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Capítulo 120: La calma después de la tormenta

  Reinhard, Joseph y Dimerian conversaban en voz baja sobre los asuntos urgentes de la casa, cuando las grandes puertas se abrieron con un quejido grave, interrumpiendo el silencio tenso del salón. Adelina emergió de la oscuridad, con el rostro pálido y la mirada perdida, como si hubiera visto algo que la había roto por dentro.

  —?Se?ora Sill! ??Qué ocurrió ahí dentro?! —exclamó Dimerian, dando un paso hacia ella, visiblemente alterado por su expresión.

  Adelina le sujetó el rostro con una mano temblorosa pero firme, sus dedos rozaron su mejilla con una ternura inesperada.

  —No me llames se?ora… no estoy casada. —murmuró, casi con amargura —Y ustedes tienen prohibido acercarse a ese lugar. Lo que hay tras esas puertas... Dejemos que el jefe decida qué hacer cuando despierte. Por ahora, debemos retirarnos.

  Los tres jóvenes se miraron entre sí, tratando de interpretar las palabras crípticas de Adelina. Algo en su tono y en sus ojos les hizo comprender que lo que había visto la había marcado profundamente. Pero obedecieron sin más preguntas.

  El grupo se adentró en los oscuros pasillos de aquellas ruinas malditas. La atmósfera pesaba sobre ellos como una losa. El silencio era denso, apenas roto por el crujido de sus pasos sobre el mármol agrietado. Adelina caminaba al frente, implacable. Cada vez que un cuerpo semiconsciente se agitaba entre los escombros, ella lo ejecutaba con precisión letal, dejando tras de sí estelas de luz cortante. No había espacio para la compasión, ningún miembro del culto debía salir con vida, sin importar su edad, su aspecto o su género.

  Al llegar al vestíbulo del elevador principal, notaron algo nuevo. Una puerta peque?a, apenas visible entre las sombras. El marco estaba tallado con símbolos que ninguno de ellos reconoció. Mientras avanzaban hacia ella, Joseph rompió el silencio.

  —?Lograste encontrar a Luna?

  Ella asintió con un leve movimiento de cabeza, sin detenerse.

  —La encontré inconsciente… la llevé al hospital tan rápido como pude. Espero que su estado haya mejorado.

  Hubo un silencio denso. Joseph la miró de reojo. Sabía que Adelina aún no confiaba en Luna. Y con razón. A fin de cuentas, había sido una de ellos. Pero gracias a su traición, los chicos lograron escapar. Era una traidora útil, sí… pero aún una traidora.

  El pasillo final era inesperadamente lujoso. Las paredes estaban tapizadas en terciopelo oscuro, y cuadros antiguos colgaban en perfecta simetría. Era una bienvenida pensada para impresionar o para seducir.

  —?Quién en su sano juicio tendría un recibidor como este? —murmuró Reinhard, examinando los cuadros con cautela —Al parecer, el culto también tiene buen gusto…

  Al llegar al final del corredor, se encontraron frente a una puerta de oro macizo, flanqueada por estatuas de mármol blanco que parecían observarlos.

  —?Esta es la puerta de la que hablaban? —preguntó Adelina, en voz baja, como si temiera que algo pudiera escucharla del otro lado.

  Joseph negó con la cabeza en silencio y, con un leve empujón, abrió las puertas. Lo que se reveló ante ellos fue un salón de teatro majestuoso… o al menos, lo que quedaba de él. La estructura aún se sostenía en pie, pero sus mejores días habían quedado atrás. La alfombra roja del podio principal estaba cubierta de polvo y escombros, ara?ada por las piedras caídas tras el derrumbe. Desde el techo aún se desprendían finas lluvias de polvo, y los asientos, anta?o impecables, estaban cubiertos de mugre y telara?as.

  Adelina avanzó flotando suavemente, como si el suelo ya no pudiera soportar su presencia. Se posó frente al podio, con la mirada fija en las sombras. Entonces, gracias a sus oídos afinados, captó algo. Un débil lamento, casi imperceptible, que provenía de la habitación contigua.

  Guiada por aquel sonido, retiró con decisión las sábanas polvorientas que cubrían una puerta gigantesca, tallada con relieves que parecían antiguos símbolos de invocación. Con cautela, abrió apenas lo suficiente para mirar dentro. La penumbra reinaba en la estancia, y entre ella emergían siluetas envueltas en sábanas. Eran cajas enormes, cubiertas como si su contenido no debiera ser visto por ojos humanos.

  Sin pensarlo demasiado, Adelina cruzó el umbral. No podía permitir que algo peligroso quedará sin revisar. Sus pasos fueron cuidadosos, cada uno levantando una nube de polvo que flotaba como ceniza en el aire estancado. El lamento volvió a escucharse, esta vez seguido por un grito ahogado, cargado de dolor y sufrimiento.

  El vello de su nuca se erizó. Adelina avanzó, y con manos temblorosas, levantó una de las sábanas. Lo que vio hizo que su mirada se quebrara. Por un instante, perdió el aliento. Sin decir palabra, giró sobre sus talones y salió de la sala, con su rostro se endureció por la urgencia.

  —?Traigan a Lord Hilloy! ?De inmediato! —ordenó con voz firme y cortante.

  Los chicos se miraron brevemente, pero la seriedad en el rostro de Adelina disipó cualquier duda. Corrieron al instante, sin hacer preguntas.

