesados hasta las puertas de su maestro. Hundió su espada en el suelo y se arrodilló. Esperó su castigo, esperó el dolor, esperó la tortura. Esperó cualquier sufrimiento que su maestro considerara justo.

  Pero el castigo nunca llegó.

  En su lugar, lo único que recibió fueron palabras frías, afiladas como un pu?al envenenado:

  —"Lo que hiciste… fue tu decisión. Por lo tanto, no te daré castigo alguno. Los gritos de aquellos seres, los recuerdos de sus cuerpos esparcidos en las calles, las almas de los inocentes consumidas, los lamentos de aquellos que una vez defendiste. Ese será tu castigo, del cual… nadie podrá salvarte nunca."

  ávalos no castigó a su discípulo tonto, pero sus palabras dolían más que un látigo en la mano. Avalon deseó haber recibido un castigo aquel día. Porque el dolor físico, al menos, podía desvanecerse con el tiempo.

  Pero aquellas palabras, aquellas miradas… esas lo perseguirían para siempre. Lucan lo miró con tristeza, como si quisiera arrancar la culpa de su alma con solo desearlo.

  —Lo lamento, hermano menor…

  La voz de Lucan era suave y sincera, pero Avalon negó con la cabeza, su voz se quebraba con cada palabra.

  —No tienes por qué, hermano mayor… fue mi culpa. Todo lo que pasó fue culpa mía, y nada cambiará eso…

  Lucan alzó la mirada hacia el cielo. Las estrellas fugaces cruzaban la inmensidad de la noche, como si quisieran llevarse el peso del mundo con ellas.

  —Escucha, Avalon…

  Al escuchar su nombre en la voz de su hermano, Avalon levantó la vista. Sus ojos, opacos y vacíos, se posaron en los de Lucan con un atisbo de esperanza rota.

  Lucan tomó aire, eligiendo con cuidado cada palabra.

  —Puede que tomaras una mala decisión… o puede que fuese la correcta. No lo sabemos a ciencia cierta… ni siquiera el maestro, incluso con su infinito poder. Por eso no te castigó. Tal vez mis palabras no te traerán consuelo, pero quiero que sepas algo…

  Su voz tembló un instante, pero se sostuvo.

  —Yo te observé desde la lejanía. Te vi luchar por aquellos inocentes seres. Te vi buscar una manera de ayudarlos durante mucho tiempo. Vi cómo peleaste, cómo buscaste alternativas cuando cualquier otro habría levantado la espada sin dudar. Estoy seguro de que el maestro también lo vio.

  Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz era más firme.

  —El hecho de no haberte rendido hasta las últimas consecuencias… eso es lo que te hace diferente. Cualquiera de nosotros los habría asesinado a sangre fría el primer día, sin cuestionarlo. Pero tú no te diste por vencido con ellos. Y por eso… estoy orgulloso de ti.

  Ambas miradas se encontraron.

  Por un instante, el tiempo pareció detenerse. La oscuridad que envolvía los ojos de Avalon se iluminó poco a poco. Como si las palabras de su hermano fueran un faro en medio de la tormenta, guiándolo de vuelta a la superficie.

  Su mirada cedió.

  Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Incontrolables, como el destino de aquellos que intentó proteger.

  —Gracias… Lucan… gracias por tus palabras… —susurró entre sollozos.

  Triana, que hasta entonces dormía acurrucada, se despertó al oír el sonido ahogado del llanto. Con sus peque?as manos, se aferró a Avalon y lo abrazó con todas sus fuerzas.

  —?Eh! ?Hermano! ?No llores! ?Triana está aquí!

  Con su vocecita dulce, intentó reconfortarlo. Luego miró a Lucan con un puchero de indignación.

  —?El hermano lo hizo llorar!

  Lucan rió suavemente, mientras Avalon abrazaba a la peque?a estrella con ternura. Por un instante, la calidez del momento forjó algo más fuerte que la culpa. Un lazo irrompible. Un recuerdo de amor en medio de la tragedia. Uno que los acompa?aría durante los a?os por venir. Al menos… hasta aquel día.

  La guerra llegó como un rugido en la noche.

