?Al hombre le gusta juzgarse a sí mismo, siempre y cuando el castigo lo reciba el otro?.
Fue lo único que pensé mientras observaba el acto. En el centro de la plaza, la multitud se amontonaba, hombro con hombro. No estaban allí por obligación cívica ni por devoción; Estaban allí por el morbo. Necesitaban ver arder a alguien para sentirse limpio.
Frente a nosotros, el Inquisidor del clero alzó las manos, recitando la liturgia mecánica de siempre:
—Yo bendigo tu alma corrupta. Que el fuego te otorgue el perdón y la salvación que tu carne rechaza.
El condenado, con brazos y piernas atados al poste de hierro, temblaba. En la piel se le veían esas cicatrices en forma de raíces, oscuras. Nadie en la plaza fingio sorpresa; algunos incluso asintieron, aliviados de que no estuvieran en su propio cuerpo.
Cuando el aceite negro cayó sobre él, ba?ándolo como en un bautismo obsceno, el pánico rompió su silencio.—?No! ?Esperen, por favor...! —suplicó, ahogándose con el líquido.
—Ejecútenlo —ordenó el Inquisidor, sin bajar la mirada.
La llama se alzó con un rugido seco. El olor a carne quemada y combustible barato se metió en la garganta; Tuve que apretar los dientes para no toser. Los gritos del hombre fueron agudos, pero duraron poco.
Seguí el rastro del humo negro con la mirada. Lo vi ascender lento, pesado, hasta chocar contra la cúpula que nos encerraba.
No aparte la vista. Solo observé, con la frialdad de quien se mira en un espejo roto, sabiendo que probablemente, ese será mi destino.
Las llamas se disiparon, dejando el cadáver totalmente carbonizado. La multitud perdió el interés y comenzó a marcharse de la plaza. Yo me quedé un momento más, observando en silencio cómo se descolgaban y se llevaban el cuerpo. Suspiré, con el humo aún rascándome la garganta, y me retiré del lugar.
Entrada por un callejón estrecho lleno de tubos de metal. El ambiente era húmedo debido al vapor que salía de las tuberías averiadas, con un ligero olor a óxido.
Ahí estaba, en un rincón: mi hermano. Tenía los ojos hinchados y rojos; las lágrimas caían por su rostro, pero su expresión, más que tristeza, reflejaba una profunda frustración. Antes de que yo siquiera pudiera decir algo, apretó los dientes y, mientras miraba su brazo marcado, susurró:
—Todo esto... todo esto solo por unas marcas. ?Qué tipo de condena estúpida es esta?
Miré mis propias manos, que también llevaban esas mismas marcas oscuras. Una vez más, suspiré.
—Una condena que, lamentablemente, es real —le respondí—, y que debemos evitar.
Hipnos se levantó, molesto por lo que dije.
A case of theft: this story is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation.
—Sé que te frustras por esto, pero no podemos hacer nada para cambiarlo —le advertí.
Hipnos volvió su mirada hacia mí, aguantando el gesto.
—Ese es tu problema, Tánatos. Siempre das por hecho las cosas cuando no ves una solución fácil. Yo quiero una mejor vida, para mí y para ti, pero siempre eres buscar tan pesimista.
No dije nada. No porque él tuviera razón, sino porque no quería herir sus esperanzas.
—Vámonos, se hace tarde —dije finalmente, cortando la tensión—. Si quieres vivir como dices, debemos ganar dinero para ello. Y si llegamos tarde hoy, el clero no será nuestro único problema.
Salimos del callejón y nos sumergimos en las arterias metálicas del Sector Bajo. El camino hacia el Taller nunca era tranquilo. Tuvimos que caminar con la cabeza gacha a través del Mercado, esquivando las miradas hambrientas y el hollín que caía como nieve sucia. En una esquina, nos vimos obligados a escondernos detrás de unas calderas oxidadas para dejar pasar a una patrulla de Inquisidores. Arrastraban a un hombre por las calles de hierro, y con cada grito de aquel desgraciado, yo sentía mis propias marcas arder bajo la ropa, mientras mi hermano apretaba sus manos hasta que sangraban. La cúpula sobre nosotros zumbaba con un eco eléctrico constante. un recordatorio pesado de nuestra jaula.