  Así mismo, en otra parte del distrito, Lord Xander se encontraba en un elegante pero frío carruaje, conversando con Lord Thorm. Este último tenía la mirada clavada en el vacío, con su semblante sombrío. La luz de su alma parecía extinguida. Frente a él, había un padre que había perdido a su hija. Xander, por su parte, apenas podía sostenerle la mirada. Cada vez que lo intentaba, se encontraba con unos ojos llenos de pena… y sin perdón.

  —Lamento profundamente su pérdida, se?or Sebastián…

  —No necesita condescendencia, Xander. —interrumpió Thorm, con una voz áspera —Sé que hicieron lo que pudieron. Y sé que el enemigo no era cualquiera. Aun así, le agradezco el intento...

  La palabra "intento" golpeó a Xander como un pu?al. él también conocía bien el sabor amargo de la derrota. De haber perdido toda esperanza.

  El carruaje avanzaba en silencio hacia la mansión Hilloy. Durante el trayecto, Lord Thorm no dijo una sola palabra. El silencio era su armadura; la culpa, su carga.

  —Lord Hilloy… —dijo finalmente, con un hilo de voz.

  —Por favor… llámame Xander —dijo con un susurro apenas audible, intentando romper la barrera del protocolo.

  —Xander… —repitió Thorm con un poco de amargura en la voz —El culpable… ese hombre despreciable que convirtió la vida de mi esposa y mi hija en un infierno… ?Aún respira?

  Xander sintió que se le secaba la garganta. Un nudo invisible se apretó en su pecho. Dudó. No por miedo, sino por respeto. Sabía que las palabras podían ser pu?ales, sobre todo para un hombre quebrado.

  —Puedo prometerle… —dijo finalmente, con solemnidad —que el líder del culto pagó con su vida. Y en cuanto al responsable directo de la muerte de su hija… le aseguro, con toda sinceridad, que ya ha sido castigado. No tiene nada más de qué preocuparse.

  Sebastián bajó la mirada. Sus ojos se escondieron bajo la sombra de su rostro, como si no quisiera revelar el temblor que lo atravesaba.

  —Ya veo… le agradezco.

  —Es lo mínimo que puedo hacer. —respondió Xander, sin buscar redención en sus palabras.

  Al llegar a la mansión Hilloy, Xander lo condujo por los pasillos silenciosos hasta la sala principal. El aire olía a incienso, y la luz de las velas oscilaba, proyectando sombras danzantes en las paredes.

  —Di la orden de que su cuerpo no fuera tocado de ninguna forma. —dijo Xander, al detenerse frente a una mesa larga de roble.

  Sobre ella descansaba un ataúd hecho con la madera más fina, barnizado con esmero, como si se tratara del lecho de una reina. Alrededor del féretro, varias figuras vestidas de negro mantenían la cabeza gacha en silencio.

  Astrid fue la primera en acercarse.

  —Se?or Thorm… lamento conocerlo bajo estas circunstancias. —dijo con una reverencia respetuosa.

  —Te reconozco… tú estabas con ella cuando fue a mi rescate… No la dejaron sola, ni siquiera cuando la llevaron a esa trampa. Gracias por haber estado con mi hija. Y… lo lamento. Lamento que hayan tenido que vivir todo esto.

  —No se preocupe, se?or. —intervino Elizabeth, levantándose con elegancia y ofreciendo una cálida inclinación —Cecilia fue más que una compa?era. Fue una amiga leal. Su pérdida nos duele profundamente… a algunos, incluso más de lo que puedo explicar.

  Dirigió una mirada al ataúd. Sentada junto a él, Nhun lloraba en silencio. Su mano temblorosa rozaba la madera, como si al hacerlo pudiera evitar que Cecilia se marchará del todo. Su llanto era contenido, pero sus ojos hablaban de un amor roto, de un alma herida, de una hermandad caída.

  En la sala, el dolor era palpable. Y sin embargo, también lo era la fuerza. Randa, Edmund y Liviana se encontraban dispersos entre los presentes, atentos y firmes. Liviana fue la primera en acercarse a Sebastián, inclinando ligeramente la cabeza en se?al de respeto.

  —Sebastián Thorm, honorable noble de Reidell. —dijo Liviana, con una voz firme y solemne —En nombre del Imperio de Orión, le ofrezco mis más sinceras condolencias. El sacrificio de su hija no será olvidado. La familia real tiene una deuda imperecedera con ella… y con usted.

  Sebastián alzó la mirada, desconcertado. Una expresión extra?a cruzó su rostro.

  ??Familia real??

  Sus ojos recorrieron lentamente el rostro de Liviana, y al instante sus facciones cambiaron. Comprendió, como si de pronto una pieza clave encajara en un rompecabezas que jamás pensó estar resolviendo.

  —Yo… lo lamento. Me temo que no comprendo del todo… —musitó, con voz insegura.

  Xander dio un paso al frente, con gesto tranquilo pero decidido.

  —Permítame presentarle… —dijo —a los amigos de su hija… e integrantes de la Casa de los Especiales.

  Con un ademán elegante, Xander fue se?alando uno por uno a los presentes, pronunciando sus nombres con respeto. A cada nombre, el desconcierto en el rostro de Sebastián se acentuaba.

  ?Hija mía… ?Con qué clase de personas te rodeaste? ?Qué secretos guardabas con tanto silencio??

  En ese momento, comprendiendo la magnitud de lo que ocurría, Sebastián cayó de rodillas frente a Astrid.