  Lucan fue emboscado en su propio hogar. Las bestias descendieron como una plaga sobre su tierra, oscuras, amorfas, devorando todo a su paso. Un manto de sombras cubrió los cielos, apagando la luz de las estrellas.

  Los bosques ardieron. Los ríos se tornaron escarlata. Las piedras del jardín celestial, una vez sagradas, fueron profanadas con la sangre de su guardián.

  Lucan jadeaba, su cuerpo estaba cubierto de heridas. Sus garras, aquellas que habían protegido tantas vidas, temblaban en su mano.

  Cada aliento era un tormento. Cada movimiento era una agonía. Y sin embargo, se mantuvo en pie. Esperando… resistiendo… sosteniendo la esperanza de que, en cualquier momento, alguno de sus hermanos llegaría a ayudarlo.

  Pero nadie llegó.

  Y entonces, entre la marea de sombras, emergió una figura. Alta, majestuosa y terrible.

  Uno de los apóstoles apócrifos de los dioses oscuros. Su presencia era una maldición hecha carne. Sus pasos resonaban con el peso de mil almas condenadas. Se detuvo frente a Lucan y lo miró con una sonrisa cruel.

  Y entonces, con voz grave y gutural, pronunció un solo nombre:

  —Destructor.

  Lucan no bajó la mirada. Sabía que su final estaba escrito en aquel instante. Pero si iba a caer… lo haría con orgullo. Con honor. Como el guardián que había sido desde el principio de los tiempos. Como el hermano que nunca dejó de creer. Como la última luz en un mundo que se ahogaba en la oscuridad.

  Se irguió con dificultad, sintiendo cómo la sangre dorada se deslizaba por su barbilla. Sus piernas apenas lo sostenían, pero su orgullo aún ardía en su pecho.

  El apóstol apócrifo lo observaba en silencio. Lucan alzó la cabeza y lo enfrentó con una media sonrisa te?ida de sangre.

  —Apócrifo… —su voz era un susurro rasgado por el dolor —?A quién le perteneces? Dime… ?Quién sostiene tu cadena?

  El ser no respondió de inmediato. Simplemente deslizó una mano de entre sus ropajes oscuros y sacó una cadena reluciente.

  Su brillo dorado iluminó las ruinas humeantes del jardín celestial. Las runas azules que la cubrían parecían arder con un fulgor antinatural. Lucan sintió cómo la poca fuerza que le quedaba lo abandonaba en un instante.

  Reconocía aquella cadena.

  —?Gleipnir…? —Su voz apenas fue un jadeo sin aliento.

  No… no podía ser. Su abuelo había destruido esas cadenas cuando ascendió a Gran Se?or de Tíndalos. Era imposible. El apóstol inclinó levemente la cabeza. Su voz andrógina reverberó en el espacio, fría y hueca como un eco de la muerte misma.

  —Sí… ahora, él quiere reclamar su sangre.

  Lucan sintió cómo el frío lo envolvía. No solo por el poder de Gleipnir. No solo por el agotamiento que pesaba sobre su alma. Sino por la verdad que se deslizaba en cada palabra del apóstol.

  —No…

  Su susurro fue casi un ruego. Pero en el campo de batalla, los ruegos no eran más que el eco de los condenados. Los apóstoles avanzaron con paso firme. Lucan rugió, reuniendo cada fragmento de su voluntad, cada resquicio de su ser.

  No se los pondría fácil.

  —?No dejaré que me lleven!

  Intentó desatar su poder una vez más.

  Pero fue en vano. Las cadenas anularon su fuerza, sellando su esencia en un tormento abrasador. Las runas azules brillaron con intensidad, quemando su piel, perforando su espíritu.

  Lucan gritó. No de miedo, no de desesperación. Sino de pura, absoluta y desgarradora furia. Pero no importó.

  Uno de los apóstoles sacó una daga oscura. Una hoja profana, imbuida en una energía corrosiva tan vil que el aire mismo se distorsionó a su alrededor. Sin pronunciar una sola palabra, la hundió en la garganta de Lucan.

  La hoja rasgó carne y espíritu por igual. La sangre dorada brotó como un río, derramándose sobre un cuenco ritual.