El Taller era nuestra única fuente de ingresos. Se le llamaba así, pero en realidad no era más que una madriguera para las ratas de la ciudad; mafiosos, contrabandistas y escoria dispuestos a todo.
Llegamos a la pesada puerta de acero. Antes de entrar, escuchamos gritos provenientes del interior, seguidos por el sonido húmedo de un golpe seco. No era raro que hubiera una discusión, pero era tedioso tener que esperar a que acabara. Hoy no tenía tiempo ni paciencia para esto. Toqué la puerta fuertemente con los nudillos.
—Oye, ya llegamos, Maximus.
La puerta se abrió de golpe. Maximus nos observó desde el umbral. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos oscuros no compartían el gesto; nos miro de arriba a abajo como si calculara nuestro peso en chatarra. Detrás de él, un hombre tosía sangre en el suelo, pero Maximus actuaba como si no existiera.
—Llegan tarde, ?saben? —Su voz era áspera, casi un susurro divertido. —Lo importante es que estamos aquí —respondí, manteniéndole la mirada. —Cierto... —murmuró, ladeando la cabeza—. Esa es la actitud que busco.
Me dio unas palmadas en la espalda y nos hizo pasar a su oficina. El lugar apestaba a alcohol, sangre seca y humo de cigarro. Nos sentamos en un viejo sillón de cuero cuarteado. Maximus se acercó a nosotros, balanceando una botella en la mano, sirviéndose un trago.
—Oigan, mocosos —comenzó, apoyándose en su escritorio con demasiada calma—. Hoy los necesito para algo grande. Y peligroso. —?Qué es lo que quieres esta vez? —preguntó mi hermano, tenso. —Tengo un cliente... interesado en algo difícil y extra?o. Necesito que vayan hasta arriba y saboteen uno de los ductos de ventilación. —?Tu comprador quiere un ducto de ventilación de la cúpula? —pregunté, incrédulo. El riesgo de subir tanto era absurdo. —No me interesa lo que quiera —Maximus le dio un sorbo a su trago, mirándonos por encima del vaso con total frialdad—. Pero fue muy específico en que quería eso. Además, está pagando un montón. Pero si no quieren el trabajo, siempre hay alguien más desesperado que sí esté interesado.
Miré a Hipnos de reojo. Necesitábamos el dinero para sobrevivir un día más.
—Está bien, lo haremos —acepté. —Maravilloso —sonrió Maximus, aunque el tono sonó más a una advertencia que a una celebración—. Ustedes me caen bien, ?saben? Son útiles. Por eso me tomé la molestia de buscarles las herramientas adecuadas. A los muertos no les puedo cobrar favores.
Caminó hacia unos casilleros de metal abollado, sacando unos pesados ??tanques de oxígeno, máscaras de gas y varias herramientas.
—Les quedará fantástico. —?Por qué debemos llevar esto? —pregunté, frunciendo el ce?o. —Y yo que creía que eras el listo... No querrán morir asfixiados fuera de la cúpula. —Oye —intervino Hipnos, dando un paso al frente—, ?y destruir ese ducto no nos afectará a los que estamos dentro de la cúpula? —Puede que ese ducto esté conectado directamente con la ciudad subterránea... o tal vez no —dijo Maximus, inclinándose hacia adelante con una sonrisa enigmática. —Oye, no podemos hacer esto, es prácticamente un suicidio —dijo Hipnos, asustado. —No, no es eso —lo interrumpí, mirando fijamente a nuestro jefe—. No mencionarías la ciudad subterránea por nada. Tu cliente debe de querer hacerle da?o a Erecia, ?no es así?
Maximus se acomodó en su silla.
— ?Qué tal si lo descubres tú mismo? —?Por qué no puedes ser específico una vez? —bufe—. No importa, confiaré en que se trate de Erecia. Al final no me importa esa ciudad, donde viven esos arrogantes y su culto. Vámonos, Hipnos —dije, agarrando mi parte del equipo.
Caminamos hacia la salida en silencio, dejando a Maximus atrás en su pestilente oficina. Tal vez a mí no me interesaba esa estúpida ciudad, pero al ver cómo mi hermano apretaba los pu?os alrededor de su máscara de gas, no pude evitar preguntarme... ?qué demonios estará pensando Hipnos ahora?