  —Lamento no haberla reconocido, princesa… yo…

  Liviana lo observó con serenidad, asintiendo con nobleza. Pero a su lado, Astrid frunció el ce?o. No le agradaba esa escena. Estaban en el funeral de Cecilia. Exaltar a alguien más le parecía un insulto al recuerdo de su amiga.

  —Levántese. —dijo, con voz fría pero respetuosa —No es a mi de quien debería hablar hoy.

  Sebastián, algo avergonzado, se puso de pie con lentitud. Aún asimilaba todo, cuando de pronto las grandes puertas de la sala se abrieron en par. Joseph, Reinhard y Dimerian irrumpieron, jadeantes.

  Xander esbozó una sonrisa leve.

  —Ah, justo a tiempo . —dijo con tono cálido —Lord Thorm, permítame presentarle al resto de los compa?eros de su hija.

  Extendió el brazo, se?alando a cada uno con orgullo.

  —él es Reinhard Tyrant, príncipe heredero del Reino Tyrant, hijo del Dios de la Lanza. A su lado, Dimerian Centurian, descendiente del soberano de las Tierras de los Gigantes.

  Y entonces se detuvo junto a Joseph, colocándole una mano en el hombro con afecto, acercándolo suavemente hacia Sebastián.

  —Y este joven… es Joseph Sephir. Mi hijastro.

  Luego miró a los tres con solemnidad.

  —Chicos, este es Sebastián Thorm… el padre de Cecilia.

  Los tres jóvenes se acercaron con respeto, inclinando ligeramente la cabeza al llegar ante Sebastián Thorm. Aun sin necesidad de palabras, su gesto hablaba por ellos. Al oír las presentaciones de Xander, ofrecieron sus condolencias con solemnidad.

  Sebastián asintió con cortesía, aunque por dentro se sentía incómodo. Era un noble de provincia, y sin embargo, en aquella sala lo rodeaban príncipes, herederos y futuros reyes. La magnitud de su compa?ía lo abrumaba.

  —Los recuerdo. —dijo de pronto, tratando de reconectar con un rostro conocido —Ustedes me ayudaron cuando llegué por las puertas del Emporio… estaban con ese joven… ?Cáliban, verdad? Lamento no haber puesto una carga tan pesada sobre sus hombros. ?Se encuentra bien?

  Dimerian y Reinhard intercambiaron una mirada. La respuesta no era fácil. Joseph intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.

  —Está en un estado delicado. —dijo con franqueza, pero sin dramatismo —De todos nosotros, probablemente fue quien más sufrió… pero es fuerte. Volverá pronto. No tiene de qué preocuparse.

  Mientras Joseph y Sebastián continuaban su conversación en voz baja, compartiendo impresiones del conflicto reciente, Xander se acercó a Dimerian y Reinhard. Ambos mostraban se?ales evidentes de agotamiento. Sus ropas estaban manchadas por el polvo, su respiración aún se agitaba.

  —?Pasó algo? —preguntó con voz grave.

  Reinhard asintió y se aproximó lo suficiente para susurrar al oído de Xander. Sus palabras fueron breves, pero bastaron. La expresión de Xander se endureció, comprendiendo la gravedad. Sin embargo, vaciló. Sus ojos viajaron por la sala, recorriendo los rostros dolientes, con la ceremonia aún inconclusa. ?Era correcto ausentarse ahora?

  Antes de tomar una decisión, una figura descendió lentamente por la escalera principal. Desde las sombras emergió Lidia, envuelta en un vestido negro que realzaba la delicadeza de su figura. Un velo cubría su rostro, pero no lograba ocultar del todo el brillo rojo de sus ojos, inflamados por el llanto.

  Su sola presencia captó la atención de todos los que no la conocían. Algunos se giraron hacia ella con natural curiosidad, pero nadie se atrevió a pronunciar una palabra.

  Xander fue hacia ella al instante.

  —Lidia…

  —Tienes algo que hacer, ?Verdad? —interrumpió ella, con una voz suave que apenas traspasaba el velo —Por favor, ve. Yo me encargaré de esto.

  Xander frunció el ce?o. Su rostro reflejaba el conflicto entre el deber y el amor.

  —Mi amor… no deberías estar aquí sola…

  Ella extendió una mano temblorosa, posándola sobre su pecho. Desde detrás del velo, su voz tembló con una tristeza que lo desgarró.

  —Querido… ve. Esto es lo único que puedo hacer por ella. Quiero… no… necesito hacerlo.

  Xander vio en su rostro la misma tristeza que él llevaba dentro. Quería quedarse, abrazarla, protegerla del mundo. Pero también sabía que su deber lo llamaba. Lentamente, volvió la mirada hacia los invitados.

  —Tendré que retirarme por el momento. —dijo Xander, con un tono grave, pero sereno —Por favor, cualquier cosa que necesiten… mi esposa estará encantada de ayudarles.

  Sus ojos recorrieron la sala una última vez. El ambiente era denso, cargado de dolor, y aunque quería quedarse, algo más allá lo reclamaba. Caminó hacia la puerta con paso firme. Antes de cruzarla, se volvió hacia los tres jóvenes que habían estado a su lado hasta el final.

  —Ustedes quédense. Hicieron un buen trabajo…

  No hubo necesidad de más palabras. Reinhard, Dimerian y Joseph asintieron con respeto. Xander desapareció en el pasillo, rumbo al Gorrión Dorado, dejando tras de sí una estela de autoridad y melancolía.