  Lucan se ahogaba. Tosió. Trató de hablar, pero solo burbujas de sangre escaparon de su boca. Los apóstoles lo miraban sin emoción, como si su vida no fuera más que un trámite en su misión.

  Lucan cayó de rodillas, sintiendo cómo la oscuridad comenzaba a devorarlo. La realidad se desdibujaba. El dolor se volvía distante. Sus sentidos se apagaban.

  Pero entonces… un grito desgarró el firmamento. Un rugido tan terrible que hizo estremecer la existencia misma.

  Los apóstoles se detuvieron. Sus miradas se alzaron hacia el cosmos. El aire se volvió pesado. Una presencia descendió desde el abismo, un cúmulo de energía caótica. Una estrella carmesí que caía del cielo.

  No, no era una estrella, si no una calamidad.

  Lucan, con los ojos nublados y el cuerpo destrozado, la vio descender. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios ensangrentados.

  —Je… viniste… herma…no…

  La estrella impactó contra la isla y el mundo tembló. Las sombras se dispersaron en un instante. El suelo se quebró bajo la fuerza inconmensurable de la ira.

  Los apóstoles retrocedieron, atónitos.

  Entre las cenizas, entre las llamas de un cataclismo recién nacido, Avalon alzó su espada. Sus ojos eran un océano de rabia contenida. Su presencia era un abismo de poder sin control. El líder de los apóstoles intentó hablar.

  —?Asesino de Dioses! ?Si te rindes, nuestro se?or-!

  Pero nunca terminó su frase. Porque en un parpadeo, su cuerpo fue partido en dos. Un tajo descomunal dividió el cuerpo de aquel maligno ser. No hubo gritos ni resistencia. Solo silencio. Porque su alma fue erradicada de la existencia misma.

  Avalon no se detuvo.

  —?Ninguno de ustedes abandonará este lugar con vida!

  Avalon rugió de furia. Su grito sacudió la tierra, sus ojos ardían con una furia abrasadora. Con un solo movimiento de su espada, desató un cataclismo. Las sombras se quebraron, los lamentos de los apóstoles se ahogaron en la tormenta de su ira.

  No hubo resistencia. No hubo súplica que pudiera alcanzarlo. Solo el eco de sus últimas respiraciones, extinguiéndose en el viento. Pero incluso con tal voluntad, incluso con la furia de un dios desatado… no pudo salvarlo.

  El campo de batalla quedó en silencio.

  El aire, cargado con el hedor del hierro y la ceniza, pesaba como una lápida sobre su espalda. Avalon se arrodilló. Sostuvo el cuerpo de su hermano mayor entre sus brazos.

  Tan frío, tan… inmóvil. Un vacío helado se instaló en su pecho.

  —Lucan… Lucan, hermano… —Su voz se quebró. No estaba preparado para esto, nunca lo estaría —Perdóname por no llegar a tiempo, yo…

  Un débil susurro interrumpió su llanto. Una risa dolorosa, ahogada en sangre.

  —Ja…

  Lucan aún respiraba. Su mirada se mantenía firme, aunque su luz se apagaba con cada parpadeo.

  —Llegaste justo a tiempo… —tosió, un hilo de sangre dorada resbalando por su mentón —Es culpa mía por no… resistir más tiempo… perdona a este inútil hermano tuyo…

  Avalon sacudió la cabeza con desesperación.

  —No digas eso… no hables, necesitamos curarte, si logramos cerrar la herida, entonces-

  —Es tarde, hermano…

  Lucan lo interrumpió con las pocas fuerzas que le quedaban. Su voz temblaba. Avalon sintió que el mundo se partía a su alrededor. No podía ser tarde, pero la verdad era un golpe implacable.

  Lucan respiró con dificultad. Sus labios temblaron al intentar formar palabras.

  —La herida… está maldita… no creo poder resistir… por mucho tiempo…

  Su voz se desvanecía. Como la llama de una vela consumida por el viento. Avalon, con manos temblorosas, colocó su cuerpo de espaldas, tratando de evitarle más dolor.