  Sebastián, en silencio, giró hacia el ataúd, dispuesto al fin a enfrentarse al momento que más temía. Apenas dio un paso, una figura emergió en su camino. Se detuvo al instante, paralizado por la imagen.

  Era Lidia.

  Vestida completamente de negro, con un velo cubriéndole el rostro, parecía flotar más que caminar. Su silueta fina y elegante se mezclaba con las sombras de la sala. A los ojos de Sebastián, por un momento, no era Lidia… sino Berenice. La bruja. El fantasma que lo había atormentado en las celdas húmedas del culto.

  El corazón le dio un vuelco.

  —Se?or Thorm… —dijo ella con voz quebrada, apenas en un susurro —Espero que acepte mis condolencias… y mis disculpas. Si no me hubiera quedado paralizada en ese momento, tal vez… tal vez Cecilia seguiría aquí.

  Sebastián sintió un nudo en la garganta. El rostro de Lidia temblaba bajo el velo. Era evidente que llevaba esa culpa como una piedra atada al alma. Pero él no vio en ella malicia. Vio una mujer quebrada por la impotencia.

  Extendió su mano con calma y la posó sobre su hombro.

  —Lord Xander me habló de su vínculo con la bruja. —dijo con firmeza, pero sin dureza —No podemos elegir nuestra sangre, se?ora. Lo que ocurrió ese día… fue más grande que usted, que yo, o que todos nosotros. No la culpo. Y estoy seguro de que mi hija… tampoco lo haría.

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  Lidia contuvo un sollozo. Quiso hablar, pero se le quebró la voz. Las palabras de Sebastián le perforaron la culpa y le regalaron un poco de aire. Asintió en silencio y se apartó, dándole el paso. él inclinó la cabeza en se?al de respeto antes de avanzar hacia el ataúd.

  Cada paso se le hizo una sentencia. Las piernas le pesaban como plomo, su pecho se oprimía y la visión se le nublaba. Quería pensar que todo era un sue?o, una pesadilla cruel tejida por su propio dolor… pero la realidad le golpeó con violencia cuando vio a Nhun, arrodillada ante el ataúd, con los brazos rodeando la madera.

  —Lo siento, Ceci… lo siento… —gemía la joven elfa, con la voz rota —No debía haber terminado así…

  Su llanto era incontenible. Acariciaba la tapa del féretro como si aún pudiera transmitirle algo a través del contacto. Sus lágrimas se deslizaban por la madera sin encontrar consuelo.

  Sebastián se detuvo a escasos pasos. Sintió cómo se le encogía el corazón. Se acercó lentamente y, con la misma ternura que le habría dado a su hija, apoyó una mano cálida y pesada sobre el hombro de Nhun.

  Ella alzó la mirada, confusa. Al reconocerlo, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Se puso de pie de golpe y, sin pensarlo, se lanzó a sus brazos.

  —Se?or Thorm… yo… yo no pude salvarla… hice todo lo que pude… pero no fue suficiente… perdóneme, por favor…

  él la sostuvo con fuerza. Sus brazos, firmes como un roble, envolvieron a la joven elfa que se deshacía en llanto. Acarició su cabello suavemente, como lo habría hecho con Cecilia de ni?a.

  —No hay nada que perdonar. Fuiste muy valiente, Nhunisha… gracias por no abandonar a mi hija.

  Aquellas palabras, pronunciadas con una ternura dolorosa, quebraron a Nhun en lo más profundo. El corazón que apenas se sostenía se rompió con un nuevo golpe. Sollozó con más fuerza, pero no por culpa, sino por el inmenso amor que sentía por Cecilia.

  —Hey, hey… tranquila, peque?a. —dijo Sebastián, arrodillándose frente a ella y tomándola suavemente de los hombros —Mírame.

  Nhun levantó la mirada, temblorosa. él la sostuvo con una fuerza serena, paternal y firme.

  —Nada de esto fue tu culpa. —le aseguró, con una convicción que no admitía réplica —Cecilia… estaba feliz de haber sido tu amiga. Lo supe desde el primer día que me habló de ti. Si quieres rendirle homenaje, hazlo viviendo plenamente. Ríe por las dos, pelea por las dos… sue?a por las dos. Ni ella… ni yo… te culparíamos por nada. Nunca.

  Las lágrimas de Nhun fluían sin control, pero esta vez acompa?adas de un leve asentimiento. A pesar del dolor, sus ojos empezaban a comprender. Dio un paso atrás, apartándose con lentitud, cediéndole el espacio a Sebastián.

  él avanzó hacia el féretro. Su respiración se tornaba más pesada con cada centímetro recorrido. Quería pensar que todo era una alucinación, una construcción de su mente rota. Pero no… había visto demasiadas cosas reales para seguir negándolo.

  Se detuvo frente al ataúd. Y allí estaba ella.

  Cecilia yacía como una estatua de paz fingida, su rostro estaba maquillado con amor y cuidado por sus amigas, para ocultar las heridas de la batalla. Era hermosa, pero artificial. La vida que había iluminado sus ojos ya no estaba. El alma que reía, desafiaba y amaba… se había ido.

  Sebastián no pudo sostener más su fachada. Las lágrimas que había contenido con tanto esfuerzo irrumpieron con violencia, con un corazón roto. Su cuerpo colapsó de rodillas, tembloroso, vencido…

  —?No… no…! —gritó con la voz rota, ahogada y primitiva —?Cecilia… mi ni?a…!

  El grito desgarrador quebró el silencio de la sala. Todos los presentes se detuvieron. Nadie osó moverse. Era el dolor puro de un padre, y ante eso, incluso el tiempo parecía guardar silencio.

  Sebastián apretó los dientes, su rostro se deformó por la ira. Sus pu?os temblaban. El odio y la impotencia hervían dentro de él como lava contenida.

  —Me arrebataron todo. —susurró con rabia —El culto… el destino… todos me lo quitaron. Quemaron el nombre de mi casa, se llevaron a mi esposa… ?Y ahora te llevan a ti!

  Sus lágrimas eran fuego líquido, cayendo en silencio sobre la madera. Su corazón no encontraba consuelo.

  —Perdóname, hija… no pude protegerte. No pude…

  Su pu?o se cerró con fuerza sobre el borde del ataúd, los nudillos se tornaron blancos de tanto apretar. Una grieta invisible se abrió en su alma. Solo quedaba vacío. Los presentes no dijeron una palabra. Observaban, respetuosos, el lamento silencioso de un hombre que lo había perdido todo.

  En otro lugar, lejos del luto, en las profundidades del Emporio Negro, un gru?ido malhumorado rompía la rutina.

  —Mierda… —murmuró Bardrim, el viejo maestro herrero —Hace a?os que no visto uno de estos malditos trajes.

  Con torpeza, luchaba contra un saco de tela negra que le venía ajustado por los hombros. Se quejaba entre dientes, tirando del cuello con frustración.

  —?Por qué hacen estos malditos cuellos tan estrechos? ?Cómo se supone que uno respire si no puede ni tragar saliva?

  Justo en ese momento, un joven aprendiz irrumpió en la habitación con premura.

  —?Se?or Bardrim! ?Perdón, se?or, pero…!

  —??Qué quieres, Beck?! —rugió Bardrim, sin disimular el fastidio.

  Beck se detuvo al borde de la puerta, nervioso.

  —Se?or… esa persona… ha vuelto hoy.

  Bardrim se quedó inmóvil. Por un momento, el ruido del traje dejó de existir. Solo el silencio llenó la habitación. Luego, lentamente, se incorporó, su mirada se clavó en el vacío.

  —Dile… que iré enseguida.

  En una sección reservada y cuidadosamente decorada de la tienda, la Sala de Invitados Especiales brillaba con una luz tenue y azulada, proyectada por lámparas de cristal encantado que colgaban del techo como estalactitas. En el centro de la estancia, sentada con una elegancia inquebrantable, se encontraba una joven de belleza invernal. Su cabello blanco como la escarcha caía suavemente sobre sus hombros, igualando el tono níveo de su piel marmórea. Era como si la nieve misma hubiese cobrado forma humana, serena, distante y letal. Una tiara de hielo resplandecía en su frente, coronando su porte real con un toque gélido.

  Su rostro era una máscara de perfección sin emoción, tallado con precisión, sin una sola mueca que delatara impaciencia o interés. Detrás de ella, dos guardias silenciosos permanecían firmes. Sus armaduras de hielo estaban trabajadas con un arte tan exquisito que parecían más esculturas que defensas, pero el leve vapor que salía de sus alientos dejaba en claro que no eran meros adornos.

  El silencio fue roto por un estruendo súbito. Las grandes puertas de roble se abrieron en par, revelando la imponente figura del maestro herrero. Bardrim se detuvo un instante al reconocerla, y luego avanzó con paso firme. Sin perder tiempo, se sentó frente a ella.

  La joven alzó lentamente la vista, sus ojos helados brillaban como zafiros congelados.

  —Maestro del Martillo Negro… —dijo con voz melodiosa, pero carente de calor.

  Bardrim acarició su barba gris con un gesto pensativo.

  —Aurelia Winters, Princesa de Kindratt… No imaginé que tu madre te enviará tan pronto.

  Aurelia alzó una delicada taza de té, el vapor se disipó al instante al tocar sus labios.

  —He venido por las joyas prometidas, maestro herrero. Sin embargo, al preguntar por ellas, ninguno de tus empleados supo darme una respuesta clara. Me pidieron que esperara. Esperé... y tú no apareciste ayer. Supongo que la situación reciente lo ha hecho inevitable.

  Bardrim frunció el ce?o, el peso de sus preocupaciones recientes se reflejó en su mirada.

  —Lo sabes… y aun así estás aquí.

  Ella asintió, dejando la taza con una precisión casi ritual.

  —Por supuesto. Este es un asunto aparte. Lo que suceda en la academia no es de mi incumbencia.

  El maestro herrero entrecerró los ojos.

  —?Ni siquiera cuando tu hermana menor estudia aquí?

  Aurelia sostuvo su mirada sin pesta?ear. Su tono, ahora más frío que antes, hizo que incluso los guardias se tensaran levemente.

  —?Y por qué debería importarme el destino de los débiles? Si no puede sobrevivir por sí misma, entonces que perezca. Más vale una muerte temprana que una deshonra a la Casa Real.

  Bardrim se quedó en silencio. Las palabras, tan frías como un viento polar, le calaron hasta los huesos. Había escuchado muchas crueldades en su vida, pero rara vez con tal convicción serena. No podía evitar pensar que, frente a él, no hablaba una princesa… sino el eco encarnado de la Bruja del Invierno.