  Quería hacer algo, cualquier cosa. Pero su poder, su fuerza, su furia… eran inútiles ahora. Avalon se sintió impotente. La ira se revolvía en su interior, como un océano oscuro a punto de desbordarse.

  Pero antes de que pudiera perderse en ella, sintió una mano débil detenerlo.

  Lucan alzó su brazo con esfuerzo, posando sus dedos sobre la mu?eca de Avalon. Su tacto era ligero y frágil.

  —No… —Su voz fue un susurro en el viento —No, hermano menor… no dejes que ellos se claven en tu corazón… eso es lo que quieren…

  Avalon se quedó sin aliento. Lucan alzó la mirada hacia el cielo. Las estrellas titilaban en lo alto, indiferentes a su destino. Sus pupilas se reflejaban en la danza silenciosa de la luz estelar.

  Sabía que su tiempo se acababa. Que nunca volvería a ver a su hermano menor. Pero no quería que sus últimas palabras fueran de desesperación. No quería que Avalon lo recordará con dolor, quería que su legado fuera una ense?anza. Una promesa…

  —Hermano…

  Su voz se quebró. Sus dedos temblaron mientras los alzaba en busca de los de Avalon. éste las tomó con firmeza. Pero con una suavidad infinita. Como si temiera que al apretar demasiado, Lucan desapareciera de entre sus manos.

  —Hermano… no dejes de luchar por lo correcto…

  Lucan tosió violentamente. Su garganta ardía. Pero aún tenía fuerzas para sonreír, aún tenía fuerzas para resistir.

  —Este dolor… solo es la muestra… de lo valioso que fue el tiempo que pasamos juntos… —Sus labios temblaron, su aliento se tornó errático —Este hermano… —Su voz se convirtió en un susurro apenas audible —Está orgulloso de ti…

  Las lágrimas se desbordaron de los ojos de Avalon. No podía detenerlas. Lucan dejó de ver el cielo, sus ojos se nublaron. Pero en su mente, solo había un recuerdo. La calidez de la fogata, las risas que compartieron en aquellas noches interminables, el resplandor de las llamas reflejándose en los ojos de su hermano menor.

  —Ah…

  Su mente vagó entre las memorias de tiempos más felices. Entre el eco de los cuentos compartidos, entre los chispazos de una inocencia ya perdida.

  —Desearía volver… a aquellos… días…

  Un susurro ahogado salió de su boca. Una última palabra que se llevó su aliento. Y luego, el silencio se propagó por el lugar. El mundo parecía detenerse, el viento dejó de soplar, las estrellas se volvieron más lejanas. El jardín celestial, anta?o un paraíso de flores resplandecientes y árboles inmortales, comenzó a marchitarse.

  Las hojas cayeron, consumidas por la muerte, el esplendor se apagó, la abundancia se fue y con ella, el alma de Lucan.

  Avalon sostuvo el cuerpo de su hermano mayor. Lo abrazó con firmeza, como si al hacerlo, pudiera retenerlo un poco más. Como si al apretar lo suficiente, pudiera traerlo de vuelta.

  Sus manos temblaban, pero no de miedo, ni de tristeza. Sino de la ira contenida que se retorcía en su interior. De un dolor tan profundo que quemaba. Un vacío inabarcable que lo devoraba por dentro.

  Quería gritar, quería desatar su furia contra el universo mismo. Pero no lo hizo. No. Lucan no quería verlo así. Lucan… no quería que su muerte lo consumiera. Aun cuando ya no estaba allí… Avalon no le mostraría ese lado suyo.

  En cambio, cerró los ojos. En la inmensidad de su soledad, susurró lo único que quedaba en su corazón.

  —Descansa, hermano…

  Y las estrellas, indiferentes a su dolor, continuaron brillando en el cielo.

  Durante toda su vida, cada vez que Avalon se vio arrastrado por un remolino de ira y destrucción, fue su hermano Lucan quien lo sostuvo firme. Quien le recordó que nunca debía darse por vencido.

  La lucha que llevaban no era fácil. Pero entregarían sus vidas sin dudarlo, solo para proteger a aquellos que lo merecían.

  Lucan lo sabía perfectamente. Por eso… dio su vida con gusto.