  —Bueno, sea como sea… —gru?ó Bardrim mientras se frotaba las manos —el pedido de la reina no podrá estar listo próximamente. Me vi forzado a usar los materiales en una emergencia. Las reservas están agotadas. Puedes decirle a su majestad que-

  Un súbito viento helado atravesó la sala como una cuchilla invisible. La temperatura descendió en un abrir y cerrar de ojos. El vapor surgió de la boca de Bardrim con cada palabra no dicha, y una capa de escarcha comenzó a cubrir lentamente la superficie de la mesa de roble.

  —Maestro Herrero… —interrumpió Aurelia, con su voz ahora más baja, más grave… más peligrosa —Se le entregaron los materiales para una tarea. Si hubo problemas o no… es irrelevante. El encargo debió cumplirse, sin excusas ni demoras. ?Acaso cree que el reino de Kindratt no puede permitirse el lujo de prescindir de usted?

  Bardrim guardó silencio. Sus gruesos dedos tamborilearon una vez sobre la mesa. Aurelia interpretó aquello como un signo de rendición, una muestra de temor velado. Llevó su taza a los labios, una sonrisa apenas perceptible asomó en el borde de su rostro helado.

  ?Como era de esperarse… ?Quién en su sano juicio se atrevería a desafiar a la sangre de la Bruja del Invierno?? —pensó con satisfacción.

  Pero entonces, como si sus pensamientos hubieran encendido la chispa de una tormenta, Bardrim golpeó la mesa con la palma abierta. El estruendo resonó por toda la sala como un trueno, y la atmósfera se volvió densa, cargada de una energía abrasadora. La temperatura subió de forma alarmante; el hielo en la mesa se evaporó en un instante.

  Los guardias reaccionaron al instante, invocando sus ánimas. Un escudo de hielo puro rodeó a Aurelia… pero fue inútil. El calor que emanaba del herrero lo desintegró como si fuese vidrio quebradizo bajo una fragua.

  Los ojos de Bardrim brillaban como carbones encendidos.

  —?Quién te ha dado el valor para escupir mierda en mi presencia, ni?a? —rugió con una furia contenida —No me importa cuál de los reyes se atreva a alzar la voz contra mí. Todos pagan el mismo precio por mis servicios. ?Crees que por entregar unos cristales y metales puedes dirigirte a mí con soberbia?

  Se incorporó, imponente como una monta?a viva.

  —?Acaso crees que tu madre me tiene en su lista porque le ruego contratos? No, princesa… si tengo trato con Kindratt, es por conveniencia. Si así lo deseo, puedo anular ese acuerdo aquí y ahora. ?Quieres que quite a tu madre de mi lista de clientes exclusivos?

  La sonrisa de Aurelia se desvaneció. Su mirada, antes segura, tembló un instante. No tenía autoridad para tomar decisiones de ese calibre. Sabía que, por mucho hielo que corriera por sus venas, no era más que una enviada. Una mensajera.

  Recobró la compostura de inmediato, bajando ligeramente la cabeza.

  —No hay necesidad de llevar esto más lejos, maestro herrero… —dijo con voz suave, casi conciliadora —Me he dejado llevar por el momento. Usted sabe cuánto aprecia mi madre sus obras. Al ver que el pedido no estaba listo, me preocupé… nada más. Espero que no lo tome como una ofensa.

  Bardrim cruzó los brazos, su expresión aún seguía endurecida.

  —Escúchame bien, ni?a. Los recursos que el reino de Kindratt me proporciona son valiosos, no lo niego… pero no son imprescindibles. Hay otros lugares, otras minas, otros tratos. Solo mantengo este acuerdo porque me es cómodo… nada más.

  Se inclinó hacia ella, con sus ojos aún ardientes.

  —Y en cuanto a la joyería… no solo usé los materiales. Una parte crítica de la maquinaria fue empleada para enfrentar una emergencia. Incluso si no hubiera tocado las gemas, el pedido no habría sido posible. Así que, si vas a regresar a tu palacio con reproches, más te vale llevar también la verdad completa.

  Bardrim estaba gritando por dentro. La furia que había desatado momentos antes aún burbujeaba en su interior, pero ahora, era su propio cuerpo el que pagaba el precio. El aura de calor que había invocado le quemaba lentamente la piel desde dentro, como brasas adheridas a sus huesos. Su respiración era pesada, y por un instante, sintió un latido punzante en las sienes. Peor aún, la excusa improvisada que había soltado… no sonaba del todo creíble. Pero no podía dar marcha atrás.

  Aun así, mantuvo su rostro firme, estoico, como si la mentira fuera una verdad tallada en piedra.

  —Ya veo… —dijo Aurelia, en un tono neutro para disfrazar su incomodidad —Siendo ese el caso, no hay nada que se pueda hacer…

  —Dile a tu madre… —a?adió Bardrim, con voz grave —que le pagaré por los materiales perdidos. Y que comenzaré con la joyería apenas recupere lo necesario. Ahora… si me disculpas, tengo un funeral al que asistir.

  Aurelia inclinó la cabeza con una reverencia apenas perceptible. Luego, sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y abandonó la herrería con sus guardias a la espalda. El aire a su alrededor seguía gélido, como si su presencia aún enfriara los muros tras su partida.

  Una vez en la calle, uno de los escoltas se acercó discretamente.

  —Mi se?ora… ?Desea que prepare el portal?

  La princesa no se detuvo. Caminaba con elegancia imperturbable, aunque la frialdad en su voz hacía temblar incluso al más curtido guerrero.

  —No. Antes, debo hacerle una peque?a visita a mi hermana menor… ma?ana por la ma?ana, iremos a la Casa de los Especiales.

  Los guardias intercambiaron miradas incómodas. Conocían demasiado bien a su se?ora como para creer que aquello fuera sólo una “visita”. Su tono había sido sutil… pero el hielo que lo envolvía era más afilado que una daga.

  —?Entendido! —respondió uno con firmeza, aunque tragó saliva mientras escoltaban a la princesa hacia su alojamiento.

  Mientras tanto, en las ruinas que yacían bajo el Gorrion Dorado, ocultas a la vista de la ciudad, Xander descendía por una antigua escalera de piedra. La humedad impregnaba el aire, y el sonido de sus pasos resonaba por las paredes del subterráneo. Finalmente, llegó a una gran puerta de madera carcomida. El símbolo del teatro se mantenía, tallado con maestría… idéntico al del edificio que se encontraba justo encima.

  —Este lugar es… igual al de arriba. —murmuró, cruzando el umbral —Supongo que eso no es casualidad. Un mercado negro…

  Xander no necesitaba demasiada imaginación para deducir por qué había una réplica exacta del teatro justo debajo de su hogar. Pero lo que no podía entender era la urgencia del mensaje que había recibido. ?Qué era tan importante como para que Adelina rompiera su habitual compostura?

  Una figura etérea emergió de entre las sombras, flotando con gracia sobre el aire polvoriento. Era el hada, envuelta en una tenue luz plateada.

  —Adelina. —dijo Xander, frunciendo el ce?o —?Qué sucede?

  —Lord Xander, me alegra que haya llegado. —respondió ella con una prisa y preocupación inusuales —Hay dos cosas que debo informarle de inmediato. Por favor, sígame.

  Lo condujo por una serie de pasillos oscuros y silenciosos, pasando por cortinas rasgadas y columnas cubiertas de telara?as, hasta llegar a una puerta de hierro que Adelina había dudado abrir en ocasiones anteriores.

  Xander entró sin vacilar.

  —?Cajas cubiertas con sábanas? —preguntó, frunciendo el ce?o al ver las siluetas alineadas en el centro de la sala.

  Xander no entendía lo que estaba viendo. Un escalofrío recorrió su espalda incluso antes de acercarse a las estructuras cubiertas. Algo en el aire estaba mal… denso, como si el propio teatro enterrado llorara en silencio. Dio un paso al frente.

  Entonces, un alarido ahogado se filtró desde dentro de una de las cajas. Un sonido breve, pero tan cargado de dolor que congeló su sangre.

  Sin dudarlo, se lanzó hacia la estructura más cercana y, con un solo movimiento, arrancó la sábana que la cubría.

  Su mirada se quebró.

  —No…

  —Sí… —respondió Adelina en un susurro dolorido —Eso mismo dije yo cuando lo vi.

  Las “cajas” no eran contenedores. Eran jaulas. Jaulas enormes hechas de hierro. En su interior, había ni?as. Decenas de ellas. Su piel estaba pálida, sus ropas desgarradas, sus miradas apagadas. Eran mercancía. Carne para el mercado negro.

  Uno de ellos gimoteaba, apenas audible. Una peque?a a su lado se abalanzó sobre ella y le tapó la boca con manos temblorosas.

  —P-por favor… no le haga caso… se lo suplico. Le prometo que no volverá a pasar…

  Xander sintió cómo algo dentro de él se rompía. Una parte de su alma se revolvía, rugía, quemaba.

  Su aura se escapó de su cuerpo como una llamarada invisible. Las paredes temblaron. La temperatura bajó. Incluso Adelina retrocedió un paso, alarmada por el estallido silencioso de ira que lo envolvía.

  La ni?a, al sentir aquel poder, se encogió de miedo. Cayó de rodillas, con los brazos alzados en súplica.

  —L-lo lamento… por favor… no lo volveré a hacer…

  Aquellas palabras… pronunciadas con voz seca, sin lágrimas, sin esperanza… fueron más que un pu?al. Eran un eco de dolor sistemático, de castigo sin razón, de a?os de silencio forzado. Y con ellas, la furia de Xander se disipó.

  Se arrodilló con calma frente a la jaula. Rompió los barrotes con una sola mano, sin violencia, sin estruendo. Solo con decisión. La ni?a retrocedió, encogida, esperando el golpe. Pero en lugar de eso, escuchó una voz suave.

  —No temas… no he venido a hacerles da?o. Las personas que les hicieron esto… ya no están.

  La ni?a no respondió. No creía en promesas. No creía en la amabilidad. Solo conocía el miedo. Aun así, Xander extendió la mano hacia ella, con ternura y respeto. Un gesto tan simple… y tan desconocido para ella.

  Con los dedos temblorosos, la peque?a se acercó. No fue valor. Fue puro instinto de supervivencia. Pero cuando su mano tocó la de Xander, algo cambió. Por primera vez… alguien no la hirió.

  Con un gesto de su dedo, Xander rompió las cadenas que la sujetaban. El sonido metálico fue como el anuncio de una nueva vida. La ni?a lo miró, incrédula, y por primera vez en a?os, se permitió imaginar… que quizá… la pesadilla había terminado.