  Cáliban miró el cuerpo de Cecilia y en su reflejo, vio a Lucan. Su pecho ardía, sus lágrimas caían.

  Tenía razón.

  En su mente, recordaba con aterradora claridad todas las veces que la había perdido. Una y otra vez en un ciclo cruel e interminable.

  Pero no solo había dolor en sus recuerdos, también estaban los momentos felices. Las risas compartidas, las promesas que alguna vez hicieron, los días en los que ella estuvo a su lado, y él, al suyo. Los recuerdos lo inundaron, envolviéndolo en su calidez y en su agonía.

  —Este dolor… solo es… el reflejo del valor… de aquellos que amamos… —se susurró a sí mismo.

  La voz de Lucan resonó en su mente. Firme e inquebrantable. Lucan y Karrigan desviaron la mirada hacia su hermano menor. Pero mientras Lucan observaba en silencio, Karrigan rugió con furia.

  —?No! —exclamó Karrigan, reverberando con ira —?Ese dolor solo es el tormento de un destino que te ha condenado! ?Hermano! ?Destrúyelos! ?Destruye a aquellos que te han hecho da?o!

  Pero Lucan no apartó la vista de Cáliban. Sus ojos se encontraron y en ellos, Lucan vio la rabia, la culpa, la herida aún abierta… pero también vio algo más. Algo profundo, algo indomable…

  —?Hermano! —Karrigan insistió, su voz se volvió más violenta, más insistente —?Tú eres destrucción! ?Tú-!

  —?No!

  La voz de Cáliban resonó con una fuerza que estremeció el aire mismo. Firme, irrefutable e inquebrantable. Su voluntad ardía en su pecho como una llama imparable.

  —?No dejaré que ellos me vean así! —exclamó con una furia pura, pero controlada —?No dejaré que me corrompan como ellos quieren! ?Sin importar las consecuencias, no pienso darme por vencido!

  Los ojos de Cáliban, que hasta ese momento brillaban con un resplandor violento, comenzaron a apagarse poco a poco. La luz abrasadora se disipó, volviendo a sus pupilas. Había logrado controlar su propia fuerza.

  —?Acabaré con ellos, pero será a mi manera!

  El torbellino de destrucción comenzó a menguar. Los vientos, que antes aullaban con furia incontrolable, se calmaron. La tierra, que rugía en agonía, dejó de temblar. Las paredes, que parecían a punto de derrumbarse, fueron cediendo poco a poco. El caos retrocedía.

  Karrigan chasqueó la lengua, irritado.

  —Tsk… —murmuró, con desprecio —Ganaste esta vez, hermano… pero no creas que he terminado aún…

  Con una mirada oscura, se desvaneció en las sombras. Allí donde pertenecía.. donde esperaría pacientemente hasta que Cáliban volviera a caer.

  Lucan, en cambio, no dijo palabra alguna. Simplemente caminó con las manos en la espalda. Sereno y tranquilo. Porque ahora que su hermano había recuperado su camino, no quedaba nada más por decir.

  Pero antes de desvanecerse, le dedicó una cálida sonrisa. Una mirada de orgullo que reflejaba incontables sentimientos. Mientras su figura se disipaba, como arena arrastrada por el viento, su voz resonó en el aire, como un eco lejano que parecía desvanecerse en el tiempo mismo.

  —Lo has hecho bien, hermano… estoy orgulloso de ti…

  Las palabras se grabaron en su alma como un último susurro, como una despedida que no quería aceptar.

  Las lágrimas rodaron por las mejillas de Cáliban, cálidas y silenciosas, cayendo como estrellas fugaces en la inmensidad de su dolor. Su hermano había regresado… había vuelto a su mente, una vez más, para salvarlo. Para sostenerlo en la oscuridad. Para poder recordarle quién era.

  Cáliban dejó escapar una risa amarga, rota por la tristeza.

  —Ja… tantos a?os muerto… —susurró, con la voz quebrada —y aún sigues cuidando de mí…

  El silencio lo envolvió. Pero en su pecho, la presencia de Lucan jamás desaparecería.

Recommended Popular Novels