  Xander la cargó en sus brazos. Luego, con pasos firmes, rompió jaula por jaula, cadena por cadena. Uno por uno, liberó a cada ni?o. Había cerca de 150. Todos ellas mujeres. Todas menores. Todas víctimas.

  Cuando terminó, el silencio era absoluto. Solo las respiraciones contenidas de aquellas ni?as que no sabían si so?ar o temer.

  Xander miró a Adelina, aún con la peque?a en brazos.

  —?Por qué…? —preguntó con voz ronca —?Por qué todas aquí son ni?as?

  La ni?a, aún envuelta en los brazos de Xander, fue quien rompió el silencio con una voz baja, casi imperceptible.

  —Los varones fueron vendidos como esclavos de trabajo la última vez… a nosotras nos apartaron… dijeron que seríamos ofrecidas a un conde.

  Xander frunció el ce?o.

  —?Cómo sabes eso?

  —Los guardias que nos vigilaban hablaban de eso todo el tiempo… no creían que entendiéramos lo que decían.

  Un suspiro escapó de los labios de Xander. No era de alivio, sino de una frustración. Su mirada se dirigió a Adelina, que se encontraba ayudando a otras ni?as a ponerse en pie con cuidado, ofreciendo palabras suaves que ellas apenas podían comprender.

  —?Y la otra cosa que tenías que decirme? —preguntó Xander con tono contenido.

  Adelina se detuvo un instante. Su expresión cambió. Dudó.

  —Creo… que será mejor que usted lo vea.

  Metió la mano en el peque?o chaleco que llevaba y sacó un manojo de papeles doblados con sumo cuidado. Eran los documentos que había recuperado del laboratorio del culto. Xander bajó a la ni?a con delicadeza y tomó las hojas. Sus ojos comenzaron a recorrer los párrafos rápidamente.

  A medida que leía, su rostro cambiaba. Confusión, tensión… rabia. No conocía todos los términos, muchos eran técnicos, palabras científicas y diagramas complejos, pero el mensaje general era claro. Terriblemente claro.

  —?Esto es… verdad?

  Adelina asintió, su rostro era sombrío.

  —Sí. Están justo debajo de nosotros. En una sala oculta, bajo los antiguos laboratorios del culto. Yo misma las vi. Son… peque?as...

  Xander cerró los ojos por un momento. Cerró los documentos con fuerza.

  —Mi se?or… ahora sí está muy jodido…

  —?Eso mismo dije yo! —exclamó Adelina, más como un desahogo que una broma.

  Xander guardó los papeles bajo su abrigo.

  —Eso puede esperar. Lo primero es lo primero. Debemos llevar a estas ni?as a un lugar seguro. Con suerte, Cáliban despertará pronto y podremos tomar decisiones con su ayuda.

  —Entendido.

  Ambos comenzaron el traslado. No podían moverlas todas de una sola vez sin atraer atención. Fue un proceso lento, meticuloso. Las ni?as fueron transportadas en peque?os grupos, en carruajes cubiertos, cruzando callejones y evitando miradas curiosas. El viaje fue largo, pero finalmente, todas llegaron a la mansión Hilloy.

  Afortunadamente, el ala este del edificio contaba con habitaciones desocupadas desde hacía a?os. Con algo de preparación y mantas adicionales, lograron habilitar el espacio necesario. Ninguna de las ni?as protestó. El miedo aún era demasiado reciente.

  Más tarde, el funeral prosiguió.

  El ambiente estaba te?ido por una lluvia tenue que parecía compartir el duelo. El llanto de Nhun rompía de vez en cuando el silencio solemne del lugar, como una nota disonante en una melodía triste. Uno a uno, los integrantes pasaban a decir sus palabras en honor a Cecilia. No hubo discursos grandilocuentes, ni proclamas vacías. Solo despedidas sinceras y miradas cargadas de respeto.

  Todos mostraron su apoyo a Sebastian, quien, aunque se mantenía en pie, parecía haber perdido algo más que una hija… parecía haber perdido una parte de su alma. Nadie interrumpió el acto. Nadie se atrevió a romper la paz del momento.

  Y así, el día siguió su curso, como si el mundo aún tuviera que girar a pesar del vacío.

  El cuerpo de Cecilia fue depositado en una de las antiguas capillas del cementerio de los Hilloy. Una estructura sencilla, pero elegante, construida en piedra clara y adornada con emblemas de la familia. Dado que las propiedades de Lord Thorm habían sido arrasadas por el culto, quemadas, vendidas o asediadas, ya no quedaba tierra ni honor que proteger en su nombre.

  Por ello, Lord Xander aprobó que Cecilia fuera resguardada junto a los suyos, en la paz de un terreno seguro.

  Su cuerpo fue colocado dentro de un ataúd de piedra, reforzado con encantamientos de protección y preservación. Allí descansaría, no como una víctima más, sino como una figura recordada y querida. Sus amigos podrían visitarla cuando lo necesitaran. Su memoria sería honrada, no olvidada.

  Mientras tanto, Cáliban permanecía en reposo. Su cuerpo, aunque herido, mostraba signos de recuperación. Pero aún no despertaba. Como si su mente estuviera atrapada en un lugar donde el tiempo avanzaba de forma distinta.

  Y con la caída de la noche, el velo del luto se asentó sobre la mansión Hilloy… mientras una nueva tormenta se gestaba en las sombras.

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